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        <title>No tiene sentido preocuparse por eso ahora</title>
        <link>https://paragraph.com/@santivanezcesar-es</link>
        <description>Cuentos y ensayos de ciencia ficción latinoamericana e imaginación radical: solarpunk, futuros indígenas, post-capitalismo, futuros open source.

¿Por qué Paragraph? La literatura es de quien la usa.</description>
        <lastBuildDate>Sat, 25 Jul 2026 02:38:55 GMT</lastBuildDate>
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            <title>No tiene sentido preocuparse por eso ahora</title>
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        <copyright>All rights reserved</copyright>
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            <title><![CDATA["Gato negro". Entrada 01: dos anécdotas que me llevaron a pensar en esta historia]]></title>
            <link>https://paragraph.com/@santivanezcesar-es/gato-negro-entrada-01-dos-anecdotas-que-me-llevaron-a-pensar-en-esta-historia</link>
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            <pubDate>Fri, 16 Jan 2026 05:48:46 GMT</pubDate>
            <description><![CDATA[El año pasado, dos anécdotas encendieron mi imaginación. Estas me llevaron a empezar "Gato Negro": un cuento sobre cómo los videojuegos online participativos entrenan a los niños en capitalismo, antes que en apoyo mutuo. Además: duelo 2.0. ¿Cómo se lidia con la pérdida desde los entornos virtuales?]]></description>
            <content:encoded><![CDATA[<p>"Gato negro" es (está siendo, será) un cuento sobre cómo los videojuegos online participativos, al estilo Roblox, condicionan a los usuarios, en su mayoría niños, a comportarse de acuerdo con la lógica capitalista de la competencia por estatus y la acumulación de recursos. La mecánica de este tipo de juegos tiende a reforzar hábitos de consumo permanente, optimización instrumental del tiempo y jerarquías excluyentes nada discretas. Aquí no hay lugar para el apoyo mutuo ni para la cooperación. No existen sistemas de ayuda ni el concepto de comunidad. Considero que esa es una señal que debería alarmarnos, y por eso decidí dedicar tiempo a escribir una historia al respecto.</p><br><figure float="left" width="50%" data-type="figure" class="img-float-left" style="max-width: 50%;"><img src="https://storage.googleapis.com/papyrus_images/b076e46e16efbcce2404943565e7d16d186837a1bc28dc6f3db890e75036c237.jpg" blurdataurl="data:image/png;base64,iVBORw0KGgoAAAANSUhEUgAAABgAAAAgCAIAAACHPC9vAAAACXBIWXMAAAsTAAALEwEAmpwYAAAGcElEQVR4nJ2Ue1BT2R3Hz+4f3c5OZ7at09Zpt53a2d1R2zq2tbKz1a21LWzRtdjOZla3iwxWEapMxVV0dhSp6LJUpCy7+KAMRYpQFBE2giEkRkjgNg/I8ybcJPee3FfuzU1unsaEkKaTQLGKnXE785kz95w553t+v9/3dy64qTZ9qnMMTFmVFreV9JuhsIQJ8suZdnmdXPh069/fPfbBhW4pWLX+9Xf/gPvjYMzmUbl4xSyLeESXOIeJiSXIcIqKzj8GGU55H2TGUTiEmP/p8t3W2acwmomlwR0jrnAwcpSSo7QcZf4blIvCUJIIJh7DLcaZeIZPZOjoPPcgw8TSLv99IDMTyllW4WCW4xDuk+EUDCWXsyC3NBLBxP8pBJfpPhQaszMydBG5jZKhFCrEP6uQV2Gjx52c1iNqYQCBAS0UtZ4gJj7whOZyW+eIcMqzeGwOhubw7AXZDxhMeEJzi0JmrdmiMdhQGESdHE5xhNdLeXmC5t20F2dYgmUJL4szLIYTwQSLZ6ccRgo2jMMgQ3h5F4WLCSA34ojZrdWhFgfJUjxD+VjC68WZBQmG5Hg24ONCPBsQKI6OpH2UTyD5AOHluKCf9vv4sJ/2E2I8lxrGy1BG6xFhLE38JxE8miLCKRidN7g5NUoYSP+4FVdbccRJ6yGvcdJaFzuOEnI9es/qzto/YsLH7MywFSLQT4YXKpKEocQCZDilMNgVM45RnWVwQi9VT/crp3pH1aOI1UoFTKQfwSgj5N1iHEy6vAZKRKDfxEZy9XvcEZQNuvxxKxUwU4HcYcEEBTsbzjZ6LM3EM1QsnS22W7hPR9JUOPW/nKZyz+KRVxLLjkvGL9o/y0VhOEWEkrnqZFeXdiwAH9F94mJOCOOiS7FkuyOaWh4CfJqGdHjDZC4iKCYYSpj1Rqy06BRiZkq00kErLaJs+KmEmHhmcR5M8G7ahHOTDo+VEjUonHSQkw6PiRSeaMLjQkcaL/PJTDbtLEkYnacXUoulP1tql2/KqHDKKcTwYIJ40t+HeAqyfaSYwXqVBq3LF81kFsrMxP/1kFh6AeoRslE/dCO3An5dWVtQfurnxYd+8vb+MSPmFGIaB6nFmEWcjN7F6l1eg5szuHkj9GUbkvSbs/0pWinRRotGKqCy4uC7O0oKK97Pkxx4uWDXmbbezhH17qPnyk437TvdVHKy8XfV9ZKqup2VtdsqTuTvPba5+NCrkvL1O/eu2f7OS/mSF7cUrdz05hc2vvHs+q2g6nzbn7uGrsm1CiNUWTwIxpigaMSz15qg3wz9RtyvxzgEozUoVM247+jstybMvaPa9kFVS8/w2fYbJ1qulte1ghc2bvvmVsna7cX5pUfLz7Sc75b2KfUqC2Gjg1BMspF5JpKiQ3NsKOWNpKngnNt/30aL0zivxRiNg1RbiXsWqJjBwP6a5h0HT22QVLz4M8nzGwqe/f6WZ9b99OuvF+W9VVZysrG+c6BHqbtrck/jAsZFoJikQykqmCLFpJ0NaTFOoZv9hxJpvS4D/SqdwcUZcWHa5VNZiGty5FzbjberzqzdXgzWbAYr14Kvrgbf2fj5DQWrtxdvKX1PcvhceV3r8Za/fdB+49J1We8oMjgxI5uygeLq+j0nGw99eLGho/+6UodgNBSTfDxDhVIGl69DOr6/pnn9myVg9WvguW8B8CUAvgzASvDCKvCN74GX88CaTc/96BdfeW0b6JUjXaNTf2rrO1DXsu90U3ndR8ca/9rYPXRtFFEYHCZScPLxaTc3pDZe6B4qq23a/E75irzCrAr4GgDPA/C53LgCaB3MXROhshCjOnvXiKahY+DQ2U+Kq+srznxcc6mnsVt65Zaic0Tdp9T3KfUdwxMtPcO1l3oON1zZc6I+v7RqTeHuZ9ZtASteAmYoPMhkyEAScdB3dPZeufajnuHqpo7dR87ll1YVHjhe+WHrX7qlnVJ118hkh3S89eZYY9ft402de94/X1RZU1h2NH/vka0lfwRvHa5t7pGZoD84n5n1Ru6a3IMTpos3FdXNHb+vaf5V2fF1O0pWbf3tpl37DzdcvHJL2SPXZasxMtn+6b2GzoGDZz8uqjz1w9/sA1/8cf63C3a9UXGquvmqdMqmQWG/Sjc4Ybo9Za1r6yuqrPll6Xs7Dp78wc5S8Mqr4JW8PMneg3UtF7qH6jv6L9+QXx3RtFyXnW0f+Deng/k8vxkEZwAAAABJRU5ErkJggg==" nextheight="1500" nextwidth="1146" class="image-node embed"><figcaption htmlattributes="[object Object]" class="hide-figcaption"></figcaption></figure><p>Roblox ha cobrado gran importancia en la vida de los niños, sobre todo desde la pandemia. Al no poder interactuar físicamente, reemplazaron el parque de juegos por entornos virtuales. Por aquellas épocas, era escalofriante escuchar las risas de los amigos de mi hijo a través de un parlante. Al inicio cuestionaba sus juegos. Sin embargo, seis años después me resulta difícil hacerlo: a diferencia de los adultos, hoy los niños encuentran en este tipo de entornos una humanidad que nosotros no encontrábamos cuando jugábamos solitarios frente a una pantalla, conectados a sistemas de entretenimiento de un solo jugador. Restringirles la tecnología es restringirles aquello que, en el futuro, recordarán como su infancia. Pero ¿a qué costo? ¿En qué medida esos entornos están diseñados para capturar su atención y, sobre todo (y aquí vuelvo al tema), para entrenarlos en lógicas de consumo con las que estoy absolutamente en contra? En Roblox todo tiene un precio y, dependiendo del juego que se elija dentro de la plataforma, incluso se puede robar. ¡Robar! Pero claro: al premiar la acumulación y la ostentación, estos sistemas de recompensas incuban figuras delincuenciales y prácticas abusivas que, a la larga, los jugadores terminan normalizando.</p><p>Todo esto está relacionado con la teoría de la retórica procedimental de Ian Bogost, plasmada de manera fantástica en su libro <em>Persuasive Games</em>. Pero de eso hablaré quizás en otro momento. Hoy quiero contar dos anécdotas que me impulsaron a escribir la trama de "Gato negro".</p><br><p><strong>Lápices como monedas</strong></p><p>Mi hijo tiene once años. Durante el año escolar, él y sus compañeros empezaron un intercambio saludable de trabajos hechos por ellos mismos: caricaturas, manualidades, intentos tempranos de cómics e incluso canciones. Por aquellos meses, en el aula se produjo un Renacimiento en miniatura que me divertía con solo escucharlo.</p><p>Luego, alguien le puso precio a un dibujo. Uno de los niños, que de pronto necesitaba ese dibujo, decidió comprárselo al autor con el dinero que tenía reservado para golosinas. De más está decir que ese día el pequeño coleccionista no se llevó nada dulce a la boca. Hasta ahí, no pasaba de una historia curiosa. Sin embargo, la cosa escaló y los niños empezaron a pedirles a sus padres más dinero para sostener su afición por el arte de sus amigos y, al mismo tiempo, no pasar hambre durante las horas de escuela. Además, se permitían comprar dulces para ellos y sus amigos, y en más de una ocasión alguno llegó a casa con dolor de estómago. Esto sirvió para que alguien trajera el tema a colación en el grupo de WhatsApp de padres, y todos nos enteramos de que estábamos en la misma situación. Los niños estaban generando un excedente que derivaba en un mercado informal sin reglas claras. Era un caos: no había control sobre cuánto dinero podía circular en el aula, y algunos niños (de manera inconsciente, quiero creer) empezaron a fijar precios oportunistas, y cobraban mucho más por sus trabajos. Alguien incluso fue acusado de dar a propósito menos vuelto a un niño que había pagado la cantidad justa. Es decir, los niños evidenciaban comportamientos propios de un capitalismo sin frenos, donde la lógica de la ganancia pesaba más que los afectos.</p><p>Los padres, como grupo, decidimos no darles más dinero. Cualquiera diría que el problema se acabó. Sin embargo…</p><p>Un día mi hijo llegó de la escuela y, de la cartuchera, sacó un puñado de puntas de lápiz rojo.</p><p>- ¿Que es eso? - le pregunté.</p><p>- Son nuestras nuevas monedas. Las rojas valen uno, y las azules valen la mitad. Cinco verdes hacen una azul, y cinco amarillas, una verde.</p><p>Los niños habían creado una moneda propia, basada en un bien escaso y finito (los lápices no pueden tajarse para siempre). Con esto resolvieron el problema de cómo seguir funcionando cuando el dinero oficial desaparece. Sin saberlo abrieron la puerta a una microeconomía con reglas internas, que a su vez produciría una nueva serie de alteraciones sociales a muy pequeña escala.</p><p>Lo que nunca le pregunté fue por qué no se les había ocurrido intercambiarse trabajos desde el inicio o colaborar en un solo proyecto que abarcara el talento de toda la clase. Por qué todo tenía que pasar por sucedáneos de la moneda y no por otras formas de organización, como un banco de tiempo, donde el valor se mide en horas de trabajo y no en dinero.</p><p>Pero no se lo pregunté porque no hizo falta. Me di cuenta de que estos niños ya viven bajo la lógica capitalista, gracias a videojuegos como Roblox, que asignan un valor a casi todo lo que alcanza la vista. No existe, que yo sepa, un experimento (al menos, no uno tan popular) en el que este tipo de entornos virtuales entrene a sus usuarios en economías no monetarias.</p><p>¿Y si alguien decidiera crearlo? Así nació la primera pregunta.</p><br><p><strong>Roblox y el procesamiento del duelo</strong></p><figure float="right" width="50%" data-type="figure" class="img-float-right" style="max-width: 50%;"><img src="https://storage.googleapis.com/papyrus_images/54eedd6148dde6e0ce3e19e46c3d41f3d61b9b4407f0c8ed4a588fdc227b28bb.jpg" blurdataurl="data:image/png;base64,iVBORw0KGgoAAAANSUhEUgAAABQAAAAgCAIAAACdAM/hAAAACXBIWXMAAAsTAAALEwEAmpwYAAAEH0lEQVR4nJ1UW09cVRReXlrUVATHhraCUJi2Ck0xtBiwTDsXzpwzM8gUZjoMM8Occ/bIZaito6UUsIUirYWWKbehhEuLjfalJvqgiQ/+BWPig8QHn9UnY9KUB0j6mb3nkHIZYjX5snMu+9tr7fWt9RFi2v8GgZ00oFmg1QhY1j2v/c0EApMEZLA6gfegpx9OcegydOfa6lzbbCBNtvPd84tYvI8vHyA1h6kZPPgGc4tgHug1HMwCZt1C1ms5OVKHm9MYvImxeUzMo+dTTCxgMPl4fH51bG5lfGFl6i66+kWYjOTeqxhOPb4xvTo2iwtXcGl4ZXwBvUMItyLRh8QnUONgjoxkz/LI9KPkzOpnEzh78VFyFl0DDyfvwus30jaSl7be2QFdwcAQro6g8xyGrmN0En1XMJzExDR6+vmX60m0dmy6NkGTBJxgTWBBXm0WAQuD+cWXCFiArzFV1H/TnXkZLVy3dGKalWurW6Hb+Mp1toouOLmJycnLNnVJOvunvW1Vfh+NUTBFNIAEfcO+jKBA8xcVrlR9w6zkmog2pL61JuCJgLl4HE3i5eQV3YasKEm7a/Ltqv6iIx+XVg/sPdJzvOpyqqJNNJlVpOrgp6yn6cZxdLSyr6j8Qllln7m86/kCjfJCtDtCxZ1qQWi5JgTVDVURp9gMDl8NtenQ4cQuc/z1t86ZzB27D3ZSrp/ymnNKOsgUotyAd2+wyRz76lAQ/jojBV1CVDbI+eZ2i3wrvyyRbY6/VBij7IYdhTHao1K2j0ih4jNZlYOUp8LqRpMLYSeHKiEiQ6+lvJK2csvQm0d7c0o68ss+FJm3mA500Mv1tI+d8i0SWXeSFbUKWlwIyAgpaHFyMpOo+GB8T2kixxwnUzOZmqhAyyqK7Ss9Q6/67J7b7Z3fERUS2d/d6ULYjZCLM1U5LSTl5see3R9/poBRToCec9ErXsptIHI3Bu5dG/6lWp4i2k9USS8E3GThwUMuRJ3p4hGRRKYwkY3oGFEF5fi9vjujt35N3f/7o8s/1ttvvEM1F/ObBg63eV50/35MAXNCXZOKyE67GrPMHxywjATav08MLbX2/1TtGL1j6/25UoM9Am8zfH6EvFz5gAuq84lUl6q6uJ6B7r+6Pv/j/L0fXL23S6OWHXLna6e7yf71G36EFZxWeJ2CspifJyNNi1knUHeC93O0FqoDmsz7IeKEw/HwuAyPk5ONyZM2NTwZIxqW0cKl47SgwuvJbGC13BjD8vpUsYGsitbXhe4hhTeALoJEREk10U9RmSukZXbPNET38RScG0M5hNVkGC/a+C72aZIgP8U8w/BtmxFq++ndEoaTHdA9YD5hABmqsg18YD7i5nS+G0u/IRYzDOipEASrI55wTMPMgvBK238g6941385kjv+WtvwP3UzHpJ7bFl4AAAAASUVORK5CYII=" nextheight="840" nextwidth="532" class="image-node embed"><figcaption htmlattributes="[object Object]" class="hide-figcaption"></figcaption></figure><p>La segunda pregunta nació de un suceso triste en la familia: ¿cómo se procesa la pérdida utilizando entornos virtuales? ¿Existe el duelo 2.0?</p><p>El año pasado tuvimos que dejar ir a nuestro perro, Watson. Lo amaba: él sabe cuánto. Sin embargo, la coexistencia se hizo imposible, y su instinto empezó a transformarse en una amenaza constante que, pese a mis esfuerzos, no conseguí dominar. Así, le encontramos un hogar con un especialista. Si se lo preguntan, hoy está muy bien.</p><p>Quienes no la pasamos bien fuimos nosotros. Darle la noticia a mi hijo de que nuestro perro ya no pasaría los días con nosotros fue una de las cosas más difíciles que me ha tocado hacer como padre. Hacer llorar a alguien que amas por una decisión que tú mismo tomaste, y que debes obligarte a sostener, es una emoción intensa y transformadora.</p><p>La noticia inicial pasó y nos separamos definitivamente de Watson. Luego, cada miembro de la familia llevó el duelo de la separación a su manera, y empezamos a hacernos a la idea de que nuestras vidas habían cambiado.</p><p>Un día vi a Watson en Roblox, al lado del avatar de mi hijo. Me forcé a actuar con naturalidad.</p><p>- ¿Y ese?</p><p>- Es Watson. Lo compré y ahora vive aquí.</p><p>Más allá del impacto inicial (y del nudo en la garganta), el hecho me llevó a pensar en cómo la tecnología ha modificado nuestra forma de lidiar con la distancia, la ausencia e incluso la muerte. Así, cuando alguien fallece, su muro se llena de mensajes de despedida: «Te extrañaremos», y cosas por el estilo. Las redes sociales se transforman en una herramienta posmoderna para comunicarnos con el remanente digital de un ser querido o una figura pública. Un funeral digital, si se quiere.</p><p>De esa manera, las identidades físicas y digitales se van confundiendo, y cada vez más fantasmas van poblando los entornos virtuales.</p><p>A esta reflexión se sumó una videoconferencia de Davide Sisto, autor del ensayo <em>Puercoespines digitales: vivir y nunca morir online</em>, que había leído unos meses antes y que, por pura lógica, regresó a mi mente luego de lo ocurrido con Watson y su yo-espejo.</p><p>Resulta curioso analizar cómo lo que nos ocurre termina conectándose y generando patrones temáticos. Si son lo suficientemente estimulantes, terminan transformándose en historias. Lo hermoso de esta parte del proceso es que, en este punto, uno aún no está en control. Solo toca sentarse a observar.</p>]]></content:encoded>
            <author>santivanezcesar-es@newsletter.paragraph.com (César Santivañez)</author>
            <category>cienciaficción</category>
            <category>escritura</category>
            <category>videojuegos</category>
            <category>duelo</category>
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            <title><![CDATA[Hoy empiezo a exponer el proceso de escritura de mi siguiente proyecto. ¿Por qué?]]></title>
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            <pubDate>Mon, 05 Jan 2026 05:55:56 GMT</pubDate>
            <description><![CDATA[Hoy empiezo a escribir mi nueva colección de relatos, a vista de todos. Compartiré no solo los cuentos, sino aquello que suele quedar fuera del texto. Dudas, fuentes y decisiones mínimas. Una cocina abierta de ciencia ficción.]]></description>
            <content:encoded><![CDATA[<p>Este año lo dedicaré a escribir un libro de relatos, cuyo título provisional es <em>No tiene sentido preocuparse por eso ahora</em>. Del nombre hablaremos más adelante. Lo importante (al menos para mí) es que he decidido compartir aquí el proceso de trabajo detrás de cada cuento, a medida que vaya escribiéndolos.</p><p>Y lo hago por tres razones.</p><p>La primera es que me interesa reivindicar la literatura como trabajo, más que como don. Publicar únicamente la versión final de un texto oculta la verdadera naturaleza del acto de escribir, que en gran parte consiste en algo muy cercano a una violencia creativa: destruir, insistir, transformarse. Es una violencia asumida, incluso buscada, que casi siempre permanece fuera de campo. Al autor aspiracional le conviene sostener la imagen del artista como talento innato, pues es funcional a una industria que prefiere vender personalidades antes que libros. Nadie quiere verse como un obrero del pensamiento. A mí, en cambio, eso es justamente lo que me interesa.</p><p>La segunda razón tiene que ver con la ciencia ficción. Creo que este género, incluso más que cualquier otro, tiene el deber de hacer visibles sus fuentes. Como parte de mi trabajo de documentación, hablaré de ensayos, investigaciones, señales y otros materiales que alimentan mi escritura. Me interesa contradecir la idea de la ciencia ficción como una práctica desligada de la realidad política, y presentarla como un ejercicio de especulación responsable. Además, sé que muchos lectores sabrán aprovechar esa información mejor que yo.</p><p>La tercera razón responde a una posición frente a la cultura. En una época dominada por el marketing personal, mostrar la imperfección, la fragilidad y la fricción del trayecto se vuelve una forma de confrontación. Actuar también implica erosionar el aura de autor-celebridad que la maquinaria editorial insiste en fabricar: figuras convertidas (no pocas veces por autoengaño) en un ideal aspiracional de ocio y bienestar, ligado a un estilo de vida alienante, que invisibiliza a quien escribe desde contextos menos favorables y lo empuja a admirar modelos ajenos. Hablo por mí: no me interesa convertirme en una marca.</p><p>Todo esto para decir que el arte también está en los desechos. Lo que no entra al cuento también está vivo. Acaso roto, incoherente, pero vivo.</p><p>A partir de la siguiente entrada, entonces, empezaré a compartir el proceso detrás de cada cuento de <em>No tiene sentido preocuparse por eso ahora:</em>  sus fuentes, las preocupaciones y las pequeñas decisiones que terminarán dándoles forma. No sé si lo lograré, pero sí puedo decir que me emociona compartirlo con quienes se asomen por aquí.</p>]]></content:encoded>
            <author>santivanezcesar-es@newsletter.paragraph.com (César Santivañez)</author>
            <category>#cienciaficcion</category>
            <category>#escrituraabierta</category>
            <category>#literatura</category>
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            <title><![CDATA[Yo hablo con mil voces]]></title>
            <link>https://paragraph.com/@santivanezcesar-es/yo-hablo-con-mil-voces</link>
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            <pubDate>Wed, 24 Dec 2025 05:32:59 GMT</pubDate>
            <description><![CDATA[#CienciaFicción #InnovaciónNativa #FuturosIndígenas]]></description>
            <content:encoded><![CDATA[<p>Aquella mañana Lisha se quedó inmóvil, de pie, en la puerta de nuestra cabaña. Luego, en un gesto automático, cerró los ojos y abrió la boca de par en par. Si mamá hubiera estado despierta, estoy seguro que hubiera sentido miedo. A decir verdad, no era la primera vez que yo sorprendía a mi hermana haciendo esa clase de cosas, a primera hora de la mañana. Por lo general, regresaba a la cama y seguía durmiendo. Pero esta vez, de un momento a otro, volvió en sí y emprendió una carrera frenética, selva adentro.</p><p style="text-align: justify">Me levanté como pude y la seguí de lejos, viendo cómo desaparecía por ratos entre el follaje, temiendo que una serpiente mordiera sus pies desnudos, que imaginaba despeinando el musgo de la mañana. Yo tropezaba con lianas, ishpingos y piedras afiladas.</p><p style="text-align: justify">De pronto escuché a mi madre llamándome, a lo lejos. Yo le respondí que ya volvíamos, sin darle más explicaciones, intentando crear la ilusión de que no ocurría nada extraño. Ella se quedó en la puerta por unos segundos y volvió a perderse en la oscuridad de la cabaña, acostumbrada como estaba a la curiosidad hermética de mi hermana.</p><p style="text-align: justify">Quince minutos después, Lisha se detuvo al margen del Marañón, donde misteriosamente se agolpaban otros niños descalzos, de cara hacia las aguas negras y estancadas del río. Entonces mi hermana me miró como si lo hiciera por primera vez, y junto a los demás absorbimos el aroma a muerte que invadía el paisaje. Filas de cadáveres flotaban a lo largo de varios metros: paiches, pirañas, anguilas, tortugas… todos transformados en siluetas inertes, empantanados en el petróleo que se dispersaba a lo largo de decenas de metros río abajo.</p><p style="text-align: justify">Ni siquiera me dio tiempo a preguntarle qué le pasaba. Lisha se agachó y pegó sus narices al líquido oscuro, susurrando palabras que sonaban como a las cosas incomprensibles que solía pronunciar papá. A mí me habían dicho que los químicos pueden ser mortales al contacto con la piel, así que la levanté de un tirón.</p><p style="text-align: justify">Un rato después llegó un puñado de hombres con enterizos blancos y aparatos de medición, que se cruzaban de brazos y resollaban sin mover un dedo. Uno masticaba caña de azúcar mientras hablaba con sus compañeros, y otro movía la cabeza al ritmo de la cumbia que brotaba de su radio a pilas. Sin decir nada empezaron a cavar un hoyo inmenso en el suelo y, cuando ya iban casi por la mitad, uno de ellos nos preguntó si queríamos ganar dinero. No respondimos, pero igual nos señaló unos baldes vacíos, apilados a medio metro de distancia. Con esto van a recoger esa agua negra y la van a echar en este hueco, dijo. Si lo hacen, por cada balde yo les pago cuatro… no, ¡cinco soles! Cuando le agradecimos nos acarició la cabeza y nos comentó que los empleados de la petrolera también pertenecían a la comunidad. Por eso querían que llevemos algo de platita a nuestras casas.</p><p style="text-align: justify">A decir verdad, el hombre sonaba como a uno de nosotros. Por eso decidimos confiar. Qué tontos fuimos. Le pedimos que nos entregue algunos de esos enterizos blancos, para empezar a trabajar, pero no recibimos más que un empujón apresurado y una risa sarcástica. Quién se habrá creído este mocoso, que agradezca que encima va a llevar alguito a su casa. Éramos ocho niños en total, y ninguno traía encima nada más que la ropa con la que habíamos despertado. Empezamos a caminar, cada quién zarandeando su balde vacío, hacia el Marañón, que nos esperaba con su baba enferma.</p><p style="text-align: justify">Los hombres de enterizo blanco terminaron de cavar el hoyo y se perdieron de vista, hacia las oficinas de la petrolera. Cuando el hueco esté lleno nos buscan en esa cabaña de allá, nos dijeron, ahí sacamos cuentas y les damos la plata. Nada más no se distraigan en tonterías, que su trabajo es muy importante. Sus familias dependen de ustedes.</p><p style="text-align: justify">Conseguimos algunos metros de soga y corrimos hacia el pequeño puente sobre el río. Nos encaramamos sobre la baranda de madera, desde donde lanzamos los baldes y los volvimos a recoger, ya llenos de petróleo. Luego recorrimos el camino hasta el hueco, donde enterramos de a pocos el resultado del desastre. Por cada balde que transportábamos unas gotas de aquella sustancia saltaban y se pegaban en nuestras piernas, pero no eran tantas como para preocuparse. Sin embargo, a medida que las horas transcurrían empezamos a trabajar más rápido y con más ahínco, y fue entonces cuando empezaron a aparecer los primeros resquemores, las llagas en los dedos, los ojos que se hinchaban como ampollas gigantes en plena cara. Basta, dijo uno de nosotros, ya no puedo, pero no le hicimos caso, porque ya estábamos sacando cuentas. ¡Cinco soles! Tres por cinco, cinco por cinco, siete por cinco. Quizás si juntaba mi plata con la de Lisha podíamos llevar a mamá al pueblo, más allá de la montaña, a comprarles mantas a la gente de la sierra. O con mi parte podía comprar un libro de química. Me gustaba tanto estudiar, quizás porque, en la comunidad, cualquier sueño distinto al trabajo del campo era un acto abierto de rebeldía.</p><p style="text-align: justify">Nos pasamos hasta la tarde yendo y viniendo, transportando baldes y vertiendo en el hoyo grandes cantidades de materia viscosa mezclada con animales muertos. Jadeábamos, y nuestros brazos temblaban con el esfuerzo. En una ocasión uno de los niños resbaló, y el petróleo le cayó encima, quemando la piel de su estómago. Empezó a llorar, pero nosotros guardamos silencio. Temíamos que los hombres de enterizo blanco se enfadaran y dejaran sin efecto nuestro acuerdo. El niño se puso de pie, soplándose a sí mismo, y se quedó sentado en una piedra. ¿Y tu plata? Le preguntamos. Ya no quiero, dijo él. En cierto momento, Lisha casi resbala en el piso aceitoso. La salvé, sujetándola firmemente por la muñeca y evitando que se haga daño. Ella me miró, en silencio. De su frente resbalaban decenas de gotitas perladas.</p><p style="text-align: justify">En una de las idas y vueltas, el niño sentado en la piedra me llamó. Mayu, me dijo, y yo lo reconocí. Era Joao, el hijo de doña Bertha. Solía ayudar a su mamá a vender yuca y caña de azúcar en el mercado. Mayu, me confesó, me pica todo. Entonces se levantó el polo, y en su barriguita vi el rojo brillante de la carne inflamada. Yo, que aún cargaba dos baldes casi llenos, me aparté del camino para ayudarlo. Tienes que lavarte, le dije, no puedes quedarte así. Ve al pueblo y consigue agua. Pero sabía que mi consejo era en vano. ¿Cómo iba a conseguirla, si el río estaba totalmente muerto? Le tendí la mano, y lo alcé con dificultad. Seguramente si mi mamá lo veía podíamos darle un poco de lo que nos había sobrado del día anterior.</p><p style="text-align: justify">Pero tuve que detenerme. Un grito sacudió mis entrañas.</p><p style="text-align: justify">Uno de los niños se acercaba a toda prisa, gritando. En su rostro vislumbré una expresión de terror. De pronto me percaté de que era mi nombre el que resonaba en su boca, creciendo como un eco al revés. Cuando estuvo lo suficientemente cerca pude ver las lágrimas que bañaban sus mejillas y el moco que escapaba de su nariz. Tu hermana se ha caído, balbuceó. Se ha caído al río.</p><p style="text-align: justify">Corrimos hacia el puente de madera. Todos asomaban hacia abajo, donde el aceite negro se revolvía en un remolino confuso, donde era imposible distinguir forma alguna. Grité el nombre de Lisha, y cuando lo hice el hedor punzante del petróleo inundó mi boca. Por instinto trepé la baranda para lanzarme al río, pero en el fragor del momento mi mirada encontró a Joao, quien me había seguido a pesar del dolor, y vi nuevamente las llagas en su estómago. Si me lanzaba, lo más probable es que hubiera perecido antes de poder ayudarla.</p><p style="text-align: justify">Atamos los baldes con las sogas y los lanzamos con dirección a Lisha, para darle la oportunidad de aferrarse a algo. Mientras esperábamos con impaciencia a que una de las sogas diera finalmente un tirón, recordé a mi hermana de cara a la selva, como a ella le gustaba, con los ojos cerrados y la boca abierta hacia la Amazonía. A veces se acercaba a los árboles y les hablaba despacio, siempre en la lengua de papá. Algunos pensaban que había algo mal en ella. Me dio miedo perderla así, que me la arrebatara la muerte antes de descubrir la verdad acerca de todos esos misterios.</p><p style="text-align: justify">Las aguas empezaron a recuperar poco a poco su estado de reposo. Al notar mi desesperación, Joao me gritó que me apresurara en ir al pueblo, que nunca se sabe, quizás todavía podían rescatarla. En mi cabeza aparecieron hospitales grandes, como esos que hay en la capital, y decidí cobijarme en esa pequeña esperanza. ¡Cuánto me costó dejar atrás el puente! Sentí que estaba traicionando a mi hermana, pero dentro mío sabía que las cosas habían llegado a un punto en que pedir ayuda era lo mejor.</p><br><p style="text-align: justify">La comisaría del pueblo era pequeña, de paredes de barro pintadas de color verde claro. Sobre su techo podía verse una bandera del Perú que no ondeaba, sino que permanecía sucia e inerte, arrugada en torno al mástil. Al lado de la puerta, un guardia fumaba un cigarrillo, recostado en la pared. Apenas me le acerqué se recompuso y se paró derecho, alzando el mentón. Yo le conté todo, entre sollozos y jadeos, señalando hacia el interior de la selva. Después el guardia lanzó un suspiro y me llevó hacia el interior de la comisaría, donde había un oficial gordo y con un bigote ralo, sentado en un escritorio al lado de un ventilador. El guardia que antes fumaba contó mi tragedia de manera distante, refiriéndose a ella como una ocurrencia. Me dieron un vaso con agua y tomaron mi declaración. Yo quería gritar y decirles que mi hermana aún podía salvarse si ellos se apresuraban a acompañarme al puente, pero el oficial gordo se empeñaba en garabatear una narración de los hechos sobre un papel. Lisha sigue ahí, se está muriendo, dije. Entonces me aconsejaron que vaya a mi casa, que al día siguiente ellos se encargarían de hablar con la petrolera para que reconociera los gastos del sepelio, que le diga a mi madre que no tendría que gastar ni un sol.</p><p style="text-align: justify">Salí de la comisaría a toda velocidad, tropezando con las piedras del camino de tierra que da a la municipalidad. Cuando llegué me topé con una veintena de personas en la puerta, con rostros de consternación. Deduje que ya se había corrido la voz del accidente de mi hermana. Por eso, cuando llegué, solo me hizo falta presentarme. Al instante, dos mujeres me abrazaron y me dieron el pésame. Pero si ella no está muerta, les respondí, sé que está luchando, aún podemos hacer algo. Me acompañaron al salón principal del edificio, donde me ofrecieron un puñado de coca que no acepté. De pronto aparecieron dos hombres. Uno llevaba camisa remangada y sombrero. El otro era calvo, y vestía un terno negro. Se presentaron a sí mismos como el dirigente de la comunidad y el alcalde, respectivamente. Les pedí ayuda, gritando que la policía me había malinterpretado y que Lisha estaba a dos horas de distancia selva adentro. Tras escucharme se dirigieron a una esquina del salón y debatieron en voz baja. Cuando regresaron me dijeron que no me preocupara, que al día siguiente ellos mismos se encargarían de hablar con la petrolera. Ya sabes, para los gastos del sepelio, añadieron.</p><p style="text-align: justify">Hui también de ese lugar. En el trayecto hacia el puente, al ver que el cielo empezaba a oscurecerse, empecé a llorar. Imaginé al cuerpo de Lisha siendo arrastrado por la corriente lenta, espesa y negra, por debajo de la superficie del agua, junto a los peces, anguilas y tortugas muertas.</p><p style="text-align: justify">Al llegar al río vi unas luces flotando mágicamente a lo largo de ambas márgenes. Cuando estuve más cerca descubrí que se trataba de lámparas de kerosene. Los vecinos del caserío caminaban entre el follaje negruzco, buscando el cuerpo. A mamá la encontré minutos más tarde, cuando se liberó de un grupo de mujeres que la abrazaban. Me acarició la cabeza y respiró hondo. Luego me hizo prometerle que cuando creciera dejaría esa selva maldita, así la llamó. Solo entonces me percaté del petróleo que la cubría hasta la cintura. Sí, mamá, respondí.</p><br><p style="text-align: center">°°°</p><br><p style="text-align: justify">- ¿Ingeniero? – La voz grave de Joao me hace saltar al presente, de golpe.</p><p style="text-align: justify">La cabaña que compartí con mi madre y Lisha aún se mantiene en pie. Parece mentira, después de tantos años. El suelo está lleno de excremento de ave, y la madera de las paredes luce hinchada por la lluvia, pero es fácil recomponerlo todo, en un ejercicio de nostalgia. Recuerdo a mamá, cosechando café sin descanso para enviarme a estudiar a la capital. Creo que nunca llegaré a comprender del todo la envergadura de su sacrificio.</p><p style="text-align: justify">- No me digas ingeniero, Joao. Por favor.</p><p style="text-align: justify">- Está bien… Mayu.</p><p style="text-align: justify">La muerte de Lisha me hizo acercarme a Joao, el niño de las llagas en el estómago. Podría decirse que nos adoptamos el uno al otro, para soportar la vida dura de la selva. Cuando viajé a Lima, apenas al terminar la escuela, encontramos siempre la manera de seguir en contacto a través de las redes sociales. Yo le contaba acerca de la universidad. Él nunca compartió mi pasión por la ingeniería química, pero celebraba cada uno de mis logros como si fuera suyo. También me daba noticias acerca de la gente del caserío. A la larga, siempre terminaba contándome lo mismo. Yo lo quería, pues, luego de la repentina muerte de mi madre, se transformó en mi único vínculo con mi tierra natal.</p><p style="text-align: justify">Ahora, Joao tiene el rostro ajado de quienes jamás han conocido otra cosa que la vida del campo. Me mira, sin entender en qué me he convertido. Tal vez sea mejor así. Su cuerpo esbelto y cobrizo pasea también por la cabaña. Voltea hacia mí, y luego hacia la ventana.</p><p style="text-align: justify">- Tú y yo hemos seguido caminos muy diferentes, Mayu. Tú estudias la ciencia del mundo visible, y yo la del mundo de los espíritus.</p><p style="text-align: justify">- ¿A qué viene todo esto?</p><p style="text-align: justify">- A que nosotros, los chamanes, podemos hablar con el río. Y pasa que estas aguas te han estado llamando. Tu deber es escucharlas.</p><p style="text-align: justify">- ¿Me pides que haga yopo? No, de ninguna manera. Las drogas y yo…</p><p style="text-align: justify">- Hablas como uno de ellos. Es cierto que los blancos usan las plantas sagradas como entretenimiento, pero nosotros no. Acércate al yopo con respeto, y él te dará sabiduría.</p><p style="text-align: justify">Joao me toma de las manos. Su piel es caliente y áspera. Puedo ver las arrugas en su rostro, como surcos de piedra en un valle profundo.</p><p style="text-align: justify">- Ahora busco la sabiduría en otras fuentes, Joao.</p><p style="text-align: justify">- Mayu, la selva nos habla, y las plantas son nuestros oídos. Si eso no está en ningún libro, es porque los libros los escribe la ciencia blanca. Date cuenta.</p><p style="text-align: justify">En sus ojos adivino un brillo especial. No lo había visto así desde el día del accidente. Su súplica es recia, sin muecas, sin lamentos. Sin duda, es alguien que ha sabido sufrir sin bajar nunca la cabeza.</p><p style="text-align: justify">- Tengo miedo – me escucho decir, como si mi voz fuera la de alguien más.</p><p style="text-align: justify">- Tranquilo – dice mi amigo – Te guiaré. Traigo algunas semillas en la camioneta.</p><br><p style="text-align: justify">El trayecto al río es accidentado, pero Joao es un excelente conductor. En algún momento pasamos al lado de un campesino, a quien saludo. Joao lo saluda también, y hace lo mismo con cada una de sus vacas, llamándolas por su nombre. Quince minutos después, detiene la camioneta.</p><p style="text-align: justify">Al abrir la portezuela me recibe un hedor familiar, que altera el aroma natural a tierra, savia y clorofila.</p><p style="text-align: justify">- ¿Otro derrame?</p><p style="text-align: justify">- Desde hace algún tiempo hay uno cada año, poco más o menos. Las tuberías del oleoducto están en pésimo estado, y no hacen nada por repararlas.</p><p style="text-align: justify">- ¿Y la policía? ¿Y el alcalde?</p><p style="text-align: justify">- La petrolera les ofrece dinero a cambio de su silencio. A fin de cuentas, corromper a las autoridades es más barato que pagar las multas del gobierno. Aquí, el que saca algún beneficio, se queda callado. Mientras tanto, somos otros los que sufrimos.</p><p style="text-align: justify">Caminamos con parsimonia, mientras me esfuerzo por no resbalar en el suelo oleoso. Cuando llegamos a la mitad del puente, Joao me mira con seriedad.</p><p style="text-align: justify">- Ahora pídele permiso a esta tierra que nos cobija.</p><p style="text-align: justify">Así lo hago, con los ojos cerrados. Es inevitable dejar atrás tantos años de formación científica y entrar en contacto con el mundo espiritual sin sentirme algo tonto. Sin embargo, sé que esto es importante para mi amigo.</p><p style="text-align: justify">Nos sentamos en el punto exacto donde Lisha cayó, aquella mañana de hace veinte años. Joao abre su morral y saca una bandeja de plata tallada a mano, con la forma de una hoja de árbol. Ahí coloca las semillas de yopo, y las tritura con un mortero de piedra. Luego, en un cuenco ovoide, quema un puñado de hojas secas y mezcla en la bandeja las cenizas con las semillas pulverizadas. Finalmente, de su bolsillo saca una cucharilla diminuta y coloca en ella un poco de la mezcla.</p><p style="text-align: justify">- Te dejo solo – me dice, ofreciéndome la cucharilla. – Esto será entre el Marañón y tú. Te estaré observando desde el final del puente.</p><p style="text-align: justify">Dicho esto, se pone de pie y se aleja, silbando bajo el sol del mediodía.</p><p style="text-align: justify">Debajo de mí se extienden las aguas contaminadas del Marañón. En algunas zonas el petróleo estancado ha adquirido una tonalidad tornasolada. Ya no se ven ni siquiera animales muertos: los derrames han ido eliminando progresivamente todo rastro de vida. Con el pasar del tiempo, estas tierras se han transformado en un paisaje infernal. No me extraña que cada vez más familias estén abandonando el caserío. De todos modos, el olor de los químicos no es mucho peor que el del yopo: el polvillo se hace más astringente conforme acerco la cucharilla a mi nariz. Cuando finalmente lo inhalo, siento un resquemor agudo a lo largo de las fosas nasales, que segundos después se instala en lo más profundo de mi cabeza. No puedo evitar toser.</p><p style="text-align: justify">Poco a poco, el brillo de la mañana se va apagando. Los bordes de los objetos se difuminan y pierden el color, como si se tratara de una señal defectuosa, y una especie de niebla lo reduce todo al blanco y negro. Los músculos de mi rostro se secan y se endurecen en una mueca asimétrica. Soy una escultura de barro. Atino solo a hundir la cabeza entre las rodillas. Ahora soy una espiral que se concentra sobre mi propio vientre. ¿Es saliva lo que resbala por mis piernas? No. Es un vómito blanquecino. Tiemblo.</p><p style="text-align: justify"><em>Mayu, hermano.</em></p><p style="text-align: justify">Levanto la cabeza. Afortunadamente he logrado controlar los primeros efectos del trance. Consigo pararme, a duras penas, ayudándome de la baranda del puente.</p><p style="text-align: justify"><em>Mayu, escúchame.</em></p><p style="text-align: justify">- ¡Lisha! ¿Dónde estás? – busco en vano el origen de la voz, antes de darme cuenta de que proviene de todos lados a la vez.</p><p style="text-align: justify"><em>Aquí no hay un dónde, ni un quién. Soy tu hermana, pero al mismo tiempo soy la selva que te rodea.</em></p><p style="text-align: justify">Bajo el influjo del yopo, me resulta fácil entenderla. Parece una forma de comunicación lógica, natural. Antigua. Un impulso irrefrenable me obliga a abrir la boca y aspirar profundo, a comerme la Amazonía y dejar que inunde mi organismo con su luz invisible… tal como lo hacía ella. Vuelvo a verla, el día de su caída. Veo su cuerpo luchando bajo las aguas negras, hundiéndose vencido y reposando entre la vegetación subacuática contaminada. Luego experimento en mi propia carne su descomposición, y por un instante me transformo en la corriente que arrastró sus restos lentamente, río abajo. Finalmente soy la tierra donde varó, para diluirse en el tiempo y volver a ser una con la tierra.</p><p style="text-align: justify">- Esto es imposible.</p><p style="text-align: justify"><em>Los años te han vuelto ciego al mundo de los espíritus, Mayu. Concéntrate. Deja que el yopo te ayude, y retoma tu comunión con la tierra.</em></p><p style="text-align: justify">Me convenzo a mí mismo de que toda esta alucinación no es más que una proyección de mi inconsciente. Pero, ¿y si no? ¿Si verdaderamente existe una verdad no científica? Apenas estas dudas aparecen en mi mente, mi cuerpo me recompensa con una sensación de calidez y abandono. Casi puedo ver mi cuerpo descomponiéndose en infinitas partículas, y flotando sobre el gran follaje verde.&nbsp; Ahora estoy en el hocico de un jaguar, entre las alas de un guacamayo, en el llanto de un niño indígena. Toda vida es igual de importante.</p><p style="text-align: justify">Mi nueva dimensión me supera, y en silencio me avergüenzo de mi pequeño cuerpo físico, tan limitado y aun así tan orgulloso.</p><p style="text-align: justify"><em>Agradece al chamán que te trajo hasta aquí, pues gracias a él has nacido. Ahora sé mensajero, y sé mensaje. Volveremos a vernos, cuando estés listo. Te amo.</em></p><p style="text-align: justify">- No, no. ¡Espera! ¡No me dejes! – digo, aunque soy consciente de que, hacia afuera, mi voz suena como un galimatías incomprensible. Son los sonidos de la lengua de papá.</p><p style="text-align: justify">Sobre la visión monocromática del paisaje aparece un arabesco fucsia brillante, suspendido sobre las aguas como un gran fuego fatuo, que luego empieza a dividirse en hexágonos que laten y disparan reflejos de luz. Los hexágonos se aglomeran, giran y se ensamblan unos con otros, en una coreografía vertiginosa, que, a pesar de todo, disfruto. &nbsp;Me invade una paz inmensa, y siento cómo mi pecho se inunda de un líquido inexistente, frío, pero sin materia.</p><p style="text-align: justify">Una arcada empuja mi cuerpo hacia adelante, haciéndome despedir una gran cantidad de vómito y obligándome a salir del trance. Como un recién nacido, tanteo a mi alrededor, casi ciego, buscando algo a lo que aferrarme. Mis manos encuentran las de Joao, quien sopla hacia mí el humo de un cigarro que me calma, mientras entona un canto ícaro.</p><p style="text-align: center"><em>non papan kape</em></p><p style="text-align: center"><em>kapetima ‘inon</em></p><p style="text-align: center"><em>oxo ‘irapanen</em></p><p style="text-align: center"><em>chona ‘irapanen</em></p><p style="text-align: center"><em>kapetima ‘inon</em></p><p style="text-align: center"><em>teatima ‘inon</em></p><p style="text-align: center"><em>‘inon kana ‘e</em></p><p style="text-align: justify">- Era ella – digo, entre leves espasmos.</p><p style="text-align: justify">- ¿Pudiste entenderla?</p><p style="text-align: justify">- Creo que sí.</p><p style="text-align: justify">- Bien. Bien.</p><br><p style="text-align: justify">Durante el regreso, no soy capaz de pronunciar ni una palabra. La camioneta da saltos en el camino de tierra mal apisonada, y mi amigo me espía a través de espejo retrovisor.</p><p style="text-align: justify">- ¿Tú sabías que el río me llamaba con la voz de Lisha, cierto? – le pregunto, antes de llegar al hotel donde me hospedaba.</p><p style="text-align: justify">- No solo yo. Todos los chamanes decían que el Marañón había cambiado de voz. La diferencia es que solo yo recuerdo a tu hermana.</p><p style="text-align: justify">- ¿Por eso me pediste que viniera después de todos estos años?</p><p style="text-align: justify">- Sí.</p><p style="text-align: justify">Quedamos nuevamente en silencio, yo aún con los rezagos de las visiones dando vueltas en mi cabeza. Intento buscar una explicación, algo que no desestabilice mi concepción lógica del mundo. ¿Qué era realmente esa voz y esas extrañas visiones geométricas? ¿Tienen acaso algún significado, o fueron solo representaciones aleatorias, garabatos de mi propia psique?</p><p style="text-align: justify">Son comunes las historias acerca de los fractales y visiones de animales que pueblan las experiencias con ayahuasca. Pero estoy seguro que esto fue algo más que un juego de la percepción. De alguna manera, llegó a mí como un secreto, como la tierra susurrando algo a mi oído no humano. Quizás eran patrones de tejidos, una especie de mapa, o un esquema de…</p><p style="text-align: justify">- ¡Eso es! – grito, sin poder controlar mi asombro.</p><p style="text-align: justify">Joao da un salto, y la camioneta frena bruscamente en el suelo de tierra, levantando por doquier un polvo pesado que se dispersa en el cielo de la tarde.</p><p style="text-align: justify">- ¡Esos hexágonos! – le digo a Joao, aún conmocionado por la impresión. – ¡Formaban la figura… de un polímero!</p><br><p style="text-align: justify">Ya en la habitación del hotel, enciendo mi computadora portátil y empiezo a buscar información. Sin duda lo que se me reveló en medio de la visión era un polifenol o, mejor dicho, un polifenol natural. Es decir, un tanino. Pero, ¿qué tiene eso que ver conmigo? Intento llegar al fondo del asunto, pero solo me topo con callejones sin salida.</p><p style="text-align: justify">Llego a un estudio que me ofrece algunas luces. Se titula <em>Efficient and sustainable treatment of industrial wastewater using a tannin-based polymer</em>, y está publicado en el <em>International Journal of Sustainable Engineering</em>. El artículo habla acerca de las posibilidades de los polímeros naturales como una opción verde al proceso de coagulación de los desechos. Y lo mejor, este método permitiría limpiar las aguas de una manera sencilla, utilizando casi exclusivamente las semillas de una planta para mí desconocida, llamada nirmali.</p><p style="text-align: justify">Mi mente empieza a volar. ¿Y si pudiéramos sintetizar un coagulante a través de la reacción de Mannich, logrando un polímero de mayor peso molecular? ¿Y si fuéramos capaces de potenciar este proceso para fabricar una serie de <em>skimmers</em> artesanales, que permitan limpiar las aguas de manera segura, sin tener que depender de la petrolera? Lo cierto es que no sería un proyecto fácil de implementar, pues poco se sabe acerca de la estructura y propiedades de estas moléculas. De hecho, probablemente tome varios años desarrollar la tecnología necesaria para escalar la producción. Sin embargo, hay algo que me ata al estudio del nirmali, desde una perspectiva que va mucho más allá de la científica. De alguna manera, me veo impulsado a conocer todo acerca de las posibilidades de esta planta. ¿Qué clase de puertas se han abierto en mi conciencia?</p><p style="text-align: justify">Encuentro sin dificultad una imagen del nirmali en internet. Su nombre científico es <em>strychnos potatorum</em>, y a simple vista no resulta tan imponente como pensé. Pero la tierra piensa distinto, y entiendo que sus diseños no tienen por qué responder a nuestras expectativas.</p><p style="text-align: justify">Debo deshacerme de esta idea absurda. Mientras más veo la imagen, más crece la idea de que la planta quiere decirme algo.</p><br><p style="text-align: justify">Salgo del hotel, y doy un paseo por el pueblo. Necesito poner las cosas en perspectiva y ordenar el vértigo de las últimas horas. En la puerta de la comisaría veo a un guardia joven, fumando un cigarrillo. Imagino a un niño corriendo hacia él, con la noticia de que su hermana cayó al río. Imagino al guardia acompañándolo y compartiendo su prisa, asegurándole que no está solo. Estoy seguro que ese niño se hubiera sentido menos vulnerable, y no hubiera cargado con esa muerte sobre sus espaldas, aún débiles e inmaduras.</p><p style="text-align: justify">El guardia me ve pasar, y da una nueva calada. Fumar aquí es un vicio caro. Si esta comisaría y todos los edificios de gobierno desaparecieran, serían más los beneficios que las pérdidas. Después de todo, las comunidades amazónicas han vivido en la autogestión durante miles de años. Todo es cuestión de volver a los antiguos modelos.</p><p style="text-align: justify">Sería tan bueno volver al gobierno natural de los seres con la tierra, y no sobre ella.</p><p style="text-align: justify">Unas cuadras más allá, un hombrecito de piel quemada sale de la municipalidad, acompañado por otro de casco blanco. El hombrecito probablemente sea hijo del antiguo alcalde, heredero de una larga dinastía de autoridades corruptas. En el casco de su acompañante, quien voltea a mirarme, distingo el logo de la petrolera.</p><p style="text-align: justify">- Buenos días, ingeniero – grita, desde lejos.</p><p style="text-align: justify">- Buenos días. &nbsp;– respondo - ¿Ya saben acerca de la revuelta de los comuneros?</p><p style="text-align: justify">- ¿Revuelta?</p><p style="text-align: justify">- He escuchado que se están organizando. Dicen que primero van a limpiar el río ellos mismos, con sus propios métodos, y luego reclamarán su tierra.</p><p style="text-align: justify">Los dos sonríen.</p><p style="text-align: justify">- Es lo de toda la vida. – añade el alcalde.</p><p style="text-align: justify">Me alejo hacia donde termina el camino y empieza la vegetación</p><p style="text-align: justify">- Esta vez no. Yo que ustedes, me cuidaría.</p><p style="text-align: justify">Enrumbo hacia el verde absoluto. Me siento fuerte y en calma, como al inicio de una batalla. Pienso en cuánto me va a costar refaccionar la antigua cabaña de mi madre. La imagino de vuelta a la vida, con el sol colándose entre la madera, y yo en la puerta, con los ojos cerrados y la boca bien abierta, aspirando hasta la última partícula de selva.</p>]]></content:encoded>
            <author>santivanezcesar-es@newsletter.paragraph.com (César Santivañez)</author>
            <category>cienciaficción</category>
            <category>innovaciónnativa</category>
            <category>futurosindígenas</category>
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            <title><![CDATA[Otros futuros, otras infraestructuras]]></title>
            <link>https://paragraph.com/@santivanezcesar-es/otros-futuros-otras-infraestructuras</link>
            <guid>ydDm2boSfWzaOw1jLgEH</guid>
            <pubDate>Mon, 22 Dec 2025 06:01:26 GMT</pubDate>
            <description><![CDATA[Creo que la ciencia ficción pertenece a quien la lee. Por eso no basta con imaginar otros mundos. Debemos intervenir el sistema de circulación del arte y el conocimiento. He participado en foros internacionales sobre imaginación política y futuros diversos, y siempre encuentro la misma contradicción: pedimos horizontes más libres, mientras la literatura queda atrapada en restricciones legales y materiales. Este espacio será mi base, un archivo vivo y un laboratorio para pensar otros futuros.]]></description>
            <content:encoded><![CDATA[<p>Creo que la ciencia ficción pertenece, ante todo, a quien la lee. Por eso, no basta con escribir sobre futuros alternativos ni con declarar una ciencia ficción “libre” en abstracto. Si de verdad queremos imaginar otros mundos, debemos intervenir la lógica de circulación del arte y el conocimiento. En otras palabras, es necesario cuestionar el sistema editorial no solo con ideas, sino con acciones concretas. De ahí la intención de elegir infraestructuras distintas para llegar a los lectores.</p><p>Por eso elijo una plataforma de publicación <em>onchain</em>. Porque el medio también es el mensaje.</p><p>En estos años, como escritor y editor con una mirada abiertamente antiautoritaria, he sido invitado a paneles y foros en distintos países para hablar de realidades especulativas diversas y políticamente comprometidas. Dubai, Indonesia, China, Brasil, Italia, Finlandia. En todos esos espacios he notado un entusiasmo real por cambiar el tono con el que imaginamos el futuro, y una urgencia por encontrar herramientas reales para transformar esa imaginación en estrategia.</p><p>Pero hay una contradicción que se repite. Queremos futuros más libres, mientras buena parte de la literatura que intenta abrir esos futuros sigue atrapada en contratos y lógicas de impresión y distribución que limitan su alcance. No se trata de demonizar a las editoriales ni de negar su valor (yo mismo publico en distintos sellos tradicionales). El problema aparece cuando la exclusividad, o las restricciones materiales, terminan secuestrando la obra y alejándola de espacios alternativos de libre acceso, donde podría encontrar grandes lectores.</p><p>Paragraph, entonces, será mi base. Quiero construir aquí un archivo vivo de mi trabajo, tanto de lo ya publicado como de lo inédito. Que este lugar/no-lugar funcione como repositorio y también como laboratorio de reflexión sobre “otros” futuros, los que se rebelan contra el pesimismo distópico y entienden la literatura de anticipación como un ejercicio de libertad.</p><p>Vivimos tiempos inciertos. Hoy, más que nunca, la ciencia ficción tiene la responsabilidad de tomar partido y convertirse en un acto de resistencia.</p>]]></content:encoded>
            <author>santivanezcesar-es@newsletter.paragraph.com (César Santivañez)</author>
            <category>literatura</category>
            <category>paragraph</category>
            <category>política</category>
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