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Volver a hablar necesita una mesa

Leí tu columna el día que salió Santiago. La leí dos veces.

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7 min read
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https://noapto.co/sobreviviremos/

No me sorprendió el diagnóstico. Me sorprendió que llegaste a él por Fromm, desde una estantería de la Fiesta del Libro en Medellín, cuando nosotros llevamos meses trabajando el mismo territorio por un camino completamente distinto. Vos fuiste a buscar al humano. Nosotros fuimos a buscar lo que lo hace funcionar con la herramienta. Llegamos al mismo lugar.

Lo que Fromm vio antes que todos

Fromm escribió La revolución de la esperanza en 1968. La amenaza era la bomba. Los computadores apenas empezaban a aparecer en las grandes empresas y en el sector defensa. Y aun así, ya decía algo que hoy se lee como profecía: la segunda revolución industrial no solo “reemplaza la energía viva por la mecánica, sino que está reemplazando el pensamiento humano por el de las máquinas”.

Y después: "Entre los efectos patogénicos que la sociedad tecnológica produce en el hombre deben mencionarse dos más: la desaparición de la privacidad y la del contacto humano personal".

Cincuenta y ocho años después, los ingenieros y exempleados de las grandes empresas de iA nos recuerdan, cada semana, lo mismo que Fromm dijo en cuatro líneas. Vos lo encontraste en una estantería. Yo lo encontré en tu columna. Lo que me detiene no es la novedad: es la precisión.

La amnesia que compartimos

La conversación sobre iA tiene una particularidad que creo que vemos igual: memoria nula. Cada semana aparece un creador reciclando advertencias. Cada semana alguien descubre que la iA puede reemplazar el pensamiento humano. Cada semana hay un hilo viral que dice lo que Fromm dijo en 1968, lo que el modelo SHELL formalizó en 1972, lo que Naciones Unidas nombró en 1989.

Miles de millones de vistas acumuladas. Ninguna referencia a la fuente.

Vos rompiste la amnesia. Volviste a Fromm. Eso, en una conversación que solo recicla titulares, es un acto poco común. Y lo que me parece más valioso es que no te quedaste en el diagnóstico. Fromm te llevó a la pregunta correcta: ¿qué nos hace humanos? Y la respuesta que construiste con él (la ternura, la compasión, la empatía, la libertad, el interés, la responsabilidad, la identidad, la integridad) no es una lista poética. Es un mapa de lo que ninguna máquina fabrica.

Lo que la filosofía nombra, la ingeniería lo formaliza

Aquí es donde me gusta entrar, porque es donde nuestro camino se cruza con el tuyo.

Fromm dice: para evitar la subordinación del hombre a la máquina, hay que conocer y fortalecer todo lo que nos hace humanos. Eso es exactamente lo que un ingeniero de factores humanos diría, con otras palabras, hace cincuenta años.

En 1972, Elwyn Edwards desarrolló el modelo SHELL para la aviación: Software, Hardware, Environment, Liveware. El humano (Liveware) en el centro de cuatro interfaces que deben auditarse para prevenir el error. Frank Hawkins lo refinó en 1975 en su libro Human Factors in Flight. Medio siglo después, sigue siendo el marco de referencia para analizar accidentes y diseño de sistemas en cabina. El humano no era un accesorio del avión. Era el componente cuyo estado determinaba si el resto funcionaba o mataba.

En 1989, el Technology Atlas Project de la Comisión Económica y Social para Asia y el Pacífico de Naciones Unidas formalizó un marco de cuatro componentes para evaluar la capacidad tecnológica de una nación: Technoware (instalaciones físicas), Humanware (habilidades y creatividad del personal), Inforware (conocimiento codificado) y Orgaware (estructuras organizativas). El acrónimo THIO. La tecnometría nació de ahí: un método para medir cuánto aporta cada componente al valor total de un sistema.

El valor de un sistema, en tecnometría, es el producto de sus cuatro componentes, no la suma. Y en una multiplicación manda el eslabón más débil: un Technoware de última generación operado por un Humanware subdesarrollado produce casi lo mismo que no tener máquina. Por eso el factor crítico de esa fórmula no es Technoware, es Humanware. Las máquinas no se operan solas, la información no se aplica sola, las organizaciones no funcionan solas. El humano es el componente que activa a los otros tres.

Fromm lo dijo desde la filosofía. La ingeniería lo formalizó desde la práctica. Nosotros lo estamos adaptando a las industrias creativas, desde Latinoamérica, con un método de campo. El humanware no es una metáfora. Es la capa que determina si la tecnología amplifica o asfixia.

Lo que veo en el campo

Escribís: "Solo un mayor conocimiento de sí y una más profunda conexión con sus semejantes, puede proteger al hombre de una tecnología que será más rápida, inteligente y productiva que él."

Lo que yo agregaría, desde el campo, es que esa protección no aparece el día que la herramienta llega. Se construye antes, o no se construye.

En tres décadas de vida digital, la mayoría de las organizaciones con las que he colaborado desarrollan el mismo síntoma: una gestión del conocimiento acumulada sin criterio, incoherente, como el cuarto de un adolescente. Entre más grande la empresa, más información y menos orden (por supuesto que hay excepciones, pero son pocas). Cuando la iA entra a ese cuarto desordenado, no lo organiza: amplifica lo que ya faltaba. La cultura que nunca se cuidó, el orden que nunca existió, la curiosidad que nadie cultivó salen a la superficie con más volumen y más velocidad.

Ahí aparece un patrón que empezamos a nombrar. La iA entrega documentos extensos, bien puntuados, argumentados con aparente rigor. Un documento largo no es una idea profunda: bajo la superficie sigue siendo una recombinación de palabras probables, no un juicio. El error no está en pedirle a la iA que escriba. Está en asumir que una instrucción bien dada garantiza un resultado bien pensado, y saltarse el paso que de verdad cuesta: leerlo.

Lo que entrega un modelo es mármol, no una escultura. Tiene la forma general de la idea; la superficie parece terminada. Pero todavía no ha pasado por el cincel. La escultura aparece cuando alguien se sienta, lee cada línea, y decide qué queda, qué se talla distinto, qué se descarta para que otros seres humanos puedan entenderla.

El lavado ocurre en el instante en que ese cincel no se usa: el documento se aprueba porque suena bien, no porque alguien verificó que dijera algo. A eso le llamamos perdida de soberanía creativa. La promesa real de la iA no está en ir más rápido: está en ir más profundo, y la profundidad exige exactamente el tiempo que la inmediatez quiere ahorrarse.

Tu miedo tiene evidencia. No es solo intuición.

El tractor, no la velocidad

Decís que hay que tomar en serio los llamados a desacelerar. Estoy de acuerdo. Pero me parece que la pregunta más importante no es qué tan rápido vamos.

Cuando el tractor llegó al campo, la pregunta relevante no fue "¿qué tan rápido puedo arar?" Fue: "¿qué soy ahora?" El tractor no aceleró al campesino. Lo transformó en operador de maquinaria, en mecánico, en planificador de hectáreas. El oficio cambió de naturaleza, no de velocidad.

La iA es el tractor para equipos creativos. Y el mercado está atrapado en la pregunta de la velocidad.

La última milla sigue siendo humana.

Y esta vez no se mide en fuerza. Se mide en criterio, en gusto, en dirección. En lo que Fromm llamó conocimiento de sí y conexión con los semejantes. La diferencia es que nosotros no lo tratamos solo como un principio: lo trabajamos como una práctica que se instala, se sostiene y se mide.

Volver a hablar necesita una mesa

Cierrás tu columna con una frase que me parece la más importante de todo el texto: "Ante la amenaza generalizada a nuestra especie, tenemos que volver a hablar."

Estoy de acuerdo con el fin. Trabajo en el cómo.

El criterio no se actualiza con un curso. La conexión con los semejantes no ocurre por decreto. La actualización del humanware es un trabajo que solo puede hacer quien lo necesita, y se hace mejor acompañado. A los equipos con los que trabajamos no les vendemos un método, y eso cambia la respuesta. La gente empieza a hablar con más honestidad porque nadie le exige que se actualice: alguien vino a acompañar. Con el tiempo, sostenidos en la misma conversación, sus ideas se expanden: ven más de lo que la herramienta puede hacer, y más de lo que ellos mismos pueden hacer con ella.

Volver a hablar necesita una mesa, y alguien que la construya.

Eso es lo que estamos haciendo.

Estamos experimentando con las formas de volver a hacer esos encuentros que transforman al ser humano.

No porque tengamos la respuesta.

Porque estamos convencidos de que la respuesta existe y se construye en colectivo.

Martín Giraldo · Director de Futuro e Innovación, AGAI


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Una exploración sobre la brecha entre la aceleración de las tecnologías emergentes y la capacidad de adaptación humana a través del humanware.