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Reloj Fungi: Exploración Artística y Diálogos No Humanos
El Reloj Fungi es una instalación en constante evolución, una obra inspirada en Pedro Soler y los relojes derretidos de Dalí, pero con un enfoque biológico y especulativo. En esta pieza, un viejo colchón se convierte en un territorio vivo, en el que musgo, líquen y hongos emergen y desaparecen en un ciclo incesante de nacimiento y descomposición. El proyecto encapsula el ritmo del micelio, su lenta pero implacable expansión y su interconexión con otras especies, desafiando la percepción humana del tiempo y la materialidad del arte.
Mi participación en Ars Electronica 2019, en Linz, Austria, fue un punto de inflexión en esta exploración. Este evento, soñado por tantos artistas, me permitió sumergirme en un espacio de experimentación continua, compartiendo con figuras como Pedro Soler y Coni Corazón de Robota. Especialmente memorable fue la performance de Pedruski en un edificio de cuatro plantas rebosante de arte y creación, donde hasta la cocina era un acto performático en sí mismo. Dentro de este contexto, me integré a la Mycelium Network, una red de interconexión inspirada en el comportamiento de los hongos, guiado por la curaduría e inspiración de Shulea Cheang.
Mi fascinación por el micelio surgió tras leer a Natasha Meijers y ver el documental Fantasy Fungi, que expandieron mi comprensión sobre los organismos no humanos. Desde entonces, mis caminatas por los bosques de Santa Elena se han transformado en verdaderos laboratorios vivos, donde experimento con la relación entre arte y naturaleza. A partir de estas exploraciones, he desarrollado diversas obras que buscan visibilizar la agencia de otras formas de vida y proponer un arte que no solo sea para los humanos, sino que incluya a los ecosistemas como protagonistas activos.
He clasificado mis obras en tres tipos:
Las Antenas de Anomalías son estructuras creadas a partir de troncos caídos que vuelvo a erguir en el bosque, transformándolos en especies de antenas que, en mi imaginario, captan señales de lo desconocido. Para mí, estos pilares de madera son dispositivos especulativos que permiten la comunicación entre seres no humanos y abren la posibilidad de descubrir dimensiones de la naturaleza que aún no comprendemos. En mi recorrido, he encontrado troncos erguidos de manera natural que también evocan esta idea de antenas, como si la naturaleza misma ya estuviera trazando estos canales de interconexión.
Los Portales son intervenciones en el bosque a partir de telas blancas expuestas a la acción del tiempo y el ecosistema. Estas telas se transforman progresivamente al impregnarse de humedad, esporas y microorganismos, revelando un proceso de co-creación con el entorno. Para mí, estas piezas funcionan como umbrales simbólicos entre dimensiones, espacios de comunicación donde la naturaleza deja su propia huella y redefine la materialidad del arte.
El hecho de que el musgo, los hongos y los líquenes pueblen las telas y generen patrones orgánicos refuerza la idea de que el arte no es estático, sino una transformación continua. La tela blanca inicial se convierte en un testimonio vivo de la interacción con la naturaleza, evocando mundos posibles más allá de nuestra percepción.
Aceleradores Interdimensionales
Los Aceleradores Interdimensionales son piedras que recojo del suelo y cuelgo de los árboles con hilos, alambres o cordones. Suspendidas en el aire, estas rocas se convierten en péndulos que responden a la gravedad, fijando su posición en el espacio de forma natural.
Al elevarlas, imagino que se activan capas de realidad invisibles, como si al levantarlas también se levantaran las 11 dimensiones cuánticas postuladas en la física teórica. La gravedad atraviesa estas capas, permitiendo que los aceleradores interdimensionales operen como puntos de conexión con otros niveles de existencia.
Al mismo tiempo, este gesto de suspender piedras es una manera de reconocer el territorio, sus actores y las relaciones entre ellos. Cada roca ha sido moldeada por su entorno, contiene una historia geológica y ecológica, y al elevarla, resalto su presencia dentro del bosque como un nodo en una red interconectada de materia y energía.
Estas obras buscan desafiar la centralidad del ser humano en la creación artística, proponiendo una exploración en la que la naturaleza no es solo un tema, sino un agente activo en la producción del arte. En este proceso, los hongos, los líquenes y otros organismos se convierten en co-creadores, cuestionando las fronteras entre lo humano y lo no humano, lo vivo y lo inerte, el tiempo y la descomposición.
El Reloj Fungi es, en esencia, un recordatorio de que el tiempo humano es solo una fracción de los ritmos biológicos que nos rodean. En este diálogo con el micelio, aprendo a leer las señales de un mundo en constante comunicación, donde la paciencia y la observación nos permiten entrever un orden distinto, uno que ha existido mucho antes de nosotros y que, sin duda, persistirá después.
Desde 2016, junto a Penny Travlou y Luciana Fleischman, en colaboración con diversas organizaciones de Arts Collaboratory, hemos estado explorando la idea de los comunes culturales. Aunque esta inquietud se remonta a 2013 o 2014, cuando junto con Pedro Soler comenzamos a preguntarnos sobre las razones que nos llevaban a unirnos, las dinámicas de colaboración y la posibilidad de replicar estos procesos en otros contextos.
La necesidad de comprender cómo se construyen las redes comunes y cómo se sostienen ha sido un motor clave en esta investigación. Experiencias como LabSurLab nos confrontaron con preguntas esenciales sobre la sostenibilidad de los comunes culturales y su fragilidad ante la falta de recursos.Luciana Fleishman ya era parte del equipo de Platohedro, coordinadora del programa de Arte y Pensamiento y Penny Travlou y un equipo de investigadores de la Universidad de Edimburgo viajaron a Medellín, cada uno de estos investigadores se sumaron a varias propuestas de investigación en la ciudad, con Penny y Luciana continuamos esta indagación de los comunes, organizando el primer Encuentro de Comunes Culturales, seguido por una segunda edición un año después.
La colaboración es un acto de placer y resistencia. No solo nos encontramos para trabajar en proyectos, sino que también compartimos espacios de celebración y comunidad, esenciales para la construcción de confianza y afecto dentro de estas redes. Sin embargo, la falta de sostenibilidad económica ha provocado la desaparición o mutación de muchos colectivos, poniendo en evidencia los retos de mantener estos espacios vivos a largo plazo. Si bien las relaciones público-privadas han ofrecido oportunidades, los beneficios suelen inclinarse hacia el sector privado, mientras que las organizaciones culturales y comunitarias aportan una riqueza invaluable que a menudo pasa desapercibida.
Un momento crucial en esta trayectoria fue nuestra participación en Documenta 15 en 2022, en Kassel, Alemania. En este espacio, junto con organizaciones de África y Latinoamérica, llevamos nuestras metodologías y reflexiones a la asamblea "Power to the Commons", donde repensamos la sostenibilidad y la gobernanza de los comunes culturales. La curaduría de Ruangrupa hizo que esta edición de Documenta fuera especialmente relevante para nuestras exploraciones sobre modelos colaborativos y autogestionados.
Hoy, la relación con Penny Travlou es más sólida que nunca, evidenciada en su participación en la junta directiva de Platohedro, un reflejo de la confianza y el tejido de apoyo que hemos construido con el tiempo. Platohedro ha sido un hogar para estas investigaciones, un espacio donde las preguntas sobre los comunes en el arte y la cultura han encontrado un terreno fértil para florecer. La interrogante central sigue vigente: ¿cómo funcionan los comunes en el arte y la cultura, y qué necesitamos para garantizar su sostenibilidad?
DAO: El Micelio Digital (y sus Limitaciones Carnales)
Las DAO (Organizaciones Autónomas Descentralizadas) han revolucionado la forma en que concebimos la gobernanza y la colaboración. Al eliminar intermediarios y permitir la autogestión colectiva, proponen estructuras más flexibles y resilientes. Pero, ¿podemos aprender de los seres no humanos y trasladar esos conocimientos a las DAO?
Desde 2023, participo en Nouns Amigos, una DAO latinoamericana. Ahí descubrí que el blockchain, pese a su frialdad algorítmica, puede emular la inteligencia distribuida de los hongos. En mi experiencia con Nouns Amigos y ETH Colombia, he observado que las DAO funcionan de manera orgánica, en constante transformación, dependiendo de la interacción de sus miembros y adaptándose a nuevas circunstancias. Esta dinámica se asemeja al comportamiento del mycelium, un organismo fúngico que opera a través de redes interconectadas, encontrando caminos alternativos, adaptándose a su entorno y regenerándose tras cada ciclo de vida.
El mycelium es una de las formas de vida más antiguas de la Tierra, y solo recientemente hemos comenzado a comprender su complejidad. Su red subterránea de conexiones nos muestra un sistema descentralizado de gestión de información y recursos, basado en la interdependencia y la cooperación. Al igual que el mycelium, las DAO prosperan cuando encuentran terrenos fértiles: comunidades comprometidas y ecosistemas digitales favorables. Sin embargo, hay una diferencia abismal: el micelio no necesita consenso o lo hace diferente. Simplemente, actúa. Las DAO, en cambio, están atrapadas en discusiones infinitas, smart contracts y la ilusión de la meritocracia.
Creo firmemente que sí. De hecho, ya lo hacen. Como organismos vivos, las DAO crecen en direcciones inesperadas, dependen del flujo de participación de sus miembros y sobreviven gracias a su capacidad de adaptación. Así como el mycelium crea conexiones simbióticas con su entorno para expandirse y fortalecerse, las DAO encuentran en la colaboración y en la descentralización su mejor estrategia de evolución. Pero, ¿podemos diseñar organizaciones tan ágiles como un hongo? Quizá la respuesta no esté en más código, sino en ser menos humanos—o al menos, en humanos dispuestos a desaprender su individualismo.
El descubrimiento del mycelium fue, para mí, un momento revelador. Su estudio me llevó a repensar las estructuras tradicionales de organización y a explorar nuevas formas de conexión entre arte, comunes y tecnología. Hoy, sigo explorando estas intersecciones, tejiendo redes descentralizadas que, como el mycelium, crean oportunidades de transformación y regeneración.
¿Puede el arte ser un medio para que lo no humano hable? (Mis telas manchadas de musgo sugieren que sí, pero no en un lenguaje que podamos traducir). ¿Son las DAO una etapa evolutiva o solo una fantasía antropocéntrica? (El micelio lleva 1,000 millones de años perfeccionando su red; nosotros llevamos 10 con Ethereum). ¿Qué pasa cuando una obra de arte no está hecha para ser vista? (El Reloj Fungi existe aunque nadie lo observe). Este texto, como mis instalaciones, es un work in progress. Porque el micelio nunca termina de crecer—solo se transforma.
Si los hongos son la internet natural, ¿seremos capaces de construir una tecnología que imite no solo su estructura, sino su humildad?
Como se dijo en STWST en Linz: "No se trata de terminar, sino de avanzar". El arte, los comunes y las DAO comparten esa espora fértil: la capacidad de crecer en lo incompleto. El mycelium nos enseña que lo importante no es el individuo, sino la red. Y en esa red —entre hongos, humanos y algoritmos— seguimos buscando utopías posibles.
Nota final: Si los hongos llevan 1,000 millones de años conectando bosques, quizá nosotros, con nuestras DAO y antenas de anomalías, apenas estemos aprendiendo a escuchar.
Links:
https://stwst48x5.stwst.at/en/about
https://www.research.ed.ac.uk/en/activities/power-to-the-commons-assembly-documenta-15
https://documenta-fifteen.de/en/lumbung-members-artists/arts-collaboratory/
https://ars.electronica.art/news/en/
comunes culturales https://drive.google.com/drive/folders/1IqSpPPDEHvh65bPNyLLCyqrlVFOm858t?usp=drive_link
Alexander