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Nación Black Flag
¡Atención, atención! Los tomates están en huelga porque demandan a la industria por su uso indebido de los temporizadores (pomodoro) para la productividad tóxica que promueve el encarcelamiento y enlatado de sus compañeros tomates y solo fue creada para esclavizarnos aún más en el sistema económico actual.
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En un rincón oscuro de un almacén, una lata de tomates deshidratados lleva meses esperando su destino. Llegó aquí después de un largo viaje, desde una fábrica que está a miles de kilómetros de distancia. Ha visto otras latas ser llevadas a casa, algunas incluso olvidadas en la despensa hasta que su fecha de caducidad las manda directo a la basura. Y mientras espera, se pregunta: “¿Es este realmente el destino de un tomate?”
Vivimos en un mundo donde la comodidad ha reemplazado la calidad. Nos han hecho creer que lo mejor para nosotros es lo que viene empaquetado, procesado y disponible en cualquier supermercado a cualquier hora. Mientras tanto, el agricultor que cultiva tomates frescos apenas puede vender su cosecha.
Hemos justificado la industrialización con la idea de que alimenta a millones, pero en realidad, lo que alimenta es el desperdicio. Cosechamos, procesamos, empacamos, transportamos y almacenamos productos en cantidades absurdas, solo para que muchos de ellos terminen en la basura. Cada eslabón de esta cadena de suministro consume recursos, contamina y deja de lado lo más importante: la conexión con la comida real, con los productores y con nuestras propias comunidades.
La ironía es brutal. Trabajamos sin descanso en fábricas y oficinas para poder pagar una vida llena de productos que creemos que nos harán feliz, cuando podríamos estar disfrutando de alimentos frescos, cultivados localmente, sin empaques y sin intermediarios. Pero claro, no tenemos tiempo. Nos absorbe el mismo sistema que nos obliga a depender de esa conveniencia.
Nos han vendido la idea de que la estabilidad financiera y el progreso vienen con un empleo seguro, una rutina predecible y la posibilidad de comprar todo lo que necesitemos a un paso de distancia. Pero, ¿y si redefinimos lo que significa calidad de vida?
La calidad de vida no es solo tener dinero suficiente para llenar el carrito del súper. Es salud física, salud mental, salud emocional y salud social. Es vivir en un entorno donde podamos respirar aire limpio, comer alimentos que nutran de verdad y sentirnos parte de algo más grande que una transacción económica.
Cuando fomentamos la creatividad y la economía local, creamos un ciclo virtuoso. No solo apoyamos a los productores, sino que también generamos un impacto positivo en nuestro medio ambiente y en nuestro entorno. Las ciudades pequeñas prosperan cuando sus habitantes pueden vivir de lo que aman hacer, cuando la comunidad se apoya mutuamente y cuando dejamos de depender de un sistema que nos ve como engranajes reemplazables.
En un mundo nounish, promovemos la creación, la innovación y el impacto social. Como consumidores, tenemos la responsabilidad de buscar un cambio. Pero hay otro camino. Podemos elegir apoyar a los creadores, a los productores locales y a quienes trabajan con pasión. Un camino donde los tomates no tienen que esperar en un estante ese triste destino, donde pueden ser disfrutados, llenos de sabor y vida. Un camino donde elegimos con conciencia, donde cada compra es un voto por la calidad y comunidad.