Ruleta Rusa

La probabilidad de que un revólver de 6 tiros con una sola bala, rotando el barril de forma, digamos, aleatoria y dejando de lado muchos otros factores, se dispare es de 16% ¿Cuánta suerte se debe tener para no caer en ese 16% mortal cuando se apunta directo a la cien?

“Nada es más justo que el azar” fue una frase que se manifestó en diferentes puntos de mi vida, algunas veces la leí en algún libro de probabilidad y estadística cuasi esotérico; recuerdo haberla escuchado de alguien en alguna película de esas de muchos balazos; Carlo Magno, mi profesor de Teoría del poder en la universidad, la menciono más de 3 ocasiones, y seguramente la leí o escuché en algunos otros puntos de menor impacto que en este momento no me vienen a la cabeza.

Hoy sé que es ampliamente discutible esta premisa, que es más poética que pragmática y que el concepto justicia vive en cada uno de nosotros y no en el entorno que nos rodea; lo justo es aquello que me parece así y no aquello que debería ser así o que por azar del destino es, la justicia no existe, solo existe la percepción de la misma. 

¿Cuánta justicia se percibe en el azar? Ninguna, la percepción de la justicia se delinea en torno a las emociones que esta despierta, tiene que satisfacer un sentimiento y el azar no lo hace. El azar es un hecho aleatorio que puede ocurrir o no independientemente de las cuentas que se deban y de las que haya que cobrar, ergo, el azar es un desapego de responsabilidad, es entregarse a la indeterminación de facto o por desconocimiento de suficiente número de datos. 

Yo maté a mi hermano.

Jamás me he podido quitar de la cabeza lo que pasó y lo merezco, soy un monstruo, un ser repudiable, que anda, que viste y calza, una figura deleznable, aborrecible, cínica, vulgar… pero no arrepentida. 

Fue en mi octavo cumpleaños, recuerdo perfecto aquella pregunta de mis padres, quienes odiaban hacer fiestas donde, según ellos, lo único era complacer a gente gorrona que realmente no tenía interés por nosotros; ¿Fiesta o viaje? Era una pregunta retórica, ya que mi madre, al final, siempre decidía viajar, tenía ese toque sutil y cruel de reina, donde una mirada podía costarnos la cabeza a mí, a mi hermano o a mi padre. Siempre me cuestioné por qué papá hacia lo que mi mamita dictaba, con los años, la masturbación y las relaciones sexuales, entendí todo. Somos unos perros en busca de un pedazo de carne, eso somos… te lo ahorré hermano. Incluso somos peores porque los perros después de unas cuantas patadas aprenden, un hombre puede arrastrar su dignidad en grados inimaginables, pueden hundirse en la mierda y aún sonreír… pusilánimes, mal paridos, hijos de puta. 

El viaje lo hicimos a un pueblo mágico, eufemismo para pueblos mentirosos, maquillados para los turistas que van a dejar dinero y atendidos por personas que viven en la miseria y que esa miseria ha convertido en buitres, con las garras y los dientes bien afilados para despellejar a cualquiera que parezca ligeramente distraído; de esa magia hablamos, de la que es más parecida al engaño que a la fantasía, también eso te lo ahorré hermano… el mundo, en general, es así, hipócrita de moral versátil, unos como que no ven y los otros como que tampoco. 

Bajando de la camioneta de papá miré un puesto, de esos callejeros con tiras de dulces a los costados, una especie de tinaja grande con hielo sucio y bebidas, un señor de sombrero, de piel marrón, con arrugas en manos y cara, seguramente tenía arrugas por todo el cuerpo, pero ello solo lo imagino porque por fortuna el señor estaba vestido, ese señor atendía el puesto. Papá nos miró y preguntó si queríamos algo de tomar, respondí que sí, y en el acto mi hermano, siguiéndome como siempre lo había hecho, dijo que él también. Hermanito querido, yo sabía que tú harías lo que yo hiciera, lo sabía y jamás lo voy a poder negar. Sabía que caminarías al infierno detrás de mí, sabía que atravesarías esa puerta si te lo pidiera… y lo hiciste. 

Mi madre ejerciendo todo su poder sobre papá y sobre nosotros, sentenció que nada más un refresco para los dos. Cuanto detestaba eso, más aún lo detestaba cuando los miraba embriagarse en las cantinas sin ningún tipo de reparo, sin medir jamás la cantidad de vasos que bebían, el control y los límites solo eran para nosotros, no para ella. Villana cruel, maldita madre, infeliz mujer; otra cosa que te ahorré hermanito.

Al fin nos acercamos al puesto, el viejo arrugado de piel marrón preguntó que llevaríamos, papá tomó una coca y miró de reojo a mi madre, ella estaba distraída mirando unas telas en el puesto de junto y mi papá aprovechó para preguntarme si quería algo más, yo era su hermoso cariño, tú, hermanito, eras el pilón… también te lo ahorré. En ese momento yo sabía lo que venía. Estaba ahí, un revolver colgado, era de juguete, de esos que truenan al dispararse, pero que era lo suficientemente parecido al que tenía papá en casa… mi imaginación voló y vi la estampa de tu cuerpo tirando, ensangrentado y con la cabeza despedazada… pedí el revolver y papito concedió, idiota carente de voluntad. 

El viaje terminó, y las dos semanas que duró pensé y pensé como hacerlo, sabía de las consecuencias, sabía de las lamentaciones, sabía del dolor, sabía que la vida de mi familia se iría a la verga, vaya que lo sabía, y eso me excitaba, me hacía fantasear como pueden fantasear los niños, con muchos colores, con muchos sonidos, con mucha imaginación. De vuelta en casa, el solo hecho de pensar en mi plan me provocaba erecciones, las cuales no controlaba y el mínimo frote del pantalón con mi pene me volvía loco y la sensación de humedad me gustaba, mi llegada al orgasmo fue entre la fantasía de la sangre y el plan para derramarla como me derramaba yo al imaginarlo. 

Llegó el día, mis padres como de costumbre nos dejaron solos para ir a embriagarse, debo aclarar que no fue la primera vez que nos dejaron después del viaje, debió ser la cuarta o quinta, las anteriores las aproveche para conocer el funcionamiento del revólver de papá, encontrar las balas, cargarlo, apuntar y simular disparar… no era tan diferente al de juguete a excepción del peso, vaya que era pesado. 

Hermanito mío, yo sabía que me seguirías y sabía exactamente que querrías el revólver que yo tuviera, por esa razón comencé jugando a “los suicidados” con el revólver de papá y te di a ti el de juguete. Jamás me acerqué el arma a la cara porque temía que se disparara, estaba preparada la bala, estaba amartillado; la muerte, el caos y la locura estaban listas y ansiosas por liberarse. Como era de esperarse me pediste el revólver, antes de dártelo te pedí el de juguete, puse el revólver de papá arriba de la pecera, esa pecera donde no podías darle de comer a los peces porque no alcanzabas y te dije:

-Mira, fíjate bien, tienes que ponerte el revolver en la boca, eh – y tú respondiste – sí, sí, sí, ya sé, dámelo, dámelo – te pedí que lo pusieras en la boca porque sabía que el disparo patearía y podrías no acertar y mi plan no podía fallar. Aún en ese momento fui cruel y te hice desesperar para darte el arma. Cuando al final te lo di salí corriendo gritando que tenías la pistola de papá. No fueron más de 10 segundo cuando se escuchó la detonación, después silencio, 20 o 30 segundos de silencio en los que caminé de vuelta para ver mi obra, mi ópera prima… y después los vecinos, las luces, los colores, los llantos, el dolor y la atención con la que tanto había fantaseado… yo sabía algo que todos los adultos no.

Desde los 27 comencé, quizá por aquella historia boba de la muerte de los genios a esa edad, a jugar a la ruleta rusa, siempre con la bala en el mismo sitio, cada día 2 de cada mes, siempre una vuelta al barril y siempre apuntando a la cien porque ya aguanto el revólver. 71 veces he tirado la ruleta, 71 veces la vida, tú, nuestros padres, la justicia, Dios, el azar o lo que putas sea, me ha negado eso, la gloria de irme envuelto en drama, en llantos y dolor, por supuesto no mío sino de esas cosas que nos rodean, esas cosas que se piensan personas. La probabilidad de que pase una vez más, de que vuelva a salir vivo de la ruleta son 5 de 6, como cada vez. Lo que lo hace astronómicamente curioso es que hayan sido ya 71 veces las que he salido vivo, y es que si hacemos un poco de cuentas nos enteramos que existe 1 posibilidad entre 5,000 de este resultado. Mi situación, al igual que yo, es única, pero el azar no me va a quitar el placer de ser eterno como lo has sido tú en mi pensamiento, y hoy, 2 de mayo, hay 6 balas en el barril del revólver.