Me despierto en mi cuarto a oscuras. Seis de la mañana. Lado derecho de la cama. Una respiración profunda y a la ventana. El cielo transita desde las diferentes tonalidades de azul hasta el violeta. Abro las persianas para permitir que la frialdad de la noche erice mi piel. ¿Estoy vivo? En efecto.
Entonces, si vivo... puedo escribir.
Mi espacio de escritura, en una esquina de la habitación, no ocupa más de un metro cuadrado. Tengo una mesita redonda de cristal templado, ligera como un pedazo de papel. Sobre ella, una vorágine de elementos, algunos de ellos terminaron en el suelo aunque no sé como.
Dicen que la escritura es un acto de telepatía. ¿Me pregunto si puedes ver lo que yo veo?
Mis lápices tienen diferentes tamaños y colores, y compiten por mi atención. Los talo con mesura y me preocupo de que tengan un buen extremo puntiagudo. Nadie me lo ha dicho pero sospecho que cuanto más afilados estén, así de aguzado estará mi intelecto.
Mi cuaderno de escribir permanece abierto en la última página conseguida con éxito. Así enfrento el bloqueo de escritor. Tengo notas sueltas regadas por doquier. Son expresión de mis pensamientos, y son caóticos. Algunas de esas notas evolucionarán hacia animales de mayor envergadura. Otras irán al archivo, donde esperarán a ser retomadas por mi yo del futuro.
Mi silla no es cómoda. Demasiado baja y demasiado dura, los cojines no ayudan. Pero es en la que confío para saber si estoy conectado con mi historia, o si la trama es buena, porque me olvido del todo de su existencia.
En la pared de enfrente tengo colgado un mural, elementos que heredé de mi época como maestro. Estoy orgulloso de su diseño. Un gran pedazo de cartón dividido al medio entre dos secciones de papel azul y rojo. Está lleno de recortes de papel sujetados con tachuelas. Allí registro mi progreso, mis metas, mis sueños,mis miedos.
La puerta, a dos pasos de distancia, permanece cerrada. Al otro lado me espera otra dimensión, otra realidad. Estoy aprendiendo a dividir la vida que sucede afuera de la que hago suceder adentro. Solo cuando estoy a solas puedo pronunciar mi verdadero nombre. En el exterior adopto una postura y miento, pero recluido en mi metro cuadrado no hay lugar para el engaño porque los elementos de mi mesa de escritura siempre me dicen quien soy. Y me gusta lo que escucho.
Agarro mi celular y reviso la consigna del día. Me entusiasmo. Enseguida la comparto con mis compañeros, esas almas tan soñadoras como yo, distribuidas en diversos puntos de la geografía del continente. Hace quince días no sabía que existían, ahora compartimos el pan y el vino de la literatura.
Si mis teorías son correctas puedo decir que los conozco, porque los he leído. Y puedo asegurar, además, que saben quién soy aunque nunca me hayan mirado a los ojos.
Es hora de empezar la faena, manos a la obra. Hago el intento por alinear mis neuronas e imponerles un poco de disciplina. Es el último día del Mundial pero sé que el primero de una época maravillosa en la que me acomodaré en este espacio y pondré cada uno de mis pensamientos en la página. Alejado de falacias, de ilusiones ingenuas, de estereotipos. Solo sentarse a escribir. Escribir y ser feliz.
Dicen que la escritura es un acto de telepatía así que te pregunto:
¿No puedes verte ahora mismo en esta silla?

