Me despierto en mi cuarto a oscuras. Seis de la mañana. Lado derecho de la cama. Una respiración profunda y a la ventana. El cielo transita desde las diferentes tonalidades de azul hasta el violeta. Abro las persianas para permitir que la frialdad de la noche erice mi piel. ¿Estoy vivo? En efecto. Entonces, si vivo... puedo escribir. Mi espacio de escritura, en una esquina de la habitación, no ocupa más de un metro cuadrado. Tengo una mesita redonda de cristal templado, ligera como un pedazo ...