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El año dieciocho, el día veintidós del primer mes, se celebró consejo en el palacio de Nabucodonosor, rey de Asiria, en orden a la venganza que había de tomarse a toda aquella tierra, tal como lo había anunciado.
Convocó a todos sus ministros y a todos sus magnates y expuso ante ellos su secreto designio, decidiendo con su propia boca la total desgracia de aquella tierra.
Y ellos sentenciaron que debía ser destruida toda carne que no había escuchado las palabras de su boca.
Acabado el consejo, Nabucodonosor, rey de Asiria, llamó a Holofernes, jefe supremo del ejército y segundo suyo, y le dijo:
«Así dice el gran rey, señor de toda la tierra: Parte de junto a mí. Toma contigo hombres de valor probado, unos 120.000 infantes y una gran cantidad de caballos, con 12.000 jinetes;
marcha contra toda la tierra de occidente, pues no escucharon las palabras de mi boca.
Ordénales que pongan a tu disposición tierra y agua, porque partiré airado contra ellos y cubriré toda la superficie de la tierra con los pies de mis soldados, a los que entregaré el país como botín.
Sus heridos llenarán sus barrancos; sus ríos y torrentes, repletos todos de cadáveres, se desbordarán;
y los deportaré hasta los confines de la tierra.
Parte, pues, y comienza por apoderarte de su territorio. Si se rinden a ti, resérvamelos para el día de su vergüenza.
Pero que no perdone tu ojo a los rebeldes. Entrégalos a la muerte y al saqueo en todo el país conquistado.
Porque, por mi vida y por el poderío de mi reino, como lo he dicho, lo cumpliré por mi propia mano.
Por tu parte, no traspases ni una sola de las órdenes de tu señor; las cumplirás estrictamente, sin tardanza, tal como te lo he mandado.»
En saliendo Holofernes de la presencia de su señor, convocó a todos los príncipes, jefes y capitanes del ejército asirio,
y eligió a los hombres más selectos para la guerra, como lo había ordenado su señor: unos 120.000 hombres, más 12.000 arqueros a caballo,
y los puso en orden de combate, como se ordena una multitud para la batalla.
Tomó una gran cantidad de camellos, asnos y mulas para el bagage e incontable número de ovejas, bueyes y cabras para el avituallamiento;
provisiones abundantes para cada hombre y muchísimo oro y plata de la casa real.
Se puso luego Holofernes en camino con todo su ejército para preceder al rey Nabucodonosor y para cubrir toda la superficie de la tierra de occidente con sus carros, sus caballos y sus mejores infantes.
Se les agregó una multitud tan numerosa como la langosta y como la arena de la tierra, que les seguía en tan gran número que no se podía calcular.
Se alejaron de Nínive tres jornadas de camino hasta la llanura de Bektilez, y acamparon junto a Bektilez, cerca del monte que está a la izquierda de la Cilicia superior.
Tomó todo su ejército, infantes, jinetes y carros, y partió de allí hacia la montaña.
Desbarató a Put y Lud, devastó a todos los hijos de Rassis y a los hijos de Ismael que están al borde del desierto, al sur de Jeleón,
atravesó el Eufrates, recorrió Mesopotamia, arrasó todas las ciudades altas que dominan el torrente Abroná y llegó hasta el mar.
Se apoderó del territorio de Cilicia y, derrotando a cuantos se le oponían, alcanzó la frontera de Jafet por el sur, frente a Arabia.
Cercó a todos los madianitas, incendió sus tiendas y saqueó sus aduares;
descendió hacia la llanura de Damasco, al tiempo de la siega del trigo, incendió todos sus cultivos, exterminó sus rebaños de ovejas y bueyes, saqueó sus ciudades, devastó sus campos y pasó a cuchillo a todos sus jóvenes.
Temor y espanto de él cayó sobre todos los habitantes del litoral. Los de Sidón y Tiro, los habitantes de Sur y Okina, los de Yamnia, Azoto y Ascalón temblaron ante él.
Entonces le enviaron mensajeros para decirle en son de paz:
«Nosotros, siervos del gran rey Nabucodonosor, nos postramos ante ti. Trátanos como mejor te parezca.
Nuestras granjas y todo nuestro territorio, nuestros campos de trigo, los rebaños de ovejas y bueyes, todas las majadas de nuestros campamentos, están a tu disposición. Haz con ellos lo que quieras.
También nuestras ciudades y los que las habitan son siervos tuyos. Ven, dirígete a ellas y haz lo que te parezca bien.»
Los enviados se presentaron ante Holofernes y le comunicaron estas palabras.
Entonces él bajó con todo su ejército al litoral, puso guarniciones en las ciudades altas, y les tomó los mejores hombres en calidad de tropas auxiliares.
Los habitantes de las ciudades y todos los de los contornos salieron a recibirle con coronas y danzando al son de tambores.
El saqueó sus santuarios y taló sus bosques sagrados, pues había recibido la orden de destruir todas las divinidades del país para que todas las gentes adorasen únicamente a Nabucodonosor y todas las lenguas y todas las tribus le proclamasen dios.
Llegó después frente a Esdrelón, junto a Dotán, que está ante la gran sierra montañosa de Judea,
acamparon entre Gueba y Escitópolis y se detuvo allí un mes, haciendo acopio de provisiones para su ejército.
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador;
pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas.
A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera.
Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz.
Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.»
Yeshúa les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba.
Entonces Yeshúa les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas.
Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon.
Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto.
El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.
Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.
Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa,
porque es asalariado y no le importan nada las ovejas.
Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí,
como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas.
También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor.
Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo.
Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre.»
Había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta.
María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo.
Las hermanas enviaron a decir a Yeshúa: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo.»
Al oírlo Yeshúa, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Elohim, para que el Hijo de Elohim sea glorificado por ella.»
Yeshúa amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.
Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba.
Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea.»
Le dicen los discípulos: «Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?»
Yeshúa respondió: «¿No son doce las horas del día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo;
pero si uno anda de noche, tropieza, porque no está la luz en él.»
Dijo esto y añadió: «Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle.»
Le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se curará.»
Yeshúa lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño.
Entonces Yeshúa les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto,
y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él.»
Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él.»
Cuando llegó Yeshúa, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro.
Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios,
y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano.
51 Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Yeshúa iba a morir por la nación
52 — y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Elohim que estaban dispersos.
53 Desde este día, decidieron darle muerte.
54 Por eso Yeshúa no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana al desierto, a una ciudada llamada Efraím, y allí residía con sus discípulos.
55 Estaba cerca la Pascua de los judíos, y muchos del país habían subido a Jerusalén, antes de la Pascua para purificarse.
56 Buscaban a Yeshúa y se decían unos a otros estando en el Templo: «¿Qué os parece? ¿Que no vendrá a la fiesta?»
57 Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que, si alguno sabía dónde estaba, lo notificara para detenerle.
¡Aleluya!
¡Dad gracias a Yahveh, aclamad su nombre, divulgad entre los pueblos sus hazañas!
¡Cantadle, salmodiad para él, sus maravillas todas recitad;
gloriaos en su santo nombre, se alegre el corazón de los que buscan a Yahveh!
¡Buscad a Yahveh y su fuerza, id tras su rostro sin descanso,
recordad las maravillas que él ha hecho, sus prodigios y los juicios de su boca!
Raza de Abraham, su servidor, hijos de Jacob, su elegido:
él, Yahveh, es nuestro Dios, por toda la tierra sus juicios.
El se acuerda por siempre de su alianza, palabra que impuso a mil generaciones,
lo que pactó con Abraham, el juramento que hizo a Isaac,
y que puso a Jacob como precepto, a Israel como alianza eterna,
diciendo: «Yo te daré la tierra de Canaán por parte de vuestra herencia».
Aunque ellos eran poco numerosos, gente de paso y forasteros allí,
cuando iban de nación en nación, desde un reino a otro pueblo,
a nadie permitió oprimirles, por ellos castigó a los reyes:
«Guardaos de tocar a mis ungidos, ni mal alguno hagáis a mis profetas.»
Llamó al hambre sobre aquel país, todo bastón de pan rompió;
delante de ellos envió a un hombre, José, vendido como esclavo.
Sus pies vejaron con grilletes, por su cuello pasaron las cadenas,
hasta que se cumplió su predicción, y le acreditó la palabra de Yahveh.
El rey mandó a soltarle, el soberano de pueblos, a dejarle libre;

El año dieciocho, el día veintidós del primer mes, se celebró consejo en el palacio de Nabucodonosor, rey de Asiria, en orden a la venganza que había de tomarse a toda aquella tierra, tal como lo había anunciado.
Convocó a todos sus ministros y a todos sus magnates y expuso ante ellos su secreto designio, decidiendo con su propia boca la total desgracia de aquella tierra.
Y ellos sentenciaron que debía ser destruida toda carne que no había escuchado las palabras de su boca.
Acabado el consejo, Nabucodonosor, rey de Asiria, llamó a Holofernes, jefe supremo del ejército y segundo suyo, y le dijo:
«Así dice el gran rey, señor de toda la tierra: Parte de junto a mí. Toma contigo hombres de valor probado, unos 120.000 infantes y una gran cantidad de caballos, con 12.000 jinetes;
marcha contra toda la tierra de occidente, pues no escucharon las palabras de mi boca.
Ordénales que pongan a tu disposición tierra y agua, porque partiré airado contra ellos y cubriré toda la superficie de la tierra con los pies de mis soldados, a los que entregaré el país como botín.
Sus heridos llenarán sus barrancos; sus ríos y torrentes, repletos todos de cadáveres, se desbordarán;
y los deportaré hasta los confines de la tierra.
Parte, pues, y comienza por apoderarte de su territorio. Si se rinden a ti, resérvamelos para el día de su vergüenza.
Pero que no perdone tu ojo a los rebeldes. Entrégalos a la muerte y al saqueo en todo el país conquistado.
Porque, por mi vida y por el poderío de mi reino, como lo he dicho, lo cumpliré por mi propia mano.
Por tu parte, no traspases ni una sola de las órdenes de tu señor; las cumplirás estrictamente, sin tardanza, tal como te lo he mandado.»
En saliendo Holofernes de la presencia de su señor, convocó a todos los príncipes, jefes y capitanes del ejército asirio,
y eligió a los hombres más selectos para la guerra, como lo había ordenado su señor: unos 120.000 hombres, más 12.000 arqueros a caballo,
y los puso en orden de combate, como se ordena una multitud para la batalla.
Tomó una gran cantidad de camellos, asnos y mulas para el bagage e incontable número de ovejas, bueyes y cabras para el avituallamiento;
provisiones abundantes para cada hombre y muchísimo oro y plata de la casa real.
Se puso luego Holofernes en camino con todo su ejército para preceder al rey Nabucodonosor y para cubrir toda la superficie de la tierra de occidente con sus carros, sus caballos y sus mejores infantes.
Se les agregó una multitud tan numerosa como la langosta y como la arena de la tierra, que les seguía en tan gran número que no se podía calcular.
Se alejaron de Nínive tres jornadas de camino hasta la llanura de Bektilez, y acamparon junto a Bektilez, cerca del monte que está a la izquierda de la Cilicia superior.
Tomó todo su ejército, infantes, jinetes y carros, y partió de allí hacia la montaña.
Desbarató a Put y Lud, devastó a todos los hijos de Rassis y a los hijos de Ismael que están al borde del desierto, al sur de Jeleón,
atravesó el Eufrates, recorrió Mesopotamia, arrasó todas las ciudades altas que dominan el torrente Abroná y llegó hasta el mar.
Se apoderó del territorio de Cilicia y, derrotando a cuantos se le oponían, alcanzó la frontera de Jafet por el sur, frente a Arabia.
Cercó a todos los madianitas, incendió sus tiendas y saqueó sus aduares;
descendió hacia la llanura de Damasco, al tiempo de la siega del trigo, incendió todos sus cultivos, exterminó sus rebaños de ovejas y bueyes, saqueó sus ciudades, devastó sus campos y pasó a cuchillo a todos sus jóvenes.
Temor y espanto de él cayó sobre todos los habitantes del litoral. Los de Sidón y Tiro, los habitantes de Sur y Okina, los de Yamnia, Azoto y Ascalón temblaron ante él.
Entonces le enviaron mensajeros para decirle en son de paz:
«Nosotros, siervos del gran rey Nabucodonosor, nos postramos ante ti. Trátanos como mejor te parezca.
Nuestras granjas y todo nuestro territorio, nuestros campos de trigo, los rebaños de ovejas y bueyes, todas las majadas de nuestros campamentos, están a tu disposición. Haz con ellos lo que quieras.
También nuestras ciudades y los que las habitan son siervos tuyos. Ven, dirígete a ellas y haz lo que te parezca bien.»
Los enviados se presentaron ante Holofernes y le comunicaron estas palabras.
Entonces él bajó con todo su ejército al litoral, puso guarniciones en las ciudades altas, y les tomó los mejores hombres en calidad de tropas auxiliares.
Los habitantes de las ciudades y todos los de los contornos salieron a recibirle con coronas y danzando al son de tambores.
El saqueó sus santuarios y taló sus bosques sagrados, pues había recibido la orden de destruir todas las divinidades del país para que todas las gentes adorasen únicamente a Nabucodonosor y todas las lenguas y todas las tribus le proclamasen dios.
Llegó después frente a Esdrelón, junto a Dotán, que está ante la gran sierra montañosa de Judea,
acamparon entre Gueba y Escitópolis y se detuvo allí un mes, haciendo acopio de provisiones para su ejército.
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador;
pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas.
A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera.
Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz.
Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.»
Yeshúa les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba.
Entonces Yeshúa les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas.
Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon.
Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto.
El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.
Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.
Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa,
porque es asalariado y no le importan nada las ovejas.
Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí,
como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas.
También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor.
Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo.
Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre.»
Había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta.
María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo.
Las hermanas enviaron a decir a Yeshúa: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo.»
Al oírlo Yeshúa, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Elohim, para que el Hijo de Elohim sea glorificado por ella.»
Yeshúa amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.
Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba.
Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea.»
Le dicen los discípulos: «Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?»
Yeshúa respondió: «¿No son doce las horas del día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo;
pero si uno anda de noche, tropieza, porque no está la luz en él.»
Dijo esto y añadió: «Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle.»
Le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se curará.»
Yeshúa lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño.
Entonces Yeshúa les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto,
y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él.»
Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él.»
Cuando llegó Yeshúa, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro.
Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios,
y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano.
51 Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Yeshúa iba a morir por la nación
52 — y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Elohim que estaban dispersos.
53 Desde este día, decidieron darle muerte.
54 Por eso Yeshúa no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana al desierto, a una ciudada llamada Efraím, y allí residía con sus discípulos.
55 Estaba cerca la Pascua de los judíos, y muchos del país habían subido a Jerusalén, antes de la Pascua para purificarse.
56 Buscaban a Yeshúa y se decían unos a otros estando en el Templo: «¿Qué os parece? ¿Que no vendrá a la fiesta?»
57 Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que, si alguno sabía dónde estaba, lo notificara para detenerle.
¡Aleluya!
¡Dad gracias a Yahveh, aclamad su nombre, divulgad entre los pueblos sus hazañas!
¡Cantadle, salmodiad para él, sus maravillas todas recitad;
gloriaos en su santo nombre, se alegre el corazón de los que buscan a Yahveh!
¡Buscad a Yahveh y su fuerza, id tras su rostro sin descanso,
recordad las maravillas que él ha hecho, sus prodigios y los juicios de su boca!
Raza de Abraham, su servidor, hijos de Jacob, su elegido:
él, Yahveh, es nuestro Dios, por toda la tierra sus juicios.
El se acuerda por siempre de su alianza, palabra que impuso a mil generaciones,
lo que pactó con Abraham, el juramento que hizo a Isaac,
y que puso a Jacob como precepto, a Israel como alianza eterna,
diciendo: «Yo te daré la tierra de Canaán por parte de vuestra herencia».
Aunque ellos eran poco numerosos, gente de paso y forasteros allí,
cuando iban de nación en nación, desde un reino a otro pueblo,
a nadie permitió oprimirles, por ellos castigó a los reyes:
«Guardaos de tocar a mis ungidos, ni mal alguno hagáis a mis profetas.»
Llamó al hambre sobre aquel país, todo bastón de pan rompió;
delante de ellos envió a un hombre, José, vendido como esclavo.
Sus pies vejaron con grilletes, por su cuello pasaron las cadenas,
hasta que se cumplió su predicción, y le acreditó la palabra de Yahveh.
El rey mandó a soltarle, el soberano de pueblos, a dejarle libre;
Se produjo otra vez una disensión entre los judíos por estas palabras.
Muchos de ellos decían: «Tiene un demonio y está loco. ¿Por qué le escucháis?»
Pero otros decían: «Esas palabras no son de un endemoniado. ¿Puede acaso un demonio abrir los ojos de los ciegos?»
Se celebró por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno.
Yeshúa se paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón.
Le rodearon los judíos, y le decían: «¿Hasta cuándo vas tenernos en vilo? Si tú eres el Mesías, dínoslo abiertamente.»
Yeshúa les respondió: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí;
pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas.
Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas mi siguen.
Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano.
El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre.
Yo y el Padre somos uno.»
Los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle.
Yeshúa les dijo: «Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?»
Le respondieron los judíos: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Elohim.»
Yeshúa les respondió: «¿No está escrito en vuestra Ley: Yo he dicho: dioses sois?
Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Elohim — y no puede fallar la Escritura -
a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: “Yo soy Hijo de Elohim”?
Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis;
pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre.»
Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos.
Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí.
Muchos fueron donde él y decían: «Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste, era verdad.»
Y muchos allí creyeron en él.
Cuando Marta supo que había venido Yeshúa, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa.
Dijo Marta a Yeshúa: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.
Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Elohim, Elohim te lo concederá.»
Le dice Yeshúa: «Tu hermano resucitará.»
Le respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día.»
Yeshúa le respondió: «Yo soy la resurrección El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?»
Le dice ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Elohim, el que iba a venir al mundo.»
Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: «El Maestro está ahí y te llama.»
Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rapidamente, y se fue donde él.
Yeshúa todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado.
Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí.
Cuando María llegó donde estaba Yeshúa, al verle, cayó a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.»
Viéndola llorar Yeshúa y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó
y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?» Le responden: «Señor, ven y lo verás.»
Yeshúa se echó a llorar.
Los judíos entonces decían: «Mirad cómo le quería.»
Pero algunos de ellos dijeron: «Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?»
Entonces Yeshúa se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra.
Dice Yeshúa: «Quitad la piedra.» Le responde Marta, la hermana del muerto: «Señor, ya huele; es el cuarto día.»
Le dice Yeshúa: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Elohim?»
Quitaron, pues, la piedra. Entonces Yeshúa levantó los ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado.
Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado.»
Dicho esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!»
Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Yeshúa les dice: «Desatadlo y dejadle andar.»
Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él.
Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que había hecho Yeshúa.
Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales.
Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.»
Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada,
ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación.»
para instruir a su gusto a sus magnates, y a sus ancianos hacer sabios.
Entonces Israel entró en Egipto, Jacob residió en el país de Cam.
El aumentó a su pueblo en gran manera, le hizo más fuerte que sus adversarios;
cambió el corazón de éstos para que odiasen a su pueblo y a sus siervos pusieran asechanzas.
Luego envió a Moisés su servidor, y Aarón, su escogido,
que hicieron entre ellos sus señales anunciadas, prodigios en el país de Cam.
Mandó tinieblas y tinieblas hubo, mas ellos desafiaron sus palabras.
Trocó en sangre sus aguas y a sus peces dio muerte.
Pululó de ranas su país, hasta en las moradas de sus reyes;
mandó él, y vinieron los mosquitos, los cínifes por toda su comarca.
Les dio por lluvia el granizo, llamas de fuego en su país;
hirió sus viñedos, sus higueras, y los árboles quebró de su comarca.
Dio la orden, y llegó la langosta, y el pulgón en número incontable;
comieron toda hierba en su país, comieron el fruto de su suelo.
E hirió en su país a todo primogénito, las primicias de todo su vigor;
y a ellos los sacó con plata y oro, ni uno solo flaqueó de entre sus tribus.
Egipto se alegró de su salida, pues era presa del terror.
El desplegó una nube por cubierta, y un fuego para alumbrar de noche.
Pidieron, y trajo codornices, de pan de los cielos los hartó;
abrió la roca, y brotaron las aguas, como río corrieron por los sequedales.
Recordando su palabra sagrada dada a Abraham su servidor,
sacó a su pueblo en alborozo, a sus elegidos entre gritos de júbilo.
Y las tierras les dio de las naciones, el trabajo de las gentes heredaron,
a fin de que guarden sus preceptos y sus leyes observen.
Se produjo otra vez una disensión entre los judíos por estas palabras.
Muchos de ellos decían: «Tiene un demonio y está loco. ¿Por qué le escucháis?»
Pero otros decían: «Esas palabras no son de un endemoniado. ¿Puede acaso un demonio abrir los ojos de los ciegos?»
Se celebró por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno.
Yeshúa se paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón.
Le rodearon los judíos, y le decían: «¿Hasta cuándo vas tenernos en vilo? Si tú eres el Mesías, dínoslo abiertamente.»
Yeshúa les respondió: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí;
pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas.
Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas mi siguen.
Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano.
El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre.
Yo y el Padre somos uno.»
Los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle.
Yeshúa les dijo: «Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?»
Le respondieron los judíos: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Elohim.»
Yeshúa les respondió: «¿No está escrito en vuestra Ley: Yo he dicho: dioses sois?
Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Elohim — y no puede fallar la Escritura -
a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: “Yo soy Hijo de Elohim”?
Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis;
pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre.»
Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos.
Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí.
Muchos fueron donde él y decían: «Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste, era verdad.»
Y muchos allí creyeron en él.
Cuando Marta supo que había venido Yeshúa, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa.
Dijo Marta a Yeshúa: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.
Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Elohim, Elohim te lo concederá.»
Le dice Yeshúa: «Tu hermano resucitará.»
Le respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día.»
Yeshúa le respondió: «Yo soy la resurrección El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?»
Le dice ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Elohim, el que iba a venir al mundo.»
Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: «El Maestro está ahí y te llama.»
Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rapidamente, y se fue donde él.
Yeshúa todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado.
Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí.
Cuando María llegó donde estaba Yeshúa, al verle, cayó a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.»
Viéndola llorar Yeshúa y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó
y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?» Le responden: «Señor, ven y lo verás.»
Yeshúa se echó a llorar.
Los judíos entonces decían: «Mirad cómo le quería.»
Pero algunos de ellos dijeron: «Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?»
Entonces Yeshúa se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra.
Dice Yeshúa: «Quitad la piedra.» Le responde Marta, la hermana del muerto: «Señor, ya huele; es el cuarto día.»
Le dice Yeshúa: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Elohim?»
Quitaron, pues, la piedra. Entonces Yeshúa levantó los ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado.
Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado.»
Dicho esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!»
Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Yeshúa les dice: «Desatadlo y dejadle andar.»
Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él.
Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que había hecho Yeshúa.
Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales.
Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.»
Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada,
ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación.»
para instruir a su gusto a sus magnates, y a sus ancianos hacer sabios.
Entonces Israel entró en Egipto, Jacob residió en el país de Cam.
El aumentó a su pueblo en gran manera, le hizo más fuerte que sus adversarios;
cambió el corazón de éstos para que odiasen a su pueblo y a sus siervos pusieran asechanzas.
Luego envió a Moisés su servidor, y Aarón, su escogido,
que hicieron entre ellos sus señales anunciadas, prodigios en el país de Cam.
Mandó tinieblas y tinieblas hubo, mas ellos desafiaron sus palabras.
Trocó en sangre sus aguas y a sus peces dio muerte.
Pululó de ranas su país, hasta en las moradas de sus reyes;
mandó él, y vinieron los mosquitos, los cínifes por toda su comarca.
Les dio por lluvia el granizo, llamas de fuego en su país;
hirió sus viñedos, sus higueras, y los árboles quebró de su comarca.
Dio la orden, y llegó la langosta, y el pulgón en número incontable;
comieron toda hierba en su país, comieron el fruto de su suelo.
E hirió en su país a todo primogénito, las primicias de todo su vigor;
y a ellos los sacó con plata y oro, ni uno solo flaqueó de entre sus tribus.
Egipto se alegró de su salida, pues era presa del terror.
El desplegó una nube por cubierta, y un fuego para alumbrar de noche.
Pidieron, y trajo codornices, de pan de los cielos los hartó;
abrió la roca, y brotaron las aguas, como río corrieron por los sequedales.
Recordando su palabra sagrada dada a Abraham su servidor,
sacó a su pueblo en alborozo, a sus elegidos entre gritos de júbilo.
Y las tierras les dio de las naciones, el trabajo de las gentes heredaron,
a fin de que guarden sus preceptos y sus leyes observen.