Llorar me permite vaciar mis océanos,
que son ya infinitos, abismales
me ayuda a abrazar al dolor y a no darle la espalda
para así dejar atrás las pesadillas
que hace treinta y cuatro sueños
que no me dejan dormir.
Llorar me permite mostrarme vulnerable y humana
en un paseo de gala, vacío y seco
al que la mayoría se han atrevido a tatuar a fuego
como la definición más pura de la vida
justamente porque fueron conformistas
y hace ya mucho que decidieron
dejar de regar la maceta del querer(se).
Llorar me ayuda a escribir(me)
pues solo los poetas saben
que no hay musa más efectiva y sincera
que la de abrazar a la tristeza y al desamparo
al tener que sentarse reiterada e involuntariamente
con la sombra de quien en su día les amó.
