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Triadas

El texto que a continuación se presenta es un ejercicio de redacción describiendo uno de los sueños más impresionantes, claros y alterantes que he tenido.


Es de noche y estoy tratando de dormir en la cama superior de la litera. Mis pies están orientados hacia la ventana del cuarto. Mi tío duerme en la cama de abajo. La luz está apagada.

—Oye, ¿ya te acomodaste? —le pregunté.

—Mmmhhzzz —apenas logró contestarme; ya estaba más dormido que despierto. Yo todavía no podía dormir y jugaba con mis piernas doblándolas en el aire. El silencio era más grande que el ruido de la noche y eso no me molestaba. Hubiera podido oír un grillo esa noche. De pronto el silencio se rompió por el poderoso rotor de un helicóptero. Volteé a la ventana y no vi nada; después de un momento apareció en el lado izquierdo del ventanal y lo vi de frente. Me pareció ver la silueta de tres personas dentro de la aeronave.

—¡Sí, sí. Ahí está! No está dormido. Sólo finge —dijo exaltado el coopiloto. No sé cómo es que oí lo que dijo esa persona desde el helicóptero, pero lo escuché tan claro como si lo hubiera dicho a través de un altavoz. Al momento de verlos y escucharlos me quedé inmóvil y cerré los ojos para evitar delatarme, sólo que me quedé quieto tal y como estaba: con las piernas colgadas en el aire. Pasó un momento y entreabrí un ojo para observar lo que pasaba y vi que el helicóptero descendía al punto de no verlo por la ventana, e inesperadamente volvió a elevarse y empezó a disparar hacia el interior de mi cuarto. Los cristales estallaban estruendosamente permitiendo el paso de las balas. Brinqué tan rápido de la litera que no supe cómo lo hice. Corrí desesperadamente a protegerme detrás de un angosto muro. Creo que jalé a mi tío y lo saqué de la cama. No lo recuerdo. Todo pasó tan rápido.

Mi espalda estaba pegada a la fría protección del muro y el miedo impedía cualquier movimiento de mis músculos. Había haces de luces rojas que atravezaban los marcos de las ahora inexistentes ventanas. Se metían por todos lados buscando vertiginosamente. Sólo sentí cómo me rozaban esas estúpidas luces manipuladas libremente por otras personas. El ruido del rotor invadía toda mi casa. Estaba congelado.


—Este es un excelente terreno para la construcción. Vea nada más la tierra. Es de primera calidad —dijo Jack tomando un puño de tierra lodoza y enseñándosela a la persona de traje oscuro que estaba con nosotros dos.

—Sí. Me gusta la ubicación del terreno sobre todo porque se puede ver el bosque de Chapultepec.

Mientras el incógnito señalaba hacia el bosque yo veía el camino junto al cual estábamos parados y que bajaba de un pequeño cerro. Después, de alguna manera, mi instinto le dictó a mi cerebro una frase: "Ese camino de terracería sube hasta La Herradura. Lo sé." Empecé a caminar y llegué a una tienda donde vendían pequeños juguetes, muñecos y figuras de plástico. Entré a esa tienda con mi primo de tres años y estuvimos viendo todo lo que había ahí; por supuesto, mi primo quería que le comprara todo lo que veía. Nos salimos de la tienda y regresé con otra persona, pero cuando llegamos la tienda tenía ya un aspecto diferente. Había una pequeña plazuela con tres columnas cuadradas hechas de adobe pero con un aspecto colonial. Entramos y pasando por los juguetes nos fuimos a sentar a una mesa.

—¿Por qué no vas a ordenar la cena? —me dijo el señor. Caminé por el pasillo y al llegar al fondo me encontré con dos señoras. Una estaba en la máquina registradora, y al lado del mueble, que parecía un desayunador, estaba la otra dictándole algo. Tal vez unos precios, ya que en su mano vi algo que parecía un menú en una hoja amarilla. Pero ¿por qué estoy haciendo esto? —pensé, y me regresé por el pasillo por el que entré. Seguí caminando y regresé a la pequeña plazuela de la tienda. Después toqué un timbre y Rebeca me abrió la puerta del zaguán.

—Hola, ¿cómo estás? —preguntó Rebeca y yo entré con un triciclo—. Qué bueno que trajiste ese triciclo porque ya es hora de que este niño ande en un triciclo más de niño (sic).

Caminamos a través del zaguán y noté que era al aire libre. Llegamos hasta donde estaba el niño y le di el triciclo. El piso era de mosaico rojo, como de arcilla. Entonces el niño se subió entusiasmado y empezó a manejarlo.

—Qué padre que le gustó. Le quedó al tamaño —le comenté a Rebeca. Nos quedamos viéndolo y, no sé por qué, volteé hacia el aparente fondo de ese espacio y vi cómo se abría un elevador en medio del jardín. En él aparecieron la siluetas de tres hombres. El más alto estaba entre los otros dos y fue éste precisamente el que empezó a avanzar. La luz detrás de ellos me impedía ver su fisonomía. Yo me quedé pasmado ante esa aparición y el que avanzó primero dijo: "Le traigo una sorpresita al niño" y continuó caminando. Sentí algo en mi interior muy raro. Como si intuyera algo, comencé a correr para escapar de ellos. Tuve la sensación de que subía por un edificio, aunque nunca vi las escaleras, y cuando llegué al último piso observé que más bien parecía el sótano del edificio. Era un espacio grande pero repleto de madera, láminas, cajas, alambres, en fin, puro desecho. Estaba casi oscuro. La luz que entraba por el largo ventanal del fondo se atenuaba a tal grado por lo sucio de los cristales, que sólo alcanzaban a dibujar la silueta de todo el desperdicio.

Cuando entré a ese piso lo miré por completo y supe que ya no podía escapar, así que me senté en un viejo mueble y crucé las piernas como siempre lo hago. Miraba la puerta por donde entré y esperé. No llevaba mucho tiempo ahí cuando apareció ese hombre murmurando algo que no logré entender, y cruzó la puerta quedándose quieto como a metro y medio del pórtico. Inmediatamente después dejó caer el balón de futbol soccer sobre el piso y se dio vuelta para salir del lugar. Justo cuando iba saliendo vi que en su mano derecha traía un aparato muy parecido a un walkie talkie. En cuanto se fue el misterioso señor pensé: "Es una bomba". No estaba exaltado ni alterado; ni siquiera nervioso. Todo lo contrario. Estaba muy tranquilo. Me paré y lentamente caminé sobre todos los objetos que estaban en el suelo. Tomé la pelota y la arrojé por aquél ventanal. Los cristales volaron por todas partes sin dañarme a mí o al esférico, el cual siguió su trayectoria uno o dos segundos más antes de explotar ruidosamente. Salieron llamaradas y mucho humo, como si se tratara de la explosión de un tanque de gasolina. Corrí espantado edificio abajo hasta llegar al primer piso. Estaba totalmente agitado cuando miré hacia el respiradero de la vieja construcción. Este respiradero es un espacio vacío dentro de la propia estructura; como un tragaluz. Todos los cristales estaban esparcidos en el piso del respiradero y en eso oí la voz de Jack que gritaba.

—¡¿Cómo es posible que estés aquí...?!
—¡Pero, ¿qué te pasa?! ¡Estuvieron a punto de matarme! —expliqué ofuscado, pero él no me hizo caso. Entré a la tienda con un sentimiento de impotencia. Algo quería estallar dentro de mí. Seguí caminando hacia el taller que está al final de la tienda. Cuando entré estaba Adelina, Elizabeth y alguien más; no lo reconocí, pero estaban platicando alegremente hasta que yo hablé.

—Intentaron matarme, —exaltado les comenté a ellas.

Se quedaron calladas y sin hacerme caso siguieron hablando.

—¿Qué, no entienden? ¡Les digo que intentaron matarme!

No me hicieron caso. Mi desesperación creció al igual que la impotencia creada por la inmovilidad y desdeño de los demás. Dentro de mí sentí algo tan fuerte como para explotar y hacer que mi cuerpo creciera y abarcara mucho espacio. También me dio coraje y aventé con fuerza varios objetos sobre la mesa de corte.


❝ alexgsrubio
⤺ 11 noviembre de 1991 a las 16:35 pm
☉ Imagen generada con iA vía Leonardo.ai