
La temperatura sube y las lluvias vespertinas bajan condensándose en los cristales de mi ventana. El petricor se alza horadando los humos tradicionales de una ciudad. Se disparan emociones con este olor. Una ventana que da solo a la calle. Oportunidad para la contemplación personal.
En mi mano, una ventana más pequeña; de pixeles, pero de “alta resolución”. Dicen que es la ventana al mundo. Entro a este mundo desde la palma de mi mano y por alguna razón, en silente inercia, caigo en giros de Fibonacci.
Nada se queda quieto.
La memoria no lo retiene, pero tampoco le importa.
Cada espiral me lleva más profundo y me doy cuenta que termino contemplando a otros.

La temperatura sube y las lluvias vespertinas bajan condensándose en los cristales de mi ventana. El petricor se alza horadando los humos tradicionales de una ciudad. Se disparan emociones con este olor. Una ventana que da solo a la calle. Oportunidad para la contemplación personal.
En mi mano, una ventana más pequeña; de pixeles, pero de “alta resolución”. Dicen que es la ventana al mundo. Entro a este mundo desde la palma de mi mano y por alguna razón, en silente inercia, caigo en giros de Fibonacci.
Nada se queda quieto.
La memoria no lo retiene, pero tampoco le importa.
Cada espiral me lleva más profundo y me doy cuenta que termino contemplando a otros.
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