<100 subscribers


Viajando por Argentina me topé con una situación que me atravesó profundamente.
He aquí un llamado de auxilio, y una invitación a la acción colectiva en pro de la vida.
En una búsqueda por reactivar la economía de Mendoza, el gobierno de Javier Milei, en conjunto con el gobernador mendocino Alfredo Cornejo, se promovió y aprobó el Proyecto minero San Jorge, Las Heras, en la precordillera de los Andes.

Si bien su motivación que apela por el 'progreso' puede ser legítima, prometiendo empleos directos y crecimiento económico, presentar la narrativa del proyecto como “sustentable” resulta francamente absurdo.
Al final, el Proyecto San Jorge representa el típico modelo extractivista de despojo que Latinoamérica conoce demasiado bien. En lo literal, la minería metálica a cielo abierto remueve del subsuelo recursos irreemplazables (toneladas de minerales que la naturaleza tardó milenios en formar) para llevárselos lejos.
En lo económico y social, esa extracción funciona como un saqueo legalizado: una empresa extranjera extrae la riqueza, las utilidades salen del país, mientras las comunidades locales cargan con los pasivos ambientales y sociales.
¿Acaso hay algo más alejado de la sustentabilidad que eso?

En Uspallata esto es dolorosamente claro. El yacimiento será operado por la firma suiza Zonda Metals, como subsidiaria de Solway Investment Group GmbH. Es decir, capitales foráneos amparados en paraísos fiscales que buscan acumulación de capital sin importar las externalidades, que están bien documentadas.
La provincia mendocina, por su parte, apenas recibirá un 3% en regalías por el cobre extraído. Esta brecha abismal significa que por cada dólar que quede en Mendoza, treinta y dos más se irán a cuentas en el extranjero, repitiendo el ciclo histórico de colonialismo económico.
En la práctica, extractivismo es despojo: se despoja a la Tierra de sus bienes finitos y se despoja al pueblo de los beneficios, quedando solo las sobras y los daños.
Por lo mismo, el 8 de diciembre del 2025, hace apenas unas semanas, alrededor de 400 manifestantes mendocinos salieron a protestar (caminando colectivamente 120 km de Uspallata a Mendoza) al grito de “¡El agua de Mendoza no se negocia! y "Sin agua no hay futuro”, resistiendo el avance del proyecto San Jorge.

Afuera de la Legislatura vallada, miles de personas gritaron esta consigna porque entienden algo que el triunfalismo desarrollista omite en su discurso: no hay riqueza económica que compense la pérdida del agua, de la salud y del territorio.
Cuando la empresa se haya ido, habiendo obtenido sus ganancias, ¿qué quedará?
Quedarán escombreras y diques de cola contaminantes, un enorme pasivo ambiental que Mendoza deberá monitorear y mitigar por generaciones. Quedará también un modelo de economía primarizada (exportar concentrado de cobre crudo) que poco valor agregado deja en la región.
Y sobre todo, quedará una comunidad empobrecida en su calidad de vida: con suelos estériles, paisaje degradado y aguas potencialmente envenenadas. Los defensores del proyecto hablan de dólares y tecnología, pero ignoran la verdadera metáfora: esta minería es una sustracción doble, material y simbólica. Se llevan nuestros bienes comunes y, ademas, nos despojan del futuro.

Frente al espejismo de la mega minería, Mendoza tiene caminos alternativos de desarrollo que no implican suicidar su patrimonio natural. La provincia ha brillado históricamente con actividades sustentables y puede potenciarlas con innovación.
Pero seamos claros, para que las alternativas regenerativas al extractivismo sean verdaderamente viables en Mendoza (como el ecoturismo, la agroecología, la tokenización responsable o la valorización cultural) es indispensable proteger jurídicamente el territorio que las sustenta. No basta con tener buenas ideas si el suelo donde podrían florecer sigue abierto a la amenaza de la megaminería. Por eso es urgente un cambio de paradigma: dejar de pensar el desarrollo como explotación de lo que está debajo de la tierra y empezar a verlo como el cuidado de lo que vive sobre ella.
Ese cambio requiere marcos legales firmes que prioricen el bien común y la resiliencia ecológica, como la creación de 'Áreas Protegidas' a escala provincial, donde se prohíba expresamente toda actividad extractiva. Convertir Uspallata en reserva natural de interés ecosistémico, cultural e hídrico sería una bien recibida señal política por su ética clara. Ese es el camino del desarrollo regenerativo, donde gana la economía, gana la gente y gana el planeta.
Algunas propuestas concretas incluyen:
Turismo consciente y ecológico: En lugar de destruir montañas, podrían invitarnos a admirarlas. Uspallata, con su belleza cordillerana, puede ser un polo de turismo de naturaleza y aventura, fomentando posadas, guías locales y experiencias culturales. Un turismo planificado inteligentemente genera empleo local, distribuye ingresos en comunidades y valora el paisaje intacto en vez de arrasarlo.
Un ejemplo a seguir es Costa Rica, que ha convertido el 26% de su territorio en áreas protegidas y desarrollado un modelo de ecoturismo regenerativo que representa casi el 10% del PBI. Parques como Monteverde o Tortuguero atraen a millones de visitantes al año interesados en biodiversidad, avistamiento de fauna, caminatas interpretativas y turismo científico, todo gestionado con estándares de baja huella ambiental.


En conjunto, estas alternativas regenerativas apuntan a un modelo de desarrollo cualitativamente distinto al extractivismo. Se basan en producir riqueza cuidando la fuente de la riqueza, es decir, la naturaleza y la cultura. Donde la megaminería divide y agota, estas propuestas diversifican y revalorizan lo que Mendoza ya tiene: agua, paisaje, identidad y conocimiento.
Algunos criticarán que estas vías toman más tiempo o no generan tantos dólares inmediatos como una mina; sin embargo, sus beneficios son sostenibles en el tiempo y distribuidos socialmente.
Mendoza puede crecer, sí, pero crecer de manera inteligente, sin hipotecar su alma por un espejismo de corto plazo. La verdadera riqueza mendocina quizás no esté bajo tierra, sino a ras del suelo y en su gente; cultivémosla.
El gobernador Cornejo ha intentado minimizar las críticas diciendo que sus detractores exageran. Dice que “no se está vendiendo el agua" como Eco de los Andes y Villavicencio (marcas de agua mineral de Argentina). Dice que “la agricultura consume infinitamente más agua” y critica a las familias que desperdician el recurso vital.
Sin embargo, podríamos argumentar que el río Mendoza es uno de los mejores aprovechados del mundo: abastece a 1.5 millones de personas, se riegan 250 mil hectáreas de cultivo, aporta a 9 mil industrias que conforman la cuarta economía regional del país (considerando que es el 70% de la producción vitivinicola de argentina, con un módulo de 33 metros cúbicos por segundo. Precisamente porque el agua es escasa en la región semiárida, los habitantes han tenido que ingeniárselas para poder atender sus necesidades.
Además su respuesta es engañosa, y reduce el problema a una falsedad. Nadie acusa al gobierno de cargar camiones cisterna y “vender” agua al mejor postor; lo que se denuncia es mucho más grave: la posible contaminación irreversible del agua de Mendoza.

El Proyecto San Jorge planea extraer agua del arroyo El Tigre a razón de 141 litros por segundo (unos 12 millones de litros por día) para sus procesos. Aunque la minera prometa reinyectar el 90% en un “circuito cerrado”, en la realidad cualquier filtración, fuga o mala praxis podría liberar sustancias tóxicas al entorno. De hecho, la propia Declaración de Impacto Ambiental reconoció que quedarían riesgos por resolver más adelante, incluyendo el temido drenaje ácido de roca.
El drenaje ácido de roca es la pesadilla de la minería metalífera: cuando rocas sulfuradas se exponen al aire y al agua, generan ácido sulfúrico que disuelve metales pesados. En otras palabras, los enormes desmontes de roca estéril y los diques de cola pueden convertirse en fábricas de veneno a cielo abierto. El agua ácida resultante arrastra arsénico, plomo, cadmio, cobre, mercurio y otros metales pesados presentes en la geología, contaminando arroyos, napas subterráneas y todo curso hídrico conectado.

Los informes técnicos independientes advirtieron que en San Jorge la empresa presentó apenas 4 muestras para analizar este riesgo, cuando debieron ser decenas, y no está clara la conexión entre la zona de la mina, el acuífero Yalguaraz y el río Mendoza (principal fuente de agua potable y de riego). Esa incertidumbre es inadmisible. Significa que no sabemos con certeza adónde podría llegar la contaminación si algo falla. Y la experiencia global indica que siempre falla algo. No existe minería del cobre 100% libre de accidentes ni método infalible para confinar millones de toneladas de desechos reactivos.
Las consecuencias ambientales y de salud pública de un drenaje ácido descontrolado serían catastróficas. El agua bajaría su pH volviéndose ácida, con impactos devastadores en ecosistemas acuáticos y suelos: ríos color naranja rojizo, muerte de peces, desaparición de microorganismos benéficos en los que se basa la cadena alimentaria.
Los metales pesados disueltos se bioacumulan en plantas, animales de granja y eventualmente en los humanos que beben esa agua o consumen esos alimentos. El arsénico puede generar cáncer de piel, vejiga y pulmón; el plomo daña el desarrollo neurológico infantil y aumenta la presión arterial; el cadmio afecta riñones y huesos, por nombrar solo algunos efectos.

Estamos hablando de riesgos crónicos a la salud que no aparecen de inmediato, pero golpean con el tiempo a comunidades enteras con mayor incidencia de enfermedades graves.
Y algo crucial: no existe manera de “descontaminar” completamente un río o un acuífero de metales pesados una vez que se saturó.
Se pueden gastar fortunas en plantas de tratamiento pasivo o activo por décadas, pero en cuanto se deje de tratar, la fuente sigue generando ácido. De hecho, expertos ambientales señalan que una vez que la generación de drenaje ácido comienza, puede durar siglos o milenios. En palabras del hidrólogo estadounidense Bonnie Gestring, “cuando estas minas ‘usan’ el agua, la contaminan para siempre”.
Para los tecnócratas, el agua suele reducirse a números en un balance hídrico o a un insumo para un proceso industrial. Pero en Mendoza (una provincia semidesértica donde la vida depende de unos pocos ríos y acuíferos) el agua es muchísimo más que un recurso económico. Es un bien cultural, simbólico y espiritual, arraigado en la identidad de la región.
Basta conversar con cualquier habitante de Uspallata para entender el valor que se le da al agua pura. Tomar agua del grifo, fresca de vertiente andina, es un privilegio profundamente valorado. No todas las comunidades pueden abrir la llave y beber sin miedo; en Uspallata eso aún es posible gracias a la protección de sus fuentes. “El agua es vida” no es solo un lema, sino una verdad cotidiana.
En las cosmovisiones indígenas de Cuyo, heredadas de los pueblos huarpe y andinos, el agua es vista como la savia de la Pachamama. Ríos, lagunas y nieves eternas son morada de espíritus y parte del equilibrio sagrado de la naturaleza. También las comunidades campesinas y crianceras desarrollaron un sentido espiritual del agua: la veneran en canciones folclóricas, en leyendas transmitidas de abuelos a nietos, en celebraciones como la Bendición de las Aguas que inaugura la cosecha. Arrebatarles el agua limpia es arrebatarles parte del alma.

Por eso la defensa del agua en Mendoza ha unido a personas de todas las procedencias en las últimas décadas (desde científicos urbanos hasta productores rurales, pasando por colectivos de mujeres, iglesias e identidades políticas dispares).
La consigna “El agua de Mendoza no se negocia” no nace solo de una preocupación ambiental, sino de un amor profundo a este elemento vital, casi un miembro más de la familia mendocina. Cada arroyo de montaña, cada canal de riego, cada pozo comunitario tiene un valor que el dinero no mide. Por ello, cuando se plantea un proyecto que podría comprometer esa agua, la reacción no es meramente racional, es visceral. Es el instinto de supervivencia.
No se trata de capricho ni de ignorancia al progreso. Sin agua no hay vino, no hay agricultura, no hay turismo, no hay futuro. Y, ciertamente, no hay forma de recuperar el agua una vez perdida su pureza. Protegerla es un imperativo ético y existencial.
La historia ambiental global está plagada de tragedias: comunidades que se dieron cuenta del desastre cuando ya era demasiado tarde para revertirlo. Pero Mendoza aún está a tiempo de evitar ese destino.
La aprobación legislativa del Proyecto San Jorge fue un golpe duro, pero la mina todavía no ha comenzado a operar. Cada día que las máquinas no rompen la roca es un día ganado para la reflexión y la organización ciudadana.
La ventana de oportunidad para frenar este proyecto es breve y se está cerrando, pero existe. Aquí podemos prevenir la catástrofe antes de que ocurra. Es un caso singular en el mundo actual: detener la contaminación antes y no lamentarla después.

Empatizo con la búsqueda de prosperidad, pero esta mina de cobre es pan para hoy y enfermedad para mañana. Podemos demostrar que el desarrollo no tiene por qué venir de la mano de la destrucción.
El extractivismo que nos despoja del agua, del paisaje, de la salud y del futuro no es verdadero progreso. Progreso será cuando sepamos aprovechar nuestras riquezas sin destruirlas. Cuando las utilidades se queden en casa, y el agua siga corriendo limpia.
El verdadero progreso no extractivo; es regenerativo.
Y no hay un buen vivir sin agua que beber.
💧
Fuentes consultadas:
El Gobernador de Mendoza y la "Entrega" de Aguas a las Mineras: La Polémica Aprobación del Proyecto San Jorge - Red Castrense
Megaminería en Mendoza: entre el palacio y la calle, el extractivismo o el agua - Agencia de Noticias Tierra Viva
La tokenización de la minería como alternativa sustentable
https://sustentabilidadenacciones.com/la-tokenizacion-de-la-mineria-como-alternativa-sustentable/
Pese a la pueblada, el Senado mendocino aprobó el Proyecto San Jorge: alertas por riesgo de contaminación
https://www.tiempoar.com.ar/ta_article/senado-mendocino-aprobo-proyecto-san-jorge-contaminacion/
Drenaje ácido de roca - Wikipedia, la enciclopedia libre
https://es.wikipedia.org/wiki/Drenaje_%C3%A1cido_de_roca
Government data shows mines will annually pollute up to 27 billion gallons of fresh water, forever - Earthworks
Viajando por Argentina me topé con una situación que me atravesó profundamente.
He aquí un llamado de auxilio, y una invitación a la acción colectiva en pro de la vida.
En una búsqueda por reactivar la economía de Mendoza, el gobierno de Javier Milei, en conjunto con el gobernador mendocino Alfredo Cornejo, se promovió y aprobó el Proyecto minero San Jorge, Las Heras, en la precordillera de los Andes.

Si bien su motivación que apela por el 'progreso' puede ser legítima, prometiendo empleos directos y crecimiento económico, presentar la narrativa del proyecto como “sustentable” resulta francamente absurdo.
Al final, el Proyecto San Jorge representa el típico modelo extractivista de despojo que Latinoamérica conoce demasiado bien. En lo literal, la minería metálica a cielo abierto remueve del subsuelo recursos irreemplazables (toneladas de minerales que la naturaleza tardó milenios en formar) para llevárselos lejos.
En lo económico y social, esa extracción funciona como un saqueo legalizado: una empresa extranjera extrae la riqueza, las utilidades salen del país, mientras las comunidades locales cargan con los pasivos ambientales y sociales.
¿Acaso hay algo más alejado de la sustentabilidad que eso?

En Uspallata esto es dolorosamente claro. El yacimiento será operado por la firma suiza Zonda Metals, como subsidiaria de Solway Investment Group GmbH. Es decir, capitales foráneos amparados en paraísos fiscales que buscan acumulación de capital sin importar las externalidades, que están bien documentadas.
La provincia mendocina, por su parte, apenas recibirá un 3% en regalías por el cobre extraído. Esta brecha abismal significa que por cada dólar que quede en Mendoza, treinta y dos más se irán a cuentas en el extranjero, repitiendo el ciclo histórico de colonialismo económico.
En la práctica, extractivismo es despojo: se despoja a la Tierra de sus bienes finitos y se despoja al pueblo de los beneficios, quedando solo las sobras y los daños.
Por lo mismo, el 8 de diciembre del 2025, hace apenas unas semanas, alrededor de 400 manifestantes mendocinos salieron a protestar (caminando colectivamente 120 km de Uspallata a Mendoza) al grito de “¡El agua de Mendoza no se negocia! y "Sin agua no hay futuro”, resistiendo el avance del proyecto San Jorge.

Afuera de la Legislatura vallada, miles de personas gritaron esta consigna porque entienden algo que el triunfalismo desarrollista omite en su discurso: no hay riqueza económica que compense la pérdida del agua, de la salud y del territorio.
Cuando la empresa se haya ido, habiendo obtenido sus ganancias, ¿qué quedará?
Quedarán escombreras y diques de cola contaminantes, un enorme pasivo ambiental que Mendoza deberá monitorear y mitigar por generaciones. Quedará también un modelo de economía primarizada (exportar concentrado de cobre crudo) que poco valor agregado deja en la región.
Y sobre todo, quedará una comunidad empobrecida en su calidad de vida: con suelos estériles, paisaje degradado y aguas potencialmente envenenadas. Los defensores del proyecto hablan de dólares y tecnología, pero ignoran la verdadera metáfora: esta minería es una sustracción doble, material y simbólica. Se llevan nuestros bienes comunes y, ademas, nos despojan del futuro.

Frente al espejismo de la mega minería, Mendoza tiene caminos alternativos de desarrollo que no implican suicidar su patrimonio natural. La provincia ha brillado históricamente con actividades sustentables y puede potenciarlas con innovación.
Pero seamos claros, para que las alternativas regenerativas al extractivismo sean verdaderamente viables en Mendoza (como el ecoturismo, la agroecología, la tokenización responsable o la valorización cultural) es indispensable proteger jurídicamente el territorio que las sustenta. No basta con tener buenas ideas si el suelo donde podrían florecer sigue abierto a la amenaza de la megaminería. Por eso es urgente un cambio de paradigma: dejar de pensar el desarrollo como explotación de lo que está debajo de la tierra y empezar a verlo como el cuidado de lo que vive sobre ella.
Ese cambio requiere marcos legales firmes que prioricen el bien común y la resiliencia ecológica, como la creación de 'Áreas Protegidas' a escala provincial, donde se prohíba expresamente toda actividad extractiva. Convertir Uspallata en reserva natural de interés ecosistémico, cultural e hídrico sería una bien recibida señal política por su ética clara. Ese es el camino del desarrollo regenerativo, donde gana la economía, gana la gente y gana el planeta.
Algunas propuestas concretas incluyen:
Turismo consciente y ecológico: En lugar de destruir montañas, podrían invitarnos a admirarlas. Uspallata, con su belleza cordillerana, puede ser un polo de turismo de naturaleza y aventura, fomentando posadas, guías locales y experiencias culturales. Un turismo planificado inteligentemente genera empleo local, distribuye ingresos en comunidades y valora el paisaje intacto en vez de arrasarlo.
Un ejemplo a seguir es Costa Rica, que ha convertido el 26% de su territorio en áreas protegidas y desarrollado un modelo de ecoturismo regenerativo que representa casi el 10% del PBI. Parques como Monteverde o Tortuguero atraen a millones de visitantes al año interesados en biodiversidad, avistamiento de fauna, caminatas interpretativas y turismo científico, todo gestionado con estándares de baja huella ambiental.


En conjunto, estas alternativas regenerativas apuntan a un modelo de desarrollo cualitativamente distinto al extractivismo. Se basan en producir riqueza cuidando la fuente de la riqueza, es decir, la naturaleza y la cultura. Donde la megaminería divide y agota, estas propuestas diversifican y revalorizan lo que Mendoza ya tiene: agua, paisaje, identidad y conocimiento.
Algunos criticarán que estas vías toman más tiempo o no generan tantos dólares inmediatos como una mina; sin embargo, sus beneficios son sostenibles en el tiempo y distribuidos socialmente.
Mendoza puede crecer, sí, pero crecer de manera inteligente, sin hipotecar su alma por un espejismo de corto plazo. La verdadera riqueza mendocina quizás no esté bajo tierra, sino a ras del suelo y en su gente; cultivémosla.
El gobernador Cornejo ha intentado minimizar las críticas diciendo que sus detractores exageran. Dice que “no se está vendiendo el agua" como Eco de los Andes y Villavicencio (marcas de agua mineral de Argentina). Dice que “la agricultura consume infinitamente más agua” y critica a las familias que desperdician el recurso vital.
Sin embargo, podríamos argumentar que el río Mendoza es uno de los mejores aprovechados del mundo: abastece a 1.5 millones de personas, se riegan 250 mil hectáreas de cultivo, aporta a 9 mil industrias que conforman la cuarta economía regional del país (considerando que es el 70% de la producción vitivinicola de argentina, con un módulo de 33 metros cúbicos por segundo. Precisamente porque el agua es escasa en la región semiárida, los habitantes han tenido que ingeniárselas para poder atender sus necesidades.
Además su respuesta es engañosa, y reduce el problema a una falsedad. Nadie acusa al gobierno de cargar camiones cisterna y “vender” agua al mejor postor; lo que se denuncia es mucho más grave: la posible contaminación irreversible del agua de Mendoza.

El Proyecto San Jorge planea extraer agua del arroyo El Tigre a razón de 141 litros por segundo (unos 12 millones de litros por día) para sus procesos. Aunque la minera prometa reinyectar el 90% en un “circuito cerrado”, en la realidad cualquier filtración, fuga o mala praxis podría liberar sustancias tóxicas al entorno. De hecho, la propia Declaración de Impacto Ambiental reconoció que quedarían riesgos por resolver más adelante, incluyendo el temido drenaje ácido de roca.
El drenaje ácido de roca es la pesadilla de la minería metalífera: cuando rocas sulfuradas se exponen al aire y al agua, generan ácido sulfúrico que disuelve metales pesados. En otras palabras, los enormes desmontes de roca estéril y los diques de cola pueden convertirse en fábricas de veneno a cielo abierto. El agua ácida resultante arrastra arsénico, plomo, cadmio, cobre, mercurio y otros metales pesados presentes en la geología, contaminando arroyos, napas subterráneas y todo curso hídrico conectado.

Los informes técnicos independientes advirtieron que en San Jorge la empresa presentó apenas 4 muestras para analizar este riesgo, cuando debieron ser decenas, y no está clara la conexión entre la zona de la mina, el acuífero Yalguaraz y el río Mendoza (principal fuente de agua potable y de riego). Esa incertidumbre es inadmisible. Significa que no sabemos con certeza adónde podría llegar la contaminación si algo falla. Y la experiencia global indica que siempre falla algo. No existe minería del cobre 100% libre de accidentes ni método infalible para confinar millones de toneladas de desechos reactivos.
Las consecuencias ambientales y de salud pública de un drenaje ácido descontrolado serían catastróficas. El agua bajaría su pH volviéndose ácida, con impactos devastadores en ecosistemas acuáticos y suelos: ríos color naranja rojizo, muerte de peces, desaparición de microorganismos benéficos en los que se basa la cadena alimentaria.
Los metales pesados disueltos se bioacumulan en plantas, animales de granja y eventualmente en los humanos que beben esa agua o consumen esos alimentos. El arsénico puede generar cáncer de piel, vejiga y pulmón; el plomo daña el desarrollo neurológico infantil y aumenta la presión arterial; el cadmio afecta riñones y huesos, por nombrar solo algunos efectos.

Estamos hablando de riesgos crónicos a la salud que no aparecen de inmediato, pero golpean con el tiempo a comunidades enteras con mayor incidencia de enfermedades graves.
Y algo crucial: no existe manera de “descontaminar” completamente un río o un acuífero de metales pesados una vez que se saturó.
Se pueden gastar fortunas en plantas de tratamiento pasivo o activo por décadas, pero en cuanto se deje de tratar, la fuente sigue generando ácido. De hecho, expertos ambientales señalan que una vez que la generación de drenaje ácido comienza, puede durar siglos o milenios. En palabras del hidrólogo estadounidense Bonnie Gestring, “cuando estas minas ‘usan’ el agua, la contaminan para siempre”.
Para los tecnócratas, el agua suele reducirse a números en un balance hídrico o a un insumo para un proceso industrial. Pero en Mendoza (una provincia semidesértica donde la vida depende de unos pocos ríos y acuíferos) el agua es muchísimo más que un recurso económico. Es un bien cultural, simbólico y espiritual, arraigado en la identidad de la región.
Basta conversar con cualquier habitante de Uspallata para entender el valor que se le da al agua pura. Tomar agua del grifo, fresca de vertiente andina, es un privilegio profundamente valorado. No todas las comunidades pueden abrir la llave y beber sin miedo; en Uspallata eso aún es posible gracias a la protección de sus fuentes. “El agua es vida” no es solo un lema, sino una verdad cotidiana.
En las cosmovisiones indígenas de Cuyo, heredadas de los pueblos huarpe y andinos, el agua es vista como la savia de la Pachamama. Ríos, lagunas y nieves eternas son morada de espíritus y parte del equilibrio sagrado de la naturaleza. También las comunidades campesinas y crianceras desarrollaron un sentido espiritual del agua: la veneran en canciones folclóricas, en leyendas transmitidas de abuelos a nietos, en celebraciones como la Bendición de las Aguas que inaugura la cosecha. Arrebatarles el agua limpia es arrebatarles parte del alma.

Por eso la defensa del agua en Mendoza ha unido a personas de todas las procedencias en las últimas décadas (desde científicos urbanos hasta productores rurales, pasando por colectivos de mujeres, iglesias e identidades políticas dispares).
La consigna “El agua de Mendoza no se negocia” no nace solo de una preocupación ambiental, sino de un amor profundo a este elemento vital, casi un miembro más de la familia mendocina. Cada arroyo de montaña, cada canal de riego, cada pozo comunitario tiene un valor que el dinero no mide. Por ello, cuando se plantea un proyecto que podría comprometer esa agua, la reacción no es meramente racional, es visceral. Es el instinto de supervivencia.
No se trata de capricho ni de ignorancia al progreso. Sin agua no hay vino, no hay agricultura, no hay turismo, no hay futuro. Y, ciertamente, no hay forma de recuperar el agua una vez perdida su pureza. Protegerla es un imperativo ético y existencial.
La historia ambiental global está plagada de tragedias: comunidades que se dieron cuenta del desastre cuando ya era demasiado tarde para revertirlo. Pero Mendoza aún está a tiempo de evitar ese destino.
La aprobación legislativa del Proyecto San Jorge fue un golpe duro, pero la mina todavía no ha comenzado a operar. Cada día que las máquinas no rompen la roca es un día ganado para la reflexión y la organización ciudadana.
La ventana de oportunidad para frenar este proyecto es breve y se está cerrando, pero existe. Aquí podemos prevenir la catástrofe antes de que ocurra. Es un caso singular en el mundo actual: detener la contaminación antes y no lamentarla después.

Empatizo con la búsqueda de prosperidad, pero esta mina de cobre es pan para hoy y enfermedad para mañana. Podemos demostrar que el desarrollo no tiene por qué venir de la mano de la destrucción.
El extractivismo que nos despoja del agua, del paisaje, de la salud y del futuro no es verdadero progreso. Progreso será cuando sepamos aprovechar nuestras riquezas sin destruirlas. Cuando las utilidades se queden en casa, y el agua siga corriendo limpia.
El verdadero progreso no extractivo; es regenerativo.
Y no hay un buen vivir sin agua que beber.
💧
Fuentes consultadas:
El Gobernador de Mendoza y la "Entrega" de Aguas a las Mineras: La Polémica Aprobación del Proyecto San Jorge - Red Castrense
Megaminería en Mendoza: entre el palacio y la calle, el extractivismo o el agua - Agencia de Noticias Tierra Viva
La tokenización de la minería como alternativa sustentable
https://sustentabilidadenacciones.com/la-tokenizacion-de-la-mineria-como-alternativa-sustentable/
Pese a la pueblada, el Senado mendocino aprobó el Proyecto San Jorge: alertas por riesgo de contaminación
https://www.tiempoar.com.ar/ta_article/senado-mendocino-aprobo-proyecto-san-jorge-contaminacion/
Drenaje ácido de roca - Wikipedia, la enciclopedia libre
https://es.wikipedia.org/wiki/Drenaje_%C3%A1cido_de_roca
Government data shows mines will annually pollute up to 27 billion gallons of fresh water, forever - Earthworks
Producción agroecológica de calidad: Mendoza es sinónimo de viñedos y frutales, pero el futuro podría estar en ampliar la agricultura orgánica y agroecológica. Hay mercado global para alimentos y vinos libres de agrotóxicos, producidos de forma ética. Invertir en innovación agraria sostenible haría más resiliente la economía rural mendocina, creando valor agregado (denominaciones de origen, turismo enológico) sin comprometer el agua.
Aprender de Francia que ofrece un ejemplo de transformación rural basado en el prestigio de lo natural: la región de Drôme, por ejemplo, fue pionera en agricultura ecológica y hoy lidera la producción orgánica en Europa, con más del 30% de su superficie cultivada sin agroquímicos. Esto fue impulsado por políticas públicas locales, apoyo a la conversión agroecológica, redes cortas de comercialización y el fortalecimiento de una identidad territorial ligada a la calidad de vida.

Valorización del patrimonio cultural y ancestral: Las comunidades locales (incluyendo pueblos originarios y campesinos) poseen un legado cultural invaluable en prácticas tradicionales, artesanías, festividades y saberes sobre la tierra y el agua. Proyectos de desarrollo pueden integrarlos, ya sea mediante rutas culturales, museos de sitio, ferias o centros de interpretación de la historia andina en Uspallata (zona atravesada por los vestigios del Camino del Inca y rutas sanmartinianas podrían atraer visitantes de todo el mundo interesados en experiencias auténticas y responsables con el entorno. Esto genera identidad y arraigo, a la par que ingresos dignos para las familias rurales.
Un referente global es el Valle Sagrado de los Incas en Perú, donde comunidades indígenas gestionan una parte del territorio no solo como destino turístico, sino como territorio vivo de cultura ancestral. Experiencias como Pisac, Ollantaytambo y Chinchero integran agricultura milenaria, turismo de inmersión y protección del patrimonio arqueológico bajo modelos participativos. Este modelo promueve el desarrollo turístico sin romper el tejido social local, respetando la cosmovisión andina e involucrando a la comunidad como protagonista.

Tokenización de recursos minerales vía blockchain: Una alternativa innovadora es aprovechar la tecnología para dar valor financiero a los minerales sin necesidad de extraerlos físicamente. ¿Cómo? Mediante la tokenización blockchain. Es decir, crear activos digitales respaldados por las reservas de cobre bajo tierra. Ya existen proyectos piloto con oro no extraído: por ejemplo, la iniciativa de Alternun propone usar la propia tierra como la mejor bóveda para custodiar el oro, emitiendo tokens digitales cuyo valor está respaldado en ese metal que permanece en el subsuelo.
En otras palabras, cada token está respaldado por oro tangible y auditado, proporcionando transparencia y confianza a los inversionistas. Esto demuestra que una montaña puede valer más intacta que destruida.
Siguiendo esa línea, Mendoza podría explorar un esquema donde el cobre de San Jorge se certifique geológicamente in situ y se emitan tokens representando su valor. Inversores de cualquier parte del mundo podrían comprar y vender esos tokens, aportando liquidez y financiamiento a la provincia sin que una sola roca sea dinamitada. Esta idea ya está en marcha en lugares como Gibraltar con Roela, o en Costa de Marfil con GoldFinX; y podría posicionar a Mendoza como pionera en innovación financiera verde.
Producción agroecológica de calidad: Mendoza es sinónimo de viñedos y frutales, pero el futuro podría estar en ampliar la agricultura orgánica y agroecológica. Hay mercado global para alimentos y vinos libres de agrotóxicos, producidos de forma ética. Invertir en innovación agraria sostenible haría más resiliente la economía rural mendocina, creando valor agregado (denominaciones de origen, turismo enológico) sin comprometer el agua.
Aprender de Francia que ofrece un ejemplo de transformación rural basado en el prestigio de lo natural: la región de Drôme, por ejemplo, fue pionera en agricultura ecológica y hoy lidera la producción orgánica en Europa, con más del 30% de su superficie cultivada sin agroquímicos. Esto fue impulsado por políticas públicas locales, apoyo a la conversión agroecológica, redes cortas de comercialización y el fortalecimiento de una identidad territorial ligada a la calidad de vida.

Valorización del patrimonio cultural y ancestral: Las comunidades locales (incluyendo pueblos originarios y campesinos) poseen un legado cultural invaluable en prácticas tradicionales, artesanías, festividades y saberes sobre la tierra y el agua. Proyectos de desarrollo pueden integrarlos, ya sea mediante rutas culturales, museos de sitio, ferias o centros de interpretación de la historia andina en Uspallata (zona atravesada por los vestigios del Camino del Inca y rutas sanmartinianas podrían atraer visitantes de todo el mundo interesados en experiencias auténticas y responsables con el entorno. Esto genera identidad y arraigo, a la par que ingresos dignos para las familias rurales.
Un referente global es el Valle Sagrado de los Incas en Perú, donde comunidades indígenas gestionan una parte del territorio no solo como destino turístico, sino como territorio vivo de cultura ancestral. Experiencias como Pisac, Ollantaytambo y Chinchero integran agricultura milenaria, turismo de inmersión y protección del patrimonio arqueológico bajo modelos participativos. Este modelo promueve el desarrollo turístico sin romper el tejido social local, respetando la cosmovisión andina e involucrando a la comunidad como protagonista.

Tokenización de recursos minerales vía blockchain: Una alternativa innovadora es aprovechar la tecnología para dar valor financiero a los minerales sin necesidad de extraerlos físicamente. ¿Cómo? Mediante la tokenización blockchain. Es decir, crear activos digitales respaldados por las reservas de cobre bajo tierra. Ya existen proyectos piloto con oro no extraído: por ejemplo, la iniciativa de Alternun propone usar la propia tierra como la mejor bóveda para custodiar el oro, emitiendo tokens digitales cuyo valor está respaldado en ese metal que permanece en el subsuelo.
En otras palabras, cada token está respaldado por oro tangible y auditado, proporcionando transparencia y confianza a los inversionistas. Esto demuestra que una montaña puede valer más intacta que destruida.
Siguiendo esa línea, Mendoza podría explorar un esquema donde el cobre de San Jorge se certifique geológicamente in situ y se emitan tokens representando su valor. Inversores de cualquier parte del mundo podrían comprar y vender esos tokens, aportando liquidez y financiamiento a la provincia sin que una sola roca sea dinamitada. Esta idea ya está en marcha en lugares como Gibraltar con Roela, o en Costa de Marfil con GoldFinX; y podría posicionar a Mendoza como pionera en innovación financiera verde.
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Alex Soto - @alexsotodigital
Alex Soto - @alexsotodigital
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0/🧵 I stayed in Argentina after @efdevcon.base.eth and travel around the country. Then I found out about a mining project in Mendoza that says a lot about extractivism, sovereignty, and what web3 could do differently. Here is a cry for #help, and an invitation to collective action. 🚨
1/ Here’s what I learned. ↓ Uspallata, in the Andes near Mendoza, is sacred land. Mountains, ancestral trails, pure glacial water. Also: home to a Swiss-backed copper mine approved last week by the provincial government. 👹
2/ The San Jorge project promises jobs and exports. And on paper, it looks like development. But the real equation is: - Foreign profits 🙄 - Local contamination 😵💫 - Communities at risk ☠️
3/ The mine will use ~12 million liters of water per day. Locals drink from that same watershed. The risk of acid mine drainage is real: arsenic, lead, mercury… not for a few years, but for centuries. All to extract copper, in a water-scarce province.