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Cuando tenía alrededor de 7 años, recuerdo sentir que el huracán Katrina en 2005 tenía una especie de conciencia. Años después, al conocer el concepto de animismo, todo cobró sentido. Para los humanos ancestrales, todo estaba vivo: la lluvia, el sol, el viento. Cada elemento de la naturaleza tenía espíritu y voluntad propia.
Todos los humanos nacen como animistas, con la capacidad de ver vida y conciencia en todo lo que les rodea. Este es nuestro patrón de pensamiento por defecto, heredado de nuestros ancestros cazadores-recolectores. Sin embargo, la sociedad moderna nos lleva a cambiar esta forma de ver el mundo, hasta que eventualmente la olvidamos. Aun así, esta perspectiva persiste en nosotros de forma latente.
Si consideramos que la conciencia podría ser un fenómeno a nivel cuántico, todo el universo estaría dotado de conciencia en cierto grado. Los huracanes, las montañas o los ríos no son inteligentes como nosotros ni tienen capacidad de razonar, pero eso no significa que carezcan de conciencia. Pueden ser conscientes sin pensar como lo hacemos los humanos.
Entender la realidad de esta manera nos permite conectar con fuerzas naturales como lo hacían los chamanes, quienes, a través de ritos y plegarias, intentaban influir en su curso. Para ellos, el universo era un entramado vivo, donde todo, de algún modo, estaba dotado de percepción, formando parte de un todo consciente. A este “todo” lo pueden llamar Dios, el Tao, o cualquier otro nombre según la tradición, pero todos apuntan a lo mismo: la profunda interconexión de la existencia.
Cuando tenía alrededor de 7 años, recuerdo sentir que el huracán Katrina en 2005 tenía una especie de conciencia. Años después, al conocer el concepto de animismo, todo cobró sentido. Para los humanos ancestrales, todo estaba vivo: la lluvia, el sol, el viento. Cada elemento de la naturaleza tenía espíritu y voluntad propia.
Todos los humanos nacen como animistas, con la capacidad de ver vida y conciencia en todo lo que les rodea. Este es nuestro patrón de pensamiento por defecto, heredado de nuestros ancestros cazadores-recolectores. Sin embargo, la sociedad moderna nos lleva a cambiar esta forma de ver el mundo, hasta que eventualmente la olvidamos. Aun así, esta perspectiva persiste en nosotros de forma latente.
Si consideramos que la conciencia podría ser un fenómeno a nivel cuántico, todo el universo estaría dotado de conciencia en cierto grado. Los huracanes, las montañas o los ríos no son inteligentes como nosotros ni tienen capacidad de razonar, pero eso no significa que carezcan de conciencia. Pueden ser conscientes sin pensar como lo hacemos los humanos.
Entender la realidad de esta manera nos permite conectar con fuerzas naturales como lo hacían los chamanes, quienes, a través de ritos y plegarias, intentaban influir en su curso. Para ellos, el universo era un entramado vivo, donde todo, de algún modo, estaba dotado de percepción, formando parte de un todo consciente. A este “todo” lo pueden llamar Dios, el Tao, o cualquier otro nombre según la tradición, pero todos apuntan a lo mismo: la profunda interconexión de la existencia.
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