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El que se venga, sufrirá venganza del Adon, que cuenta exacta llevará de sus pecados.
Perdona a tu prójimo el agravio, y, en cuanto lo pidas, te serán perdonados tus pecados.
Hombre que a hombre guarda ira, ¿cómo del Adon espera curación?
De un hombre como él piedad no tiene, ¡y pide perdón por sus propios pecados!
El, que sólo es carne, guarda rencor, ¿quién obtendrá el perdón de sus pecados?
Acuérdate de las postrimerías, y deja ya de odiar, recuerda la corrupción y la muerte, y sé fiel a los mandamientos.
Recuerda los mandamientos, y no tengas rencor a tu prójimo, recuerda la alianza del Altísimo, y pasa por alto la ofensa.
Absténte de disputas y evitarás el pecado, porque el apasionado atiza las disputas.
El pecador enzarza a los amigos, entre los que están en paz siembra discordia.
Según sea la leña, así arde el fuego, según su violencia, arde la disputa; según la fuerza del hombre es su furor y conforme a su riqueza sube su ira.
Riña súbita prende fuego, disputa precipitada vierte sangre.
Si soplas una chispa, prenderá, si la escupes, se apagará, y ambas cosas salen de tu boca.
Al soplón de lengua doble, maldícele, que ha perdido a muchos que vivían en paz.
A muchos sacudió la lengua triple, los dispersó de nación en nación; arrasó ciudades fuertes y derruyó casas de magnates.
La lengua triple repudió a mujeres varoniles, las privó del fruto de sus trabajos.
El que la atiende no encontrará reposo, ni plantará su tienda en paz.
El golpe del látigo produce cardenales, el golpe de la lengua quebranta los huesos.
Muchos han caído a filo de espada, mas no tantos como los caídos por la lengua.
Feliz el que de ella se resguarda, el que no pasa a través de su furor, el que su yugo no ha cargado, ni ha sido atado con sus coyundas.
Porque su yugo es yugo de hierro, y coyundas de bronce sus coyundas.
Muerte funesta la muerte que ella da, ¡el seol es preferible a ella!
Mas no tiene poder sobre los piadosos, en su llama no se quemarán.
Los que abandonan al Adon caerán en ella, en ellos arderá y no se apagará. Como un león se lanzará contra ellos, como una pantera los desgarrará.
Mira, cerca tu hacienda con espinos, encierra bien tu plata y tu oro.
A tus palabras pon balanza y peso, a tu boca pon puerta y cerrojo.
Guárdate bien de resbalar por ella, no sea que caigas ante el que te acecha.
Quien hace misericordia, presta al prójimo, quien le apoya con su mano, guarda los mandamientos.
Presta a tu prójimo cuando se halle en necesidad, y por tu parte restituye a tiempo al prójimo.
Mantén tu palabra y ten confianza en él, y en toda ocasión encontrarás lo que necesitas.
Muchos consideran el préstamo como una ganga, y a los que les han socorrido causan sinsabores.
Hasta que no recibe, besa las manos de su prójimo, y ante su dinero humilla la voz; pero al tiempo de la restitución da largas, responde con palabras negligentes y echa la culpa a las circustancias.
Si puede, el otro recibirá apenas la mitad, y aun lo tendrá como una ganga. Si no, se quedará sin su dinero, y se habrá ganado sin necesidad un enemigo, que le devolverá maldiciones e injurias y le dará, en vez de gloria, vilipendio.
Muchos, sin malicia, vuelven las espaldas, pues temen ser despojados sin necesidad.
Pero con el humilde muéstrate paciente, y a tu limosna no des largas.
En atención al mandamiento, acoge al indigente, según su necesidad no le despidas vacío.
Gasta dinero por el hermano y el amigo, que no se te enroñe bajo la piedra y lo pierdas.
Coloca tu tesoro según los mandamientos del Altísimo, y te dará provecho más que el oro.
Encierra la limosna en tus graneros, ella te preservará de todo mal.
Mejor que recio escudo y que pesada lanza frente al enemigo combatirá por ti.
El hombre bueno sale fiador de su prójimo, el que ha perdido la vergüenza, lo deja abandonado.
No olvides los favores de tu fiador, pues él se ha expuesto por ti.
El pecador dilapida los bienes de su fiador, el ingrato abandona en su corazón al que le ha salvado.
La fianza perdió a muchos que iban bien, los sacudió como ola del mar.
«En efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña.
Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.
Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados,
les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo."
Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo.
Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontar a otros que estaban allí, les dice: "¿Por qué estáis aquí todo el día parados?"
Dícenle: "Es que nadie nos ha contratado." Díceles: "Id también vosotros a la viña."
Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: "Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros."
Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno.
Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno.
Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario,
diciendo: "Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor."
Pero él contestó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario?
Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti.
¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?".
Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.»
Cuando iba subiendo Yeshúa a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino:
«Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte
Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, entonces envió Yeshúa a dos discípulos,
diciéndoles: «Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos.
Y si alguien os dice algo, diréis: El Adon los necesita, pero enseguida los devolverá.»
Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta:
Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo.
Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Yeshúa les había encargado:
trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima.
La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino.
Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Adon! ¡Hosanna en las alturas!»
Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. «¿Quién es éste?» decían.
Y la gente decía: «Este es el profeta Yeshúa, de Nazaret de Galilea.»
Entró Yeshúa en el Templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas.
Y les dijo: «Está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración. ¡Pero vosotros estáis haciendo de ella una cueva de bandidos!»
También en el Templo se acercaron a él algunos ciegos y cojos, y los curó.
Mas los sumos sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que había hecho y a los niños que gritaban en el Templo: «¡Hosanna al Hijo de David!», se indignaron
y le dijeron: «¿Oyes lo que dicen éstos?» «Sí - les dice Yeshúa-. ¿No habéis leído nunca que De la boca de los niños y de los que aún maman te preparaste alabanza?»
Del maestro de coro. Según: «La opresión de los príncipes lejanos». De David. A media voz. Cuando los filisteos se apoderaron de él en Gat.
Tenme piedad, oh Elohim, porque me pisan, todo el día hostigándome me oprimen.
Me pisan todo el día los que me asechan, innumerables son los que me hostigan en la altura.
El día en que temo, en ti confío.
En Elohim, cuya palabra alabo, en Elohim confío y ya no temo, ¿qué puede hacerme un ser de carne?
Todo el día retuercen mis palabras, todos sus pensamientos son de hacerme mal;
se conjuran, se ocultan, mis pisadas observan, como para atrapar mi alma.
Por su iniquidad, ¿habrá escape para ellos? ¡Abate, oh Elohim, a los pueblos en tu cólera!
De mi vida errante llevas tú la cuenta, ¡recoge mis lágrimas en tu odre!
Entonces retrocederán mis enemigos, el día en que yo clame. Yo sé que Elohim está por mí.
En Elohim, cuya palabra alabo, en Yahweh, cuya palabra alabo,
en Elohim confío y ya no temo, ¿qué puede hacerme un hombre?
A mi cargo, oh Elohim, los votos que te hice: sacrificios te ofreceré de acción de gracias,
pues tú salvaste mi alma de la muerte, para que marche ante la faz de Elohim, en la luz de los vivos.
El que se venga, sufrirá venganza del Adon, que cuenta exacta llevará de sus pecados.
Perdona a tu prójimo el agravio, y, en cuanto lo pidas, te serán perdonados tus pecados.
Hombre que a hombre guarda ira, ¿cómo del Adon espera curación?
De un hombre como él piedad no tiene, ¡y pide perdón por sus propios pecados!
El, que sólo es carne, guarda rencor, ¿quién obtendrá el perdón de sus pecados?
Acuérdate de las postrimerías, y deja ya de odiar, recuerda la corrupción y la muerte, y sé fiel a los mandamientos.
Recuerda los mandamientos, y no tengas rencor a tu prójimo, recuerda la alianza del Altísimo, y pasa por alto la ofensa.
Absténte de disputas y evitarás el pecado, porque el apasionado atiza las disputas.
El pecador enzarza a los amigos, entre los que están en paz siembra discordia.
Según sea la leña, así arde el fuego, según su violencia, arde la disputa; según la fuerza del hombre es su furor y conforme a su riqueza sube su ira.
Riña súbita prende fuego, disputa precipitada vierte sangre.
Si soplas una chispa, prenderá, si la escupes, se apagará, y ambas cosas salen de tu boca.
Al soplón de lengua doble, maldícele, que ha perdido a muchos que vivían en paz.
A muchos sacudió la lengua triple, los dispersó de nación en nación; arrasó ciudades fuertes y derruyó casas de magnates.
La lengua triple repudió a mujeres varoniles, las privó del fruto de sus trabajos.
El que la atiende no encontrará reposo, ni plantará su tienda en paz.
El golpe del látigo produce cardenales, el golpe de la lengua quebranta los huesos.
Muchos han caído a filo de espada, mas no tantos como los caídos por la lengua.
Feliz el que de ella se resguarda, el que no pasa a través de su furor, el que su yugo no ha cargado, ni ha sido atado con sus coyundas.
Porque su yugo es yugo de hierro, y coyundas de bronce sus coyundas.
Muerte funesta la muerte que ella da, ¡el seol es preferible a ella!
Mas no tiene poder sobre los piadosos, en su llama no se quemarán.
Los que abandonan al Adon caerán en ella, en ellos arderá y no se apagará. Como un león se lanzará contra ellos, como una pantera los desgarrará.
Mira, cerca tu hacienda con espinos, encierra bien tu plata y tu oro.
A tus palabras pon balanza y peso, a tu boca pon puerta y cerrojo.
Guárdate bien de resbalar por ella, no sea que caigas ante el que te acecha.
Quien hace misericordia, presta al prójimo, quien le apoya con su mano, guarda los mandamientos.
Presta a tu prójimo cuando se halle en necesidad, y por tu parte restituye a tiempo al prójimo.
Mantén tu palabra y ten confianza en él, y en toda ocasión encontrarás lo que necesitas.
Muchos consideran el préstamo como una ganga, y a los que les han socorrido causan sinsabores.
Hasta que no recibe, besa las manos de su prójimo, y ante su dinero humilla la voz; pero al tiempo de la restitución da largas, responde con palabras negligentes y echa la culpa a las circustancias.
Si puede, el otro recibirá apenas la mitad, y aun lo tendrá como una ganga. Si no, se quedará sin su dinero, y se habrá ganado sin necesidad un enemigo, que le devolverá maldiciones e injurias y le dará, en vez de gloria, vilipendio.
Muchos, sin malicia, vuelven las espaldas, pues temen ser despojados sin necesidad.
Pero con el humilde muéstrate paciente, y a tu limosna no des largas.
En atención al mandamiento, acoge al indigente, según su necesidad no le despidas vacío.
Gasta dinero por el hermano y el amigo, que no se te enroñe bajo la piedra y lo pierdas.
Coloca tu tesoro según los mandamientos del Altísimo, y te dará provecho más que el oro.
Encierra la limosna en tus graneros, ella te preservará de todo mal.
Mejor que recio escudo y que pesada lanza frente al enemigo combatirá por ti.
El hombre bueno sale fiador de su prójimo, el que ha perdido la vergüenza, lo deja abandonado.
No olvides los favores de tu fiador, pues él se ha expuesto por ti.
El pecador dilapida los bienes de su fiador, el ingrato abandona en su corazón al que le ha salvado.
La fianza perdió a muchos que iban bien, los sacudió como ola del mar.
«En efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña.
Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.
Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados,
les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo."
Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo.
Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontar a otros que estaban allí, les dice: "¿Por qué estáis aquí todo el día parados?"
Dícenle: "Es que nadie nos ha contratado." Díceles: "Id también vosotros a la viña."
Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: "Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros."
Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno.
Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno.
Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario,
diciendo: "Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor."
Pero él contestó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario?
Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti.
¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?".
Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.»
Cuando iba subiendo Yeshúa a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino:
«Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte
Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, entonces envió Yeshúa a dos discípulos,
diciéndoles: «Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos.
Y si alguien os dice algo, diréis: El Adon los necesita, pero enseguida los devolverá.»
Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta:
Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo.
Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Yeshúa les había encargado:
trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima.
La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino.
Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Adon! ¡Hosanna en las alturas!»
Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. «¿Quién es éste?» decían.
Y la gente decía: «Este es el profeta Yeshúa, de Nazaret de Galilea.»
Entró Yeshúa en el Templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas.
Y les dijo: «Está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración. ¡Pero vosotros estáis haciendo de ella una cueva de bandidos!»
También en el Templo se acercaron a él algunos ciegos y cojos, y los curó.
Mas los sumos sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que había hecho y a los niños que gritaban en el Templo: «¡Hosanna al Hijo de David!», se indignaron
y le dijeron: «¿Oyes lo que dicen éstos?» «Sí - les dice Yeshúa-. ¿No habéis leído nunca que De la boca de los niños y de los que aún maman te preparaste alabanza?»
Del maestro de coro. Según: «La opresión de los príncipes lejanos». De David. A media voz. Cuando los filisteos se apoderaron de él en Gat.
Tenme piedad, oh Elohim, porque me pisan, todo el día hostigándome me oprimen.
Me pisan todo el día los que me asechan, innumerables son los que me hostigan en la altura.
El día en que temo, en ti confío.
En Elohim, cuya palabra alabo, en Elohim confío y ya no temo, ¿qué puede hacerme un ser de carne?
Todo el día retuercen mis palabras, todos sus pensamientos son de hacerme mal;
se conjuran, se ocultan, mis pisadas observan, como para atrapar mi alma.
Por su iniquidad, ¿habrá escape para ellos? ¡Abate, oh Elohim, a los pueblos en tu cólera!
De mi vida errante llevas tú la cuenta, ¡recoge mis lágrimas en tu odre!
Entonces retrocederán mis enemigos, el día en que yo clame. Yo sé que Elohim está por mí.
En Elohim, cuya palabra alabo, en Yahweh, cuya palabra alabo,
en Elohim confío y ya no temo, ¿qué puede hacerme un hombre?
A mi cargo, oh Elohim, los votos que te hice: sacrificios te ofreceré de acción de gracias,
pues tú salvaste mi alma de la muerte, para que marche ante la faz de Elohim, en la luz de los vivos.
Echó de su patria a hombres poderosos, que anduvieron errando por naciones extrañas.
Pecador que se presta a la fianza buscando especular, incurre en juicio.
Acoge al prójimo según tus recursos, y cuida de no caer tú mismo.
Lo primero para vivir es agua, pan, vestido, y casa para abrigarse.
Más vale vida de pobre bajo techo de tablas que comida suntuosa en casa de extraños.
En lo poco y en lo mucho ten buena cara, y no escucharás reproches de tu huésped.
Triste vida andar de casa en casa: donde te hospedes no podrás abrir la boca.
Hospedarás y darás de beber a desagradecidos, y encima tendrás que oír cosas amargas:
«Pasa, huésped, adereza la mesa, si tienes algo a mano, dame de comer.»
- «Vete, huésped, cede el puesto a uno más digno, viene a hospedarse mi hermano, necesito la casa.»
Duro es para un hombre de sentimiento tal desprecio de la casa, tal insulto propio para un deudor.
y le entregarán a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará.
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo.
El le dijo: «¿Qué quieres?» Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino.»
Replicó Yeshúa: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» Dícenle: «Sí, podemos.»
Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre.
Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos.
Mas Yeshúa los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder.
No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor,
y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo;
de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»
Cuando salían de Jericó, le siguió una gran muchedumbre.
En esto, dos ciegos que estaban sentados junto al camino, al enterarse que Yeshúa pasaba, se pusieron a gritar: «¡Adon, ten compasión de nosotros, Hijo de David!»
La gente les increpó para que se callaran, pero ellos gritaron más fuerte: «¡Adon, ten compasión de nosotros, Hijo de David!»
Entonces Yeshúa se detuvo, los llamó y dijo: «¿Qué queréis que os haga?»
Dícenle: «¡Adon, que se abran nuestros ojos!»
Movido a compasión Yeshúa tocó sus ojos, y al instante recobraron la vista; y le siguieron.
Y dejándolos, salió fuera de la ciudad, a Betania, donde pasó la noche.
Al amanecer, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre;
y viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no encontró en ella más que hojas. Entonces le dice: «¡Que nunca jamás brote fruto de ti!» Y al momento se secó la higuera.
Al verlo los discípulos se maravillaron y decían: «¿Cómo al momento quedó seca la higuera?»
Yeshúa les respondió: «Yo os aseguro: si tenéis fe y no vaciláis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que si aun decís a este monte: "Quítate y arrójate al mar", así se hará.
Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis.»
Llegado al Templo, mientras enseñaba se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo diciendo: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado tal autoridad?»
Yeshúa les respondió: «También yo os voy a preguntar una cosa; si me contestáis a ella, yo os diré a mi vez con qué autoridad hago esto.
El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?» Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: "Del cielo", nos dirá: "Entonces ¿por qué no le creísteis?"
Y si decimos: "De los hombres", tenemos miedo a la gente, pues todos tienen a Juan por profeta.»
Respondieron, pues, a Yeshúa: «No sabemos.» Y él les replicó asimismo: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.»
«Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: "Hijo, vete hoy a trabajar en la viña."
Y él respondió: "No quiero", pero después se arrepintió y fue.
Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: "Voy, Señor", y no fue.
¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?» - «El primero» - le dicen. Díceles Yeshúa: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Elohim.
Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él.
«Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó.
Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos.
Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon.
De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera.
Finalmente les envió a su hijo, diciendo: "A mi hijo le respetarán."
Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: "Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia."
Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron.
Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»
Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo.»
Y Yeshúa les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Adon quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos?
Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Elohim para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos.»
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos.
Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.
Echó de su patria a hombres poderosos, que anduvieron errando por naciones extrañas.
Pecador que se presta a la fianza buscando especular, incurre en juicio.
Acoge al prójimo según tus recursos, y cuida de no caer tú mismo.
Lo primero para vivir es agua, pan, vestido, y casa para abrigarse.
Más vale vida de pobre bajo techo de tablas que comida suntuosa en casa de extraños.
En lo poco y en lo mucho ten buena cara, y no escucharás reproches de tu huésped.
Triste vida andar de casa en casa: donde te hospedes no podrás abrir la boca.
Hospedarás y darás de beber a desagradecidos, y encima tendrás que oír cosas amargas:
«Pasa, huésped, adereza la mesa, si tienes algo a mano, dame de comer.»
- «Vete, huésped, cede el puesto a uno más digno, viene a hospedarse mi hermano, necesito la casa.»
Duro es para un hombre de sentimiento tal desprecio de la casa, tal insulto propio para un deudor.
y le entregarán a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará.
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo.
El le dijo: «¿Qué quieres?» Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino.»
Replicó Yeshúa: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» Dícenle: «Sí, podemos.»
Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre.
Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos.
Mas Yeshúa los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder.
No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor,
y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo;
de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»
Cuando salían de Jericó, le siguió una gran muchedumbre.
En esto, dos ciegos que estaban sentados junto al camino, al enterarse que Yeshúa pasaba, se pusieron a gritar: «¡Adon, ten compasión de nosotros, Hijo de David!»
La gente les increpó para que se callaran, pero ellos gritaron más fuerte: «¡Adon, ten compasión de nosotros, Hijo de David!»
Entonces Yeshúa se detuvo, los llamó y dijo: «¿Qué queréis que os haga?»
Dícenle: «¡Adon, que se abran nuestros ojos!»
Movido a compasión Yeshúa tocó sus ojos, y al instante recobraron la vista; y le siguieron.
Y dejándolos, salió fuera de la ciudad, a Betania, donde pasó la noche.
Al amanecer, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre;
y viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no encontró en ella más que hojas. Entonces le dice: «¡Que nunca jamás brote fruto de ti!» Y al momento se secó la higuera.
Al verlo los discípulos se maravillaron y decían: «¿Cómo al momento quedó seca la higuera?»
Yeshúa les respondió: «Yo os aseguro: si tenéis fe y no vaciláis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que si aun decís a este monte: "Quítate y arrójate al mar", así se hará.
Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis.»
Llegado al Templo, mientras enseñaba se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo diciendo: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado tal autoridad?»
Yeshúa les respondió: «También yo os voy a preguntar una cosa; si me contestáis a ella, yo os diré a mi vez con qué autoridad hago esto.
El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?» Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: "Del cielo", nos dirá: "Entonces ¿por qué no le creísteis?"
Y si decimos: "De los hombres", tenemos miedo a la gente, pues todos tienen a Juan por profeta.»
Respondieron, pues, a Yeshúa: «No sabemos.» Y él les replicó asimismo: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.»
«Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: "Hijo, vete hoy a trabajar en la viña."
Y él respondió: "No quiero", pero después se arrepintió y fue.
Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: "Voy, Señor", y no fue.
¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?» - «El primero» - le dicen. Díceles Yeshúa: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Elohim.
Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él.
«Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó.
Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos.
Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon.
De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera.
Finalmente les envió a su hijo, diciendo: "A mi hijo le respetarán."
Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: "Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia."
Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron.
Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»
Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo.»
Y Yeshúa les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Adon quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos?
Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Elohim para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos.»
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos.
Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.
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