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Es de conocimiento común que el tema de conversación en Silicon Valley, al menos en términos de “El Futuro del Gobierno”, gira en torno a las tecnocracias y los Network States (como los presenta Balaji Srinivasan). Entre el libro de Balaji del mismo nombre, la actitud de superioridad de la mayoría de la gente de tecnología, y la candidatura de poder de Elon Musk a principios de este año, diría que hay un patrón que deberíamos examinar.
Pocas cosas hay más peligrosas en este mundo que un individuo poderoso creyendo que puede hacer las cosas mejor por su cuenta. Excepto que dicho individuo crea que un país debería ser dirigido como una plataforma de software.
“Dirigir un Gobierno como Software” es el nuevo “Dirigir un Gobierno como una Empresa”. Todos sabemos qué tan bien ha funcionado eso.
Recientemente estaba charlando con un filósofo amigo. Es el tipo de persona que tiene una opinión premeditada para cualquier tema posible, completa con citas que van desde Eric Fromm y Hannah Arendt hasta los últimos papers académicos sobre lo que sea que te hayas dignado a mencionar. Hablamos sobre Worldcoin entre cejas alzadas y bromas a costa de las criptomonedas.
Pero cuando solté la frase: “Escanean tu iris, lo vinculan a un sistema de identidad, y atan tus finanzas a dicho sistema de identidad”, ya no estábamos bromeando.
La conversación rápidamente se dirigió hacia nuestra crisis actual de significado, manifestada por ahora como el ascenso del autoritarismo alrededor del mundo. Pero más importante, discutimos cómo ese autoritarismo, construido sobre cimientos endebles, después abriría la puerta para algo más siniestro.
Nuestra generación actual de autoritarios de culto a la personalidad no son más que los últimos coletazos de la vieja guardia de políticos. El tipo que mentirá y hará trampa y robará para mantener su poder, pero no moverán ni un dedo para realmente fortalecer el sistema que les dio su marca de poder coercitivo.
Los gobernantes de hoy son expertos jugando su juego, sin importar el sistema político o partido, pero el juego está cambiando rápidamente frente a ellos.
Todos hemos notado cómo los gobiernos actuales no dan la talla para regular tecnología que tiene el potencial de cambiar la sociedad—y muy seguido lo hace. Las audiencias del senado sobre Facebook, el show de payasos de la audiencia de TikTok, el Reino Unido tratando de eliminar la encriptación como si fuera una tecnología “mala”. Ningún gobierno está siquiera listo para discutir cómo prepararse adecuadamente para la IA, mucho menos gobernar en un mundo donde la inteligencia artificial moldea la vida diaria.
Es muy intencional cuando llamo a la clase gobernante actual “coercitiva”. Su manual de jugadas es el de las camarillas, exclusión sistemática, intimidación, y limitar el acceso. Pero tienen pocas o nulas zanahorias para respaldar el garrote.
¿Qué pasa cuando llega alguien que puede decir “sí” de maneras que los gobiernos tradicionales nunca podrían?
De ninguna manera estoy tratando de crear otro marco sobre qué es el poder. Pero, a lo largo de mi vida, me ha ayudado navegar el poder como si hubiera tres maneras principales de abordarlo: coercitivo, persuasivo, y manipulador.
El poder coercitivo es lo que las instituciones públicas tradicionales manejan. Es el poder del garrote: leyes, regulaciones, policía, fuerza militar. Funciona limitando opciones y castigando el incumplimiento. Esto es lo que Erdogan usa cuando cierra las redes sociales, lo que Trump manejó cuando amenazó con prohibir TikTok, lo que Macron despliega cuando empuja reformas de pensiones a pesar de protestas masivas. Y claro, hay un poco de bienestar social repartido, pero solo para aquellos que se conforman.
El poder persuasivo es el reino de las relaciones públicas tradicionales, medios, y retórica. Funciona convenciendo a la gente de elegir lo que quieres que elijan. Discursos de campaña, propaganda, publicidad en sus formas más directas. Respeta la autonomía humana mientras trata de influenciarla.
El poder manipulador es algo completamente diferente. No limita opciones ni argumenta por ellas; en cambio, moldea la arquitectura dentro de la cual se toman las decisiones. Algoritmos, interfaces, y la configuración predeterminada de existir en la esfera digital actual es manipuladora. Funciona haciendo que ciertas decisiones se sientan naturales, obvias, o inevitables mientras otras se vuelven inexistentes.
Los oligarcas tecnológicos han dominado este tercer tipo de poder. Tienen la gran ventaja de incentivos bajo su control: alcance algorítmico, créditos de cómputo, incentivos de cadena de suministro para aquellos que juegan según sus reglas sin siquiera saberlo. Todos conocemos el golpe de dopamina de recibir un par de likes, ¿eso influye en qué tipo de fotos de vacaciones compartes?
Altman puede ofrecer veinte dólares, o lo que sea que Worldcoin les ofrezca a las personas en centros comerciales por escanear sus globos oculares. Zuckerberg puede permitirse perder efectivo con cada casco de VR y lentes de IA vendidos. Bezos puede ofrecer políticas de devolución “sin complicaciones” para cada producto en su plataforma, a costa del vendedor. Estos son los ejercicios de poder manipulador que hemos crecido esperando, para crear sistemas donde el cumplimiento se siente como conveniencia y la resistencia se siente como ir cuesta arriba en ambas direcciones.
¿Qué pasa cuando Erdogan, o Trump, o Macron son amenazados por un tecnócrata que puede endulzar el trato para su populacho de una manera que ningún gobierno estatal podría?
¿Por qué temeríamos que la IA nos gobierne cuando sabemos que estas personas nunca soltarán el az bajo la manga que es el poder manipulador alimentado por algoritmos y plataformas? Lo que es más probable que suceda durante el próximo siglo es el ascenso silencioso del tecnofeudalismo, como muchos han observado antes que yo.
Ya estamos viviendo bajo una forma de tecnofeudalismo en cierto sentido. La mayoría de nuestras vidas sociales, comercio, romance, y esfuerzos intelectuales ya suceden a través de la lente de una plataforma tecnológica y un algoritmo. Los sueños libertarios de tecnoestados, identidades digitales, y dinero digital; ya están pavimentando el camino para manejar datos como un señor feudal habría manejado un ejército o cuota de grano.
De las tecnologías que traerán el tecnofeudalismo en su apogeo, cada una promete libertad, comodidad, un desafío al status quo. Individualmente, cada una parece benigna o incluso beneficiosa.
Todo lo que realmente se necesita al final es el momento correcto. Para que uno de estos tecnócratas tenga una disputa lo suficientemente seria con las estructuras de poder tradicionales (no solo para la prensa). Y podríamos ver el primer intento de una nación sin territorio, liderada por software e incentivos, con todos rindiendo tributo a un CEO soberano.
El hecho de que Musk lanzó su propio partido político recientemente está pavimentando el camino para que este momento eventualmente se despliegue.
No me detendré demasiado en lo malo que sería vivir bajo el tecnofeudalismo. Estoy haciendo un esfuerzo consciente por mantener mis ensayos un poco más optimistas. Incluso si todo lo que he dicho hasta ahora parece sombrío, los flujos y reflujos del poder son estacionales, como Aristóteles te habría dicho.
En cambio, quiero enfocarme en cómo sería realmente vivir bajo tal sistema cuando llegue—y muy probablemente llegará.
La sociedad medieval es conocida por dos cosas en la cultura popular:
Reyes, princesas, castillos, y amor cortés.
Condiciones de vida notablemente malas para todos los demás.
O al menos, eso es lo que la mayoría de la gente imagina cuando se figura vivir durante las llamadas “edades oscuras”. La realidad era mucho más complicada que eso, como siempre.
La sociedad medieval y el feudalismo realmente funcionaron sorprendentemente bien para la mayoría de las personas la mayoría del tiempo. La gente generalmente estaba bien alimentada, los siervos cotidianos disfrutaban algunos tipos de libertad y autonomía que la fuerza laboral actual soñaría: Te asignaban un pedazo de tierra, y sí, tenías que pagar tributo por ella, pero en general estabas bastante a cargo de lo que hacías con tu vida, siempre y cuando produjeras. Tenías poco de qué preocuparte más allá de tus responsabilidades inmediatas.
Eso suena extrañamente similar a las vidas que la mayoría de las personas vive hoy en día, ¿no?
En aquel entonces, no todos estaban bajo el pulgar de un rey, sin embargo. El sistema feudal creó múltiples caminos para diferentes tipos de personas para encontrar su lugar y ejercitar sus talentos. Y creo que el tecnofeudalismo tendrá el mismo efecto.
Ya hemos establecido que los oligarcas tecnológicos se convertirán en los nuevos reyes, lo cual posiblemente ya son. En cuanto al resto de nosotros...
Los monjes y abades que dedicaron sus vidas a la fe y sabiduría, y que manejaron cantidades indómitas de poder político, riqueza e influencia, incluso contra la nobleza. Un clérigo era tanto político como señor, a veces incluso más. La manera absolutamente mejor de garantizar una buena vida durante la edad media, con poco esfuerzo y mucho tiempo libre, era dirigirse al monasterio más cercano.
Si tuviera que estirar los paralelos, diría que los clérigos están más cerca de lo que los servidores públicos de nuestro tiempo se convertirían bajo el tecnofeudalismo. Si los CEOs y capitalistas de riesgo toman el poder ejecutivo y legislativo de sus nuevas naciones, los políticos de carrera, académicos, y servidores públicos tendrían que ir a algún lugar.
¿Y dónde se mantiene mejor la creencia de las personas que en su fe en instituciones públicas y respuestas comunales? Incluso si perdieran su poder coercitivo, los políticos aún tendrían la oportunidad de manejar la creencia de las personas para promulgar cambio local. Se convertirían en los intérpretes de los términos de servicio de la plataforma, por así decirlo.
Realmente podría convenirles mejor que lo que hacen hoy, ahora que lo pienso. Tal vez quitarles algo de poder estancado le haría bien a sus constituyentes por una vez.
Lo que la gente teme del tecnofeudalismo es la pérdida percibida de sus libertades y autonomía, pero incluso dentro de tal sistema cristalizado, la gente bajo el feudalismo encontró maneras de romper el molde y crear sus propios caminos.
La clase mercantil tomaría los peligros de los caminos llenos de bandoleros por la oportunidad de ganar grandes riquezas. Algunos de ellos incluso acumularon fortunas más grandes que los reyes y reinas con quienes comerciaban. El Renacimiento llegó a ser sobre las espaldas de mercaderes ricos que no serían bienvenidos en la clase gobernante, así que construyeron la suya propia.
El hecho de que el actual presidente de Estados Unidos sea una estrella de reality TV habla de cómo la clase gobernante reacciona cuando un forastero trata de unirse a sus filas. Llámalo un camino rocoso.
Similar a los mercaderes de antaño, el mundo de emprendedores y celebridades encaja en el papel bastante perfectamente. Tomas el riesgo, dejas el jardín amurallado de la plataforma tecnológica que te ofrecería comodidad y seguridad. Y si tienes suficiente suerte, llegas a construir tu propio jardín amurallado de influencia, riqueza, y prosperidad bajo tus propias reglas.
Pero. No llegan a gobernar hasta que acumulan lo suficiente para construir su propio sistema, lo cual es un gran “si” cuando el sistema que están desafiando está construido para pivotar y adaptarse algorítmicamente a las necesidades personales de todos.
No, ser mercader no era liberador entonces, y ser emprendedor no será liberador bajo el tecnofeudalismo. Los riesgos que tienes que incurrir, la pesada carga de mantener tu riqueza, la sensación constante de no pertenecer ni con aldeanos ni con cortesanos. No es de extrañar que los mercaderes medievales se aburrieran.
Preferiría mucho más convertirme en un caballero andante.
Los cuentos caballerescos que todos hemos escuchado han romantizado cómo habría sido realmente ser un aventurero que porta armadura y lanza, y recorre el mundo a lomo de caballo. En la vida real, los caballeros eran más como los científicos ciudadanos de hoy, influencers de redes sociales, o freelancers de pueblos pequeños. Eran profesionales hábiles que, a través de talento y recursos bien aprovechados (caballos, armadura, armas, entrenamiento), vendían sus servicios a quien más los necesitara.
Deambularías, jugarías según las reglas del señor local cuando fuera necesario, pasarías la noche en una taberna local, o montarías una tienda bajo las estrellas. Los caballeros andantes manejaban su habilidad para navegar el sistema, resolviendo los problemas de clérigo, aldeano, señor, o dama por igual.
Eran los dueños de su destino y se adaptarían a las circunstancias, sabiendo muy bien que toda su vida podía caber en una mochila. Vivían de su ingenio, sus habilidades, y su reputación.
Y oye, si hacías un trabajo lo suficientemente bueno y te vendías al final, un señor local podría recompensarte con un castillo propio y un pequeño feudo para mantenerlo.
¿No es ese el sueño tecnofeudal?
Tal vez he leído demasiado Cervantes…
Es de conocimiento común que el tema de conversación en Silicon Valley, al menos en términos de “El Futuro del Gobierno”, gira en torno a las tecnocracias y los Network States (como los presenta Balaji Srinivasan). Entre el libro de Balaji del mismo nombre, la actitud de superioridad de la mayoría de la gente de tecnología, y la candidatura de poder de Elon Musk a principios de este año, diría que hay un patrón que deberíamos examinar.
Pocas cosas hay más peligrosas en este mundo que un individuo poderoso creyendo que puede hacer las cosas mejor por su cuenta. Excepto que dicho individuo crea que un país debería ser dirigido como una plataforma de software.
“Dirigir un Gobierno como Software” es el nuevo “Dirigir un Gobierno como una Empresa”. Todos sabemos qué tan bien ha funcionado eso.
Recientemente estaba charlando con un filósofo amigo. Es el tipo de persona que tiene una opinión premeditada para cualquier tema posible, completa con citas que van desde Eric Fromm y Hannah Arendt hasta los últimos papers académicos sobre lo que sea que te hayas dignado a mencionar. Hablamos sobre Worldcoin entre cejas alzadas y bromas a costa de las criptomonedas.
Pero cuando solté la frase: “Escanean tu iris, lo vinculan a un sistema de identidad, y atan tus finanzas a dicho sistema de identidad”, ya no estábamos bromeando.
La conversación rápidamente se dirigió hacia nuestra crisis actual de significado, manifestada por ahora como el ascenso del autoritarismo alrededor del mundo. Pero más importante, discutimos cómo ese autoritarismo, construido sobre cimientos endebles, después abriría la puerta para algo más siniestro.
Nuestra generación actual de autoritarios de culto a la personalidad no son más que los últimos coletazos de la vieja guardia de políticos. El tipo que mentirá y hará trampa y robará para mantener su poder, pero no moverán ni un dedo para realmente fortalecer el sistema que les dio su marca de poder coercitivo.
Los gobernantes de hoy son expertos jugando su juego, sin importar el sistema político o partido, pero el juego está cambiando rápidamente frente a ellos.
Todos hemos notado cómo los gobiernos actuales no dan la talla para regular tecnología que tiene el potencial de cambiar la sociedad—y muy seguido lo hace. Las audiencias del senado sobre Facebook, el show de payasos de la audiencia de TikTok, el Reino Unido tratando de eliminar la encriptación como si fuera una tecnología “mala”. Ningún gobierno está siquiera listo para discutir cómo prepararse adecuadamente para la IA, mucho menos gobernar en un mundo donde la inteligencia artificial moldea la vida diaria.
Es muy intencional cuando llamo a la clase gobernante actual “coercitiva”. Su manual de jugadas es el de las camarillas, exclusión sistemática, intimidación, y limitar el acceso. Pero tienen pocas o nulas zanahorias para respaldar el garrote.
¿Qué pasa cuando llega alguien que puede decir “sí” de maneras que los gobiernos tradicionales nunca podrían?
De ninguna manera estoy tratando de crear otro marco sobre qué es el poder. Pero, a lo largo de mi vida, me ha ayudado navegar el poder como si hubiera tres maneras principales de abordarlo: coercitivo, persuasivo, y manipulador.
El poder coercitivo es lo que las instituciones públicas tradicionales manejan. Es el poder del garrote: leyes, regulaciones, policía, fuerza militar. Funciona limitando opciones y castigando el incumplimiento. Esto es lo que Erdogan usa cuando cierra las redes sociales, lo que Trump manejó cuando amenazó con prohibir TikTok, lo que Macron despliega cuando empuja reformas de pensiones a pesar de protestas masivas. Y claro, hay un poco de bienestar social repartido, pero solo para aquellos que se conforman.
El poder persuasivo es el reino de las relaciones públicas tradicionales, medios, y retórica. Funciona convenciendo a la gente de elegir lo que quieres que elijan. Discursos de campaña, propaganda, publicidad en sus formas más directas. Respeta la autonomía humana mientras trata de influenciarla.
El poder manipulador es algo completamente diferente. No limita opciones ni argumenta por ellas; en cambio, moldea la arquitectura dentro de la cual se toman las decisiones. Algoritmos, interfaces, y la configuración predeterminada de existir en la esfera digital actual es manipuladora. Funciona haciendo que ciertas decisiones se sientan naturales, obvias, o inevitables mientras otras se vuelven inexistentes.
Los oligarcas tecnológicos han dominado este tercer tipo de poder. Tienen la gran ventaja de incentivos bajo su control: alcance algorítmico, créditos de cómputo, incentivos de cadena de suministro para aquellos que juegan según sus reglas sin siquiera saberlo. Todos conocemos el golpe de dopamina de recibir un par de likes, ¿eso influye en qué tipo de fotos de vacaciones compartes?
Altman puede ofrecer veinte dólares, o lo que sea que Worldcoin les ofrezca a las personas en centros comerciales por escanear sus globos oculares. Zuckerberg puede permitirse perder efectivo con cada casco de VR y lentes de IA vendidos. Bezos puede ofrecer políticas de devolución “sin complicaciones” para cada producto en su plataforma, a costa del vendedor. Estos son los ejercicios de poder manipulador que hemos crecido esperando, para crear sistemas donde el cumplimiento se siente como conveniencia y la resistencia se siente como ir cuesta arriba en ambas direcciones.
¿Qué pasa cuando Erdogan, o Trump, o Macron son amenazados por un tecnócrata que puede endulzar el trato para su populacho de una manera que ningún gobierno estatal podría?
¿Por qué temeríamos que la IA nos gobierne cuando sabemos que estas personas nunca soltarán el az bajo la manga que es el poder manipulador alimentado por algoritmos y plataformas? Lo que es más probable que suceda durante el próximo siglo es el ascenso silencioso del tecnofeudalismo, como muchos han observado antes que yo.
Ya estamos viviendo bajo una forma de tecnofeudalismo en cierto sentido. La mayoría de nuestras vidas sociales, comercio, romance, y esfuerzos intelectuales ya suceden a través de la lente de una plataforma tecnológica y un algoritmo. Los sueños libertarios de tecnoestados, identidades digitales, y dinero digital; ya están pavimentando el camino para manejar datos como un señor feudal habría manejado un ejército o cuota de grano.
De las tecnologías que traerán el tecnofeudalismo en su apogeo, cada una promete libertad, comodidad, un desafío al status quo. Individualmente, cada una parece benigna o incluso beneficiosa.
Todo lo que realmente se necesita al final es el momento correcto. Para que uno de estos tecnócratas tenga una disputa lo suficientemente seria con las estructuras de poder tradicionales (no solo para la prensa). Y podríamos ver el primer intento de una nación sin territorio, liderada por software e incentivos, con todos rindiendo tributo a un CEO soberano.
El hecho de que Musk lanzó su propio partido político recientemente está pavimentando el camino para que este momento eventualmente se despliegue.
No me detendré demasiado en lo malo que sería vivir bajo el tecnofeudalismo. Estoy haciendo un esfuerzo consciente por mantener mis ensayos un poco más optimistas. Incluso si todo lo que he dicho hasta ahora parece sombrío, los flujos y reflujos del poder son estacionales, como Aristóteles te habría dicho.
En cambio, quiero enfocarme en cómo sería realmente vivir bajo tal sistema cuando llegue—y muy probablemente llegará.
La sociedad medieval es conocida por dos cosas en la cultura popular:
Reyes, princesas, castillos, y amor cortés.
Condiciones de vida notablemente malas para todos los demás.
O al menos, eso es lo que la mayoría de la gente imagina cuando se figura vivir durante las llamadas “edades oscuras”. La realidad era mucho más complicada que eso, como siempre.
La sociedad medieval y el feudalismo realmente funcionaron sorprendentemente bien para la mayoría de las personas la mayoría del tiempo. La gente generalmente estaba bien alimentada, los siervos cotidianos disfrutaban algunos tipos de libertad y autonomía que la fuerza laboral actual soñaría: Te asignaban un pedazo de tierra, y sí, tenías que pagar tributo por ella, pero en general estabas bastante a cargo de lo que hacías con tu vida, siempre y cuando produjeras. Tenías poco de qué preocuparte más allá de tus responsabilidades inmediatas.
Eso suena extrañamente similar a las vidas que la mayoría de las personas vive hoy en día, ¿no?
En aquel entonces, no todos estaban bajo el pulgar de un rey, sin embargo. El sistema feudal creó múltiples caminos para diferentes tipos de personas para encontrar su lugar y ejercitar sus talentos. Y creo que el tecnofeudalismo tendrá el mismo efecto.
Ya hemos establecido que los oligarcas tecnológicos se convertirán en los nuevos reyes, lo cual posiblemente ya son. En cuanto al resto de nosotros...
Los monjes y abades que dedicaron sus vidas a la fe y sabiduría, y que manejaron cantidades indómitas de poder político, riqueza e influencia, incluso contra la nobleza. Un clérigo era tanto político como señor, a veces incluso más. La manera absolutamente mejor de garantizar una buena vida durante la edad media, con poco esfuerzo y mucho tiempo libre, era dirigirse al monasterio más cercano.
Si tuviera que estirar los paralelos, diría que los clérigos están más cerca de lo que los servidores públicos de nuestro tiempo se convertirían bajo el tecnofeudalismo. Si los CEOs y capitalistas de riesgo toman el poder ejecutivo y legislativo de sus nuevas naciones, los políticos de carrera, académicos, y servidores públicos tendrían que ir a algún lugar.
¿Y dónde se mantiene mejor la creencia de las personas que en su fe en instituciones públicas y respuestas comunales? Incluso si perdieran su poder coercitivo, los políticos aún tendrían la oportunidad de manejar la creencia de las personas para promulgar cambio local. Se convertirían en los intérpretes de los términos de servicio de la plataforma, por así decirlo.
Realmente podría convenirles mejor que lo que hacen hoy, ahora que lo pienso. Tal vez quitarles algo de poder estancado le haría bien a sus constituyentes por una vez.
Lo que la gente teme del tecnofeudalismo es la pérdida percibida de sus libertades y autonomía, pero incluso dentro de tal sistema cristalizado, la gente bajo el feudalismo encontró maneras de romper el molde y crear sus propios caminos.
La clase mercantil tomaría los peligros de los caminos llenos de bandoleros por la oportunidad de ganar grandes riquezas. Algunos de ellos incluso acumularon fortunas más grandes que los reyes y reinas con quienes comerciaban. El Renacimiento llegó a ser sobre las espaldas de mercaderes ricos que no serían bienvenidos en la clase gobernante, así que construyeron la suya propia.
El hecho de que el actual presidente de Estados Unidos sea una estrella de reality TV habla de cómo la clase gobernante reacciona cuando un forastero trata de unirse a sus filas. Llámalo un camino rocoso.
Similar a los mercaderes de antaño, el mundo de emprendedores y celebridades encaja en el papel bastante perfectamente. Tomas el riesgo, dejas el jardín amurallado de la plataforma tecnológica que te ofrecería comodidad y seguridad. Y si tienes suficiente suerte, llegas a construir tu propio jardín amurallado de influencia, riqueza, y prosperidad bajo tus propias reglas.
Pero. No llegan a gobernar hasta que acumulan lo suficiente para construir su propio sistema, lo cual es un gran “si” cuando el sistema que están desafiando está construido para pivotar y adaptarse algorítmicamente a las necesidades personales de todos.
No, ser mercader no era liberador entonces, y ser emprendedor no será liberador bajo el tecnofeudalismo. Los riesgos que tienes que incurrir, la pesada carga de mantener tu riqueza, la sensación constante de no pertenecer ni con aldeanos ni con cortesanos. No es de extrañar que los mercaderes medievales se aburrieran.
Preferiría mucho más convertirme en un caballero andante.
Los cuentos caballerescos que todos hemos escuchado han romantizado cómo habría sido realmente ser un aventurero que porta armadura y lanza, y recorre el mundo a lomo de caballo. En la vida real, los caballeros eran más como los científicos ciudadanos de hoy, influencers de redes sociales, o freelancers de pueblos pequeños. Eran profesionales hábiles que, a través de talento y recursos bien aprovechados (caballos, armadura, armas, entrenamiento), vendían sus servicios a quien más los necesitara.
Deambularías, jugarías según las reglas del señor local cuando fuera necesario, pasarías la noche en una taberna local, o montarías una tienda bajo las estrellas. Los caballeros andantes manejaban su habilidad para navegar el sistema, resolviendo los problemas de clérigo, aldeano, señor, o dama por igual.
Eran los dueños de su destino y se adaptarían a las circunstancias, sabiendo muy bien que toda su vida podía caber en una mochila. Vivían de su ingenio, sus habilidades, y su reputación.
Y oye, si hacías un trabajo lo suficientemente bueno y te vendías al final, un señor local podría recompensarte con un castillo propio y un pequeño feudo para mantenerlo.
¿No es ese el sueño tecnofeudal?
Tal vez he leído demasiado Cervantes…
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