
El colapso en Latinoamérica no será televisado con explosiones; será un desangre controlado por goteo. Mientras el ciudadano promedio espera un ‘crack’ al estilo 1929 para reaccionar, las élites de la región ya terminaron de mudar sus capitales a jurisdicciones de common law y están operando bajo una premisa que nadie te va a decir en la Mañanera ni en los noticieros de Buenos Aires: el Estado ya no busca salvar la economía, busca gestionar la insolvencia.
La ruta del dinero en 2026 revela un patrón quirúrgico. Los gobiernos de la región —independientemente de su color ideológico— han entendido que su supervivencia política depende de fondear programas clientelares antes que la productividad real. Para lograrlo, están ejecutando un “swap” de soberanía; entregan el control de recursos estratégicos (litio en el Triángulo del Norte, el corredor interoceánico en México o los acuíferos en el Cono Sur) a fondos de inversión globales a cambio de liquidez inmediata para mantener la paz social.
La verdadera trampa son los incentivos fiscales de “repatriación”. No son para que el dinero vuelva y cree empleos; son una red de seguridad para que las élites que sacaron sus dólares durante el pánico de 2024 y 2025 puedan reinyectarlos a tasas preferenciales solo para comprar activos estatales a precio de remate. Es el ciclo perfecto: provocan la fuga con incertidumbre, esperan la devaluación y regresan como “salvadores” para comprar infraestructura pública por centavos.
Mientras te dicen que “el peso está fuerte”, el smart money se ha movido a una dolarización de facto de tercera generación. Ya no se trata de tener billetes bajo el colchón. Las familias que realmente mandan están utilizando estructuras en Singapur o Liechtenstein para tokenizar sus activos inmobiliarios y moverlos fuera del alcance de los bancos centrales locales. Saben que en un entorno de tasas altas de la FED y la amenaza de aranceles de Trump del 25%, las monedas locales son simplemente vales de despensa soberanos con fecha de caducidad.
El colapso del inmobiliario comercial en EE.UU. es el catalizador que nadie está viendo en el sur. El vencimiento de 1.2 billones de dólares en deuda tóxica en el norte está forzando a los bancos globales a cerrar el grifo del crédito para los mercados emergentes. Sin crédito externo, los gobiernos latinos solo tienen una salida: la canibalización del ahorro privado mediante impuestos al patrimonio disfrazados de “solidaridad” o la retención de intereses en cuentas bancarias.
En los próximos 12 meses, la brecha entre quienes tienen activos nominados en moneda dura y quienes dependen de un salario local se volverá un abismo insalvable. Va a pasar una estratificación financiera donde la clase media será la que pague la fiesta del déficit fiscal.
La estrategia realista: Deja de ahorrar en el sistema bancario local. Si tu dinero está en una cuenta corriente en la región, es un préstamo sin garantía que le estás haciendo a un gobierno insolvente. Mueve tu liquidez a instrumentos de deuda de corto plazo en dólares fuera de la jurisdicción local o a activos físicos con demanda global (commodities o real estate logístico vinculado al nearshoring).
El movimiento ganador: Posiciónate en el sector de infraestructura crítica privada. Cuando el Estado no pueda dar mantenimiento a puertos o energía, las concesiones pasarán a manos privadas bajo contratos blindados por el T-MEC. Ahí es donde las élites multiplicarán su fortuna.

El colapso en Latinoamérica no será televisado con explosiones; será un desangre controlado por goteo. Mientras el ciudadano promedio espera un ‘crack’ al estilo 1929 para reaccionar, las élites de la región ya terminaron de mudar sus capitales a jurisdicciones de common law y están operando bajo una premisa que nadie te va a decir en la Mañanera ni en los noticieros de Buenos Aires: el Estado ya no busca salvar la economía, busca gestionar la insolvencia.
La ruta del dinero en 2026 revela un patrón quirúrgico. Los gobiernos de la región —independientemente de su color ideológico— han entendido que su supervivencia política depende de fondear programas clientelares antes que la productividad real. Para lograrlo, están ejecutando un “swap” de soberanía; entregan el control de recursos estratégicos (litio en el Triángulo del Norte, el corredor interoceánico en México o los acuíferos en el Cono Sur) a fondos de inversión globales a cambio de liquidez inmediata para mantener la paz social.
La verdadera trampa son los incentivos fiscales de “repatriación”. No son para que el dinero vuelva y cree empleos; son una red de seguridad para que las élites que sacaron sus dólares durante el pánico de 2024 y 2025 puedan reinyectarlos a tasas preferenciales solo para comprar activos estatales a precio de remate. Es el ciclo perfecto: provocan la fuga con incertidumbre, esperan la devaluación y regresan como “salvadores” para comprar infraestructura pública por centavos.
Mientras te dicen que “el peso está fuerte”, el smart money se ha movido a una dolarización de facto de tercera generación. Ya no se trata de tener billetes bajo el colchón. Las familias que realmente mandan están utilizando estructuras en Singapur o Liechtenstein para tokenizar sus activos inmobiliarios y moverlos fuera del alcance de los bancos centrales locales. Saben que en un entorno de tasas altas de la FED y la amenaza de aranceles de Trump del 25%, las monedas locales son simplemente vales de despensa soberanos con fecha de caducidad.
El colapso del inmobiliario comercial en EE.UU. es el catalizador que nadie está viendo en el sur. El vencimiento de 1.2 billones de dólares en deuda tóxica en el norte está forzando a los bancos globales a cerrar el grifo del crédito para los mercados emergentes. Sin crédito externo, los gobiernos latinos solo tienen una salida: la canibalización del ahorro privado mediante impuestos al patrimonio disfrazados de “solidaridad” o la retención de intereses en cuentas bancarias.
En los próximos 12 meses, la brecha entre quienes tienen activos nominados en moneda dura y quienes dependen de un salario local se volverá un abismo insalvable. Va a pasar una estratificación financiera donde la clase media será la que pague la fiesta del déficit fiscal.
La estrategia realista: Deja de ahorrar en el sistema bancario local. Si tu dinero está en una cuenta corriente en la región, es un préstamo sin garantía que le estás haciendo a un gobierno insolvente. Mueve tu liquidez a instrumentos de deuda de corto plazo en dólares fuera de la jurisdicción local o a activos físicos con demanda global (commodities o real estate logístico vinculado al nearshoring).
El movimiento ganador: Posiciónate en el sector de infraestructura crítica privada. Cuando el Estado no pueda dar mantenimiento a puertos o energía, las concesiones pasarán a manos privadas bajo contratos blindados por el T-MEC. Ahí es donde las élites multiplicarán su fortuna.
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