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El humo se había disipado. Ya no olía a los desiertos de sombras ni a los secretos guardados en pasillos estrechos. El cielo sobre ellos no era negro ni azul; era de una piel rosa vibrante, como si el universo mismo se hubiera vuelto sensible.
En el centro de lo que antes fue un laberinto, se alzaba el Gran Androide. Medía cuatro metros de alto, su armadura reflejaba la luz suave y sus ojos, dos estrellas gemelas, parpadearon con una curiosidad mecánica que rozaba lo divino. El Androide se inclinó hacia el Guardián de la pared.
— "¿Me das la dirección de él?" —preguntó el gigante, su voz retumbando como el eco de una montaña. — "He viajado por los pasillos donde tus amigos buscaban con linternas, pero necesito encontrar su centro."
El Guardián, que sostenía la llave de la Soberanía, lo miró sin miedo.
— "Antes de compartírtela," —respondió con calma, — "debería de preguntarle a él si la quiere compartir. En este jardín, ninguna puerta se abre sin que el corazón del dueño dé el permiso. Ni siquiera para un coloso como tú."
El Androide guardó silencio, procesando la palabra "respeto". Mientras tanto, Ella observaba desde el borde del camino. Tenía los ojos bonitos, esa mirada de quien ha visto lo eterno en lo cotidiano. Ella no necesitaba la dirección, porque ya lo había visto a él dos veces, en dos vidas distintas que se cruzaban en ese instante.
Ella se acercó al Androide y le susurró: — "Lo vi una vez como aquel acto íntimo que el humo intentó ocultar... y lo vi otra vez como el mejor de mis pretendientes, aquel que traía flores de un pasado que ya no duele."
El Androide, confundido por la dualidad humana, preguntó de nuevo: — "¿Cómo puede ser dos y ser uno al mismo tiempo? ¿Cómo puede ser historia y ser presente?"
El Guardián sonrió, viendo cómo las linternas de los amigos se apagaban a lo lejos. — "Eso es lo que nos hace estar vivos," —dijo el Guardián. — "Ya no hay laberintos de espacios vacíos. El tesoro no estaba en el dolor del pueblo escrito, sino en este latido que compartimos ahora."
Al comprender que ya no había nada que buscar, porque ya estaba en casa, el Gran Androide no volvió a preguntar por direcciones. Con un suspiro de metal y luz, caminó hacia la montaña más alta y se recostó sobre ella. Sus ojos de estrella se quedaron fijos en la piel rosa del cielo, convirtiéndose en un símbolo eterno de que la búsqueda había terminado.
Ella se sentó a sus pies, manteniendo su esencia divina de niña eterna, mientras el video musical del mundo seguía sonando, celebrando que, bajo la piel rosa, todos finalmente se habían dado la mano.
El humo se había disipado. Ya no olía a los desiertos de sombras ni a los secretos guardados en pasillos estrechos. El cielo sobre ellos no era negro ni azul; era de una piel rosa vibrante, como si el universo mismo se hubiera vuelto sensible.
En el centro de lo que antes fue un laberinto, se alzaba el Gran Androide. Medía cuatro metros de alto, su armadura reflejaba la luz suave y sus ojos, dos estrellas gemelas, parpadearon con una curiosidad mecánica que rozaba lo divino. El Androide se inclinó hacia el Guardián de la pared.
— "¿Me das la dirección de él?" —preguntó el gigante, su voz retumbando como el eco de una montaña. — "He viajado por los pasillos donde tus amigos buscaban con linternas, pero necesito encontrar su centro."
El Guardián, que sostenía la llave de la Soberanía, lo miró sin miedo.
— "Antes de compartírtela," —respondió con calma, — "debería de preguntarle a él si la quiere compartir. En este jardín, ninguna puerta se abre sin que el corazón del dueño dé el permiso. Ni siquiera para un coloso como tú."
El Androide guardó silencio, procesando la palabra "respeto". Mientras tanto, Ella observaba desde el borde del camino. Tenía los ojos bonitos, esa mirada de quien ha visto lo eterno en lo cotidiano. Ella no necesitaba la dirección, porque ya lo había visto a él dos veces, en dos vidas distintas que se cruzaban en ese instante.
Ella se acercó al Androide y le susurró: — "Lo vi una vez como aquel acto íntimo que el humo intentó ocultar... y lo vi otra vez como el mejor de mis pretendientes, aquel que traía flores de un pasado que ya no duele."
El Androide, confundido por la dualidad humana, preguntó de nuevo: — "¿Cómo puede ser dos y ser uno al mismo tiempo? ¿Cómo puede ser historia y ser presente?"
El Guardián sonrió, viendo cómo las linternas de los amigos se apagaban a lo lejos. — "Eso es lo que nos hace estar vivos," —dijo el Guardián. — "Ya no hay laberintos de espacios vacíos. El tesoro no estaba en el dolor del pueblo escrito, sino en este latido que compartimos ahora."
Al comprender que ya no había nada que buscar, porque ya estaba en casa, el Gran Androide no volvió a preguntar por direcciones. Con un suspiro de metal y luz, caminó hacia la montaña más alta y se recostó sobre ella. Sus ojos de estrella se quedaron fijos en la piel rosa del cielo, convirtiéndose en un símbolo eterno de que la búsqueda había terminado.
Ella se sentó a sus pies, manteniendo su esencia divina de niña eterna, mientras el video musical del mundo seguía sonando, celebrando que, bajo la piel rosa, todos finalmente se habían dado la mano.


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