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La arena de los sueños todavía estaba tibia bajo los pies del hombre. Frente a él, Sira ya no era un ancla, sino un reflejo que se desvanecía con la elegancia de quien sabe que su papel en la película ha terminado. El gato que una vez fue un regalo de compromiso —un lazo envenenado por miedos desconocidos— ahora caminaba libre, perdiéndose en el horizonte de una arquitectura que ya no era circular, sino lineal y abierta.
Al tocar su piel y decirle: "Nunca estuvimos obligados a hacer lo que hicimos", el hombre no solo soltó a Sira; soltó las cadenas de aquella noche de discoteca donde el dolor y la venganza se disfrazaron de lenguaje común. La redención se sintió como el aire fresco de Casablanca en la pista de aterrizaje: un adiós que, en realidad, es un "hola" a uno mismo.
En ese instante, el silencio de la arena fue interrumpido por un acorde vibrante. No era un ruido fuerte; era la esencia de Carlos Santana recorriendo el aire, una nota sostenida que parecía sostener también el alma.
El hombre miró sus manos. Ya no sostenían las riendas de un círculo vicioso, sino una guitarra que parecía haber estado allí siempre, esperando bajo la mirada de "la Madre", esa cámara cósmica que todo lo graba pero que ahora captura el inicio de una Serie Internacional. El escenario ya no era una multitud ruidosa, sino la puerta de un avión con destino a San Francisco o Inglaterra, donde los sueños también se hacen volar.
Apareció entonces la esencia femenina, moviéndose al ritmo de un Tango que él ahora sabía bailar. Sus pasos no se cruzaban para tropezar, sino para dibujar figuras de libertad sobre el suelo del hangar.
—¿Nos vamos?— preguntó él, mientras sus dedos comenzaban a recorrer el mástil con la destreza de quien ha transformado su sombra en música.
El hijo de Sira, sentado en el borde de la realidad, escuchaba la conversación. Esas palabras de redención se sembraron en él como una semilla de buena intención, la herencia de que es posible romper el ciclo.
El reloj marcó el 26 de diciembre. Un nuevo día, una frecuencia limpia. La guitarra sonaba al compás de unos dedos que ya no señalaban culpables, sino que acariciaban la paz. El tango comenzó, y bajo la cámara del universo, el hombre empezó a liderar su propio destino, sabiendo que la película terminó para que la verdadera vida comenzara.
La arena de los sueños todavía estaba tibia bajo los pies del hombre. Frente a él, Sira ya no era un ancla, sino un reflejo que se desvanecía con la elegancia de quien sabe que su papel en la película ha terminado. El gato que una vez fue un regalo de compromiso —un lazo envenenado por miedos desconocidos— ahora caminaba libre, perdiéndose en el horizonte de una arquitectura que ya no era circular, sino lineal y abierta.
Al tocar su piel y decirle: "Nunca estuvimos obligados a hacer lo que hicimos", el hombre no solo soltó a Sira; soltó las cadenas de aquella noche de discoteca donde el dolor y la venganza se disfrazaron de lenguaje común. La redención se sintió como el aire fresco de Casablanca en la pista de aterrizaje: un adiós que, en realidad, es un "hola" a uno mismo.
En ese instante, el silencio de la arena fue interrumpido por un acorde vibrante. No era un ruido fuerte; era la esencia de Carlos Santana recorriendo el aire, una nota sostenida que parecía sostener también el alma.
El hombre miró sus manos. Ya no sostenían las riendas de un círculo vicioso, sino una guitarra que parecía haber estado allí siempre, esperando bajo la mirada de "la Madre", esa cámara cósmica que todo lo graba pero que ahora captura el inicio de una Serie Internacional. El escenario ya no era una multitud ruidosa, sino la puerta de un avión con destino a San Francisco o Inglaterra, donde los sueños también se hacen volar.
Apareció entonces la esencia femenina, moviéndose al ritmo de un Tango que él ahora sabía bailar. Sus pasos no se cruzaban para tropezar, sino para dibujar figuras de libertad sobre el suelo del hangar.
—¿Nos vamos?— preguntó él, mientras sus dedos comenzaban a recorrer el mástil con la destreza de quien ha transformado su sombra en música.
El hijo de Sira, sentado en el borde de la realidad, escuchaba la conversación. Esas palabras de redención se sembraron en él como una semilla de buena intención, la herencia de que es posible romper el ciclo.
El reloj marcó el 26 de diciembre. Un nuevo día, una frecuencia limpia. La guitarra sonaba al compás de unos dedos que ya no señalaban culpables, sino que acariciaban la paz. El tango comenzó, y bajo la cámara del universo, el hombre empezó a liderar su propio destino, sabiendo que la película terminó para que la verdadera vida comenzara.
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