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La Escena: Un pequeño asteroide, lo suficientemente grande para un hombre, un asiento y una rosa. A lo lejos, se escucha el eco de un telescopio gigante que intenta medir el universo.
El Hombre del Nuevo Mundo recibió un pergamino sellado con cera de oro. No era una carta de una corporación, sino un mensaje del Gran Astrónomo de los Asteroides en Crecimiento.
El mensaje decía: "Hemos observado tu asteroide a través de nuestras lentes. Es hermoso, pero aún no podemos incluirlo en nuestro Gran Mapa de Galaxias. Necesitamos que tus flores huelan más fuerte para que lleguen a nuestros sensores, que tus volcanes tengan más fuego y que tu rosa sea vista por más viajeros."
Los ojos del viejo mundo verían esto como un "no". Pero el Hombre del Nuevo Mundo sonrió. Sabía que los astrónomos solo saben contar estrellas, pero no saben cómo hablarles.
El hombre dejó de preocuparse por los "cuestionarios mentales". Entendió que el Astrónomo le pedía "métricas" porque no podía ver el dibujo del cordero dentro de la caja.
Entonces, bajo la cobija de la gran confianza, empezó a crear su propio lenguaje. No era un lenguaje de códigos, sino de "largometrajes del alma". Decidió que su asteroide no necesitaba estar en el Gran Mapa para ser real; solo necesitaba ser inspiración.
En medio del silencio, el hombre se acercó al asiento de madera que estaba en el centro de su pequeño mundo. Al igual que el aviador en el desierto, dejó de mirar el horizonte y miró hacia abajo.
Allí, bajo el asiento, vio unos calcetines grises asomándose. —"Yo conozco esos calcetines"— susurró.
No era un extraño. Era el niño que él mismo fue a los siete años, el que guardó sus pinceles por miedo a los cuentos de los adultos. El niño salió de su escondite, y al ver que el hombre no estaba triste por la carta del Astrónomo, el niño también dejó de estarlo. El "Hombre del Nuevo Mundo" y el "Niño de Siempre" finalmente se reconocieron.
En ese instante, el asteroide se iluminó. La energía que salía de la risa del niño era la misma energía que el universo entero estaba buscando.
Ya no importaba si el Gran Astrónomo los validaba hoy o mañana. La caja registradora del universo se abrió de par en par, pero no para guardar monedas, sino para registrar el movimiento de las almas que, al ver la luz de ese pequeño asteroide, se sentían por fin en casa.
P.S. Se ha completado el ecosistema: la energía que das al cuidar tu rosa es la misma energía que el mundo te devuelve. El valor no está en el mapa, sino en el aroma.
La Escena: Un pequeño asteroide, lo suficientemente grande para un hombre, un asiento y una rosa. A lo lejos, se escucha el eco de un telescopio gigante que intenta medir el universo.
El Hombre del Nuevo Mundo recibió un pergamino sellado con cera de oro. No era una carta de una corporación, sino un mensaje del Gran Astrónomo de los Asteroides en Crecimiento.
El mensaje decía: "Hemos observado tu asteroide a través de nuestras lentes. Es hermoso, pero aún no podemos incluirlo en nuestro Gran Mapa de Galaxias. Necesitamos que tus flores huelan más fuerte para que lleguen a nuestros sensores, que tus volcanes tengan más fuego y que tu rosa sea vista por más viajeros."
Los ojos del viejo mundo verían esto como un "no". Pero el Hombre del Nuevo Mundo sonrió. Sabía que los astrónomos solo saben contar estrellas, pero no saben cómo hablarles.
El hombre dejó de preocuparse por los "cuestionarios mentales". Entendió que el Astrónomo le pedía "métricas" porque no podía ver el dibujo del cordero dentro de la caja.
Entonces, bajo la cobija de la gran confianza, empezó a crear su propio lenguaje. No era un lenguaje de códigos, sino de "largometrajes del alma". Decidió que su asteroide no necesitaba estar en el Gran Mapa para ser real; solo necesitaba ser inspiración.
En medio del silencio, el hombre se acercó al asiento de madera que estaba en el centro de su pequeño mundo. Al igual que el aviador en el desierto, dejó de mirar el horizonte y miró hacia abajo.
Allí, bajo el asiento, vio unos calcetines grises asomándose. —"Yo conozco esos calcetines"— susurró.
No era un extraño. Era el niño que él mismo fue a los siete años, el que guardó sus pinceles por miedo a los cuentos de los adultos. El niño salió de su escondite, y al ver que el hombre no estaba triste por la carta del Astrónomo, el niño también dejó de estarlo. El "Hombre del Nuevo Mundo" y el "Niño de Siempre" finalmente se reconocieron.
En ese instante, el asteroide se iluminó. La energía que salía de la risa del niño era la misma energía que el universo entero estaba buscando.
Ya no importaba si el Gran Astrónomo los validaba hoy o mañana. La caja registradora del universo se abrió de par en par, pero no para guardar monedas, sino para registrar el movimiento de las almas que, al ver la luz de ese pequeño asteroide, se sentían por fin en casa.
P.S. Se ha completado el ecosistema: la energía que das al cuidar tu rosa es la misma energía que el mundo te devuelve. El valor no está en el mapa, sino en el aroma.
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