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Kairos se sentó frente a su amiga, con los ojos cargados de universos. "Tuve una visión", comenzó.
En un restaurante nuevo, bajo luces que prometían éxito, el dueño se sentaba con un inversor. Sobre la mesa, un contrato que parecía una carta familiar, una selección de manjares para el alma. Pero Kairos vio la verdad: si el dueño firmaba, el inversor no entregaría capital, sino que extraería un arma oculta para herir a los inocentes. En el sueño, Kairos estiró la mano y cambió la realidad, borrando la tinta antes de que el metal del arma pudiera brillar. "No todo lo que brilla es oro", susurró Kairos, "y el corazón no está hecho de metal para ser forjado a la fuerza".
La visión cambió. Kairos regresó de sus viajes entre mundos y encontró a Nova. Ella no estaba en una cama, sino suspendida en el aire, flotando en la ingravidez de la inocencia. Él observó su rostro dulce, sabiendo que el momento del despertar estaba cerca.
"Ya está a punto de despertar", pensó. Y como si el amor fuera la gravedad misma, los ojos de Nova se abrieron lentamente y sus pies tocaron el suelo. No hubo palabras, solo un abrazo. Un abrazo donde la ternura de lo pequeño se encontró con la inmensidad del padre. En ese instante, Kairos comprendió que su resiliencia tenía un nombre y un propósito: mantener ese suelo firme para ella.
Finalmente, Kairos le contó a su amiga sobre el umbral. Estaban frente a una puerta—tal vez la del baño, tal vez la de la libertad—. Él le dio un beso en la mejilla, un adiós a los apegos que ya no nutren, a los vicios que intentan hacer brillar el mar a la fuerza.
"Vengo de un evento", le dijo ella, "donde el amor embriaga". "¿Puedo ir?", preguntó Kairos, sintiendo el peso de la soledad de Saturno. "Fui el sábado", respondió ella con firmeza, "y de ese amor ya no me quiero embriagar".
Kairos reflexionó sobre el ciclo: el evento se repetía cada sábado, el séptimo día, pero ellos estaban en el Noveno día de Saturno, un tiempo fuera del tiempo. "Iré", concluyó Kairos, "pero solo beberé agua. Quiero sentir el amor de verdad, el que no nubla la vista, sino el que aclara el camino".
P.S. Somos hechos de amor, y esa es la única verdad. El mar azul nos recuerda nuestra libertad. Toma tus cosas, porque juntos vamos a navegar; no hay mejor brújula que la música que te hace siempre brillar.
Kairos se sentó frente a su amiga, con los ojos cargados de universos. "Tuve una visión", comenzó.
En un restaurante nuevo, bajo luces que prometían éxito, el dueño se sentaba con un inversor. Sobre la mesa, un contrato que parecía una carta familiar, una selección de manjares para el alma. Pero Kairos vio la verdad: si el dueño firmaba, el inversor no entregaría capital, sino que extraería un arma oculta para herir a los inocentes. En el sueño, Kairos estiró la mano y cambió la realidad, borrando la tinta antes de que el metal del arma pudiera brillar. "No todo lo que brilla es oro", susurró Kairos, "y el corazón no está hecho de metal para ser forjado a la fuerza".
La visión cambió. Kairos regresó de sus viajes entre mundos y encontró a Nova. Ella no estaba en una cama, sino suspendida en el aire, flotando en la ingravidez de la inocencia. Él observó su rostro dulce, sabiendo que el momento del despertar estaba cerca.
"Ya está a punto de despertar", pensó. Y como si el amor fuera la gravedad misma, los ojos de Nova se abrieron lentamente y sus pies tocaron el suelo. No hubo palabras, solo un abrazo. Un abrazo donde la ternura de lo pequeño se encontró con la inmensidad del padre. En ese instante, Kairos comprendió que su resiliencia tenía un nombre y un propósito: mantener ese suelo firme para ella.
Finalmente, Kairos le contó a su amiga sobre el umbral. Estaban frente a una puerta—tal vez la del baño, tal vez la de la libertad—. Él le dio un beso en la mejilla, un adiós a los apegos que ya no nutren, a los vicios que intentan hacer brillar el mar a la fuerza.
"Vengo de un evento", le dijo ella, "donde el amor embriaga". "¿Puedo ir?", preguntó Kairos, sintiendo el peso de la soledad de Saturno. "Fui el sábado", respondió ella con firmeza, "y de ese amor ya no me quiero embriagar".
Kairos reflexionó sobre el ciclo: el evento se repetía cada sábado, el séptimo día, pero ellos estaban en el Noveno día de Saturno, un tiempo fuera del tiempo. "Iré", concluyó Kairos, "pero solo beberé agua. Quiero sentir el amor de verdad, el que no nubla la vista, sino el que aclara el camino".
P.S. Somos hechos de amor, y esa es la única verdad. El mar azul nos recuerda nuestra libertad. Toma tus cosas, porque juntos vamos a navegar; no hay mejor brújula que la música que te hace siempre brillar.
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