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Eran las gradas de la medianoche, ese territorio fronterizo donde el día que termina se sienta a conversar con el día que comienza. El aire estaba fresco y el concreto frío bajo ellos. Estaban bajo un mismo cielo: el Padre, el Hijo y el Primo, tres generaciones unidas por la sangre y el silencio compartido.
Platicaban acerca de los dos, el padre y el hijo, mientras el primo escuchaba, siendo el testigo silencioso de la familia. Hablaban de sus historias pequeñas, de los favores hechos y recibidos durante la semana, de la textura ordinaria de la vida.
De la nada, el ritmo tranquilo de la noche se rompió.
El hijo, cuya mirada vagaba por las alturas buscando quizás alguna estrella fugaz, se tensó. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, reflejando una luz que no debería estar allí a esa hora.
— ¡Papá, mira hacia el cielo! —exclamó, señalando con un dedo tembloroso hacia el cenit.
El Padre y el Primo levantaron la vista inmediatamente. El aliento se les quedó atrapado en la garganta.
No era la oscuridad habitual. A la medianoche, el cielo había decidido mostrar su arquitectura oculta. Líneas de luz pulsante se entrelazaban formando una geometría sagrada, patrones complejos que giraban y respiraban sobre sus cabezas, desafiando la física.
El primer pensamiento del hijo fue de pura maravilla visual: Parece estar hecho de fuegos artificiales, pensó, pero sin el estruendo, solo la luz pura y silenciosa tejiendo el universo.
Para el Padre, sin embargo, aquello no era solo un espectáculo de luces. Para él, era una Geometría Sentimental. Ver aquello le provocó una nostalgia instantánea, como cuando quieres saber el inicio de todo y, al mismo tiempo, conocer con dolor cada final inevitable. La inmensidad de lo que veía le hizo sentir el peso de la existencia humana.
Con la voz baja, casi quebrada por el asombro, el Padre respondió a la pregunta muda del universo:
— ¿Será que hay otros que dejaron de vivir? ¿O el peso de sus historias dejaron de existir y esto es su despedida?
El silencio que siguió a sus preguntas fue denso. La escala de lo que presenciaban era abrumadora. El hijo, buscando una referencia en su mundo conocido para medir lo imposible, susurró después de su padre:
— Parece tan grande como uno de los edificios más altos que haya visto... pero hecho de estrellas.
El primo solo pudo asentir, incapaz de articular palabra, testigo de que aquello era real.
Y así como la majestuosa Geometria con estrellas se formó, en el punto máximo de su complexidad, comenzó a disolverse. No hubo explosión, solo un desvanecimiento suave, como un suspiro de luz que regresa a la oscuridad.
El cielo volvió a ser negro. Las gradas volvieron a ser solo concreto.
Se quedaron en silencio mucho tiempo. La aparición había dejado una o más preguntas flotando en el aire frío de las gradas de la medianoche; bajo aquel cielo en el que los tres habían hablado y visto lo imposible.
P.S. Y así se desvaneció lo que algunos llamarían el túnel del amor cósmico, una de las historias más grandes que la noche alguna vez contó, y que solo tres personas en unas gradas recordarían.
Eran las gradas de la medianoche, ese territorio fronterizo donde el día que termina se sienta a conversar con el día que comienza. El aire estaba fresco y el concreto frío bajo ellos. Estaban bajo un mismo cielo: el Padre, el Hijo y el Primo, tres generaciones unidas por la sangre y el silencio compartido.
Platicaban acerca de los dos, el padre y el hijo, mientras el primo escuchaba, siendo el testigo silencioso de la familia. Hablaban de sus historias pequeñas, de los favores hechos y recibidos durante la semana, de la textura ordinaria de la vida.
De la nada, el ritmo tranquilo de la noche se rompió.
El hijo, cuya mirada vagaba por las alturas buscando quizás alguna estrella fugaz, se tensó. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, reflejando una luz que no debería estar allí a esa hora.
— ¡Papá, mira hacia el cielo! —exclamó, señalando con un dedo tembloroso hacia el cenit.
El Padre y el Primo levantaron la vista inmediatamente. El aliento se les quedó atrapado en la garganta.
No era la oscuridad habitual. A la medianoche, el cielo había decidido mostrar su arquitectura oculta. Líneas de luz pulsante se entrelazaban formando una geometría sagrada, patrones complejos que giraban y respiraban sobre sus cabezas, desafiando la física.
El primer pensamiento del hijo fue de pura maravilla visual: Parece estar hecho de fuegos artificiales, pensó, pero sin el estruendo, solo la luz pura y silenciosa tejiendo el universo.
Para el Padre, sin embargo, aquello no era solo un espectáculo de luces. Para él, era una Geometría Sentimental. Ver aquello le provocó una nostalgia instantánea, como cuando quieres saber el inicio de todo y, al mismo tiempo, conocer con dolor cada final inevitable. La inmensidad de lo que veía le hizo sentir el peso de la existencia humana.
Con la voz baja, casi quebrada por el asombro, el Padre respondió a la pregunta muda del universo:
— ¿Será que hay otros que dejaron de vivir? ¿O el peso de sus historias dejaron de existir y esto es su despedida?
El silencio que siguió a sus preguntas fue denso. La escala de lo que presenciaban era abrumadora. El hijo, buscando una referencia en su mundo conocido para medir lo imposible, susurró después de su padre:
— Parece tan grande como uno de los edificios más altos que haya visto... pero hecho de estrellas.
El primo solo pudo asentir, incapaz de articular palabra, testigo de que aquello era real.
Y así como la majestuosa Geometria con estrellas se formó, en el punto máximo de su complexidad, comenzó a disolverse. No hubo explosión, solo un desvanecimiento suave, como un suspiro de luz que regresa a la oscuridad.
El cielo volvió a ser negro. Las gradas volvieron a ser solo concreto.
Se quedaron en silencio mucho tiempo. La aparición había dejado una o más preguntas flotando en el aire frío de las gradas de la medianoche; bajo aquel cielo en el que los tres habían hablado y visto lo imposible.
P.S. Y así se desvaneció lo que algunos llamarían el túnel del amor cósmico, una de las historias más grandes que la noche alguna vez contó, y que solo tres personas en unas gradas recordarían.
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