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La tribu de Hina vivía en el archipiélago donde el viento y el agua sobre la tierra se tocaban al mismo tiempo. Sus rituales eran vitales; cada día, los grandes de la tribu danzaban para que los sentimientos no se secaran y afectaran los frutos que vivían en paz. Ellos muy bien lo sabían y con una danza recordaban lo hermoso que era amar.
Entre ellos estaba Manu, un hombre fuerte, con el mar tatuado en la piel, pero con un silencio de piano en el alma. Manu había olvidado el arte de la fluidez.
Durante la danza matutina, Manu se movía con la rigidez de una estatua de madera.
—¡Papá! ¡Pareces un cangrejo asustado! —exclamó Leilani, su pequeña hija, con una carcajada tan contagiosa que hacía temblar los cocoteros—. ¡Relájate, se supone que esto es divertido!
Manu intentó imitar a los grandes, pero tropezó consigo mismo. Leilani, con esa inocencia que desarma, le tiró un puñado de arena húmeda.
—¡Esa es la arena que necesita tu corazón, papá! ¡Necesitas la humedad!
Solo así, con esa constante ayuda, podían mantener sus hogares tocando el cielo. La ayuda era única, como los huevos que alimentaban el camino y que solo se recibían por la ventana donde la Musa salía a conversar.
La Musa, llamada Aolani ("Nube Celestial"), muchas veces preguntaba por la niña que jugaba con alegría.
—Ella bien puede ser tu hermana, tu prima o tu familiar —respondía Manu a Aolani, mientras observaba a Leilani, la portadora de la felicidad.
Manu sabía que la pequeña era más que un mensaje: era un espejo de los sueños que de pequeño él se olvidó de conquistar, como el piano que alguna vez quiso aprender a tocar, pero que solo un poco de práctica era vital.
La dualidad en la vida de Manu era como el símbolo del infinito: dos caras de peces unidos por su cola. Esto se manifestó el 27 de noviembre.
Después de platicar con un amigo y verlo cruzar de manera rápida su camino, Manu se sumergió en las aguas compartidas. Ya no buscaba la rigidez; ahora buscaba la fluidez.
—"Todo pasa a su debido momento" —pensó Manu.
Sabía que dondequiera que él fuera, siempre tendría una comunidad que no necesita puertas para poder entrar. Era así como compartía en el aire, como en el mar; ambos eran su hogar. Ya no había ninguna fecha o miedo que lo pudiera marcar.
El arte de la danza de Leilani había logrado lo que los años no: reconciliar a Manu con su propia inspiración. La pequeña era la llave para la inspiración que abriría la puerta de las siete lenguas que alguna vez él creyó olvidar.
P.S. El horizonte no es una línea que divide el cielo y el mar, es la promesa de que ambos mundos; el que respiras y el que navegas, son el mismo hogar.
La tribu de Hina vivía en el archipiélago donde el viento y el agua sobre la tierra se tocaban al mismo tiempo. Sus rituales eran vitales; cada día, los grandes de la tribu danzaban para que los sentimientos no se secaran y afectaran los frutos que vivían en paz. Ellos muy bien lo sabían y con una danza recordaban lo hermoso que era amar.
Entre ellos estaba Manu, un hombre fuerte, con el mar tatuado en la piel, pero con un silencio de piano en el alma. Manu había olvidado el arte de la fluidez.
Durante la danza matutina, Manu se movía con la rigidez de una estatua de madera.
—¡Papá! ¡Pareces un cangrejo asustado! —exclamó Leilani, su pequeña hija, con una carcajada tan contagiosa que hacía temblar los cocoteros—. ¡Relájate, se supone que esto es divertido!
Manu intentó imitar a los grandes, pero tropezó consigo mismo. Leilani, con esa inocencia que desarma, le tiró un puñado de arena húmeda.
—¡Esa es la arena que necesita tu corazón, papá! ¡Necesitas la humedad!
Solo así, con esa constante ayuda, podían mantener sus hogares tocando el cielo. La ayuda era única, como los huevos que alimentaban el camino y que solo se recibían por la ventana donde la Musa salía a conversar.
La Musa, llamada Aolani ("Nube Celestial"), muchas veces preguntaba por la niña que jugaba con alegría.
—Ella bien puede ser tu hermana, tu prima o tu familiar —respondía Manu a Aolani, mientras observaba a Leilani, la portadora de la felicidad.
Manu sabía que la pequeña era más que un mensaje: era un espejo de los sueños que de pequeño él se olvidó de conquistar, como el piano que alguna vez quiso aprender a tocar, pero que solo un poco de práctica era vital.
La dualidad en la vida de Manu era como el símbolo del infinito: dos caras de peces unidos por su cola. Esto se manifestó el 27 de noviembre.
Después de platicar con un amigo y verlo cruzar de manera rápida su camino, Manu se sumergió en las aguas compartidas. Ya no buscaba la rigidez; ahora buscaba la fluidez.
—"Todo pasa a su debido momento" —pensó Manu.
Sabía que dondequiera que él fuera, siempre tendría una comunidad que no necesita puertas para poder entrar. Era así como compartía en el aire, como en el mar; ambos eran su hogar. Ya no había ninguna fecha o miedo que lo pudiera marcar.
El arte de la danza de Leilani había logrado lo que los años no: reconciliar a Manu con su propia inspiración. La pequeña era la llave para la inspiración que abriría la puerta de las siete lenguas que alguna vez él creyó olvidar.
P.S. El horizonte no es una línea que divide el cielo y el mar, es la promesa de que ambos mundos; el que respiras y el que navegas, son el mismo hogar.
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