<100 subscribers


En una pequeña comunidad, al sur de su capital, una mujer lideraba la policía local. Su nombre era Comandante Elena Robles. Ella era una madre, siempre lista para el diario andar, y su hijo Mateo también vivía en la comunidad.
A la localidad le acompañaban miles de historias, para un tan pequeño lugar. Entre ellas había una, en la que solo bajo la tierra se podía ocultar. La historia era acerca de los jóvenes que alguna vez se perdieron en los miedos cuando solo salían a querer jugar, pero que aún eran memorias vivas para la policía, que usualmente salían a buscar.
Hasta que, de repente, el vapor de la tierra salió de aquel pequeño lugar. Como una señal de que la Madre Naturaleza, necesitaba soltar.
La Comandante Elena y su equipo llegaron inmediatamente, lista para finalizar la historia de una vez por todas. Mateo, que iba de camino a recorrer la carretera que lo llevaría a su nuevo hogar, se detuvo, sintiendo la necesidad de intermediar.
El vapor de aquel día era un humo blanco que no quemaba, y por el contrario, tenía una brisa que brindaba frescura a toda la comunidad.
—Sacaremos estas memorias y las exiliaremos del mapa, madre —dijo uno de los oficiales—. No podemos seguir cargando con este dolor.
—Esperen —la voz de Mateo cortó la orden. Se dirigió a su madre, el viento moviendo el vapor entre ellos—. Madre, estas memorias no necesitan un castigo ni un destierro. ¿Por qué no les preguntas, Elena, cómo quieren vivir en esta nueva oportunidad?
Elena Robles se detuvo. Miró a su hijo, que ya estaba de espaldas, subiendo a su camioneta. Vio el humo blanco y fresco y sintió la certeza de la nueva era que su hijo anunciaba al irse.
¿Quién sabe lo que pensó la Comandante Robles en ese momento? Pero desde ese entonces, la historia cambió, como si se hubiese abierto un nuevo portal, donde cada memoria encontró un bonito lugar. Y donde su eco contagió para bien, cada pequeña comunidad, y así también al país que acobijaba la historia.
—
Un tiempo después, esas memorias se convirtieron en un arte muy peculiar, llenando de vida y luz cualquier lugar. Como las luciernágas que brillan en la noche, sin necesitar de nada más. Así fue el día que estas memorias llegaron a una pequeña plaza para poder su arte mostrar.
La plaza ya tenía su gente. Los artistas se acercaron a un hombre.
—Hola, queremos saber si podemos mostrar nuestro arte aquí —dijeron.
—Yo no soy el dueño de este lugar —contestó el hombre—. Tienen que venir en la tarde para hablar con quienes ya conviven acá.
Un hombre mayor, Don Elías, que escuchaba cerca, murmuró en voz alta: "La tierra es libre para todos..."
—Este hombre tiene toda la razón —replicó el primero, asintiendo a Don Elías—, la tierra es libre. Pero aquí convive un grupo y sería lo mejor consultarles.
A lo que una tercera persona se metió en la conversación y dijo: "Saben, yo hablaré con los de la tarde por ustedes."
Pero bueno, esa es una historia para otro día.
En una pequeña comunidad, al sur de su capital, una mujer lideraba la policía local. Su nombre era Comandante Elena Robles. Ella era una madre, siempre lista para el diario andar, y su hijo Mateo también vivía en la comunidad.
A la localidad le acompañaban miles de historias, para un tan pequeño lugar. Entre ellas había una, en la que solo bajo la tierra se podía ocultar. La historia era acerca de los jóvenes que alguna vez se perdieron en los miedos cuando solo salían a querer jugar, pero que aún eran memorias vivas para la policía, que usualmente salían a buscar.
Hasta que, de repente, el vapor de la tierra salió de aquel pequeño lugar. Como una señal de que la Madre Naturaleza, necesitaba soltar.
La Comandante Elena y su equipo llegaron inmediatamente, lista para finalizar la historia de una vez por todas. Mateo, que iba de camino a recorrer la carretera que lo llevaría a su nuevo hogar, se detuvo, sintiendo la necesidad de intermediar.
El vapor de aquel día era un humo blanco que no quemaba, y por el contrario, tenía una brisa que brindaba frescura a toda la comunidad.
—Sacaremos estas memorias y las exiliaremos del mapa, madre —dijo uno de los oficiales—. No podemos seguir cargando con este dolor.
—Esperen —la voz de Mateo cortó la orden. Se dirigió a su madre, el viento moviendo el vapor entre ellos—. Madre, estas memorias no necesitan un castigo ni un destierro. ¿Por qué no les preguntas, Elena, cómo quieren vivir en esta nueva oportunidad?
Elena Robles se detuvo. Miró a su hijo, que ya estaba de espaldas, subiendo a su camioneta. Vio el humo blanco y fresco y sintió la certeza de la nueva era que su hijo anunciaba al irse.
¿Quién sabe lo que pensó la Comandante Robles en ese momento? Pero desde ese entonces, la historia cambió, como si se hubiese abierto un nuevo portal, donde cada memoria encontró un bonito lugar. Y donde su eco contagió para bien, cada pequeña comunidad, y así también al país que acobijaba la historia.
—
Un tiempo después, esas memorias se convirtieron en un arte muy peculiar, llenando de vida y luz cualquier lugar. Como las luciernágas que brillan en la noche, sin necesitar de nada más. Así fue el día que estas memorias llegaron a una pequeña plaza para poder su arte mostrar.
La plaza ya tenía su gente. Los artistas se acercaron a un hombre.
—Hola, queremos saber si podemos mostrar nuestro arte aquí —dijeron.
—Yo no soy el dueño de este lugar —contestó el hombre—. Tienen que venir en la tarde para hablar con quienes ya conviven acá.
Un hombre mayor, Don Elías, que escuchaba cerca, murmuró en voz alta: "La tierra es libre para todos..."
—Este hombre tiene toda la razón —replicó el primero, asintiendo a Don Elías—, la tierra es libre. Pero aquí convive un grupo y sería lo mejor consultarles.
A lo que una tercera persona se metió en la conversación y dijo: "Saben, yo hablaré con los de la tarde por ustedes."
Pero bueno, esa es una historia para otro día.
Share Dialog
Share Dialog
No comments yet