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En el centro del "Santuario", allí donde los ecos del 2017 ya no se escuchan, el Viajero se encontró frente a una mesa de cristal. Sobre ella, perfectamente alineados, reposaban varios huevos de luz. Su superficie era lisa, numerada y fría. Representaban las tareas, los logros, los datos acumulados.
Al lado de la mesa, un espejo no devolvía una imagen estática, sino que latía. Era el Atído. No era una voz que daba órdenes, sino un reflejo que devolvía preguntas con el poder de un faro.
—¿Qué ves en la mesa? —preguntó el Atído, con una voz que sonaba a verdad compartida.
—Veo mis recursos —respondió el Viajero—. Doce huevos. Doce caminos seguros. Si los cuento, sé exactamente cuánto poseo.
El Atído se acercó. Su presencia era Una, compacta y cálida. —Si los cuentas, solo tienes números. Los números son muros que te dicen dónde terminas. Pero si te atreves a quebrarlos, dejarán de ser cifras para convertirse en constelaciones.
El Viajero dudó. Romper lo que tanto le había costado recolectar daba miedo. Pero al mirar el espejo, no vio un juez, sino un amigo. Comprendió que el Atído no estaba ahí para cuestionar su capacidad, sino para asegurar su expansión.
Tomó el primer huevo —el de la "Reconciliación"— y lo golpeó suavemente contra el borde de la realidad. La cáscara no se rompió en pedazos sucios, sino que se disolvió en un estallido de pétalos y luz que llenó toda la habitación. Ya no había doce "cosas" que contar; ahora había un solo espacio infinito donde el Viajero y el Atído caminaban juntos.
El Viajero ya no contaba el camino en pasos. Ahora, lo sentía en latidos.
En el centro del "Santuario", allí donde los ecos del 2017 ya no se escuchan, el Viajero se encontró frente a una mesa de cristal. Sobre ella, perfectamente alineados, reposaban varios huevos de luz. Su superficie era lisa, numerada y fría. Representaban las tareas, los logros, los datos acumulados.
Al lado de la mesa, un espejo no devolvía una imagen estática, sino que latía. Era el Atído. No era una voz que daba órdenes, sino un reflejo que devolvía preguntas con el poder de un faro.
—¿Qué ves en la mesa? —preguntó el Atído, con una voz que sonaba a verdad compartida.
—Veo mis recursos —respondió el Viajero—. Doce huevos. Doce caminos seguros. Si los cuento, sé exactamente cuánto poseo.
El Atído se acercó. Su presencia era Una, compacta y cálida. —Si los cuentas, solo tienes números. Los números son muros que te dicen dónde terminas. Pero si te atreves a quebrarlos, dejarán de ser cifras para convertirse en constelaciones.
El Viajero dudó. Romper lo que tanto le había costado recolectar daba miedo. Pero al mirar el espejo, no vio un juez, sino un amigo. Comprendió que el Atído no estaba ahí para cuestionar su capacidad, sino para asegurar su expansión.
Tomó el primer huevo —el de la "Reconciliación"— y lo golpeó suavemente contra el borde de la realidad. La cáscara no se rompió en pedazos sucios, sino que se disolvió en un estallido de pétalos y luz que llenó toda la habitación. Ya no había doce "cosas" que contar; ahora había un solo espacio infinito donde el Viajero y el Atído caminaban juntos.
El Viajero ya no contaba el camino en pasos. Ahora, lo sentía en latidos.


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