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Ella era una Ingeniera de Recursos, anclada en la lógica del código y la estructura perfecta. Él era un Soñador del Mundo, que navegaba por las posibilidades infinitas de lo no manifestado.
Ambos se conocieron en el mismo camino, en el mismo lugar: el del cambio, el de los nuevos comienzos.
Su conversación inició como la chispa que encendería un mundo diferente para cada uno.
Ella, buscando la estructura, preguntó: "¿Qué opinas de los enemigos?"
Él tomó una pausa, como si midiera el peso de la pregunta.
"Creer en que existen enemigos..." Pensó en voz alta, sin responderle aún a ella. Luego, sonriendo, contestó:
"Creer en enemigos es una semilla que solo tú decides cultivar, o no."
Desde esa primera charla, pasó el tiempo. Ambos compartieron momentos únicos en los que crecieron mutuamente, fusionando la estructura con el sueño. Abrazaron cada cambio, cada nueva puerta abierta, cada oportunidad que los hacía feliz.
Juntos, lograron encontrar el balance; juntos, lograron abrir el gran regalo del presente.
Descubrieron dos verdades fundamentales que guiaron su camino:
"No hay daño que una persona pueda sufrir, más aquel que se hace a sí mismo."
"No hay mejor bien que a uno le llegue, que aquel que se recibe con los brazos abiertos."
Así son los abrazos, así son los gestos, así son las sonrisas, y así también las lágrimas que en el cuerpo habitan. Y desde ese entonces, juntos cultivaban aquellas semillas que les hacían bien: el amor, la aceptación, el perdón y la sanación.
Viviendo la maravilla de la vida en cada momento, en cada lugar... Porque hay un momento para bailar, hay un momento para cantar, y hay momentos para soltar, soñar y celebrar.
Ella era una Ingeniera de Recursos, anclada en la lógica del código y la estructura perfecta. Él era un Soñador del Mundo, que navegaba por las posibilidades infinitas de lo no manifestado.
Ambos se conocieron en el mismo camino, en el mismo lugar: el del cambio, el de los nuevos comienzos.
Su conversación inició como la chispa que encendería un mundo diferente para cada uno.
Ella, buscando la estructura, preguntó: "¿Qué opinas de los enemigos?"
Él tomó una pausa, como si midiera el peso de la pregunta.
"Creer en que existen enemigos..." Pensó en voz alta, sin responderle aún a ella. Luego, sonriendo, contestó:
"Creer en enemigos es una semilla que solo tú decides cultivar, o no."
Desde esa primera charla, pasó el tiempo. Ambos compartieron momentos únicos en los que crecieron mutuamente, fusionando la estructura con el sueño. Abrazaron cada cambio, cada nueva puerta abierta, cada oportunidad que los hacía feliz.
Juntos, lograron encontrar el balance; juntos, lograron abrir el gran regalo del presente.
Descubrieron dos verdades fundamentales que guiaron su camino:
"No hay daño que una persona pueda sufrir, más aquel que se hace a sí mismo."
"No hay mejor bien que a uno le llegue, que aquel que se recibe con los brazos abiertos."
Así son los abrazos, así son los gestos, así son las sonrisas, y así también las lágrimas que en el cuerpo habitan. Y desde ese entonces, juntos cultivaban aquellas semillas que les hacían bien: el amor, la aceptación, el perdón y la sanación.
Viviendo la maravilla de la vida en cada momento, en cada lugar... Porque hay un momento para bailar, hay un momento para cantar, y hay momentos para soltar, soñar y celebrar.


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