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Fue en una de las noches quietas de Diciembre cuando el tiempo, finalmente, se paralizó. El espacio se estrechó, volviéndose denso, y la historia de un inicio se consagró con el presente. Los mundos interactuaron en un eco ineludible: arriba como abajo.
El tren, que alguna vez tomé con la esperanza de huir o de dejar atrás la sombra de una verdad incómoda, resultó ser la vía para la confrontación. Fue exactamente ese tren el que se descarriló.
No hubo aviso, solo la certeza de una colisión que me llevó a un lugar donde las líneas de la vida ya no existían. El choque fue brutal, estrellándome contra una realidad desnuda y provocando aún más heridas de las que ya habitaban en mí. Quedé perdido, sin rumbo y completamente a la deriva, envuelto en el frío del vacío.
Y justo ahí, en el punto más extremo de la deriva, nuevamente regresé a la vida.
En ese instante de rendición, la historia se reveló desnuda, solo con su ropa blanca interior, actuando como la medicina para cada dolor. Esta vez, el momento que fue parte de mi verdad no estuvo acompañado por la poca luz de antes. Ahora, en esta noche de Diciembre que se hizo amanecer, su luz contagió cada parte de la escena con una belleza hermosa.
Me pregunté: ¿por qué antes no lo pude ver?
Y la verdad es que en ese entonces, todo tenía que ser así. Tenía que conocerme con los miedos que me adornaban, sin saber cuáles eran; y al mismo tiempo, absorber los miedos ajenos, sin entender que aquello era mucho más que un espacio que yo creía vacío.
Comprendí que el dolor que estaba cultivando aquí en mi pecho no era ajeno. Era el sentimiento, también, de todo lo bueno. Era una represa que detenía el flujo del río, un punto frío donde solo recorría el vacío y que afectaba a todo lo que venía después. La lucha no era contra la represa, sino el resultado de detener ese flujo vital.
Una vez comprendida la naturaleza de la represa, el curso de acción se hizo inevitable.
Entonces, los mundos no se juntaron nuevamente para unirnos, sino como abriendo una puerta para poder despedirnos. Tal vez no físicamente, pero sí, irrevocablemente, en lo emocional.
La represa se desvaneció. El agua del río circuló libremente, llevando consigo no el dolor, sino la verdad liberada. El pecho soltó lo que por tanto tiempo guardó, lo que por tanto tiempo se creyó responsable de sostener.
Y justo ahí estabas tú... y también estaba yo.
El ciclo se cerró con una gratitud profunda. Una paz que nació al reconocer que todas las sonrisas que compartimos, todas las lecciones y todos los momentos que vivimos, vivirán para siempre como mi mejor canción.
Con el pecho liviano y la visión clara, el miedo que antes gobernaba el camino se desvaneció.
El tren me espera nuevamente, pero esta vez no es el tren de la huida, sino el de la creación consciente, ahora cargado con más de 88 caballos de fuerza—la fuerza de mi verdad auténtica.
Este tren no tiene rutas predefinidas ni estaciones finales dictadas por el miedo. Esta vez, iremos donde los límites dejan de existir, donde la imaginación es el único mapa.
El viaje al infinito y más allá, como el trineo de la Navidad, es el destino de un alma liberada. Es el compromiso de dibujar el camino sin reservas, utilizando el dolor interpretado como la fuente de poder más pura.
Porque al final, el desmoronamiento de la represa me enseñó la lección más grande de todas: la libertad no es ausencia de dolor, sino la circulación libre del amor, el dolor y la verdad.
Si las líneas de esta historia tocan las tuyas, ¿te atreverías a dibujarlas?
Déjanos un comentario y dinos: ¿Cómo empezarás a dibujar tu propia línea hoy?
Fue en una de las noches quietas de Diciembre cuando el tiempo, finalmente, se paralizó. El espacio se estrechó, volviéndose denso, y la historia de un inicio se consagró con el presente. Los mundos interactuaron en un eco ineludible: arriba como abajo.
El tren, que alguna vez tomé con la esperanza de huir o de dejar atrás la sombra de una verdad incómoda, resultó ser la vía para la confrontación. Fue exactamente ese tren el que se descarriló.
No hubo aviso, solo la certeza de una colisión que me llevó a un lugar donde las líneas de la vida ya no existían. El choque fue brutal, estrellándome contra una realidad desnuda y provocando aún más heridas de las que ya habitaban en mí. Quedé perdido, sin rumbo y completamente a la deriva, envuelto en el frío del vacío.
Y justo ahí, en el punto más extremo de la deriva, nuevamente regresé a la vida.
En ese instante de rendición, la historia se reveló desnuda, solo con su ropa blanca interior, actuando como la medicina para cada dolor. Esta vez, el momento que fue parte de mi verdad no estuvo acompañado por la poca luz de antes. Ahora, en esta noche de Diciembre que se hizo amanecer, su luz contagió cada parte de la escena con una belleza hermosa.
Me pregunté: ¿por qué antes no lo pude ver?
Y la verdad es que en ese entonces, todo tenía que ser así. Tenía que conocerme con los miedos que me adornaban, sin saber cuáles eran; y al mismo tiempo, absorber los miedos ajenos, sin entender que aquello era mucho más que un espacio que yo creía vacío.
Comprendí que el dolor que estaba cultivando aquí en mi pecho no era ajeno. Era el sentimiento, también, de todo lo bueno. Era una represa que detenía el flujo del río, un punto frío donde solo recorría el vacío y que afectaba a todo lo que venía después. La lucha no era contra la represa, sino el resultado de detener ese flujo vital.
Una vez comprendida la naturaleza de la represa, el curso de acción se hizo inevitable.
Entonces, los mundos no se juntaron nuevamente para unirnos, sino como abriendo una puerta para poder despedirnos. Tal vez no físicamente, pero sí, irrevocablemente, en lo emocional.
La represa se desvaneció. El agua del río circuló libremente, llevando consigo no el dolor, sino la verdad liberada. El pecho soltó lo que por tanto tiempo guardó, lo que por tanto tiempo se creyó responsable de sostener.
Y justo ahí estabas tú... y también estaba yo.
El ciclo se cerró con una gratitud profunda. Una paz que nació al reconocer que todas las sonrisas que compartimos, todas las lecciones y todos los momentos que vivimos, vivirán para siempre como mi mejor canción.
Con el pecho liviano y la visión clara, el miedo que antes gobernaba el camino se desvaneció.
El tren me espera nuevamente, pero esta vez no es el tren de la huida, sino el de la creación consciente, ahora cargado con más de 88 caballos de fuerza—la fuerza de mi verdad auténtica.
Este tren no tiene rutas predefinidas ni estaciones finales dictadas por el miedo. Esta vez, iremos donde los límites dejan de existir, donde la imaginación es el único mapa.
El viaje al infinito y más allá, como el trineo de la Navidad, es el destino de un alma liberada. Es el compromiso de dibujar el camino sin reservas, utilizando el dolor interpretado como la fuente de poder más pura.
Porque al final, el desmoronamiento de la represa me enseñó la lección más grande de todas: la libertad no es ausencia de dolor, sino la circulación libre del amor, el dolor y la verdad.
Si las líneas de esta historia tocan las tuyas, ¿te atreverías a dibujarlas?
Déjanos un comentario y dinos: ¿Cómo empezarás a dibujar tu propia línea hoy?


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