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El sol de la tarde se filtraba por las puertas de cristal del estudio, bañando de ámbar los libros apilados. El Profesor Elías Soler, un hombre cuya calma vestía el saco gris claro, acarició el lomo de su gato Esfinge, color durazno y de mirada antigua. Elías se dirigió al escritorio para preparar sus cosas. Lo observaba todo: el bonsai que permanecía inmutable y la caja de madera llena de viejas fotografías.
Miu, el gato, caminó sobre la pila de libros en el escritorio como si estuviera inspeccionando la evidencia de una lección no aprendida.
Elías no encendió la luz. Sabía que la lección de ese día se enseñaría en la penumbra.
—Hoy es el día, Miu —susurró Elías, abriendo un cuaderno—, en que la historia se detiene.
El texto de la clase era sobre el conflicto, la elección y la renuncia. Elías recordó un amigo de la infancia, un amigo ya desaparecido, con el que solía jugar con pistolas de juguete, eligiendo bandos imaginarios. Eran solo niños, sin enemigos reales, solo bandos en un juego.
Elías comprendió la verdad que su alma había estado guardando:
La verdadera batalla del soldado nunca está fuera, en el campo de batalla, sino adentro, en la decisión diaria de soltar el miedo a no pertenecer.
El niño de aquella historia fue él, Elías, y todos aquellos que alguna vez creyeron que había bandos que justificarían el dolor.
¿Y las armas? Elías miró la caja de fotografías en la esquina. Las armas no eran los juguetes de madera, ni la pólvora de los campos lejanos. Las armas, pensó con una profunda y poética tristeza, son aquellos sentimientos heridos que elegimos empuñar en lugar de curar. Son los miedos que pertenecieron a un partido, a una ideología, que se repiten una y otra vez en los libros de historia o en el cine de algún lado.
Elías dejó el cuaderno abierto, justo en la página donde se leía: 11 de Diciembre - Mi Puerta Maestra.
Ese día, Elías soltó la escena, la energía testigo de lo que ya había terminado, entendiendo que no hay gloria cuando la conquista se busca con armas.
Miró al gato, que ahora se había acurrucado sobre el libro. Había aprendido que el presente es el árbol sagrado, y con gratitud, Elías recibió los frutos de la paz que por tanto tiempo lo habían estado esperando. Se sentó en su silla y encendió la radio. El saxofón de The Year of the Cat llenó la habitación.
P.S. En honor a todos aquellos que nos dejaron más de alguna enseñanza y que hoy están viviendo la Gloria.
El sol de la tarde se filtraba por las puertas de cristal del estudio, bañando de ámbar los libros apilados. El Profesor Elías Soler, un hombre cuya calma vestía el saco gris claro, acarició el lomo de su gato Esfinge, color durazno y de mirada antigua. Elías se dirigió al escritorio para preparar sus cosas. Lo observaba todo: el bonsai que permanecía inmutable y la caja de madera llena de viejas fotografías.
Miu, el gato, caminó sobre la pila de libros en el escritorio como si estuviera inspeccionando la evidencia de una lección no aprendida.
Elías no encendió la luz. Sabía que la lección de ese día se enseñaría en la penumbra.
—Hoy es el día, Miu —susurró Elías, abriendo un cuaderno—, en que la historia se detiene.
El texto de la clase era sobre el conflicto, la elección y la renuncia. Elías recordó un amigo de la infancia, un amigo ya desaparecido, con el que solía jugar con pistolas de juguete, eligiendo bandos imaginarios. Eran solo niños, sin enemigos reales, solo bandos en un juego.
Elías comprendió la verdad que su alma había estado guardando:
La verdadera batalla del soldado nunca está fuera, en el campo de batalla, sino adentro, en la decisión diaria de soltar el miedo a no pertenecer.
El niño de aquella historia fue él, Elías, y todos aquellos que alguna vez creyeron que había bandos que justificarían el dolor.
¿Y las armas? Elías miró la caja de fotografías en la esquina. Las armas no eran los juguetes de madera, ni la pólvora de los campos lejanos. Las armas, pensó con una profunda y poética tristeza, son aquellos sentimientos heridos que elegimos empuñar en lugar de curar. Son los miedos que pertenecieron a un partido, a una ideología, que se repiten una y otra vez en los libros de historia o en el cine de algún lado.
Elías dejó el cuaderno abierto, justo en la página donde se leía: 11 de Diciembre - Mi Puerta Maestra.
Ese día, Elías soltó la escena, la energía testigo de lo que ya había terminado, entendiendo que no hay gloria cuando la conquista se busca con armas.
Miró al gato, que ahora se había acurrucado sobre el libro. Había aprendido que el presente es el árbol sagrado, y con gratitud, Elías recibió los frutos de la paz que por tanto tiempo lo habían estado esperando. Se sentó en su silla y encendió la radio. El saxofón de The Year of the Cat llenó la habitación.
P.S. En honor a todos aquellos que nos dejaron más de alguna enseñanza y que hoy están viviendo la Gloria.
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