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Había una vez un hombre que vivía en el 30 de marzo. Era un lugar curioso, un umbral justo antes de que el calendario decidiera florecer en abril. En ese lugar, el tiempo no corría; se mecía.
Un día, escuchó que el misterio que tanto había intentado descifrar —esa historia, esa presencia— había decidido mudarse. Ella se iba a vivir a una casa nueva, con una amiga, lejos de las preguntas sin respuesta y de los laberintos que ya no necesitaban ser recorridos. En otro tiempo, el hombre habría corrido tras ella exigiendo abrir cada puerta cerrada. Pero hoy, bañado por una brisa que su piel ya empezaba a reconocer, simplemente sonrió.
Entendió que la mayor prueba de amor no es descubrir el misterio del otro, sino permitir que el misterio siga siendo sagrado.
En su mano derecha guardaba un tesoro: un papel blanco. Ella había escrito en él, dejando una rastro de su propia voz. Ese papel no era una respuesta, era un puente. El hombre se dio cuenta de que ahora escribía "por ella", no para alcanzarla, sino para sostener el espacio donde los sueños de ambos pudieran respirar sin etiquetas.
Se sentó en la arena, ahí donde el mar llega a besar la tierra de su ciudad, y dejó que el 30 de marzo se quedara quieto. No había prisa por llegar a abril. Porque en ese silencio, entre el papel que guardaba y el horizonte que ella habitaba, el hombre descubrió que la reconexión más pura ocurre cuando dejamos de buscar y simplemente empezamos a ser.
Él era ahora el custodio de lo no dicho, el ingeniero de una paz que no necesitaba planos, solo la voluntad de amar en libertad.
Había una vez un hombre que vivía en el 30 de marzo. Era un lugar curioso, un umbral justo antes de que el calendario decidiera florecer en abril. En ese lugar, el tiempo no corría; se mecía.
Un día, escuchó que el misterio que tanto había intentado descifrar —esa historia, esa presencia— había decidido mudarse. Ella se iba a vivir a una casa nueva, con una amiga, lejos de las preguntas sin respuesta y de los laberintos que ya no necesitaban ser recorridos. En otro tiempo, el hombre habría corrido tras ella exigiendo abrir cada puerta cerrada. Pero hoy, bañado por una brisa que su piel ya empezaba a reconocer, simplemente sonrió.
Entendió que la mayor prueba de amor no es descubrir el misterio del otro, sino permitir que el misterio siga siendo sagrado.
En su mano derecha guardaba un tesoro: un papel blanco. Ella había escrito en él, dejando una rastro de su propia voz. Ese papel no era una respuesta, era un puente. El hombre se dio cuenta de que ahora escribía "por ella", no para alcanzarla, sino para sostener el espacio donde los sueños de ambos pudieran respirar sin etiquetas.
Se sentó en la arena, ahí donde el mar llega a besar la tierra de su ciudad, y dejó que el 30 de marzo se quedara quieto. No había prisa por llegar a abril. Porque en ese silencio, entre el papel que guardaba y el horizonte que ella habitaba, el hombre descubrió que la reconexión más pura ocurre cuando dejamos de buscar y simplemente empezamos a ser.
Él era ahora el custodio de lo no dicho, el ingeniero de una paz que no necesitaba planos, solo la voluntad de amar en libertad.


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