
Hay una tentación profunda, casi universal, que aparece cada vez que imaginamos tener poder sobre el pasado: la tentación de borrar el dolor. No corregir un error, no evitar una catástrofe colectiva, sino algo mucho más íntimo y peligroso: eliminar una pérdida personal. La pregunta no es nueva, pero sigue siendo incómoda: ¿Tenemos derecho a borrar un dolor del pasado sin saber qué parte de nosotros, para bien o para mal, se iría con él?
Esa pregunta está en el centro de Flashpoint #1, el inicio de una miniserie central de cinco números, aunque nunca se formule de manera explícita. Barry Allen despierta en un mundo que reconoce como incorrecto antes incluso de entender por qué. Su madre está viva. Su padre nunca fue a prisión. Nadie sabe quién es Flash. No hay celebración ni alivio; hay una incomodidad silenciosa, casi visceral. Algo fue cambiado. Algo fue forzado. Y aunque todavía no sepamos cómo ni cuándo, el lector intuye que el precio ya empezó a cobrarse.
Flashpoint no necesita explicar el mecanismo para plantear el dilema. El simple hecho de que el mundo exista de forma distinta basta para abrir la herida moral: si tienes el poder de cambiar el pasado, ¿Deberías usarlo? Y más aún: ¿Puedes usarlo solo para ti? El cómic no ofrece una respuesta inmediata, pero sí sugiere algo inquietante: el dolor que Barry intenta evitar no desaparece, solo se redistribuye. El sufrimiento no se elimina; se desplaza.
Esta idea conecta con algo que la ciencia y la ficción llevan décadas advirtiendo. Edward Lorenz usó la metáfora del aleteo de una mariposa para explicar cómo pequeñas variaciones iniciales pueden producir consecuencias enormes e impredecibles. La cultura popular lo entendió rápido. Ray Bradbury lo llevó al extremo en A Sound of Thunder, donde un solo paso fuera del camino altera por completo el futuro. Incluso Los Simpson lo tradujeron en clave absurda en el episodio Treehouse of Horror V, cuando Homero destruye el mundo una y otra vez por manipular una tostadora. Cambiar el pasado nunca es un acto quirúrgico; es una intervención brutal en un sistema que no entendemos del todo.
Pero Flashpoint no es interesante solo por el efecto mariposa. Es interesante porque pone el foco en algo más humano: el duelo. La mayoría de nosotros no fantasea con cambiar la historia para salvar imperios o corregir injusticias abstractas; fantaseamos con evitar una muerte, una pérdida, un momento que nos quebró. El duelo y el dolor son experiencias que, si pudiéramos, borraríamos sin dudar. Y, sin embargo, en los últimos años hemos construido una cultura que intenta eliminar toda fricción: comida a un clic, entretenimiento inmediato, respuestas instantáneas. En ese contexto, el dolor se vive como un error del sistema, no como parte de la condición humana.
No es casual que hoy se hable clínicamente de Complicated Grief. Cuando el duelo no se procesa, cuando queda suspendido o negado, aparecen síntomas reales, medibles, devastadores. El problema no es que el dolor exista, sino que no sepamos qué hacer con él. Y aquí Flashpoint toca algo esencial: quitar el dolor no equivale a sanar. A veces equivale solo a perder algo más.
Afrontar el dolor es una de las experiencias más humanas que existen, tan humana que incluso los cómics, ese medio tantas veces subestimado, se permiten plantear la pregunta sin respuestas fáciles. No se trata de glorificar el sufrimiento ni de romantizar la pérdida. Se trata de reconocer que, en un mundo injusto, la aspiración no puede ser eliminar toda injusticia o todo dolor sin consecuencias. No porque esté bien que exista, sino porque eliminarlo por completo implicaría algo mucho más inquietante: la anulación de la libertad, de la elección, del riesgo.
No hace falta ponerse religioso para entenderlo. La valentía solo existe cuando hay peligro. La compasión solo existe cuando hay sufrimiento. La responsabilidad moral solo aparece cuando nuestras decisiones pueden dañar o sanar a otros. Si borramos todo eso, ¿Qué queda? Un mundo quizá más cómodo, pero también más plano, menos humano.
Esta idea resuena de forma inesperada en la música. En el álbum Somewhere in Time de Iron Maiden, la canción Wasted Years no habla de viajar en el tiempo, sino de algo más sutil: la tentación de vivir mirando atrás, de perder el presente deseando otro momento. No desperdicies tus años, dice la canción, porque incluso ahora, con todo lo que duele, estás viviendo algo irrepetible. No es un mensaje optimista; es una advertencia.
Flashpoint, al final, no nos enfrenta al problema de cambiar el pasado, sino al de qué hacemos con lo que somos ahora. Nuestros actos, como aleteos, están conectados a otros que no vemos. No podemos calcular todas las consecuencias, pero sí decidir desde dónde actuamos. Usar el poder, real o simbólico, solo para beneficio personal puede parecer comprensible, incluso humano, pero rara vez es inocuo.
Tal vez el error no sea desear que el dolor no hubiera ocurrido, sino creer que borrarlo nos dejaría intactos. Tal vez la pregunta no sea si tenemos derecho a eliminar el pasado, sino si estamos dispuestos a aceptar que parte de lo mejor y de lo peor de nosotros nace precisamente de aquello que no elegimos vivir.
Y si eso es así, ¿Qué dice de nosotros el mundo que estamos intentando construir cuando cada vez toleramos menos la incomodidad, la pérdida y la espera?
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Hay una tentación profunda, casi universal, que aparece cada vez que imaginamos tener poder sobre el pasado: la tentación de borrar el dolor. No corregir un error, no evitar una catástrofe colectiva, sino algo mucho más íntimo y peligroso: eliminar una pérdida personal. La pregunta no es nueva, pero sigue siendo incómoda: ¿Tenemos derecho a borrar un dolor del pasado sin saber qué parte de nosotros, para bien o para mal, se iría con él?
Esa pregunta está en el centro de Flashpoint #1, el inicio de una miniserie central de cinco números, aunque nunca se formule de manera explícita. Barry Allen despierta en un mundo que reconoce como incorrecto antes incluso de entender por qué. Su madre está viva. Su padre nunca fue a prisión. Nadie sabe quién es Flash. No hay celebración ni alivio; hay una incomodidad silenciosa, casi visceral. Algo fue cambiado. Algo fue forzado. Y aunque todavía no sepamos cómo ni cuándo, el lector intuye que el precio ya empezó a cobrarse.
Flashpoint no necesita explicar el mecanismo para plantear el dilema. El simple hecho de que el mundo exista de forma distinta basta para abrir la herida moral: si tienes el poder de cambiar el pasado, ¿Deberías usarlo? Y más aún: ¿Puedes usarlo solo para ti? El cómic no ofrece una respuesta inmediata, pero sí sugiere algo inquietante: el dolor que Barry intenta evitar no desaparece, solo se redistribuye. El sufrimiento no se elimina; se desplaza.
Esta idea conecta con algo que la ciencia y la ficción llevan décadas advirtiendo. Edward Lorenz usó la metáfora del aleteo de una mariposa para explicar cómo pequeñas variaciones iniciales pueden producir consecuencias enormes e impredecibles. La cultura popular lo entendió rápido. Ray Bradbury lo llevó al extremo en A Sound of Thunder, donde un solo paso fuera del camino altera por completo el futuro. Incluso Los Simpson lo tradujeron en clave absurda en el episodio Treehouse of Horror V, cuando Homero destruye el mundo una y otra vez por manipular una tostadora. Cambiar el pasado nunca es un acto quirúrgico; es una intervención brutal en un sistema que no entendemos del todo.
Pero Flashpoint no es interesante solo por el efecto mariposa. Es interesante porque pone el foco en algo más humano: el duelo. La mayoría de nosotros no fantasea con cambiar la historia para salvar imperios o corregir injusticias abstractas; fantaseamos con evitar una muerte, una pérdida, un momento que nos quebró. El duelo y el dolor son experiencias que, si pudiéramos, borraríamos sin dudar. Y, sin embargo, en los últimos años hemos construido una cultura que intenta eliminar toda fricción: comida a un clic, entretenimiento inmediato, respuestas instantáneas. En ese contexto, el dolor se vive como un error del sistema, no como parte de la condición humana.
No es casual que hoy se hable clínicamente de Complicated Grief. Cuando el duelo no se procesa, cuando queda suspendido o negado, aparecen síntomas reales, medibles, devastadores. El problema no es que el dolor exista, sino que no sepamos qué hacer con él. Y aquí Flashpoint toca algo esencial: quitar el dolor no equivale a sanar. A veces equivale solo a perder algo más.
Afrontar el dolor es una de las experiencias más humanas que existen, tan humana que incluso los cómics, ese medio tantas veces subestimado, se permiten plantear la pregunta sin respuestas fáciles. No se trata de glorificar el sufrimiento ni de romantizar la pérdida. Se trata de reconocer que, en un mundo injusto, la aspiración no puede ser eliminar toda injusticia o todo dolor sin consecuencias. No porque esté bien que exista, sino porque eliminarlo por completo implicaría algo mucho más inquietante: la anulación de la libertad, de la elección, del riesgo.
No hace falta ponerse religioso para entenderlo. La valentía solo existe cuando hay peligro. La compasión solo existe cuando hay sufrimiento. La responsabilidad moral solo aparece cuando nuestras decisiones pueden dañar o sanar a otros. Si borramos todo eso, ¿Qué queda? Un mundo quizá más cómodo, pero también más plano, menos humano.
Esta idea resuena de forma inesperada en la música. En el álbum Somewhere in Time de Iron Maiden, la canción Wasted Years no habla de viajar en el tiempo, sino de algo más sutil: la tentación de vivir mirando atrás, de perder el presente deseando otro momento. No desperdicies tus años, dice la canción, porque incluso ahora, con todo lo que duele, estás viviendo algo irrepetible. No es un mensaje optimista; es una advertencia.
Flashpoint, al final, no nos enfrenta al problema de cambiar el pasado, sino al de qué hacemos con lo que somos ahora. Nuestros actos, como aleteos, están conectados a otros que no vemos. No podemos calcular todas las consecuencias, pero sí decidir desde dónde actuamos. Usar el poder, real o simbólico, solo para beneficio personal puede parecer comprensible, incluso humano, pero rara vez es inocuo.
Tal vez el error no sea desear que el dolor no hubiera ocurrido, sino creer que borrarlo nos dejaría intactos. Tal vez la pregunta no sea si tenemos derecho a eliminar el pasado, sino si estamos dispuestos a aceptar que parte de lo mejor y de lo peor de nosotros nace precisamente de aquello que no elegimos vivir.
Y si eso es así, ¿Qué dice de nosotros el mundo que estamos intentando construir cuando cada vez toleramos menos la incomodidad, la pérdida y la espera?
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