El aire primero no fue aire, sino Air, exhalación dorada de sintetizador abierto, aliento suspendido sobre las azoteas de Bilbao, en un agosto detenido en loop. Nada comenzaba todavía, y sin embargo ya todo latía. En la penumbra del Antzoki, Borja Moskv ajustaba cables como si fueran raíces de un árbol invertido, y cada giro de potenciómetro parecía convocar dioses eléctricos, dioses anónimos con rostro de oscilador y cuerpo de delay. Un rumor de ciudad se mezclaba con el silencio de la sala,...