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Lucía siempre había sido apasionada por los videojuegos. Desde niña, podía pasar horas explorando mundos virtuales, pero al llegar a la universidad descubrió que no quería solo jugarlos: quería crearlos.
El problema era que su entusiasmo no bastaba; al enfrentarse a los fundamentos del desarrollo de videojuegos, la realidad se le vino encima como un muro de código, físicas, gráficos y sonidos que parecían inalcanzables.
Lucía se inscribió en un curso básico de desarrollo. Al principio, se sintió perdida:
No entendía cómo un motor como Unity podía unir lo que parecía pertenecer a mundos distintos: arte, música y programación.
El concepto de mecánicas de juego le sonaba etéreo, casi filosófico. ¿Qué significaba realmente "crear una experiencia para el jugador"?
Las colisiones y la IA de los enemigos la hacían sentir como si estuviera intentando domar un dragón digital.
En su primer intento, desarrolló un pequeño prototipo de plataformas. El personaje podía saltar, pero no siempre caía donde debía. Los enemigos se quedaban atrapados en bucles infinitos. Y lo peor: el juego no era divertido.
La frustración fue tanta que pensó en abandonar. Una tarde, su profesor le dijo algo que cambió todo:
"Lucía, no intentes construir un juego entero de una sola vez. Domina los fundamentos: entrada del jugador, reglas claras, retroalimentación inmediata. Todo lo demás se apoya en eso."
Esa frase se le quedó grabada. Decidió volver a lo básico.
Lucía replanteó su prototipo:
Input claro: programó el movimiento del personaje para que respondiera de forma fluida.
Mecánicas sencillas: solo saltar y recoger monedas.
Feedback inmediato: cada vez que el personaje obtenía una moneda, sonaba un efecto alegre y aparecía una chispa de luz.
El resultado fue sorprendente: aunque era un prototipo modesto, su juego ahora era jugable y entretenido. Lucía comprendió que la magia de los videojuegos no estaba en gráficos realistas ni en sistemas complejos, sino en los fundamentos bien construidos.
Lucía no creó un juego épico en ese primer intento, pero aprendió algo más importante: el desarrollo de videojuegos es un proceso de iteración, paciencia y dominio de los fundamentos.Su fracaso inicial se convirtió en un peldaño hacia algo más grande: entender que un videojuego nace cuando las bases están sólidas, y desde ahí se construye todo lo demás.
Lucía siempre había sido apasionada por los videojuegos. Desde niña, podía pasar horas explorando mundos virtuales, pero al llegar a la universidad descubrió que no quería solo jugarlos: quería crearlos.
El problema era que su entusiasmo no bastaba; al enfrentarse a los fundamentos del desarrollo de videojuegos, la realidad se le vino encima como un muro de código, físicas, gráficos y sonidos que parecían inalcanzables.
Lucía se inscribió en un curso básico de desarrollo. Al principio, se sintió perdida:
No entendía cómo un motor como Unity podía unir lo que parecía pertenecer a mundos distintos: arte, música y programación.
El concepto de mecánicas de juego le sonaba etéreo, casi filosófico. ¿Qué significaba realmente "crear una experiencia para el jugador"?
Las colisiones y la IA de los enemigos la hacían sentir como si estuviera intentando domar un dragón digital.
En su primer intento, desarrolló un pequeño prototipo de plataformas. El personaje podía saltar, pero no siempre caía donde debía. Los enemigos se quedaban atrapados en bucles infinitos. Y lo peor: el juego no era divertido.
La frustración fue tanta que pensó en abandonar. Una tarde, su profesor le dijo algo que cambió todo:
"Lucía, no intentes construir un juego entero de una sola vez. Domina los fundamentos: entrada del jugador, reglas claras, retroalimentación inmediata. Todo lo demás se apoya en eso."
Esa frase se le quedó grabada. Decidió volver a lo básico.
Lucía replanteó su prototipo:
Input claro: programó el movimiento del personaje para que respondiera de forma fluida.
Mecánicas sencillas: solo saltar y recoger monedas.
Feedback inmediato: cada vez que el personaje obtenía una moneda, sonaba un efecto alegre y aparecía una chispa de luz.
El resultado fue sorprendente: aunque era un prototipo modesto, su juego ahora era jugable y entretenido. Lucía comprendió que la magia de los videojuegos no estaba en gráficos realistas ni en sistemas complejos, sino en los fundamentos bien construidos.
Lucía no creó un juego épico en ese primer intento, pero aprendió algo más importante: el desarrollo de videojuegos es un proceso de iteración, paciencia y dominio de los fundamentos.Su fracaso inicial se convirtió en un peldaño hacia algo más grande: entender que un videojuego nace cuando las bases están sólidas, y desde ahí se construye todo lo demás.


Alfredo de Jesús Gutiérrez Gómez
Alfredo de Jesús Gutiérrez Gómez
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