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La vida de Mauerfall está dominada por un miedo, una sombra oscura y densa que se cierne sobre toda mi existencia, que empapa todo mi ser calando hasta los tuétanos de mi alma, del universo interior que se expande en mi interior: el miedo al rechazo, el miedo a perder.
Seguramente es un miedo profundamente arraigado en mí, algo que mamé de mi madre, en el sentido más literal. Mi madre me explicó que de pequeño no pudo darme el pecho pese a que lo intentó. Yo mamaba pero lo que mi madre producía era insuficiente, me dejaba insatisfecho. La que tenía que proporcionarme todo lo que necesitaba no podía darme lo más básico, el alimento. Lo más grande que podía recibir de la persona más importante de mi vida no era suficiente. Ese fue el inicio del fin, mi gestación como poeta, como ser profundamente insatisfecho. El propio miedo de mi madre a mi muerte, su propia frustración por no ser suficiente, pasaron a formar parte de mi ADN emocional, de manera tan profunda y radical como lo son mis secuencias de adenina, timina, citosina y guanina. Una combinación única e irrepetible replicada en todas y cada una de mis células.
De la misma manera yo soy una combinación de mis temores y frustraciones tempranas, de las experimentadas por mí y de las heredadas de mis padres: el miedo al rechazo y al abandono, la certeza o convicción de que nunca es suficiente, la incontinencia del dolor de la muerte y la convicción de que el bienestar es algo que está más allá de la frontera de mi piel.
Dos miedos y dos convicciones profundamente arraigados en mí y que se despiertan una y otra vez para inundar mi alma de una angustia que cuesta deshacer, de un lodazal que hace mis movimientos más y más torpes y pesados, hasta provocarme la más frustrante de las parálisis.
Los dos miedos están conectados a mi parte más animal. Están basados en el instinto de supervivencia. El rechazo ha sido siempre sinónimo de muerte. El que se quedaba fuera de la tribu moría irremediablemente. Por eso este miedo y el miedo a morir son dos caras de la misma moneda. Tanto uno como otro condicionaron todas las decisiones de mi vida.
El miedo al rechazo tiene su máxima expresión en la sexualidad. No hay rechazo mayor que el grito de una mujer al rechazarme sexualmente: tus genes no son suficientes para mí. Por eso este miedo está retroalimentado por la convicción de que haga lo que haga nunca será suficiente.
El miedo a la muerte, por su parte, se retroalimenta de la convicción de que hay algo externo que es lo que da sentido a mi vida, que mi bienestar futuro depende de la voluntad de un tercero, que el malestar que me produce saber que voy a morir no puede ser contenido por mí mismo, sino que otro deberá ayudarme a superarlo.
La cruz es el símbolo de la muerte, el símbolo de mi miedo tan arraigado al absurdo de la vida.
La cruz griega, que se utiliza como símbolo de la suma, es mi convicción de que para ser feliz, para contener el miedo a la muerte necesito a alguien más que yo.
La cruz invertida es el símbolo del indeseable, del mentiroso, del rechazado, del apestado, del anticristo. Es el símbolo de todo mi miedo a ser rechazado a que mi manera de ser no provoque otra cosa que repulsión y marginación.
Las dos líneas paralelas simbolizan el signo igual en las matemáticas y son una muestra de mi convicción de que haga lo que haga nunca será suficiente, por tanto, de que todo seguirá igual.
Esto es lo que inadvertidamente, me tatué el pasado martes 18 de agosto de 2015 en Blackfish, en la calle Reichenberger. Un tatuaje que constantemente me aporta nuevas enseñanzas, siendo esta la duodécima lectura que hago de él. Una fuente incesable de conocimiento de mí mismo, un recordatorio indeleble de que mis condiciones de partida son las que son y que eso no es una maldición, sino precisamente lo que me hace único e irrepetible.




La vida de Mauerfall está dominada por un miedo, una sombra oscura y densa que se cierne sobre toda mi existencia, que empapa todo mi ser calando hasta los tuétanos de mi alma, del universo interior que se expande en mi interior: el miedo al rechazo, el miedo a perder.
Seguramente es un miedo profundamente arraigado en mí, algo que mamé de mi madre, en el sentido más literal. Mi madre me explicó que de pequeño no pudo darme el pecho pese a que lo intentó. Yo mamaba pero lo que mi madre producía era insuficiente, me dejaba insatisfecho. La que tenía que proporcionarme todo lo que necesitaba no podía darme lo más básico, el alimento. Lo más grande que podía recibir de la persona más importante de mi vida no era suficiente. Ese fue el inicio del fin, mi gestación como poeta, como ser profundamente insatisfecho. El propio miedo de mi madre a mi muerte, su propia frustración por no ser suficiente, pasaron a formar parte de mi ADN emocional, de manera tan profunda y radical como lo son mis secuencias de adenina, timina, citosina y guanina. Una combinación única e irrepetible replicada en todas y cada una de mis células.
De la misma manera yo soy una combinación de mis temores y frustraciones tempranas, de las experimentadas por mí y de las heredadas de mis padres: el miedo al rechazo y al abandono, la certeza o convicción de que nunca es suficiente, la incontinencia del dolor de la muerte y la convicción de que el bienestar es algo que está más allá de la frontera de mi piel.
Dos miedos y dos convicciones profundamente arraigados en mí y que se despiertan una y otra vez para inundar mi alma de una angustia que cuesta deshacer, de un lodazal que hace mis movimientos más y más torpes y pesados, hasta provocarme la más frustrante de las parálisis.
Los dos miedos están conectados a mi parte más animal. Están basados en el instinto de supervivencia. El rechazo ha sido siempre sinónimo de muerte. El que se quedaba fuera de la tribu moría irremediablemente. Por eso este miedo y el miedo a morir son dos caras de la misma moneda. Tanto uno como otro condicionaron todas las decisiones de mi vida.
El miedo al rechazo tiene su máxima expresión en la sexualidad. No hay rechazo mayor que el grito de una mujer al rechazarme sexualmente: tus genes no son suficientes para mí. Por eso este miedo está retroalimentado por la convicción de que haga lo que haga nunca será suficiente.
El miedo a la muerte, por su parte, se retroalimenta de la convicción de que hay algo externo que es lo que da sentido a mi vida, que mi bienestar futuro depende de la voluntad de un tercero, que el malestar que me produce saber que voy a morir no puede ser contenido por mí mismo, sino que otro deberá ayudarme a superarlo.
La cruz es el símbolo de la muerte, el símbolo de mi miedo tan arraigado al absurdo de la vida.
La cruz griega, que se utiliza como símbolo de la suma, es mi convicción de que para ser feliz, para contener el miedo a la muerte necesito a alguien más que yo.
La cruz invertida es el símbolo del indeseable, del mentiroso, del rechazado, del apestado, del anticristo. Es el símbolo de todo mi miedo a ser rechazado a que mi manera de ser no provoque otra cosa que repulsión y marginación.
Las dos líneas paralelas simbolizan el signo igual en las matemáticas y son una muestra de mi convicción de que haga lo que haga nunca será suficiente, por tanto, de que todo seguirá igual.
Esto es lo que inadvertidamente, me tatué el pasado martes 18 de agosto de 2015 en Blackfish, en la calle Reichenberger. Un tatuaje que constantemente me aporta nuevas enseñanzas, siendo esta la duodécima lectura que hago de él. Una fuente incesable de conocimiento de mí mismo, un recordatorio indeleble de que mis condiciones de partida son las que son y que eso no es una maldición, sino precisamente lo que me hace único e irrepetible.




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