
Subscribe to La vida de Mauerfall

Subscribe to La vida de Mauerfall
Share Dialog
Share Dialog
Estoy en la iglesia, en Kaffee Kirsche, probablemente mi café favorito. Creo que es la primera vez que voy a la iglesia a escribir. Ayer mi cita quedó cancelada y la de Jessica también. Decidimos ir a Kitkat en la noche más aburrida de este emblemático sitio. Jessica decidió llevar los "vestidos" que preparó para Gegen y que nunca llegamos a utilizar. Nunca había concentrado tantas miradas y tanta atención. Fue una sensación nueva, placentera. Encontramos un grupo de 8 estudiantes, 5 chicas y un gay, que estaban en las mismas que nosotros: habían oído que era el club más salvaje de Berlín y todo lo que encontraron fue un puñado de heterosexuales por encima de 40 años aburriéndolos soberanamente, salpicados por algunos personajes excéntricos. Sin duda Jessica y yo éramos los más extremos de la fiesta. Martina, una de las chicas de ascendencia de Malasia e Italia, conectó con nosotros y nos pidió hacer un trío. Incomprensiblemente dejé pasar la oportunidad y todo lo que hice fue fundirme con ella en un prolongado y apasionado beso. Más tarde estuve conversando con lo que me parecía la más bonita e interesante del grupo. Mi intuición no falló. Savanna es neoyorquina de 18 años recién llegada a Berlín que se cuestiona cosas muy similares a las que escribo. Me pidió que la añadiera a Facebook. Definitivamente debería empezar el grupo de personas que están interesadas en mis historias y compartir lo que escribo. Está bien no aturdir a mis amigos con mis "mierdas", pero no querer compartir nada se me antoja más como cobardía que como prudencia. La otra cuestión preocupante de los últimos días es mi incapacidad para sacrificarme. Constantemente estoy escapando, mirando compulsivamente el móvil, fumando, viendo la televisión... No me gusta esa actitud. Entre el activismo desenfrenado y obsesivo y la pereza bloqueante infecunda debe haber un término medio. Me gustaría acelerar, pero no a base de ir más rápido, sino a base de transicionar más fluidamente de una actividad a otra. Cada día pierdo fácilmente una hora dando vueltas en la cama simplemente por no tomar la firme resolución de levantarme y empezar el día. Tengo una enorme resistencia interior a simplemente enfrentarme a mí mismo, a las dificultades. Soy un espíritu desganado, vencido, incapaz de apretar los dientes. A veces pienso que es la reacción natural a mi adolescencia, que mis dientes ya están gastados... Sea como sea es el momento de construir, de volver al punto medio. Seguramente construiré una nueva realidad que me volverá a atrapar, pero entonces será el momento de un nuevo mauerfall. Mi desgana viene del convencimiento de que no hay una verdad, una lucha, una batalla. Pero es falso. Que no haya una única ilusión colectiva verdadera no implica que no merezca la pena construir mi propia realidad y colaborar en las ilusiones colectivas que siento afines. Me estoy descuidando también en mi imagen. Me da pereza ducharme, afeitarme, vestirme. He de continuar buscando mi estilo, seguir expresándome también con mi vestimenta, con las diferentes formas y texturas que pueda encontrar, siempre dentro de mi renuncia voluntaria al color. La renuncia al color es una "constricción gozosa", un límite autoimpuesto que reduce la variabilidad, incrementa el foco, marca un estilo, reduce el coste y permite canalizar energía hacia otras áreas. El celibato lo entiendo de la misma manera. Debería ser una elección nacida de la profunda convicción de que esa limitación es un motor extraordinario para la creatividad. No poder desarrollarse afectiva y socialmente a través de la sexualidad, reducir la amplia gama de colores de la experiencia sexual al negro de su negación absoluta es un poderoso acicate para incrementar la creatividad, para buscar nuevas maneras de expresar nuestra interioridad, de aportar en la sociedad. Es sobre todo una manera muy efectiva de preservar nuestra unicidad, ya que no renunciamos a expresar nada de nuestro interior por miedo a perder la pareja sexual o por no poderla atraer. Además otorga una libertad económica y de movimiento sin precedentes, habilitándote totalmente como alma y espíritu libre. La cantidad de dinero necesaria para sobrevivir se reduce: la vivienda es más pequeña, las necesidades de transporte inferiores, las exigencias familiares y sociales también. Bajo esta luz nada puede ser más aberrante que un celibato que no vaya acompañado de una absoluta y radical libertad. Nada puede ser más contraproducente que un célibe para el que su celibato no es una fuente de creatividad incesante. Es una triste existencia carente de todo color, porque ni se experimenta el amplio espectro de la sexualidad ni se emite el amplio espectro del mundo interior. El celibato por razones sociales, como todavía se vive en la religión, es simplemente un agujero negro, una fuente de frustración tan profunda que da origen a las prácticas más aberrantes. Un celibato en el que la total originalidad e irrepetibilidad del célibe queda castrada por una uniformidad social e institucional es la peor de las esclavitudes posibles. Un cautivo incapaz de experimentar en uno de los ámbitos más espirituales de nuestra corporalidad y que a la vez tampoco puede experimentar en su percepción, entendimiento y expresión del mundo que le rodea y de su mundo interior. Un humano anudado de esa manera es un desperdicio de tiempo y energía. Nuestro cuerpo lo sabe y por eso nos deprimimos. Cualquier persona deprimida que practique el celibato debería empezar por cuestionarse cuán liberador es su celibato. Se podría argumentar que el celibato no es experimentable, que una vez roto no puede recuperarse. Falso. La Iglesia Católica está atrapada en la falacia de que el celibato y la virginidad son una misma cosa. El célibe virgen puede perder su virginidad, pero no su celibato. La virginidad es quizá la construcción más peligrosa del catolicismo, apoyada por el más inverosímil de los misterios: la Encarnación virginal de Jesucristo, la convicción de que el hipotético celibato de María de Nazareth es valioso únicamente si la madre de Jesucristo conserva su virginidad. El celibato, como cualquier otra forma de acumulación energética, es un arma peligrosa. Es una bomba. Tan fácilmente puede usarse para derribar un muro o excavar un túnel como para lanzarlo sobre una ciudad y matar a miles. El celibato fue mi decisión más valiente, pero también la que me llevó a la tumba.




Estoy en la iglesia, en Kaffee Kirsche, probablemente mi café favorito. Creo que es la primera vez que voy a la iglesia a escribir. Ayer mi cita quedó cancelada y la de Jessica también. Decidimos ir a Kitkat en la noche más aburrida de este emblemático sitio. Jessica decidió llevar los "vestidos" que preparó para Gegen y que nunca llegamos a utilizar. Nunca había concentrado tantas miradas y tanta atención. Fue una sensación nueva, placentera. Encontramos un grupo de 8 estudiantes, 5 chicas y un gay, que estaban en las mismas que nosotros: habían oído que era el club más salvaje de Berlín y todo lo que encontraron fue un puñado de heterosexuales por encima de 40 años aburriéndolos soberanamente, salpicados por algunos personajes excéntricos. Sin duda Jessica y yo éramos los más extremos de la fiesta. Martina, una de las chicas de ascendencia de Malasia e Italia, conectó con nosotros y nos pidió hacer un trío. Incomprensiblemente dejé pasar la oportunidad y todo lo que hice fue fundirme con ella en un prolongado y apasionado beso. Más tarde estuve conversando con lo que me parecía la más bonita e interesante del grupo. Mi intuición no falló. Savanna es neoyorquina de 18 años recién llegada a Berlín que se cuestiona cosas muy similares a las que escribo. Me pidió que la añadiera a Facebook. Definitivamente debería empezar el grupo de personas que están interesadas en mis historias y compartir lo que escribo. Está bien no aturdir a mis amigos con mis "mierdas", pero no querer compartir nada se me antoja más como cobardía que como prudencia. La otra cuestión preocupante de los últimos días es mi incapacidad para sacrificarme. Constantemente estoy escapando, mirando compulsivamente el móvil, fumando, viendo la televisión... No me gusta esa actitud. Entre el activismo desenfrenado y obsesivo y la pereza bloqueante infecunda debe haber un término medio. Me gustaría acelerar, pero no a base de ir más rápido, sino a base de transicionar más fluidamente de una actividad a otra. Cada día pierdo fácilmente una hora dando vueltas en la cama simplemente por no tomar la firme resolución de levantarme y empezar el día. Tengo una enorme resistencia interior a simplemente enfrentarme a mí mismo, a las dificultades. Soy un espíritu desganado, vencido, incapaz de apretar los dientes. A veces pienso que es la reacción natural a mi adolescencia, que mis dientes ya están gastados... Sea como sea es el momento de construir, de volver al punto medio. Seguramente construiré una nueva realidad que me volverá a atrapar, pero entonces será el momento de un nuevo mauerfall. Mi desgana viene del convencimiento de que no hay una verdad, una lucha, una batalla. Pero es falso. Que no haya una única ilusión colectiva verdadera no implica que no merezca la pena construir mi propia realidad y colaborar en las ilusiones colectivas que siento afines. Me estoy descuidando también en mi imagen. Me da pereza ducharme, afeitarme, vestirme. He de continuar buscando mi estilo, seguir expresándome también con mi vestimenta, con las diferentes formas y texturas que pueda encontrar, siempre dentro de mi renuncia voluntaria al color. La renuncia al color es una "constricción gozosa", un límite autoimpuesto que reduce la variabilidad, incrementa el foco, marca un estilo, reduce el coste y permite canalizar energía hacia otras áreas. El celibato lo entiendo de la misma manera. Debería ser una elección nacida de la profunda convicción de que esa limitación es un motor extraordinario para la creatividad. No poder desarrollarse afectiva y socialmente a través de la sexualidad, reducir la amplia gama de colores de la experiencia sexual al negro de su negación absoluta es un poderoso acicate para incrementar la creatividad, para buscar nuevas maneras de expresar nuestra interioridad, de aportar en la sociedad. Es sobre todo una manera muy efectiva de preservar nuestra unicidad, ya que no renunciamos a expresar nada de nuestro interior por miedo a perder la pareja sexual o por no poderla atraer. Además otorga una libertad económica y de movimiento sin precedentes, habilitándote totalmente como alma y espíritu libre. La cantidad de dinero necesaria para sobrevivir se reduce: la vivienda es más pequeña, las necesidades de transporte inferiores, las exigencias familiares y sociales también. Bajo esta luz nada puede ser más aberrante que un celibato que no vaya acompañado de una absoluta y radical libertad. Nada puede ser más contraproducente que un célibe para el que su celibato no es una fuente de creatividad incesante. Es una triste existencia carente de todo color, porque ni se experimenta el amplio espectro de la sexualidad ni se emite el amplio espectro del mundo interior. El celibato por razones sociales, como todavía se vive en la religión, es simplemente un agujero negro, una fuente de frustración tan profunda que da origen a las prácticas más aberrantes. Un celibato en el que la total originalidad e irrepetibilidad del célibe queda castrada por una uniformidad social e institucional es la peor de las esclavitudes posibles. Un cautivo incapaz de experimentar en uno de los ámbitos más espirituales de nuestra corporalidad y que a la vez tampoco puede experimentar en su percepción, entendimiento y expresión del mundo que le rodea y de su mundo interior. Un humano anudado de esa manera es un desperdicio de tiempo y energía. Nuestro cuerpo lo sabe y por eso nos deprimimos. Cualquier persona deprimida que practique el celibato debería empezar por cuestionarse cuán liberador es su celibato. Se podría argumentar que el celibato no es experimentable, que una vez roto no puede recuperarse. Falso. La Iglesia Católica está atrapada en la falacia de que el celibato y la virginidad son una misma cosa. El célibe virgen puede perder su virginidad, pero no su celibato. La virginidad es quizá la construcción más peligrosa del catolicismo, apoyada por el más inverosímil de los misterios: la Encarnación virginal de Jesucristo, la convicción de que el hipotético celibato de María de Nazareth es valioso únicamente si la madre de Jesucristo conserva su virginidad. El celibato, como cualquier otra forma de acumulación energética, es un arma peligrosa. Es una bomba. Tan fácilmente puede usarse para derribar un muro o excavar un túnel como para lanzarlo sobre una ciudad y matar a miles. El celibato fue mi decisión más valiente, pero también la que me llevó a la tumba.




<100 subscribers
<100 subscribers
No activity yet