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Hola Jesús,
Hoy hace 14 años estaba en Roma en medio de una marabunta de 300.000 almas exultantes por la canonización de San Josemaría, el super-ego compartido por todas ellas. Desde fuera muchas cosas han cambiado en mi vida, pero si miro hacia dentro veo lo mismo de siempre. Veo una persona sedienta de trascendencia, obsesionada por los símbolos, con un espectro temporal que abarca desde los albores de la humanidad hasta el último día de nuestra civilización. Entonces buscaba respuestas en las preguntas que la humanidad se ha hecho en los últimos 2000 años, ahora busco las preguntas que la humanidad tendrá que responder en los próximos 2000 años. Mi meta era dejar mi nombre grabado en la historia de la Iglesia, sino un santo contemporáneo, el primer millenial en llegar a los altares. Ahora mi objetivo es dejar mi testamento en algún rincón de esa inmensa catedral llamada Internet, lanzar mi mensaje en una botella con la esperanza de que algún día, aunque solo sea en una alma, ese mensaje resuene y tanto ella como yo calmemos el dolor de la soledad aunque sea por unos instantes. El dolor de la soledad me llevó a encerrarme contigo tras los muros de esa casa que juntos construimos. El dolor de la soledad me llevó a derribar esos muros para quedarme a la intemperie. Siempre he querido ser una persona singular, entiendo mi vida como una singularidad en el continuo de espacio y tiempo. Por eso siempre acabo en los extremos: disolviendo mi voluntad hasta mimetizar la vida de los demás, anulando mi persona hasta convertirme en otro Cristo en el siglo XXI o bien exaltando mi unicidad hasta anular mi capacidad de construcción colectiva. La disolución en el otro o la expulsión de "el otro". Mi pasión por alcanzar ese éxtasis es lo que me lleva a castigar mi cuerpo con cilicios y disciplinas cuando estaba en el Opus, y mi pasión por el éxtasis es lo que me lleva a seguir castigando mi cuerpo con experiencias extremas. Hay en mi vida un continuo misterioso y una paradoja constante: cuanto más me esforcé por encontrarte, por ser yo mismo otro Cristo, menos te entendí. Cuanto más he intentado aniquilarte de mi vida, más he sentido tus palabras y tu vida en la mía. Cuando quise ser sacerdote y servir a las almas acabe enfermando y parasitando la energía de los demás; cuando he querido ser un hereje y servir únicamente a mi espíritu entonces he sido reconocido como sacerdote y he sido de utilidad para aliviar el dolor de los demás.
Tenía miedo de mi propia sexualidad, de mi depravación, de la muerte, de la soledad, del rechazo... Ahora vuelvo a ti siendo consciente de todo eso que temía. Me he sentido rechazado, solo, muerto... He llegado a los límites de la depravación sexual. En teoría debería estar viviendo un infierno de dolor y soledad. En la práctica me rodea el amor y en mi corazón, constantemente brota la compasión. Cuando quise ser un ángel, puro e inmaculado, acabé convertido en un pobre diablo. Ahora que soy un diablo, resulta que para algunos soy un ángel. Pero si miro hacia dentro, yo solo veo lo mismo de siempre: un niño asustado, acomplejado por sus defectos, convencido de que es indigno del amor que recibe, obsesionado con que un día se descubrirá que es solo un impostor y entonces recibiría el odio de todos los que un día le amaron. Soy el mismo pero con una única diferencia: se ha caído en mí el mundo de la vergüenza. Se ha roto el velo que cubría mis vergüenzas. No me queda otra que ser honesto, confesar abiertamente mis pecados, mostrar mis putrefactas heridas. Esto es lo que soy: unos se marcharán asqueados de mi pestilente espíritu; otros, movidos por la compasión, me permitirán recostar mi cabeza en su hombro. Esas almas son las únicas que me importan. Esa es la única familia que ahora reconozco.
Ya estoy grabando de nuevo el documental...



Hola Jesús,
Hoy hace 14 años estaba en Roma en medio de una marabunta de 300.000 almas exultantes por la canonización de San Josemaría, el super-ego compartido por todas ellas. Desde fuera muchas cosas han cambiado en mi vida, pero si miro hacia dentro veo lo mismo de siempre. Veo una persona sedienta de trascendencia, obsesionada por los símbolos, con un espectro temporal que abarca desde los albores de la humanidad hasta el último día de nuestra civilización. Entonces buscaba respuestas en las preguntas que la humanidad se ha hecho en los últimos 2000 años, ahora busco las preguntas que la humanidad tendrá que responder en los próximos 2000 años. Mi meta era dejar mi nombre grabado en la historia de la Iglesia, sino un santo contemporáneo, el primer millenial en llegar a los altares. Ahora mi objetivo es dejar mi testamento en algún rincón de esa inmensa catedral llamada Internet, lanzar mi mensaje en una botella con la esperanza de que algún día, aunque solo sea en una alma, ese mensaje resuene y tanto ella como yo calmemos el dolor de la soledad aunque sea por unos instantes. El dolor de la soledad me llevó a encerrarme contigo tras los muros de esa casa que juntos construimos. El dolor de la soledad me llevó a derribar esos muros para quedarme a la intemperie. Siempre he querido ser una persona singular, entiendo mi vida como una singularidad en el continuo de espacio y tiempo. Por eso siempre acabo en los extremos: disolviendo mi voluntad hasta mimetizar la vida de los demás, anulando mi persona hasta convertirme en otro Cristo en el siglo XXI o bien exaltando mi unicidad hasta anular mi capacidad de construcción colectiva. La disolución en el otro o la expulsión de "el otro". Mi pasión por alcanzar ese éxtasis es lo que me lleva a castigar mi cuerpo con cilicios y disciplinas cuando estaba en el Opus, y mi pasión por el éxtasis es lo que me lleva a seguir castigando mi cuerpo con experiencias extremas. Hay en mi vida un continuo misterioso y una paradoja constante: cuanto más me esforcé por encontrarte, por ser yo mismo otro Cristo, menos te entendí. Cuanto más he intentado aniquilarte de mi vida, más he sentido tus palabras y tu vida en la mía. Cuando quise ser sacerdote y servir a las almas acabe enfermando y parasitando la energía de los demás; cuando he querido ser un hereje y servir únicamente a mi espíritu entonces he sido reconocido como sacerdote y he sido de utilidad para aliviar el dolor de los demás.
Tenía miedo de mi propia sexualidad, de mi depravación, de la muerte, de la soledad, del rechazo... Ahora vuelvo a ti siendo consciente de todo eso que temía. Me he sentido rechazado, solo, muerto... He llegado a los límites de la depravación sexual. En teoría debería estar viviendo un infierno de dolor y soledad. En la práctica me rodea el amor y en mi corazón, constantemente brota la compasión. Cuando quise ser un ángel, puro e inmaculado, acabé convertido en un pobre diablo. Ahora que soy un diablo, resulta que para algunos soy un ángel. Pero si miro hacia dentro, yo solo veo lo mismo de siempre: un niño asustado, acomplejado por sus defectos, convencido de que es indigno del amor que recibe, obsesionado con que un día se descubrirá que es solo un impostor y entonces recibiría el odio de todos los que un día le amaron. Soy el mismo pero con una única diferencia: se ha caído en mí el mundo de la vergüenza. Se ha roto el velo que cubría mis vergüenzas. No me queda otra que ser honesto, confesar abiertamente mis pecados, mostrar mis putrefactas heridas. Esto es lo que soy: unos se marcharán asqueados de mi pestilente espíritu; otros, movidos por la compasión, me permitirán recostar mi cabeza en su hombro. Esas almas son las únicas que me importan. Esa es la única familia que ahora reconozco.
Ya estoy grabando de nuevo el documental...



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