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Hoy hace 15 años que murió Don Paco. Creo que me ha traído él a Nuremberg. He pasado cinco días sin escribir, abrumado, inerte. Hoy también es Santa Teresa de Ávila. A Teresa me la imagino carismática y obstinada, como todos los buenos emprendedores. Sea como fuere, encontró un lugar en su interior desde el que hacer palanca y construir una realidad sólida como una roca. Para ello se apoyó en su amante, Jesús, de quién como buena esposa tomó el nombre. Y consagró su vida a la realidad de su esposo, fusionándose con alguien que no vio jamás pero con el que se fundió en intensos y apasionados episodios de éxtasis, que son la envidia de cualquier pareja. Una fusión que no necesitó de la acción de los símbolos corporales. Un éxtasis total con Jesús, su amado. Llena de Jesucristo igual que la mujer se siente llena del hombre. Santa Teresa se abrió para dejar que Jesucristo entrara hasta el último recodo, colapsando cada uno de los orificios del ser de esta apasionada virgen, oscilando los dos en una perfecta armonía que le sacudía hasta los tuétanos, hasta entrar en una formidable resonancia en la que la mente y el cuerpo se funden, en ese precioso instante en el que se abandona el espacio y el tiempo para saborear momentáneamente la unión con el cosmos. Una celebración de la vida que vigoriza los cuerpos de los amantes hasta hacerlos rebosar de vida y verterla en nuevos seres humanos. Eso le pasó también a Teresa, que engendró hijas que fueron fruto de esa pasión y que se hacen eco de esa pasión por los siglos, hasta el momento presente. Réplicas de un terremoto vital que conservan en su ADN espiritual la misma combinación de vibraciones que sintió Teresa por todo su cuerpo. De la misma manera yo soy una réplica del seísmo interior que sacudió a Don Paco, mi abuelo. En lo más profundo de cada una de las incontables células de mi organismo sigue vibrando y cuando consigo apagar mi monólogo interior, esa arcana melodía llega hasta mis oídos y siento que puedo escucharle.
Estoy muy cansado, sentado en un precioso café de Nuremberg llamado "mainheim". Algo así como el “Principal Inicio”. El cazador de ómenes que hay en mí no puede dejar de regocijarse por la hazaña. He llegado al mainheim. Como decía la canción que escuchaba al dirigirme al hotel “This is the beginning of anything you want”. Escribo esto mientras suena el Boiler Room de Nicolas Jaar. Un signo de que no estaría aquí sentado si no fuera por Jack. Ayer vino a casa por iniciativa propia a sacudir mi conciencia. Los ineludibles paralelismos entre su historia con Adri y mi situación con Jessica se clavaron en mi conciencia y me sirvieron de palanca para aceptar mi destino. A raíz de esa conversación compré los billetes de autobús y reservé el hotel, de manera que cuando llegó Jessica, esta réplica del terremoto del pasado 28 de septiembre ya estaba sacudiendo los cimientos de nuestra relación y derrumbando lo poco que quedaba en pie.
Ver llorar a una persona con la que has pasado tantos buenos momentos es absolutamente desolador. La tentación de ceder para aliviar su pena es muy grande. Me vuelvo a sentir muy miserable, igual que me sentí aquel 8 de octubre de 2013 cuando entregué a Mercedes los dos sonetos que tantas veces prometí y nunca cumplí. He intentado ayudar a Jessica en todo lo que he podido, pero lo que nos separa no hay manera de superarlo. Mi incomodidad interior me saca del sueño que ella tiene para nosotros, su obstinación en su realidad le impide considerar otras realidades. No la culpo. De hecho no deseo para ella que cambie. Si la realidad que vive está tan asentada en su interior como la de Santa Teresa, puede convertirse en una fuente de felicidad y fecundidad para ella también. Lo que falla aquí es que Jessica se ha topado con un Jesucristito de carne y hueso y, por tanto, cambiante, hijo de su tiempo y sujeto a su propia realidad.
Esta realidad la sufro con pena pero con resignación porque mi vida me enseña que no hay manera humana de engañarse a uno mismo sin pagar el precio del holocausto por ello. No estoy dispuesto a matar una parte de mí por ella, esa es la realidad y cuanto antes la aceptemos mejor. Jesucristo hizo los deberes, yo no.
Cada palabra que escribo me cuesta horrores. Es como si me estuviera poniendo el cilicio en algún lugar a medio camino entre mi corazón y mi cerebro. Me siento apretando el forúnculo para dejar salir algo de pus y aliviar la inflamación. Una alma purulenta es lo que siento a dos dedos bajo mi piel.
Tengo el avatar caminando sin rumbo por las calles de una ciudad anónima que en el pasado fue un epicentro de guerras y paces, de ideas y rebeliones, de belleza y de destrucción. Aquí se celebró hace 70 años el juicio al último de los grandes sistemas que podría sentarse en un banquillo de los acusados. Ahora los sistemas que oprimen están distribuidos y cada uno hace a la vez prisionero y de carcelero. Aquí se juzgó oportuno acabaron con la vida de los que se atrevieron a soñar un mundo diferente, sumiendo a la humanidad en una pesadilla con tal de cumplir ellos con el designio de la historia que escuchaban. Una lectura del mundo que se llevó consigo miles de vidas sin ningún tipo de compasión. Nuestro sistema actual hace lo mismo pero con un mucho más inteligente. Es como si los humanos estuvieramos diseñados por una fuerza superior a nosotros mismos, siendo el nazismo sólo un intento de los hombres de escapar del yugo de esa inteligencia superior. Esta es la explicación más sencilla que alimenta las creencias actuales de que estamos gobernados secretamente por extraterrestres. A mi la idea me parece golosa, igual que la idea de Jesucristo esperándonos en la casa del Padre. Pero esa raza reptiliana que nos gobierna no existe. Los únicos reptilianos que existen somos los humanos. Nuestro cerebro reptiliano ha construido este sistema durante milenios y el nazismo fue un intento racional, igual que el comunismo. Nuestra razón promueve barbarie con la mejor de las intenciones. Nuestra animalidad crea ilusión de justicia con la peor de las intenciones. La solución es la simbiosis, la lenta e inexorable mezcla de unas realidades con otras. Quiero pensar que la humanidad avanza hacia la aceptación de su dualidad. Quiero pensar que mauerfall es un símbolo de esperanza para la humanidad. El otro día, perdido en estos pensamientos, me turbé pensando en que lo que le faltó al comunismo y al nazismo fueron máquinas de computación. Fueron visiones totalitarias que tenían que ser ejecutadas por hombres, y ya sabemos la poca fiabilidad de la raza humana. Un totalitarismo racional, científico, ejecutado con la imparcialidad de la inteligencia artificial. Un sistema centralizado de control y redistribución de los recursos... Los humanos para convertirlos en máquinas hace falta adoctrinarlos, darles una religión. Las máquinas no la necesitan. Un totalitarismo pragmático sin doctrina, donde la única regla es la maximización de la felicidad.
Escribo esto de corazón, el mismo corazón que se encoge ante el atrevimiento (y quizá barbarie) de lo que acabo de decir. Seguramente no estemos preparados para ello, y seguramente no lo merezcamos, porque ni el que lo escribe es capaz de proclamarlo con la cabeza erguida. “Tenemos los sacerdotes que nos merecemos” escuché decir varias veces en el Opus... Seguramente tengan razón; tenemos los sacerdotes de la religión del dinero que se adecúan a nuestra miserable manera de entregarnos a nuestros miedos y a buscar consuelo en la frágil utopía que el sistema monetario nos propone. No ser capaz de mantener los ojos cerrados y surfear en esta realidad es quizá mi peor ostracismo. Pensar menos y sentir más, dejar de escapar de la realidad construyendo nuevas realidades que nunca llegan... Esa es la clave. Pero es imposible porque somos débiles. Luchamos por sobrevivir como si no hubiera mañana y somos capaces de matarnos por la sociedad del mañana que nunca viviremos. La única salida que veo es decrecer en ambos lados de la ecuación. Calmar nuestro miedo hasta luchar solo por lo imprescindible, vivir el momento sacrificando lo imprescindible para garantizar la pervivencia del mañana. Pero no parece que ese sea el camino natural de la humanidad... Somos más del desenfreno constructivo hasta que el sistema colapse y hay que destruir todo lo innecesario. No somos seres estratégicos, porque el miedo es el rey de la táctica y el gran enemigo de la estrategia.
El avatar está sintiéndose orgulloso de las últimas páginas. Se siente especial... pero no lo es. Es solo un experimento más de los 7 mil millones que corren en el mundo en este preciso momento. Y es además un experimento que se realiza tras millones de iteraciones. Todo lo que pueda decir y hacer es prestado. Su misión es crear, pero su creación no es divina, no es un alfa y omega. Es un eslabón más, es otra ventana abierta al universo desde la que el Uno nos asomamos. La voluntad de Uno es la suma de las voluntades de lo Múltiple. El único crimen posible es no cumplir el designio que nos hemos auto-otorgado. Ese es el gran drama; la rotura interna que sentimos cuando se nos pasa la vida dando la espalda a esa voz interior, débil pero lo suficientemente audible como para no poder escapar de ella.
La mente del avatar está cansada. Todos sus miembros apenas tienen vigor. La idea de recurrir a todo tipo de estimulantes es recurrente. Cualquier cosa con tal de sentir energía recorriendo el organismo: café, tabaco, alcohol, sexo, seducción, emociones, dulces... Lo que sea. Todo menos contener el dolor, todo menos colocar la pena en observación, todo menos contemplar la propia muerte. Eso no porque da miedo. Todo lo demás sí porque es fácil y porque, en el fondo, sigo creyendo que la salvación vendrá de fuera, que existe la medicina milagrosa... Me voy a fumar.





Hoy hace 15 años que murió Don Paco. Creo que me ha traído él a Nuremberg. He pasado cinco días sin escribir, abrumado, inerte. Hoy también es Santa Teresa de Ávila. A Teresa me la imagino carismática y obstinada, como todos los buenos emprendedores. Sea como fuere, encontró un lugar en su interior desde el que hacer palanca y construir una realidad sólida como una roca. Para ello se apoyó en su amante, Jesús, de quién como buena esposa tomó el nombre. Y consagró su vida a la realidad de su esposo, fusionándose con alguien que no vio jamás pero con el que se fundió en intensos y apasionados episodios de éxtasis, que son la envidia de cualquier pareja. Una fusión que no necesitó de la acción de los símbolos corporales. Un éxtasis total con Jesús, su amado. Llena de Jesucristo igual que la mujer se siente llena del hombre. Santa Teresa se abrió para dejar que Jesucristo entrara hasta el último recodo, colapsando cada uno de los orificios del ser de esta apasionada virgen, oscilando los dos en una perfecta armonía que le sacudía hasta los tuétanos, hasta entrar en una formidable resonancia en la que la mente y el cuerpo se funden, en ese precioso instante en el que se abandona el espacio y el tiempo para saborear momentáneamente la unión con el cosmos. Una celebración de la vida que vigoriza los cuerpos de los amantes hasta hacerlos rebosar de vida y verterla en nuevos seres humanos. Eso le pasó también a Teresa, que engendró hijas que fueron fruto de esa pasión y que se hacen eco de esa pasión por los siglos, hasta el momento presente. Réplicas de un terremoto vital que conservan en su ADN espiritual la misma combinación de vibraciones que sintió Teresa por todo su cuerpo. De la misma manera yo soy una réplica del seísmo interior que sacudió a Don Paco, mi abuelo. En lo más profundo de cada una de las incontables células de mi organismo sigue vibrando y cuando consigo apagar mi monólogo interior, esa arcana melodía llega hasta mis oídos y siento que puedo escucharle.
Estoy muy cansado, sentado en un precioso café de Nuremberg llamado "mainheim". Algo así como el “Principal Inicio”. El cazador de ómenes que hay en mí no puede dejar de regocijarse por la hazaña. He llegado al mainheim. Como decía la canción que escuchaba al dirigirme al hotel “This is the beginning of anything you want”. Escribo esto mientras suena el Boiler Room de Nicolas Jaar. Un signo de que no estaría aquí sentado si no fuera por Jack. Ayer vino a casa por iniciativa propia a sacudir mi conciencia. Los ineludibles paralelismos entre su historia con Adri y mi situación con Jessica se clavaron en mi conciencia y me sirvieron de palanca para aceptar mi destino. A raíz de esa conversación compré los billetes de autobús y reservé el hotel, de manera que cuando llegó Jessica, esta réplica del terremoto del pasado 28 de septiembre ya estaba sacudiendo los cimientos de nuestra relación y derrumbando lo poco que quedaba en pie.
Ver llorar a una persona con la que has pasado tantos buenos momentos es absolutamente desolador. La tentación de ceder para aliviar su pena es muy grande. Me vuelvo a sentir muy miserable, igual que me sentí aquel 8 de octubre de 2013 cuando entregué a Mercedes los dos sonetos que tantas veces prometí y nunca cumplí. He intentado ayudar a Jessica en todo lo que he podido, pero lo que nos separa no hay manera de superarlo. Mi incomodidad interior me saca del sueño que ella tiene para nosotros, su obstinación en su realidad le impide considerar otras realidades. No la culpo. De hecho no deseo para ella que cambie. Si la realidad que vive está tan asentada en su interior como la de Santa Teresa, puede convertirse en una fuente de felicidad y fecundidad para ella también. Lo que falla aquí es que Jessica se ha topado con un Jesucristito de carne y hueso y, por tanto, cambiante, hijo de su tiempo y sujeto a su propia realidad.
Esta realidad la sufro con pena pero con resignación porque mi vida me enseña que no hay manera humana de engañarse a uno mismo sin pagar el precio del holocausto por ello. No estoy dispuesto a matar una parte de mí por ella, esa es la realidad y cuanto antes la aceptemos mejor. Jesucristo hizo los deberes, yo no.
Cada palabra que escribo me cuesta horrores. Es como si me estuviera poniendo el cilicio en algún lugar a medio camino entre mi corazón y mi cerebro. Me siento apretando el forúnculo para dejar salir algo de pus y aliviar la inflamación. Una alma purulenta es lo que siento a dos dedos bajo mi piel.
Tengo el avatar caminando sin rumbo por las calles de una ciudad anónima que en el pasado fue un epicentro de guerras y paces, de ideas y rebeliones, de belleza y de destrucción. Aquí se celebró hace 70 años el juicio al último de los grandes sistemas que podría sentarse en un banquillo de los acusados. Ahora los sistemas que oprimen están distribuidos y cada uno hace a la vez prisionero y de carcelero. Aquí se juzgó oportuno acabaron con la vida de los que se atrevieron a soñar un mundo diferente, sumiendo a la humanidad en una pesadilla con tal de cumplir ellos con el designio de la historia que escuchaban. Una lectura del mundo que se llevó consigo miles de vidas sin ningún tipo de compasión. Nuestro sistema actual hace lo mismo pero con un mucho más inteligente. Es como si los humanos estuvieramos diseñados por una fuerza superior a nosotros mismos, siendo el nazismo sólo un intento de los hombres de escapar del yugo de esa inteligencia superior. Esta es la explicación más sencilla que alimenta las creencias actuales de que estamos gobernados secretamente por extraterrestres. A mi la idea me parece golosa, igual que la idea de Jesucristo esperándonos en la casa del Padre. Pero esa raza reptiliana que nos gobierna no existe. Los únicos reptilianos que existen somos los humanos. Nuestro cerebro reptiliano ha construido este sistema durante milenios y el nazismo fue un intento racional, igual que el comunismo. Nuestra razón promueve barbarie con la mejor de las intenciones. Nuestra animalidad crea ilusión de justicia con la peor de las intenciones. La solución es la simbiosis, la lenta e inexorable mezcla de unas realidades con otras. Quiero pensar que la humanidad avanza hacia la aceptación de su dualidad. Quiero pensar que mauerfall es un símbolo de esperanza para la humanidad. El otro día, perdido en estos pensamientos, me turbé pensando en que lo que le faltó al comunismo y al nazismo fueron máquinas de computación. Fueron visiones totalitarias que tenían que ser ejecutadas por hombres, y ya sabemos la poca fiabilidad de la raza humana. Un totalitarismo racional, científico, ejecutado con la imparcialidad de la inteligencia artificial. Un sistema centralizado de control y redistribución de los recursos... Los humanos para convertirlos en máquinas hace falta adoctrinarlos, darles una religión. Las máquinas no la necesitan. Un totalitarismo pragmático sin doctrina, donde la única regla es la maximización de la felicidad.
Escribo esto de corazón, el mismo corazón que se encoge ante el atrevimiento (y quizá barbarie) de lo que acabo de decir. Seguramente no estemos preparados para ello, y seguramente no lo merezcamos, porque ni el que lo escribe es capaz de proclamarlo con la cabeza erguida. “Tenemos los sacerdotes que nos merecemos” escuché decir varias veces en el Opus... Seguramente tengan razón; tenemos los sacerdotes de la religión del dinero que se adecúan a nuestra miserable manera de entregarnos a nuestros miedos y a buscar consuelo en la frágil utopía que el sistema monetario nos propone. No ser capaz de mantener los ojos cerrados y surfear en esta realidad es quizá mi peor ostracismo. Pensar menos y sentir más, dejar de escapar de la realidad construyendo nuevas realidades que nunca llegan... Esa es la clave. Pero es imposible porque somos débiles. Luchamos por sobrevivir como si no hubiera mañana y somos capaces de matarnos por la sociedad del mañana que nunca viviremos. La única salida que veo es decrecer en ambos lados de la ecuación. Calmar nuestro miedo hasta luchar solo por lo imprescindible, vivir el momento sacrificando lo imprescindible para garantizar la pervivencia del mañana. Pero no parece que ese sea el camino natural de la humanidad... Somos más del desenfreno constructivo hasta que el sistema colapse y hay que destruir todo lo innecesario. No somos seres estratégicos, porque el miedo es el rey de la táctica y el gran enemigo de la estrategia.
El avatar está sintiéndose orgulloso de las últimas páginas. Se siente especial... pero no lo es. Es solo un experimento más de los 7 mil millones que corren en el mundo en este preciso momento. Y es además un experimento que se realiza tras millones de iteraciones. Todo lo que pueda decir y hacer es prestado. Su misión es crear, pero su creación no es divina, no es un alfa y omega. Es un eslabón más, es otra ventana abierta al universo desde la que el Uno nos asomamos. La voluntad de Uno es la suma de las voluntades de lo Múltiple. El único crimen posible es no cumplir el designio que nos hemos auto-otorgado. Ese es el gran drama; la rotura interna que sentimos cuando se nos pasa la vida dando la espalda a esa voz interior, débil pero lo suficientemente audible como para no poder escapar de ella.
La mente del avatar está cansada. Todos sus miembros apenas tienen vigor. La idea de recurrir a todo tipo de estimulantes es recurrente. Cualquier cosa con tal de sentir energía recorriendo el organismo: café, tabaco, alcohol, sexo, seducción, emociones, dulces... Lo que sea. Todo menos contener el dolor, todo menos colocar la pena en observación, todo menos contemplar la propia muerte. Eso no porque da miedo. Todo lo demás sí porque es fácil y porque, en el fondo, sigo creyendo que la salvación vendrá de fuera, que existe la medicina milagrosa... Me voy a fumar.





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