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Estoy sentado en Kaffeebar, con tiempo por delante tras unos últimos días de completa dispersión y acontecimientos imprevisibles. Mi estado anímico es de agotamiento emocional. Siento que necesito tiempo para asentar todas las cosas que han pasado. El extra de energía posterior a la ruptura con Jessica va desapareciendo a medida que las cosas se van poniendo en su sitio. La rutina empieza a asomarse por las ventanas de mi vida y, de alguna manera, al reconocer el paisaje habitual, mi cuerpo consigue relajarse y empezar a sumirse en un estado letárgico, necesario tras el terremoto de emociones. Las nubes de polvo se disipan y la magnitud del destrozo se empieza a entrever. La reconstrucción pendiente provoca en una mezcla de esperanza por establecer nuevos paradigmas con la parálisis producida por la abrumadora tarea que me espera y por una incesante voz del ego completamente temeroso por su porvenir y su propia supervivencia. Tengo el avatar sumido en recurrentes pensamientos que le provocan sentirse rodeado por los fantasmas de la soledad, la insatisfacción y el rechazo. Es difícil mantener la consciencia en todo momento. La meditación es la única manera de sustraer al avatar de esa marabunta de ideas pero a la vez su práctica se le antoja más complicada que nunca.
El viernes tras escribir aquí, fui con Jack a cenar a casa de Pedro. Fue una cena muy agradable. Estoy lejos de tener la autoestima necesaria para ser amigo de Pedro. Estando allí se me ocurría que Pedro era una buena piedra de toque para medir mi progreso. La capacidad de no depender emocionalmente de él será un indicador de que estoy preparado para otro tipo de relaciones. Poco a poco voy descubriendo la magnitud de mi error de enfoque en mi relación con Jessica. Me he guardado mucho de responsabilizarla aunque he sucumbido en varias ocasiones. Cada día que pasa la exculpo más y veo más clara mi responsabilidad. No me culpo. Culparse es inútil. En cada momento hice las cosas lo mejor que supe. Pero al mismo tiempo, si quiero evitar repetir este patrón hasta el infinito, tengo que detectar por qué las cosas han sucedido así, y aprovechar este episodio para avanzar en mi proceso de auto-definición y auto-determinación (Selbstbestimmung).
Este precioso concepto lo aprendí ayer comiendo con Judith en la que probablemente fuera una de las peores citas que recuerdo. Una conversación completamente egocéntrica basada en extraer de la otra persona cualquier información que pudiera resultarme útil y con muy poco interés en descubrir el universo interior de la otra persona. La cita acabó y me prometí a mí mismo que pararía ya de conocer gente nueva de manera impulsiva. Pero no puedo parar, porque es uno de los mecanismos básicos de validación de mi ego. Sin un cambio de perspectiva, estos hábitos no se desvanecerán. Cualquier impulso voluntarista en esa dirección estaría condenado al fracaso. El uso compulsivo de las apps de dating será también otro indicador de cuánto necesita mi ego de validación permanente, y por tanto, de cuán lejos estoy de construir una relación de pareja que no sucumba a la tentación de la codependencia.
El viernes, tras la cena en casa de Pedro, me sentí lleno de energía y con necesidad de celebrar que las cosas en el trabajo tienen mejor pinta que nunca y que estaba superando la ruptura con Jessica de manera constructiva: un poco de destrucción para seguir excavando en las ruinas de mi persona en busca de un cimiento desde donde volver a empezar. Acabé en Buttons (FKA Homopatik) con Jack, como los viejos tiempos. Hace ahora un año exacto que empezó mi descenso a ese infierno de drogas, promiscuidad, privación de sueño y ausencia de normas que es la escena techno, protagonizada por el colectivo más queer de la ciudad. Sin duda me siento mucho más cómodo que cuando empecé a ir. Casi diría que me siento bien y que la mayor parte del tiempo me siento como un niño durante el recreo. Un patio de juegos para adultos, un espacio-tiempo aislado del sistema en el que es posible viajar hasta situarte en momentos de tu vida que necesitas revivir. Algo en mi mirada interior ha cambiado este año. La obsesión por conocer chicas y por tener sexo con ellas ha dejado paso al interés por dejar a mi cuerpo expresar mis emociones a través del baile centrándome en ser fiel a lo que siento y sin importarme cómo me muevo ni quién ve cómo me muevo. Dejo a la providencia que decida dónde y cuándo tengo que hablar con alguien. Observo sus señales y aguardo a que se produzcan: un cruce de miradas, una sonrisa, alguien que se sienta cerca... Vacío mi interior de deseos particulares. No quiero follar con la que me gusta, quiero conectar con quien comparte mis frecuencias energéticas de resonancia. Alguna vez antes había conseguido ir de fiesta sin expectativas, sin perseguir nada, pero en el fondo lo hacía como un medio para conseguir lo que en realidad quería. Una actividad positiva derivada de una motivación egocéntrica solo puede conducir a un desastre mayor. Toda actitud hipócrita conduce siempre a un mal mayor. Ocultar las verdaderas motivaciones es una actividad exclusiva del hombre. Esa “ocultación”, ese misterio, es el origen de toda relación religiosa y, en definitiva, abusiva: desde la chica que se diluye a sí misma en una relación codependiente hasta la virgen que entrega su vida por Cristo. ¿Qué es lo que realmente quiere ese novio abusivo? ¿Qué es lo que realmente quiere Cristo? Igualmente ¿qué es lo que espera la novia dependiente, la virgen religiosa? No creo que se pueda decir que no lo saben. A lo sumo no son conscientes, pero saberlo lo saben, aunque sea en el fondo de su corazón. Otra cosa es que sea más fácil mirar para otro lado.
Ese viernes tomé bastantes cosas; anfetaminas, MDMA, éxtasis, hierba, speed... Durante una gran parte de la noche me sentí radiante gracias a un organismo inundado de serotonina y sentí que todo lo que necesitaba para ser feliz está dentro de mí. El reto es llegar sin la ayuda de medicamentos. Siento las drogas con más intensidad que antes. He aprendido a notar y disfrutar su efecto en mi cuerpo. Este hecho, lejos de provocarme una adicción, lo que me conduce es a una renovada curiosidad por la espiritualidad. Habiendo desbloqueado puertas de mi percepción puedo darle una nueva oportunidad al yoga, a la meditación, al baile... Esta vez puedo sentir como una antes y, por tanto, estoy en posición de realizar nuevos aprendizajes. Me lo estaba pasando bien de fiesta pero a la vez la sensación era de fiesta de final de curso. Los exámenes me habían ido bien, no soy un alumno brillante pero he superado las diferentes asignaturas de la noche. Estaba disfrutando pero mi mente no podía parar de pensar en el siguiente curso. Aquella misma noche Jack había aceptado la oferta de trabajo en Amsterdam. Era fácil intuir que estábamos celebrando el final de un viaje y compartiendo la expectación por el inicio de uno nuevo. A lo largo de la noche fui danzando entre gays que me acosaban, conversaciones donde dejo a mi ego que se explaye para recibir la validación de los demás, chicas que me rechazan, amigos que me abrazan... y todo ello me parecía un poco secundario comparado con cerrar los ojos y sentir mi interior retumbar, dejando el sonido penetrar cada rincón de mi cuerpo y martillear las zonas encogidas por el miedo, los complejos, la vergüenza, la culpa. Horas y horas bailando en el poderoso silencio de la música techno, una secuencia de ritmos diseñada con el único propósito de bloquear los circuitos habituales de razonamiento. Un sonido tan ensordecedor que no es posible ni tan siquiera escuchar los gritos de la propia voz interior del ego. Y cuando callas al ego, aunque sea a base de ruido ensordecedor, estás un poco más cerca de escuchar a tu verdadero yo, el que dio originen a tu ego, el que guarda la clave de la auto-determinación. En esas circunstancias es más fácil escuchar los deseos más íntimos gritar desde el otro lado del muro y reunir la energía necesaria para saltar el muro a su encuentro: los deseos sexuales, la libertad en el vestido, la supresión del género, la expansión de los límites de la percepción, la ausencia de normas, la ausencia de previsión y expectativas... En ese pequeño laboratorio, en ese “Vaticano contemporáneo” que vive al margen del espacio-tiempo, la utopía es posible y el individuo tiene la oportunidad de experimentar hasta qué punto sus muros le inspiran y definen y hasta qué punto le deprimen y evitan su auto-determinación. Esa es la espiritualidad del Techno, eso es lo que tiene que ofrecer Berlín al asceta contemporáneo.
“Pistorius, que era un extravagante declarado, me enseñó a tener valor y respeto de mí mismo. Él me dio ejemplo encontrando siempre algo valioso en mis palabras, sueños, fantasías y presentimientos, que tomaba siempre en serio y discutía con interés”
Hermann Hesse, “Demian”
Estas palabras me han hecho pensar en Luis. Las he fotografiado y se las he enviado. Pero luego me he dado cuenta de que aplican a mucha más gente: Jack, Lali, Orsi, Judith, Toñi, Nayah, Andrea... y así, hasta decenas y decenas de personas. Y luego he dado un paso más, y me he dado cuenta de que Pistorius soy yo mismo, cada vez que escucho a mi asustado ego y le animo a que su motor sea el amor creativo y no el miedo paralizante y uniformador. Leer a Hesse me inspira, y hasta cierto punto me tranquiliza. Lo que quiero hacer ya está hecho. Hesse ya lo hizo. Así que el motor de mi creatividad no puede ser otro que el juego y la diversión. Debo desterrar toda trascendencia porque la partida ya está ganada (o perdida). No hay ningún tipo de presión. El mundo no necesita mis textos, básicamente porque ya los tiene a su disposición. El mundo necesita pasárselo bien, inspirarse y lo único que puedo aportar yo es que mi propia vida sea una fiesta, pura inspiración. Como me dijo Danielle el miércoles pasado: ya es hora de que deje de ser Cristo. O dicho de otra manera, ya es hora de ver a Cristo como un hacker, como un artista y dejarlo de ver como un cordero, como un esclavo. Un libro divertido sería “Jesucristo, el hacker”. Al final la vida del artista y la vida del mesías acaban en la cruz, lo importante es la motivación que te lleva a abrir los brazos y dejarte clavar al madero: simbolizar todo el universo interior que llevas dentro o bien intentar abrazar el mundo para hacerlo tuyo. El Jesús que nos han enseñado es un narcisista enfermo. Quizá es el momento de inventarse un Jesús artista. Porque la verdadera motivación de Cristo no la sabremos jamás. Ante sus hechos solo nos queda construir el mito que sea de más ayuda para la humanidad. Y el mito del Cordero de Dios ya está agotado, nos ha conducido hasta aquí. La segunda venida de Cristo puede ser algo tan sencillo como una nueva mirada a su vida. Muchas veces he confundido esta visión que tengo con la necesidad de ser yo mismo ese Cristo. No es necesario que sacrifique mi vida por ello. Mi espíritu es mucho más que las dos mitades que separa el muro de la religión.






Estoy sentado en Kaffeebar, con tiempo por delante tras unos últimos días de completa dispersión y acontecimientos imprevisibles. Mi estado anímico es de agotamiento emocional. Siento que necesito tiempo para asentar todas las cosas que han pasado. El extra de energía posterior a la ruptura con Jessica va desapareciendo a medida que las cosas se van poniendo en su sitio. La rutina empieza a asomarse por las ventanas de mi vida y, de alguna manera, al reconocer el paisaje habitual, mi cuerpo consigue relajarse y empezar a sumirse en un estado letárgico, necesario tras el terremoto de emociones. Las nubes de polvo se disipan y la magnitud del destrozo se empieza a entrever. La reconstrucción pendiente provoca en una mezcla de esperanza por establecer nuevos paradigmas con la parálisis producida por la abrumadora tarea que me espera y por una incesante voz del ego completamente temeroso por su porvenir y su propia supervivencia. Tengo el avatar sumido en recurrentes pensamientos que le provocan sentirse rodeado por los fantasmas de la soledad, la insatisfacción y el rechazo. Es difícil mantener la consciencia en todo momento. La meditación es la única manera de sustraer al avatar de esa marabunta de ideas pero a la vez su práctica se le antoja más complicada que nunca.
El viernes tras escribir aquí, fui con Jack a cenar a casa de Pedro. Fue una cena muy agradable. Estoy lejos de tener la autoestima necesaria para ser amigo de Pedro. Estando allí se me ocurría que Pedro era una buena piedra de toque para medir mi progreso. La capacidad de no depender emocionalmente de él será un indicador de que estoy preparado para otro tipo de relaciones. Poco a poco voy descubriendo la magnitud de mi error de enfoque en mi relación con Jessica. Me he guardado mucho de responsabilizarla aunque he sucumbido en varias ocasiones. Cada día que pasa la exculpo más y veo más clara mi responsabilidad. No me culpo. Culparse es inútil. En cada momento hice las cosas lo mejor que supe. Pero al mismo tiempo, si quiero evitar repetir este patrón hasta el infinito, tengo que detectar por qué las cosas han sucedido así, y aprovechar este episodio para avanzar en mi proceso de auto-definición y auto-determinación (Selbstbestimmung).
Este precioso concepto lo aprendí ayer comiendo con Judith en la que probablemente fuera una de las peores citas que recuerdo. Una conversación completamente egocéntrica basada en extraer de la otra persona cualquier información que pudiera resultarme útil y con muy poco interés en descubrir el universo interior de la otra persona. La cita acabó y me prometí a mí mismo que pararía ya de conocer gente nueva de manera impulsiva. Pero no puedo parar, porque es uno de los mecanismos básicos de validación de mi ego. Sin un cambio de perspectiva, estos hábitos no se desvanecerán. Cualquier impulso voluntarista en esa dirección estaría condenado al fracaso. El uso compulsivo de las apps de dating será también otro indicador de cuánto necesita mi ego de validación permanente, y por tanto, de cuán lejos estoy de construir una relación de pareja que no sucumba a la tentación de la codependencia.
El viernes, tras la cena en casa de Pedro, me sentí lleno de energía y con necesidad de celebrar que las cosas en el trabajo tienen mejor pinta que nunca y que estaba superando la ruptura con Jessica de manera constructiva: un poco de destrucción para seguir excavando en las ruinas de mi persona en busca de un cimiento desde donde volver a empezar. Acabé en Buttons (FKA Homopatik) con Jack, como los viejos tiempos. Hace ahora un año exacto que empezó mi descenso a ese infierno de drogas, promiscuidad, privación de sueño y ausencia de normas que es la escena techno, protagonizada por el colectivo más queer de la ciudad. Sin duda me siento mucho más cómodo que cuando empecé a ir. Casi diría que me siento bien y que la mayor parte del tiempo me siento como un niño durante el recreo. Un patio de juegos para adultos, un espacio-tiempo aislado del sistema en el que es posible viajar hasta situarte en momentos de tu vida que necesitas revivir. Algo en mi mirada interior ha cambiado este año. La obsesión por conocer chicas y por tener sexo con ellas ha dejado paso al interés por dejar a mi cuerpo expresar mis emociones a través del baile centrándome en ser fiel a lo que siento y sin importarme cómo me muevo ni quién ve cómo me muevo. Dejo a la providencia que decida dónde y cuándo tengo que hablar con alguien. Observo sus señales y aguardo a que se produzcan: un cruce de miradas, una sonrisa, alguien que se sienta cerca... Vacío mi interior de deseos particulares. No quiero follar con la que me gusta, quiero conectar con quien comparte mis frecuencias energéticas de resonancia. Alguna vez antes había conseguido ir de fiesta sin expectativas, sin perseguir nada, pero en el fondo lo hacía como un medio para conseguir lo que en realidad quería. Una actividad positiva derivada de una motivación egocéntrica solo puede conducir a un desastre mayor. Toda actitud hipócrita conduce siempre a un mal mayor. Ocultar las verdaderas motivaciones es una actividad exclusiva del hombre. Esa “ocultación”, ese misterio, es el origen de toda relación religiosa y, en definitiva, abusiva: desde la chica que se diluye a sí misma en una relación codependiente hasta la virgen que entrega su vida por Cristo. ¿Qué es lo que realmente quiere ese novio abusivo? ¿Qué es lo que realmente quiere Cristo? Igualmente ¿qué es lo que espera la novia dependiente, la virgen religiosa? No creo que se pueda decir que no lo saben. A lo sumo no son conscientes, pero saberlo lo saben, aunque sea en el fondo de su corazón. Otra cosa es que sea más fácil mirar para otro lado.
Ese viernes tomé bastantes cosas; anfetaminas, MDMA, éxtasis, hierba, speed... Durante una gran parte de la noche me sentí radiante gracias a un organismo inundado de serotonina y sentí que todo lo que necesitaba para ser feliz está dentro de mí. El reto es llegar sin la ayuda de medicamentos. Siento las drogas con más intensidad que antes. He aprendido a notar y disfrutar su efecto en mi cuerpo. Este hecho, lejos de provocarme una adicción, lo que me conduce es a una renovada curiosidad por la espiritualidad. Habiendo desbloqueado puertas de mi percepción puedo darle una nueva oportunidad al yoga, a la meditación, al baile... Esta vez puedo sentir como una antes y, por tanto, estoy en posición de realizar nuevos aprendizajes. Me lo estaba pasando bien de fiesta pero a la vez la sensación era de fiesta de final de curso. Los exámenes me habían ido bien, no soy un alumno brillante pero he superado las diferentes asignaturas de la noche. Estaba disfrutando pero mi mente no podía parar de pensar en el siguiente curso. Aquella misma noche Jack había aceptado la oferta de trabajo en Amsterdam. Era fácil intuir que estábamos celebrando el final de un viaje y compartiendo la expectación por el inicio de uno nuevo. A lo largo de la noche fui danzando entre gays que me acosaban, conversaciones donde dejo a mi ego que se explaye para recibir la validación de los demás, chicas que me rechazan, amigos que me abrazan... y todo ello me parecía un poco secundario comparado con cerrar los ojos y sentir mi interior retumbar, dejando el sonido penetrar cada rincón de mi cuerpo y martillear las zonas encogidas por el miedo, los complejos, la vergüenza, la culpa. Horas y horas bailando en el poderoso silencio de la música techno, una secuencia de ritmos diseñada con el único propósito de bloquear los circuitos habituales de razonamiento. Un sonido tan ensordecedor que no es posible ni tan siquiera escuchar los gritos de la propia voz interior del ego. Y cuando callas al ego, aunque sea a base de ruido ensordecedor, estás un poco más cerca de escuchar a tu verdadero yo, el que dio originen a tu ego, el que guarda la clave de la auto-determinación. En esas circunstancias es más fácil escuchar los deseos más íntimos gritar desde el otro lado del muro y reunir la energía necesaria para saltar el muro a su encuentro: los deseos sexuales, la libertad en el vestido, la supresión del género, la expansión de los límites de la percepción, la ausencia de normas, la ausencia de previsión y expectativas... En ese pequeño laboratorio, en ese “Vaticano contemporáneo” que vive al margen del espacio-tiempo, la utopía es posible y el individuo tiene la oportunidad de experimentar hasta qué punto sus muros le inspiran y definen y hasta qué punto le deprimen y evitan su auto-determinación. Esa es la espiritualidad del Techno, eso es lo que tiene que ofrecer Berlín al asceta contemporáneo.
“Pistorius, que era un extravagante declarado, me enseñó a tener valor y respeto de mí mismo. Él me dio ejemplo encontrando siempre algo valioso en mis palabras, sueños, fantasías y presentimientos, que tomaba siempre en serio y discutía con interés”
Hermann Hesse, “Demian”
Estas palabras me han hecho pensar en Luis. Las he fotografiado y se las he enviado. Pero luego me he dado cuenta de que aplican a mucha más gente: Jack, Lali, Orsi, Judith, Toñi, Nayah, Andrea... y así, hasta decenas y decenas de personas. Y luego he dado un paso más, y me he dado cuenta de que Pistorius soy yo mismo, cada vez que escucho a mi asustado ego y le animo a que su motor sea el amor creativo y no el miedo paralizante y uniformador. Leer a Hesse me inspira, y hasta cierto punto me tranquiliza. Lo que quiero hacer ya está hecho. Hesse ya lo hizo. Así que el motor de mi creatividad no puede ser otro que el juego y la diversión. Debo desterrar toda trascendencia porque la partida ya está ganada (o perdida). No hay ningún tipo de presión. El mundo no necesita mis textos, básicamente porque ya los tiene a su disposición. El mundo necesita pasárselo bien, inspirarse y lo único que puedo aportar yo es que mi propia vida sea una fiesta, pura inspiración. Como me dijo Danielle el miércoles pasado: ya es hora de que deje de ser Cristo. O dicho de otra manera, ya es hora de ver a Cristo como un hacker, como un artista y dejarlo de ver como un cordero, como un esclavo. Un libro divertido sería “Jesucristo, el hacker”. Al final la vida del artista y la vida del mesías acaban en la cruz, lo importante es la motivación que te lleva a abrir los brazos y dejarte clavar al madero: simbolizar todo el universo interior que llevas dentro o bien intentar abrazar el mundo para hacerlo tuyo. El Jesús que nos han enseñado es un narcisista enfermo. Quizá es el momento de inventarse un Jesús artista. Porque la verdadera motivación de Cristo no la sabremos jamás. Ante sus hechos solo nos queda construir el mito que sea de más ayuda para la humanidad. Y el mito del Cordero de Dios ya está agotado, nos ha conducido hasta aquí. La segunda venida de Cristo puede ser algo tan sencillo como una nueva mirada a su vida. Muchas veces he confundido esta visión que tengo con la necesidad de ser yo mismo ese Cristo. No es necesario que sacrifique mi vida por ello. Mi espíritu es mucho más que las dos mitades que separa el muro de la religión.






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