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Empiezo a escribir en Drumherum, que en su momento fue Poshlust, donde celebré en la soledad de mis proyectos mi 35 cumpleaños. Lo que fuera un precioso café es ahora un espacio multiusos que, entre otras cosas, empieza a funcionar como coworking. Suena en mi móvil el canon en D de Johann Pachelbel. Podría llorar de emoción si me parara a escuchar. De hecho la melodía le da un aire épico a mi escritura, como si cada letra que escribo tuviera una transcendencia ignota, como si cada palabra fuese una vibración destinada a viajar hasta los confines del universo.
Hace una semana a estas horas estaba en la mesa redonda de sex-positive parenting y cuando acabó me fui a ver un show inquietante bajo el título de “piss manifesto”. El chico que lo impartía había recorrido media Europa fotografiando y documentando lavabos y la actividad de cruising que se realiza en ellos. Su devoción y fascinación me admiraron e inspiraron. Si yo pudiera tener solo un poco de esa maravillosa concentración de energía en una sola materia igual algún día podría hacer algo digno de ser compartido. En seguida vi que su enfoque era artístico y vivencial pero en mi mente el mundo del lavabo me pareció filosóficamente muy atractivo por tres motivos. El primero es la universalidad del hecho de excretar substancias. Aplela a todos por igual, de la misma manera que nacer, dormir y morir. La segunda es su estrecha vinculación con el concepto de la vergüenza. Los lavabos son escondites donde realizar actos vergonzosos fuera de la mirada del mundo. Me pareció curioso que en el mundo en el que vivimos, donde la sexualidad ya no es exclusiva del dormitorio y se retransmite y consume, no tenga un movimiento similar en el ámbito de la micción y defecación. Me pareció coherente que lugares de destrucción de vergüenza, como Berghain, hayan tenido siempre una estrecha vinculación con la exploración de la vergüenza física de la excreción. Esos fluidos son no-ego, lo que sobra a nuestro cuerpo. Ocultar esa realidad es una negación de nuestra naturaleza. Por eso aceptar su realidad e incluso celebrarla sexualmente es un acto radical de honestidad y liberación. Por último, los lavabos son un espacio físico universalmente segregado por género. Ningún otro espacio público admitiría tal segregación. Obviamente en una ciudad como Berlín, probablemente el lugar del mundo con mayor disolución de los muros que separan a los humanos en virtud de su género, es fácil encontrar lavabos unisex, que no atienden a esa regla global de segregación por género. Es una consecuencia natural de la convicción colectiva de que la diferencia de géneros es una categorización que debe minimizarse. Cuando abandoné el local antes de tiempo, el chico me pidió mi contacto. Al día siguiente tenía en mi buzón una oferta de colaboración. Todavía no le he respondido.
Poco después de este workshop empezaba el concierto de The Album Leaf. Es la primera vez desde que llegué a Berlín que atiendo un concierto. Fui solo. Hablé con un chico chileno mientras empezaba la actuación. Después, una vez que la música empezó a sonar, me sumergí en un torrente arrollador de sonido que sacudía todas mis entrañas y me provocaba un llanto incontrolable. No podía dejar de emocionarme, de sentir la música y de llorar mi destino. Era similar al llanto del bebé recién nacido. Era un llanto de despertar, de añorar la comodidad de la inocencia y de esperanza hacia una nueva consciencia de lo que supone tener la inmensa suerte de vivir. En pleno llanto intenté plasmar con palabras lo que sentía:
Words are just another wall
Music is the way, we are subtle enough to understand music.
No words can make me cry like music
No words can contain what is in my heart.
Words are more protection for my ego
Words are my confort zone
Words are disconnected from my body
Words are an old friend that I will recover in the future.
I am born again.
It’s time for learning a new language
It’s time for living with no shame
It’s time for expressing something bigger than my thoughts
Then, maybe, someday, I will be able to speak without poison in my tongue.
I’m just a child, I should play
I’m not Jesus, the word of God is not the way anymore
It’s time to mauerfall the words
Only music can cross the wall of my own ego.
The wall of sound will make my new home.
Cuando acabó el concierto esperé a Jimmy Lavalle. Se le ve un poeta sufriente, expresando la belleza que encuentra en su interior pero a la vez sintiendo el peso de un ego sin límites que siempre pide más. No le entretuve mucho, simplemente le dije que me había pasado el concierto llorando y que me sentía empujado a decirle unas palabras.
The ego of the artist is always looking for numbers to feel reinforced. But what if we could measure intensity, instead of quantity. Inspiring deeply to just one soul is a miracle, bigger than congregating thousands of fans. Your music is inspiring. I encourage you to measure inspiration as a Key Performance Indicator.
Jimmy thanked my words and he said that they were very appropriate for the current moment of the band. Sin embargo tuve la sensación de que me consideraba un simple loco. Y ya me estuvo bien.
Volví a casa caminando despacio, paré en el McDonalds. Todo me parecía muerto pero a la vez todo lo sentía vivo. Cada cosa se me presentaba como un árbol solitario, desnudo, en lo más crudo del invierno. Todo eran esqueletos que yacían inertes pero con la secreta promesa de resucitar en cualquier momento.
Hace días que he dejado los antidepresivos. Sentí que era el momento y lo hice sin ningún ritual ni expectativa. No considero que haya ganado la batalla. Es probable que los vuelva a necesitar. Pero dentro de mí sé que esta vez no será así. Es difícil de explicar. Los dejo no por una cuestión de ego, no porque tenga que demostrar y demostrarme que soy normal. Los dejo porque me siento preparado para sentir, porque tengo curiosidad por ver cómo reacciona el avatar cuando no esté químicamente intoxicado. Los dejo por la misma razón que tomo o dejo de tomar drogas: porque quiero explorar. Cuando dejas la medicación aparece el llanto compulsivo ante cualquier pequeño detonante. Ni me avergüenza ni me asusta llorar. Al contrario, me siento expectante por experimentar y saborear nuevos llantos.
Al día siguiente viernes, Jack y yo fuimos a ver un documental sobre el uso de drogas en un entorno sexual en la comunidad gay de Londres. Se titula Chemsex. Fue impactante porque todas aquellas conductas y substancias han sido nuestro pan de cada día durante nuestro último año. Nos sentimos impactados, conscientes del riesgo que hemos asumido, pero a la vez nada de aquello parecía hacer mucho que ver con nosotros. Fue una experiencia sumamente perturbadora para la vez no conseguía hacer que nos cuestionáramos nuestra propia conducta. Tras la proyección estuvimos hablando mucho tiempo, tratando de entendernos a nosotros mismos. La conclusión a la que llegamos fue, una vez más, la vergüenza. Aquellas personas atrapadas en una espiral de sexo y drogas sentían una profunda vergüenza de sus propios actos. Querían dejar de verse en esa miserable situación y no podían. Los personajes que habían dejado esa conducta atrás lo habían conseguido utilizando la vergüenza como motor creativo, en su caso para ayudar a otros a salir. La miseria de los demás es su propio motor para seguir limpios. Aquello resonó en mí. La vergüenza sexual y vital de los adolescentes fue mi escudo contra mi propia vergüenza. Solo los adolescentes que han crecido en un entorno familiar sumamente culpabilizador ante la experiencia sexual pueden sentir la necesidad de un terapeuta, de un salvador, de un mesías. El motivo por el cual Jack no se sentía interpelado en lo más profundo de su ser ante ese documental es simplemente que no siente vergüenza de sus actos. Puede querer parar, pero el motor no es que se sienta miserable por hacerlo, sino porque al hacerlo pierde energía creativa para otras cosas que de verdad le importan. No necesita más salvador que él mismo. Precisamente por eso una figura mesiánica como Cristo le parece totalmente irrelevante. Sin vergüenza no hay pecado. Sin pecado no hay redención. Sin redención no hay religión. Soñar con un mundo sin religión es soñar en una vida que no necesita ser redimida, es abandonar toda esperanza de que aparezca algo o alguien que llene nuestros corazones y que calme el dolor que provoca la vergüenza de saber que somos simplemente una miserable existencia más. No se espera a nadie porque la vida en sí es un regalo maravilloso, una oportunidad creativa que no puede desperdiciarse. No se siente vergüenza porque la única validación que se contempla es la que proviene de uno mismo. Cuando nos validamos a nosotros mismos aceptando nuestra miseria y tomándola como fuente de creatividad es imposible sentir vergüenza de nada. Todo es experimentación y aprendizaje y nada es descamino y perdición. Con ese paisaje interior, no hay nada que pueda suponer un peligro, no hay miedo, no hay vergüenza, porque sin otras miradas que nos juzguen no es posible sentir vergüenza, porque el único miedo posible es no estar a la altura de toda la belleza que contemplamos en nosotros y desde nosotros, porque el único peligro real es la muerte de la creatividad y no hay droga, conducta o pensamiento que pueda acabar con ella cuando aceptamos nuestro destino como creadores de realidad.




Empiezo a escribir en Drumherum, que en su momento fue Poshlust, donde celebré en la soledad de mis proyectos mi 35 cumpleaños. Lo que fuera un precioso café es ahora un espacio multiusos que, entre otras cosas, empieza a funcionar como coworking. Suena en mi móvil el canon en D de Johann Pachelbel. Podría llorar de emoción si me parara a escuchar. De hecho la melodía le da un aire épico a mi escritura, como si cada letra que escribo tuviera una transcendencia ignota, como si cada palabra fuese una vibración destinada a viajar hasta los confines del universo.
Hace una semana a estas horas estaba en la mesa redonda de sex-positive parenting y cuando acabó me fui a ver un show inquietante bajo el título de “piss manifesto”. El chico que lo impartía había recorrido media Europa fotografiando y documentando lavabos y la actividad de cruising que se realiza en ellos. Su devoción y fascinación me admiraron e inspiraron. Si yo pudiera tener solo un poco de esa maravillosa concentración de energía en una sola materia igual algún día podría hacer algo digno de ser compartido. En seguida vi que su enfoque era artístico y vivencial pero en mi mente el mundo del lavabo me pareció filosóficamente muy atractivo por tres motivos. El primero es la universalidad del hecho de excretar substancias. Aplela a todos por igual, de la misma manera que nacer, dormir y morir. La segunda es su estrecha vinculación con el concepto de la vergüenza. Los lavabos son escondites donde realizar actos vergonzosos fuera de la mirada del mundo. Me pareció curioso que en el mundo en el que vivimos, donde la sexualidad ya no es exclusiva del dormitorio y se retransmite y consume, no tenga un movimiento similar en el ámbito de la micción y defecación. Me pareció coherente que lugares de destrucción de vergüenza, como Berghain, hayan tenido siempre una estrecha vinculación con la exploración de la vergüenza física de la excreción. Esos fluidos son no-ego, lo que sobra a nuestro cuerpo. Ocultar esa realidad es una negación de nuestra naturaleza. Por eso aceptar su realidad e incluso celebrarla sexualmente es un acto radical de honestidad y liberación. Por último, los lavabos son un espacio físico universalmente segregado por género. Ningún otro espacio público admitiría tal segregación. Obviamente en una ciudad como Berlín, probablemente el lugar del mundo con mayor disolución de los muros que separan a los humanos en virtud de su género, es fácil encontrar lavabos unisex, que no atienden a esa regla global de segregación por género. Es una consecuencia natural de la convicción colectiva de que la diferencia de géneros es una categorización que debe minimizarse. Cuando abandoné el local antes de tiempo, el chico me pidió mi contacto. Al día siguiente tenía en mi buzón una oferta de colaboración. Todavía no le he respondido.
Poco después de este workshop empezaba el concierto de The Album Leaf. Es la primera vez desde que llegué a Berlín que atiendo un concierto. Fui solo. Hablé con un chico chileno mientras empezaba la actuación. Después, una vez que la música empezó a sonar, me sumergí en un torrente arrollador de sonido que sacudía todas mis entrañas y me provocaba un llanto incontrolable. No podía dejar de emocionarme, de sentir la música y de llorar mi destino. Era similar al llanto del bebé recién nacido. Era un llanto de despertar, de añorar la comodidad de la inocencia y de esperanza hacia una nueva consciencia de lo que supone tener la inmensa suerte de vivir. En pleno llanto intenté plasmar con palabras lo que sentía:
Words are just another wall
Music is the way, we are subtle enough to understand music.
No words can make me cry like music
No words can contain what is in my heart.
Words are more protection for my ego
Words are my confort zone
Words are disconnected from my body
Words are an old friend that I will recover in the future.
I am born again.
It’s time for learning a new language
It’s time for living with no shame
It’s time for expressing something bigger than my thoughts
Then, maybe, someday, I will be able to speak without poison in my tongue.
I’m just a child, I should play
I’m not Jesus, the word of God is not the way anymore
It’s time to mauerfall the words
Only music can cross the wall of my own ego.
The wall of sound will make my new home.
Cuando acabó el concierto esperé a Jimmy Lavalle. Se le ve un poeta sufriente, expresando la belleza que encuentra en su interior pero a la vez sintiendo el peso de un ego sin límites que siempre pide más. No le entretuve mucho, simplemente le dije que me había pasado el concierto llorando y que me sentía empujado a decirle unas palabras.
The ego of the artist is always looking for numbers to feel reinforced. But what if we could measure intensity, instead of quantity. Inspiring deeply to just one soul is a miracle, bigger than congregating thousands of fans. Your music is inspiring. I encourage you to measure inspiration as a Key Performance Indicator.
Jimmy thanked my words and he said that they were very appropriate for the current moment of the band. Sin embargo tuve la sensación de que me consideraba un simple loco. Y ya me estuvo bien.
Volví a casa caminando despacio, paré en el McDonalds. Todo me parecía muerto pero a la vez todo lo sentía vivo. Cada cosa se me presentaba como un árbol solitario, desnudo, en lo más crudo del invierno. Todo eran esqueletos que yacían inertes pero con la secreta promesa de resucitar en cualquier momento.
Hace días que he dejado los antidepresivos. Sentí que era el momento y lo hice sin ningún ritual ni expectativa. No considero que haya ganado la batalla. Es probable que los vuelva a necesitar. Pero dentro de mí sé que esta vez no será así. Es difícil de explicar. Los dejo no por una cuestión de ego, no porque tenga que demostrar y demostrarme que soy normal. Los dejo porque me siento preparado para sentir, porque tengo curiosidad por ver cómo reacciona el avatar cuando no esté químicamente intoxicado. Los dejo por la misma razón que tomo o dejo de tomar drogas: porque quiero explorar. Cuando dejas la medicación aparece el llanto compulsivo ante cualquier pequeño detonante. Ni me avergüenza ni me asusta llorar. Al contrario, me siento expectante por experimentar y saborear nuevos llantos.
Al día siguiente viernes, Jack y yo fuimos a ver un documental sobre el uso de drogas en un entorno sexual en la comunidad gay de Londres. Se titula Chemsex. Fue impactante porque todas aquellas conductas y substancias han sido nuestro pan de cada día durante nuestro último año. Nos sentimos impactados, conscientes del riesgo que hemos asumido, pero a la vez nada de aquello parecía hacer mucho que ver con nosotros. Fue una experiencia sumamente perturbadora para la vez no conseguía hacer que nos cuestionáramos nuestra propia conducta. Tras la proyección estuvimos hablando mucho tiempo, tratando de entendernos a nosotros mismos. La conclusión a la que llegamos fue, una vez más, la vergüenza. Aquellas personas atrapadas en una espiral de sexo y drogas sentían una profunda vergüenza de sus propios actos. Querían dejar de verse en esa miserable situación y no podían. Los personajes que habían dejado esa conducta atrás lo habían conseguido utilizando la vergüenza como motor creativo, en su caso para ayudar a otros a salir. La miseria de los demás es su propio motor para seguir limpios. Aquello resonó en mí. La vergüenza sexual y vital de los adolescentes fue mi escudo contra mi propia vergüenza. Solo los adolescentes que han crecido en un entorno familiar sumamente culpabilizador ante la experiencia sexual pueden sentir la necesidad de un terapeuta, de un salvador, de un mesías. El motivo por el cual Jack no se sentía interpelado en lo más profundo de su ser ante ese documental es simplemente que no siente vergüenza de sus actos. Puede querer parar, pero el motor no es que se sienta miserable por hacerlo, sino porque al hacerlo pierde energía creativa para otras cosas que de verdad le importan. No necesita más salvador que él mismo. Precisamente por eso una figura mesiánica como Cristo le parece totalmente irrelevante. Sin vergüenza no hay pecado. Sin pecado no hay redención. Sin redención no hay religión. Soñar con un mundo sin religión es soñar en una vida que no necesita ser redimida, es abandonar toda esperanza de que aparezca algo o alguien que llene nuestros corazones y que calme el dolor que provoca la vergüenza de saber que somos simplemente una miserable existencia más. No se espera a nadie porque la vida en sí es un regalo maravilloso, una oportunidad creativa que no puede desperdiciarse. No se siente vergüenza porque la única validación que se contempla es la que proviene de uno mismo. Cuando nos validamos a nosotros mismos aceptando nuestra miseria y tomándola como fuente de creatividad es imposible sentir vergüenza de nada. Todo es experimentación y aprendizaje y nada es descamino y perdición. Con ese paisaje interior, no hay nada que pueda suponer un peligro, no hay miedo, no hay vergüenza, porque sin otras miradas que nos juzguen no es posible sentir vergüenza, porque el único miedo posible es no estar a la altura de toda la belleza que contemplamos en nosotros y desde nosotros, porque el único peligro real es la muerte de la creatividad y no hay droga, conducta o pensamiento que pueda acabar con ella cuando aceptamos nuestro destino como creadores de realidad.




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