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La primera constatación es que me ha tomado una semana sentirme con fuerzas para abrir esta libreta y escribir. Es el resultado de mi enfermizo perfeccionismo que nunca encuentra el momento ni el lugar adecuado para esta labor. Se me olvida que es un ejercicio de liviandad y lo convierto en un ritual de máxima trascendencia. Llevo 30 minutos buscando el café ideal donde sentarme y escribir dentro de la estación central de Cracovia. Es una muestra de lo que ha sido mi semana y de lo que es mi vida, esa eterna espera a que se den las circunstancias oportunas, a que el universo conspire para ponerme la alfombra roja, esa infinita resistencia a vivir, ese inconmensurable miedo al dolor que todo parto provoca.
Estos días en Cracovia han sido de una profunda miseria emocional y espiritual. En ningún momento me he sentido bien si descontamos los destellos de anestesia vital proporcionados por el alcohol. Ni un momento de tregua de este abismo profundo, tenebroso e incierto en el que se encuentra mi yo más íntimo. Vengo de visitar el Santuario de la Divina Misericordia donde reposan los restos de Santa Faustina Kowalska. Ella, como todos los místicos, también tuvo su “noche oscura del alma”. Cuando leía estas palabras en los paneles que sumarizaban su vida no pude más que sentirme interpelado. Sin duda la metáfora de "la noche oscura" aplica a mi estado anímico. Hasta ahora, en cualquier circunstancia de mi vida, siempre he tenido a alguien a quien expresar mi amargura, mi descontento y mi tribulación. Era una necesidad interior para la que siempre tenía fuerzas. Nunca me tuve que esforzar, igual que no te esfuerzas por rascarte si te pica algo, en todo caso al revés. En esa tesitura también he estado. En algunas ocasiones he conseguido aguantar el dolor y no apresurarme a rascarme haciendo a otro partícipe del mismo. Ahora es diferente: no siento el ímpetu por rascarme. No consigo articular palabras sobre lo que siento y tampoco existe nadie en mi mente con quien quisiera compartirlo. Siempre ante una situación similar mi alma se ha movilizado en busca de una salida, mi razón se ha puesto a trazar un plan y mi voluntad ha congregando todos los mermados ejercicios de mi interior y los ha reorganizado para la nueva batalla. Ahora la sensación es de que no hay salida y, si la hay, casi que prefiero no verla. No hay plan porque no me queda viva ni una sola visión para mí y para la humanidad. Estoy mirando de agarrarme desesperadamente a lo que sea. He intentado sacudir mi alma haciéndole visitar sus dos recuerdos más vibrantes: Auschwitz y Juan Pablo II. He sentido poco y lo poco ha sido para entender que todo tiene poco valor, empezando por mí mismo. Mi ego, una de las creaciones de la humanidad de mayor volumen, asiste a su defunción gimiendo desesperado e invocando repetidamente que siga luchando, que todo está a punto de cambiar. Camino por las calles con la vaga esperanza de que todo puede cambiar en un instante y con la incontestable certeza de que, incluso en el caso de que esa vaga promesa llegara a cumplirse, no sería necesario más que otro instante para volver a la posición de salida y descubrir que nada cambia, solo que por un momento entré en un estado alucinatorio que creó en mí "la ilusión de sentido".
Ni tan siquiera me apetece seguir escribiendo. Estos días a las seis de la tarde ya estaba deseando encerrarme en el apartamento y entregarme a la ausencia de voluntad. El avatar está asustado de esta desidia máxima y está intentando tomar el control concediéndose consideraciones que jamás tuvieron lugar en él. El episodio del sábado, ayer por la noche, con la prostitución es el mejor ejemplo. De alguna manera me decía a mí mismo: mira, ya has luchado suficiente, te mereces un descanso, un abrazo y un poco de cariño. No te quedan fuerzas para mendigarlo pero sí dinero para pagarlo. Adelante, date el capricho, invito yo. Y a fe que consiguió que hiciera unos cuantos llamadas, enviara unos cuantos mensajes y pusiera de nueva en la calle, camino a un prostíbulo. Me veía a mí mismo como en una película. Era incapaz de sentir nada. Tenía serias dudas de que, incluso en el caso de que todo saliera bien, pudiera llegar a ningún tipo de goce sexual. Cuando llegué la chica que supuestamente protagonizaba el anuncio estaba ocupada y tenía que escoger entre esperar en la calle o acostarme con Aldona, la puta que me había estado respondiendo a mis llamadas y que me abrió la puerta. Elegí irme y seguir llamando a prostitutas hasta que me cansé y por fin me puse a leer unos minutos “La insoportable levedad del ser”. Jamás se podrá escoger un título mejor para una novela. Muy probablemente cualquier “noche oscura” sea constatar “la insoportable levedad del ser”.
Mi fascinación por Hitler y Juan Pablo II dice mucho de mi ego... Matar a Juan Pablo II y salvar a Hitler es la aceptación de que no existe para mi alma ni el destino del cielo ni el del infierno. No puedo dejar de ver la maldad de mi héroe ni la bondad de mi villano. No puedo desear ser santo ni me puedo entregar en los brazos del diablo. No hay salida ni más allá de la aceptación de esa eterna dualidad en nuestro interior. No hay camino. Por más que camine por el sendero de la luz acabaré siendo un puto ególatra. Por más que abrace la maldad y la oscuridad, desde alguna óptica ignota, seré un santo. El ego está tan sediento de eternidad que, con tal de no morir, con gusto abraza la posibilidad de ir al infierno. Lo que no está dispuesto a escuchar es que no es eterno, que no le espera otro destino que transitar de materia a energía para alguna vez volver a encarnarse en otro ego totalmente distinto que no aceptará otra cosa que creer "que fue elegido antes de la constitución del mundo para ser santo en la presencia de Dios por toda la eternidad". Dicho de otra manera: ¿estás dispuesto a aceptar que no eres más que una recambolesca combinación de egos que transitaron por este planeta? ¿Estás dispuesto a aceptar que tu ego no existe? Esa es la noche oscura del alma, la insoportable levedad del ser... Somos una ilusión colectiva. F es una ilusión colectiva cuyo más ferviente seguidor soy yo mismo. Mi ego no existe, es un simple collage de los egos de Jesucristo, Lennon, mis padres, mis amigos, mis relaciones, Juan Pablo II, San Josemaría, Krishnamurti, Allan Watts, Hitler, Franco, JFK, Forrest Gump, Amelie y la puta madre que parió a todos ellos...
Y de repente me siento un poco mejor... Quiero ir a mear y fumarme un cigarro y soñar que cuando acabe serán las 22:15 y tendré que subirme al bus, evitándome tener que seguir enfrentándome a esta libreta...
Todavía quedan 90 minutos de espera. Estaba fumando cuando un polaco llamado "Adrien" me ha hablado para decirme que le gustaba mi chaqueta porque le recordaba a Depeche Mode. Me ha preguntado qué música me gustaba y le he dicho que electrónica, lo cual ha asociado a Vangelis y Jean Michel Jarre. Me ha dicho que estuvo en un concierto de Solidarnósk con Jean Michel Jarre hace siete años. Su inglés era muy limitado por lo que no sé si lo habré entendido bien. En todo caso, este hecho puntual me ha hecho pensar automáticamente en la novela otra vez. Kundera hablaba de las casualidades como aquello que da sentido a la vida. Una vida llena de casualidades es una vida bonita. Mi vida es un rosario de casualidades a los que llamo "ómens". Soy coleccionista de ómens. Casualmente cazar ómens es compatible con la disolución del ego. Aunque mi ego sea una ilusión, las casualidades que adornan la historia de mi avatar no lo son, no son una creencia, sino una certeza. Las he vivido, las he experimentado con mis sentidos y con mi interior. ¿Son puro engaño de mis sentidos? ¿Me las invento? ¿Veo lo que quiero ver? ¡Sin duda que sí! Pero al menos soy mi ilusión, la que yo me invento. Son la obra de arte de mi vida. Un lienzo en blanco que se va llenando de trazos imprevisibles. Ahora mismo se me antojan más reales incluso en mi identidad, mi género, mi nacionalidad y mi religión, porque todas ellas son ilusiones también y ni tan siquiera me ha sido otorgado elegirlas, dudar de ellas o descubrirlas. Están ahí, y me oprimen hasta aplastarme contra el suelo. Son una deuda existencial que me devuelve una y otra vez al barro. Las casualidades me levantan en cambio. La única salvación posible es la belleza. No me harán vivir eternamente, pero me hacen disfrutar al presenciar esta vida humana que me ha tocado observar y documentar. Es como escuchar una canción, hay notas que son nuevas y notas que se repiten. Hay fragmentos que te gustan más y fragmentos que te gustan menos. Unos y otros se repiten. Cuando disfrutas del estribillo sabes que se acaba, cuando sientes un fragmento que no resuena en ti, sabes que en algún momento volverá a aparecer la secuencia de notas que te sacude hasta el llanto. Necesitamos ese vacío para detectar, por oposición, el éxtasis. Cuanto menos miedo sientas al vacío, más fácilmente detectas las melodías que te gustan. Mi encuentro con Adrien pasaría desapercibido para mí mismo en cualquier otra circunstancia, pero en esta "insoportable levedad del ser", en esta noche oscura del alma, lo puedo contemplar como una explosión de belleza, tan casual y liviana que se vuelve absolutamente trascendental e inamovible.
Mi amiga Lorena me decía ayer que debía resistir la idea del absurdo porque "en cualquier momento te cambia la vida". Tiene razón. En cualquier momento la vida se vuelve simétrica y nos extasiamos ante su belleza. Todo el caminar errante y absurdo durante años se vuelve luz en cuestión de segundos, ante la casualidad más inexplicable. Si alguien leyera estas líneas podría pensar que ya me siento mejor, que una casualidad me ha devuelto a la vida... Nada más lejos de la realidad. Sigo sumido en las tinieblas. Esta casualidad me ha recordado tanto como el destello momentáneo de una luciérnaga en mitad de una emboscada, con el aliento del enemigo en el cogote y los dedos entumecidos por el frío. No es una hoguera en la que recuperar la energía y descansar confortablemente, sino un simple recordatorio de que la luz existe.
El viernes estuve en Auschwitz, 18 años después de que estuviera por allí, de vuelta (o de camino, no recuerdo) a Lituania. Nada más entrar me puse a llorar de emoción. Quizá alguien pensara que me movía la pena o la compasión. Para nada. Era pura emoción espiritual. Aquellas alambradas habían supuesto la última morada de 1.100.000 seres humanos que tuvieron que morir en las condiciones más espantosas. Pero a todos ellos los veía como héroes. Cada segundo que resistieron allí dentro es el canto a la vida más increíble que puede imaginarse. Si me imagino a mí mismo en esas circunstancias... ¡Ni tan siquiera hubiera subido al tren! Me hubiera matado, igual al mismo 1 de septiembre de 1939. Pero no, todos ellos resistieron. Segundos, horas, días, meses y años. Ni el espectáculo más aterrador de la historia de la humanidad les paró para robarle a la vida un segundo más. Esqueléticos, hambrientos, despojados de toda ilusión de que su ego tenía algo de valor... Y aun así se levantaban a las 4 de la mañana para ir a trabajar, a 25 grados bajo cero, sin la indumentaria oportuna. 1.100.000 personas que encontraron un motivo para inhalar una vez más, hasta que ya no pudieron más. Aquella misma noche soñé que iba en el metro de Berlín y una chica de gesto sumamente dulce me pedía el billete. No lo tenía. En su cara podía ver que no le ilusionaba en absoluto tener que aplicarme el castigo. Bajé del tren y me rendí. Caí desplomado en el suelo. Muerto. Ese soy yo. Por eso Auschwitz me parece un canto a la vida. Por mucho menos bajo del tren y me niego a seguir viviendo.
Del resto de mi visita a Cracovia lo único destacable es la figura de Oskar Schindler. De verdad que no me podía dar más igual la historia de este héroe de los judíos hasta que he descubierto que era un gran hijo de puta. El tío quería enriquecerse a toda costa para gastarse el dinero en todo tipo de lujos y regalos. El régimen nazi fue su excusa perfecta y la mano de obra gratuita de los judíos el mejor de los recursos para su emprendimiento. Pero el perfecto capullo se enterneció y cuidó de los otros seres humanos cuando no tenía ninguna obligación de ello y cuando en verdad estaba arriesgando su propia vida por ellos. Desde lo más profundo de su avaricia egocéntrica descubrió que solo salvando a un solo ser humano salvamos a la humanidad. Si miro a mi alrededor ¿quién es el ser humano más cercano a la muerte que pueda salvar? Efectivamente, yo mismo. Cada segundo que decido seguir respirando salvo a la humanidad. Es gracioso... Vienen a mi memoria las palabras de Etty Hillesum: “cuando tienes verdadera libertad interior descubres que importa bien poco a qué lado de la alambrada te encuentras”. Al revés significa que cuando no la tienes, Auschwitz está a ambos lados de la alambrada. La vida es como un campo de concentración mientras no sepamos conquistar nuestra libertad interior. ¿Acaso los trenes no nos llevan a trabajos forzados? ¿Acaso no morimos asfixiados por nuestros propios hermanos? ¿No nos queman y esparcen nuestras cenizas? ¿No tenemos acaso un número que nos da la identidad? ¿No tenemos unos opresores uniformados bajo el signo de la calavera y los huesos? ¿No estamos rodeados por “capos” que son iguales a nosotros pero que por algún designio arbitrario tienen poder y lo ejercen de manera todavía más implacable que los opresores? Lo único que nos diferencia es la velocidad a la que funciona el sistema, pero no su mecanismo básico.
Cuando mi hermana supo que había visitado Auschwitz mostró el más absoluto desdén, rechazo e incluso asco. Me sentí profundamente herido por sus palabras. Pero la entiendendo. Acabar con la memoria de Auschwitz es la única manera de poder seguir habitando el mundo sin la conciencia de estar internado en un campo de concentración. En el momento en que algo como Auschwitz existe, existe para toda la humanidad y para toda la eternidad. La única manera de volver a nuestro sueño es aniquilar su memoria. Si no hacermos desaparecer Auschwitz entonces la única salvación es la libertad interior, porque entonces no importa en qué lado de la alambrada estés.
Un autor que no recuerdo dijo que Auschwitz y el holocausto judío era el fin del cristianismo. No puedo estar más de acuerdo. No existe una manifestación más clara de lo que supone el mesianismo para la humanidad. Finalmente Israel fue el pueblo escogido... Escogido para mostrar con millones de vidas cuál es el único camino. ¿Uno de ellos muriendo en la cruz a cambio de la memoria eterna de los hombres? ¡Menuda minucia! Millones de ellos aplastados como insectos despreciables, ¡gaseados con insecticida! Murieron como un simple número y no como "Rey o Reina de los judíos”, no sufriendo 40 azotes menos uno, sino días, semanas, meses y años del suplicio más tormentoso. No fueron cosidos a una cruz, sino malnutridos hasta no tenerse en pie. No es que entregaran su sangre, es que consumieron toda su energía hasta no ser más que un saco de huesos envueltos en pellejo humano. ¿Y tengo que creer en Cristo como Salvador de la humanidad? ¿Tengo que creer en un judío que no sé si existió en realidad cuando puedo creer en seis millones de judíos contemporáneos? Cristo tenía que volver, pero nunca dijo que volvería como un solo hombre. Solo dijo que allí donde se congregasen las águilas... Adivina qué animal sostiene la esvástica. El Cristianismo se acabó en Polonia.






La primera constatación es que me ha tomado una semana sentirme con fuerzas para abrir esta libreta y escribir. Es el resultado de mi enfermizo perfeccionismo que nunca encuentra el momento ni el lugar adecuado para esta labor. Se me olvida que es un ejercicio de liviandad y lo convierto en un ritual de máxima trascendencia. Llevo 30 minutos buscando el café ideal donde sentarme y escribir dentro de la estación central de Cracovia. Es una muestra de lo que ha sido mi semana y de lo que es mi vida, esa eterna espera a que se den las circunstancias oportunas, a que el universo conspire para ponerme la alfombra roja, esa infinita resistencia a vivir, ese inconmensurable miedo al dolor que todo parto provoca.
Estos días en Cracovia han sido de una profunda miseria emocional y espiritual. En ningún momento me he sentido bien si descontamos los destellos de anestesia vital proporcionados por el alcohol. Ni un momento de tregua de este abismo profundo, tenebroso e incierto en el que se encuentra mi yo más íntimo. Vengo de visitar el Santuario de la Divina Misericordia donde reposan los restos de Santa Faustina Kowalska. Ella, como todos los místicos, también tuvo su “noche oscura del alma”. Cuando leía estas palabras en los paneles que sumarizaban su vida no pude más que sentirme interpelado. Sin duda la metáfora de "la noche oscura" aplica a mi estado anímico. Hasta ahora, en cualquier circunstancia de mi vida, siempre he tenido a alguien a quien expresar mi amargura, mi descontento y mi tribulación. Era una necesidad interior para la que siempre tenía fuerzas. Nunca me tuve que esforzar, igual que no te esfuerzas por rascarte si te pica algo, en todo caso al revés. En esa tesitura también he estado. En algunas ocasiones he conseguido aguantar el dolor y no apresurarme a rascarme haciendo a otro partícipe del mismo. Ahora es diferente: no siento el ímpetu por rascarme. No consigo articular palabras sobre lo que siento y tampoco existe nadie en mi mente con quien quisiera compartirlo. Siempre ante una situación similar mi alma se ha movilizado en busca de una salida, mi razón se ha puesto a trazar un plan y mi voluntad ha congregando todos los mermados ejercicios de mi interior y los ha reorganizado para la nueva batalla. Ahora la sensación es de que no hay salida y, si la hay, casi que prefiero no verla. No hay plan porque no me queda viva ni una sola visión para mí y para la humanidad. Estoy mirando de agarrarme desesperadamente a lo que sea. He intentado sacudir mi alma haciéndole visitar sus dos recuerdos más vibrantes: Auschwitz y Juan Pablo II. He sentido poco y lo poco ha sido para entender que todo tiene poco valor, empezando por mí mismo. Mi ego, una de las creaciones de la humanidad de mayor volumen, asiste a su defunción gimiendo desesperado e invocando repetidamente que siga luchando, que todo está a punto de cambiar. Camino por las calles con la vaga esperanza de que todo puede cambiar en un instante y con la incontestable certeza de que, incluso en el caso de que esa vaga promesa llegara a cumplirse, no sería necesario más que otro instante para volver a la posición de salida y descubrir que nada cambia, solo que por un momento entré en un estado alucinatorio que creó en mí "la ilusión de sentido".
Ni tan siquiera me apetece seguir escribiendo. Estos días a las seis de la tarde ya estaba deseando encerrarme en el apartamento y entregarme a la ausencia de voluntad. El avatar está asustado de esta desidia máxima y está intentando tomar el control concediéndose consideraciones que jamás tuvieron lugar en él. El episodio del sábado, ayer por la noche, con la prostitución es el mejor ejemplo. De alguna manera me decía a mí mismo: mira, ya has luchado suficiente, te mereces un descanso, un abrazo y un poco de cariño. No te quedan fuerzas para mendigarlo pero sí dinero para pagarlo. Adelante, date el capricho, invito yo. Y a fe que consiguió que hiciera unos cuantos llamadas, enviara unos cuantos mensajes y pusiera de nueva en la calle, camino a un prostíbulo. Me veía a mí mismo como en una película. Era incapaz de sentir nada. Tenía serias dudas de que, incluso en el caso de que todo saliera bien, pudiera llegar a ningún tipo de goce sexual. Cuando llegué la chica que supuestamente protagonizaba el anuncio estaba ocupada y tenía que escoger entre esperar en la calle o acostarme con Aldona, la puta que me había estado respondiendo a mis llamadas y que me abrió la puerta. Elegí irme y seguir llamando a prostitutas hasta que me cansé y por fin me puse a leer unos minutos “La insoportable levedad del ser”. Jamás se podrá escoger un título mejor para una novela. Muy probablemente cualquier “noche oscura” sea constatar “la insoportable levedad del ser”.
Mi fascinación por Hitler y Juan Pablo II dice mucho de mi ego... Matar a Juan Pablo II y salvar a Hitler es la aceptación de que no existe para mi alma ni el destino del cielo ni el del infierno. No puedo dejar de ver la maldad de mi héroe ni la bondad de mi villano. No puedo desear ser santo ni me puedo entregar en los brazos del diablo. No hay salida ni más allá de la aceptación de esa eterna dualidad en nuestro interior. No hay camino. Por más que camine por el sendero de la luz acabaré siendo un puto ególatra. Por más que abrace la maldad y la oscuridad, desde alguna óptica ignota, seré un santo. El ego está tan sediento de eternidad que, con tal de no morir, con gusto abraza la posibilidad de ir al infierno. Lo que no está dispuesto a escuchar es que no es eterno, que no le espera otro destino que transitar de materia a energía para alguna vez volver a encarnarse en otro ego totalmente distinto que no aceptará otra cosa que creer "que fue elegido antes de la constitución del mundo para ser santo en la presencia de Dios por toda la eternidad". Dicho de otra manera: ¿estás dispuesto a aceptar que no eres más que una recambolesca combinación de egos que transitaron por este planeta? ¿Estás dispuesto a aceptar que tu ego no existe? Esa es la noche oscura del alma, la insoportable levedad del ser... Somos una ilusión colectiva. F es una ilusión colectiva cuyo más ferviente seguidor soy yo mismo. Mi ego no existe, es un simple collage de los egos de Jesucristo, Lennon, mis padres, mis amigos, mis relaciones, Juan Pablo II, San Josemaría, Krishnamurti, Allan Watts, Hitler, Franco, JFK, Forrest Gump, Amelie y la puta madre que parió a todos ellos...
Y de repente me siento un poco mejor... Quiero ir a mear y fumarme un cigarro y soñar que cuando acabe serán las 22:15 y tendré que subirme al bus, evitándome tener que seguir enfrentándome a esta libreta...
Todavía quedan 90 minutos de espera. Estaba fumando cuando un polaco llamado "Adrien" me ha hablado para decirme que le gustaba mi chaqueta porque le recordaba a Depeche Mode. Me ha preguntado qué música me gustaba y le he dicho que electrónica, lo cual ha asociado a Vangelis y Jean Michel Jarre. Me ha dicho que estuvo en un concierto de Solidarnósk con Jean Michel Jarre hace siete años. Su inglés era muy limitado por lo que no sé si lo habré entendido bien. En todo caso, este hecho puntual me ha hecho pensar automáticamente en la novela otra vez. Kundera hablaba de las casualidades como aquello que da sentido a la vida. Una vida llena de casualidades es una vida bonita. Mi vida es un rosario de casualidades a los que llamo "ómens". Soy coleccionista de ómens. Casualmente cazar ómens es compatible con la disolución del ego. Aunque mi ego sea una ilusión, las casualidades que adornan la historia de mi avatar no lo son, no son una creencia, sino una certeza. Las he vivido, las he experimentado con mis sentidos y con mi interior. ¿Son puro engaño de mis sentidos? ¿Me las invento? ¿Veo lo que quiero ver? ¡Sin duda que sí! Pero al menos soy mi ilusión, la que yo me invento. Son la obra de arte de mi vida. Un lienzo en blanco que se va llenando de trazos imprevisibles. Ahora mismo se me antojan más reales incluso en mi identidad, mi género, mi nacionalidad y mi religión, porque todas ellas son ilusiones también y ni tan siquiera me ha sido otorgado elegirlas, dudar de ellas o descubrirlas. Están ahí, y me oprimen hasta aplastarme contra el suelo. Son una deuda existencial que me devuelve una y otra vez al barro. Las casualidades me levantan en cambio. La única salvación posible es la belleza. No me harán vivir eternamente, pero me hacen disfrutar al presenciar esta vida humana que me ha tocado observar y documentar. Es como escuchar una canción, hay notas que son nuevas y notas que se repiten. Hay fragmentos que te gustan más y fragmentos que te gustan menos. Unos y otros se repiten. Cuando disfrutas del estribillo sabes que se acaba, cuando sientes un fragmento que no resuena en ti, sabes que en algún momento volverá a aparecer la secuencia de notas que te sacude hasta el llanto. Necesitamos ese vacío para detectar, por oposición, el éxtasis. Cuanto menos miedo sientas al vacío, más fácilmente detectas las melodías que te gustan. Mi encuentro con Adrien pasaría desapercibido para mí mismo en cualquier otra circunstancia, pero en esta "insoportable levedad del ser", en esta noche oscura del alma, lo puedo contemplar como una explosión de belleza, tan casual y liviana que se vuelve absolutamente trascendental e inamovible.
Mi amiga Lorena me decía ayer que debía resistir la idea del absurdo porque "en cualquier momento te cambia la vida". Tiene razón. En cualquier momento la vida se vuelve simétrica y nos extasiamos ante su belleza. Todo el caminar errante y absurdo durante años se vuelve luz en cuestión de segundos, ante la casualidad más inexplicable. Si alguien leyera estas líneas podría pensar que ya me siento mejor, que una casualidad me ha devuelto a la vida... Nada más lejos de la realidad. Sigo sumido en las tinieblas. Esta casualidad me ha recordado tanto como el destello momentáneo de una luciérnaga en mitad de una emboscada, con el aliento del enemigo en el cogote y los dedos entumecidos por el frío. No es una hoguera en la que recuperar la energía y descansar confortablemente, sino un simple recordatorio de que la luz existe.
El viernes estuve en Auschwitz, 18 años después de que estuviera por allí, de vuelta (o de camino, no recuerdo) a Lituania. Nada más entrar me puse a llorar de emoción. Quizá alguien pensara que me movía la pena o la compasión. Para nada. Era pura emoción espiritual. Aquellas alambradas habían supuesto la última morada de 1.100.000 seres humanos que tuvieron que morir en las condiciones más espantosas. Pero a todos ellos los veía como héroes. Cada segundo que resistieron allí dentro es el canto a la vida más increíble que puede imaginarse. Si me imagino a mí mismo en esas circunstancias... ¡Ni tan siquiera hubiera subido al tren! Me hubiera matado, igual al mismo 1 de septiembre de 1939. Pero no, todos ellos resistieron. Segundos, horas, días, meses y años. Ni el espectáculo más aterrador de la historia de la humanidad les paró para robarle a la vida un segundo más. Esqueléticos, hambrientos, despojados de toda ilusión de que su ego tenía algo de valor... Y aun así se levantaban a las 4 de la mañana para ir a trabajar, a 25 grados bajo cero, sin la indumentaria oportuna. 1.100.000 personas que encontraron un motivo para inhalar una vez más, hasta que ya no pudieron más. Aquella misma noche soñé que iba en el metro de Berlín y una chica de gesto sumamente dulce me pedía el billete. No lo tenía. En su cara podía ver que no le ilusionaba en absoluto tener que aplicarme el castigo. Bajé del tren y me rendí. Caí desplomado en el suelo. Muerto. Ese soy yo. Por eso Auschwitz me parece un canto a la vida. Por mucho menos bajo del tren y me niego a seguir viviendo.
Del resto de mi visita a Cracovia lo único destacable es la figura de Oskar Schindler. De verdad que no me podía dar más igual la historia de este héroe de los judíos hasta que he descubierto que era un gran hijo de puta. El tío quería enriquecerse a toda costa para gastarse el dinero en todo tipo de lujos y regalos. El régimen nazi fue su excusa perfecta y la mano de obra gratuita de los judíos el mejor de los recursos para su emprendimiento. Pero el perfecto capullo se enterneció y cuidó de los otros seres humanos cuando no tenía ninguna obligación de ello y cuando en verdad estaba arriesgando su propia vida por ellos. Desde lo más profundo de su avaricia egocéntrica descubrió que solo salvando a un solo ser humano salvamos a la humanidad. Si miro a mi alrededor ¿quién es el ser humano más cercano a la muerte que pueda salvar? Efectivamente, yo mismo. Cada segundo que decido seguir respirando salvo a la humanidad. Es gracioso... Vienen a mi memoria las palabras de Etty Hillesum: “cuando tienes verdadera libertad interior descubres que importa bien poco a qué lado de la alambrada te encuentras”. Al revés significa que cuando no la tienes, Auschwitz está a ambos lados de la alambrada. La vida es como un campo de concentración mientras no sepamos conquistar nuestra libertad interior. ¿Acaso los trenes no nos llevan a trabajos forzados? ¿Acaso no morimos asfixiados por nuestros propios hermanos? ¿No nos queman y esparcen nuestras cenizas? ¿No tenemos acaso un número que nos da la identidad? ¿No tenemos unos opresores uniformados bajo el signo de la calavera y los huesos? ¿No estamos rodeados por “capos” que son iguales a nosotros pero que por algún designio arbitrario tienen poder y lo ejercen de manera todavía más implacable que los opresores? Lo único que nos diferencia es la velocidad a la que funciona el sistema, pero no su mecanismo básico.
Cuando mi hermana supo que había visitado Auschwitz mostró el más absoluto desdén, rechazo e incluso asco. Me sentí profundamente herido por sus palabras. Pero la entiendendo. Acabar con la memoria de Auschwitz es la única manera de poder seguir habitando el mundo sin la conciencia de estar internado en un campo de concentración. En el momento en que algo como Auschwitz existe, existe para toda la humanidad y para toda la eternidad. La única manera de volver a nuestro sueño es aniquilar su memoria. Si no hacermos desaparecer Auschwitz entonces la única salvación es la libertad interior, porque entonces no importa en qué lado de la alambrada estés.
Un autor que no recuerdo dijo que Auschwitz y el holocausto judío era el fin del cristianismo. No puedo estar más de acuerdo. No existe una manifestación más clara de lo que supone el mesianismo para la humanidad. Finalmente Israel fue el pueblo escogido... Escogido para mostrar con millones de vidas cuál es el único camino. ¿Uno de ellos muriendo en la cruz a cambio de la memoria eterna de los hombres? ¡Menuda minucia! Millones de ellos aplastados como insectos despreciables, ¡gaseados con insecticida! Murieron como un simple número y no como "Rey o Reina de los judíos”, no sufriendo 40 azotes menos uno, sino días, semanas, meses y años del suplicio más tormentoso. No fueron cosidos a una cruz, sino malnutridos hasta no tenerse en pie. No es que entregaran su sangre, es que consumieron toda su energía hasta no ser más que un saco de huesos envueltos en pellejo humano. ¿Y tengo que creer en Cristo como Salvador de la humanidad? ¿Tengo que creer en un judío que no sé si existió en realidad cuando puedo creer en seis millones de judíos contemporáneos? Cristo tenía que volver, pero nunca dijo que volvería como un solo hombre. Solo dijo que allí donde se congregasen las águilas... Adivina qué animal sostiene la esvástica. El Cristianismo se acabó en Polonia.






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