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Estoy en plena tormenta interior. Muchas cosas se precipitan dentro de mí en los últimos días formando paisajes interiores que nunca antes había contemplado y creando nuevos estados que se escapaban a mi imaginación. Si mi persona fuera un átomo, diría que mi configuración electrónica está en un estado fundamental, sé que hace extraño tras 30 años de estados excitados. Ese retorno a estados de reposo es lo que esta semana ha dado lo que llamo el retorno a la inocencia. El jueves 8 de diciembre, el día de la Inmaculada Concepción, volví a casa angustiado. Mi teoría de las ocho personalidades necesita evolucionar porque representan un cambio de sistema, pero no implica el proceso completo desde el trauma. Además me preocupaba que la creación y destrucción de sistemas se convirtiera en un eterno retorno, un ciclo sin fin, en una compulsión más. Me vi a mí mismo atrapado en una espiral de construcción de sistemas sin fin, condenado a la eterna frustración de la búsqueda sin fin, esclavo de un perfeccionamiento sin límites de lo que por definición no puede ser perfecto porque es simplemente una construcción humana. Me desesperaba no poder resolver el problema y me desesperaba aún más la complejidad de las soluciones que estaba encontrando. El otro día se me ocurrió que de alguna manera "retornamos", que la segunda derivada del sistema original vuelve a ser el sistema original. Me vino a la mente el regreso del hijo pródigo. Pero no podía aceptar volver al primer sistema. No por orgullo, sino por resistencia a no entrar en una espiral infinita. Entonces pensé en el trauma, pensé que pasaría si no retornáramos al primer Sistema sino al estado previo, a nuestra existencia no disociada. El eterno peregrinaje de un sistema a otro se convierte en una última transición que consiste en el retorno a la inocencia. Entonces recordé una canción de mi adolescencia llamada exactamente así, “Return to Innocence” de un grupo llamado Enigma. Tan pronto como empezó a sonar la canción arranqué en llanto. Lloraba de emoción por el hallazgo y aquella conexión de sucesos me agitaba tanto que mi cuerpo solo podía sobrellevarlo con lágrimas.


Estoy en plena tormenta interior. Muchas cosas se precipitan dentro de mí en los últimos días formando paisajes interiores que nunca antes había contemplado y creando nuevos estados que se escapaban a mi imaginación. Si mi persona fuera un átomo, diría que mi configuración electrónica está en un estado fundamental, sé que hace extraño tras 30 años de estados excitados. Ese retorno a estados de reposo es lo que esta semana ha dado lo que llamo el retorno a la inocencia. El jueves 8 de diciembre, el día de la Inmaculada Concepción, volví a casa angustiado. Mi teoría de las ocho personalidades necesita evolucionar porque representan un cambio de sistema, pero no implica el proceso completo desde el trauma. Además me preocupaba que la creación y destrucción de sistemas se convirtiera en un eterno retorno, un ciclo sin fin, en una compulsión más. Me vi a mí mismo atrapado en una espiral de construcción de sistemas sin fin, condenado a la eterna frustración de la búsqueda sin fin, esclavo de un perfeccionamiento sin límites de lo que por definición no puede ser perfecto porque es simplemente una construcción humana. Me desesperaba no poder resolver el problema y me desesperaba aún más la complejidad de las soluciones que estaba encontrando. El otro día se me ocurrió que de alguna manera "retornamos", que la segunda derivada del sistema original vuelve a ser el sistema original. Me vino a la mente el regreso del hijo pródigo. Pero no podía aceptar volver al primer sistema. No por orgullo, sino por resistencia a no entrar en una espiral infinita. Entonces pensé en el trauma, pensé que pasaría si no retornáramos al primer Sistema sino al estado previo, a nuestra existencia no disociada. El eterno peregrinaje de un sistema a otro se convierte en una última transición que consiste en el retorno a la inocencia. Entonces recordé una canción de mi adolescencia llamada exactamente así, “Return to Innocence” de un grupo llamado Enigma. Tan pronto como empezó a sonar la canción arranqué en llanto. Lloraba de emoción por el hallazgo y aquella conexión de sucesos me agitaba tanto que mi cuerpo solo podía sobrellevarlo con lágrimas.


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