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Estoy en la víspera del solsticio de invierno, que llegará mañana a las 11 de la mañana. A partir de mañana el día durará 4 segundos más. 4 segundos más de luz el jueves respecto al miércoles. El invierno ya está aquí, con la dureza del frío pero a la vez la promesa de mayor luz. Siento mi ser alineado con este fenómeno astronómico. Tras tres meses de más y más oscuridad en mí, me siento en un máximo de de miedo y oscuridad, pero a la vez con muchos signos de que pronto los momentos de luz en mí serán más largos. Me encuentro en una temperatura interior gélida que paraliza cualquier intento de expansión. Siento que este frío se prolongará y que incluso se hará más duro. Pero las horas de luz sin duda van a ir en aumento. Mi experiencia con ayahuasca este fin de semana es la principal razón por la cual estoy confiado en que la luz resucitará de mi interior de la misma manera que Jesucristo resucitó de entre los muertos. Tomé Ayahuasca en dos noches sucesivas. La noche del viernes fue un viaje físico al fondo de mi miedo a la muerte, así como el reconocimiento de que mi vida es, de alguna manera, la vida de mis padres, de mis abuelos y bisabuelos. En un momento de este primer viaje interior me sentí rodeado por mis dos abuelos, sujetando mi cuerpo mientras convulsionaba a causa de la medicina. Estaban felices de ver que podía verlos y reconocerlos y les dije que mi lucha ya no sería nunca mi lucha, sino nuestra lucha. Ellos llegaron tan lejos como sus cuerpos les permitieron. Superaron hambre y guerras, ignorancia... Hicieron todo lo posible por dejar atrás sus traumas y abrirse a la vida. Al menos lo suficiente como para engendrar a mis padres. En parte mi viaje en su viaje, de igual manera que mi esperanza, mi opción por vivir, mi lucha, continuará en todo aquel que me recuerde como padre. Mi vida no es una competición contra nadie, ni siquiera contra mí mismo. Mi vida es simplemente una colección de notas en esta partitura universal que la humanidad lleva siglos escribiendo. Mis abuelos escribieron su parte, y a mi me toca escribir la mía. Que el resultado sea bello será mérito de ambas partes, de los que esbozaron el inicio y del que, escuchando esas notas y partiendo de ellas, continuó la melodia hasta hacerla digna de este Universo musical que nos acoge. Somos vibración, somos música. Los miedos se forman en nosotros antes incluso de que podamos articular ninguna palabra, es por ello que la palabra solo nos puede conducir hasta las puertas del infierno, pero es totalmente incapaz de penetrar en él. Antes de que pudiéramos racionalizar comíamos, dormíamos, jugábamos, llorábamos, reíamos y cagábamos. En nuestra mente apenas había una categoría: nuestros padres (Dios) y el resto; y ni tan siquiera teníamos una palabra para designarla. Cualquiera que nos cuidara era nuestro padre y cualquier amenaza era "el resto". Nada era singular por lo que nuestra percepción del tiempo era casi imposible. Vivíamos en un eterno presente que hacía de la felicidad nuestro estado natural. La vida era un continuo estado de meditación en el que apreciábamos el presente sin anticipar el futuro ni recordar el pasado. Nunca comíamos mas pensando que quiza mañana nuestro madre no nos alimentaría. Nunca echábamos de menos el sabor del calostro, o el calor del vientre materno y, si lo hacíamos, toda expresión tenía que ser corporal, porque no existía para nosotros manera alguna de verbalizarlo.
Mi primera toma de ayahuasca fue el viernes y a continuación pasé las siguientes 24h en un estado de letargia, durmiendo o simplemente recostado sobre mi humilde esterilla, tapado por una toalla, sin moverme hasta que mi cuerpo dolorido reclamaba un cambio de posición. Así pasaron las horas, con la única interrupción de un par de frugales comidas y un par de conversaciones. Hablé con el shaman y quedé tranquilo al percibir su humildad. Este tipo de rituales y comunidades son la trampa más mortal que puede tenderse al ego. Es tan fácil quedarse atrapado en el jardín de la propia complacencia en vez de seguir el camino de la consciencia. La última gran ilusión a la que se debe vencer, el último estadio antes de entrar en la soledad absoluta y liberadora de nuestro ser. El buen shaman escuchó mi historia y me recomendó aumentar la dosis de medicina. Mi única alucinación la noche anterior había sido ver mis manos apoyadas en el suelo disolverse en el parquet y contemplar etéreos mandalas cuando cerraba los ojos que se expandían por todo mi universo interior de la misma manera que las estrellas inundan todo el firmamento. Su única recomendación fue que acudiera a la ceremonia sin ninguna intención particular. La noche anterior había pelado la planta que me conduciría a la raíz de mis miedos y esta vez debía simplemente escuchar.
Cuando llegó el momento me puse en la fila y aguardé mi turno. El shaman me ofreció un pequeño cáliz que apuré mientras contenía mis arcadas. Volví a mi rincón y me senté, con las manos en mi estómago, aguardando el inicio de la conversación igual que el reo espera su comparecencia ante el juez. No estaba nervioso, ni excitado, ni triste, ni contento. Ni tan siquiera estaba expectante. Se podría decir que estaba cerca de tener una total indiferencia que solo se veía enturbiada por la certeza de que en algún punto de la noche tendría que vomitar.
A medida que pasaban los minutos los primeros compañeros empezaron a vomitar. La noche anterior diría que había sido el último en hacerlo. Incluso llegué a pensar que no vomitaría. Mi estómago me empezó a doler y mi mente en cierto momento entendió que mi vida ha sido un continuo tragar, asimilar y asumir sin nunca permitirle a mi cuerpo expresar su rechazo, su contricción, su resistencia. Sentí compasión por esa manera de tratarme a mí mismo y en ese preciso instante apareció el vómito, mucho antes que la noche anterior. Vomité violentamente y aproveché el suceso para gritar. Quedé tumbado en el suelo junto al cubo, retorcido de dolor.
El shaman nos convocó para insuflar en nuestras narices el polvo de ayahuasca, como complemento a la dosis oral. Estaba tan débil que solo pude gatear hasta él. Una vez insuflada la medicina en mis narices mi rabia por el dolor se renovó. Sentí fuerza suficiente como para caminar hasta el lavabo y beber un sorbo de zumo. Pero tan pronto como tragué el zumo volví a debilitarme y me desplomé en el suelo, cerca de la cocina. Alguien se interesó por mí pero rechacé la ayuda. Permanecí allí hasta que sentí un fuerte impulso de vomitar de nuevo. Solo entonces encontré la fuerza necesaria para levantarme, volver a mi rincón y abrazar el cubo igual que el borracho se abraza a las farolas. El dolor interior se mezclaba con el dolor físico hasta el punto de no poder distinguir el uno del otro. Vomité compulsivamente y, como no quería molestar a mis compañeros, aprovechaba el vómito para soltar alaridos y gritos, así como para golpear el suelo y golpear mi cabeza. Cuando el agotamiento hacía mella, quedaba tendido unos instantes, los justos para recuperar el aliento y seguir expresando mi horror de la misma manera que el apaleado grita al ser golpeado. Ya no había vómitos que sirvieran de tapadera a mis gritos ni encontraba la fuerza interior para contenerlos. El shaman se acercó y me encareció que me relajara. Callé unos segundos pero el dolor se hacía insoportable. Fue entonces cuando pensé en seguir gritando pero de una manera más armoniosa. Intenté modular los alaridos hasta asemejarlos algún tipo de cántico gutural, oscuro y repetitivo, procedente de la boca de mi estómago. Repetía el cántico como un mantra, una y otra vez. El shaman empezó a tocar música e intenté acompasar mis gemidos al ritmo que él marcaba. No recuerdo haber cantado tanto en mi vida. De hecho no recuerdo cantar desde que cantaba en latín en el Opus Dei. Así permanecí largo rato, tanto si la música me acompañaba como si no, tanto si rompía el silencio como si mi voz se mezclaba con otros vómitos, llantos, melodías o cantos. Solo podía calmar el dolor cantando. Toda aquella vibración interior dolorosa y desesperada encontraba una salida y, por tanto, no podía seguir resonando en mi interior hasta agitar todo mi cuerpo. En algunos momentos cuando se hacía el silencio y solo se escuchaba mi voz, la vergüenza venía a visitarme, mi voz se apagaba, los sonidos se volvían menos harmónicos y el dolor afloraba de nuevo. Esa vergüenza solo se podía vencer abandonándome en la compasión de mis hermanos y recordándome que todo aquello no era más que un llanto modulado, una necesidad del cuerpo. No dejé a mi ego que capitalizase aquel descubrimiento.
Un rato antes de que el episodio del canto sucediera tuve una última distracción que, de haberla seguido, seguramente me hubiera impedido proseguir el viaje. La noche anterior una chica algo más joven que yo y de aspecto mediterráneo llegó poco antes del inicio de la ceremonia, vestida de riguroso negro, con ropas anchas y actuar tímido. Su mirada era esquiva pero sus ojos eran puros. Ella y yo éramos los únicos vestidos de negro. Éramos como dos regulares de Berghain que se habían perdido y habían acabado en el reino de los hippies por un fin de semana. En la segunda ceremonia esa chica empezó a llorar y los llantos se clavaron en mis oídos. Puedo decir que nunca he escuchado a nadie llorar tan desconsoladamente. Al sentir tanta simpatía por aquella persona y el deseo interior de acercarme a su misterio, durante muchos minutos consideré arrastrarme hasta su lado y poner una mano en su espalda. Pero no lo hice. El dolor de los demás no podía ser una vez más mi salvoconducto para no observar mi dolor, para no sentirme a mí mismo. No me fue difícil porque el hecho de apoyarla me provocaba una gran vergüenza, pues suponía invadir su intimidad en un momento de máxima vulnerabilidad. Pensando en ese suceso veo claramente este patrón en mi vida: aprovechar los momentos de vulnerabilidad de los demás para cumplir mis deseos sobre ellos, so capa de compasión. También entendí cómo utilizo la empatía como subterfugio para evitar contemplar y expresar mi dolor. Ambos fenómenos son las dos caras de la misma moneda: mi obsesión mesiánica. Si alguien murió ese sábado fue Jesucristo en mí. ¿Dónde se ha visto un Mesías sin respuesta, abandonado a su suerte, sin más recursos que gritar de dolor? Ese Mesías ya existió: Jesucristo se quedó sin respuesta ante Pilatos y gemió de dolor bajo los látigos... Pero nuestro ego construyó un Jesucristo ficticio que ha mantenido el real sepultado durante 2000 años, durante toda la eternidad de mi vida sobre la tierra.
Cuando observaba mi dolor todo lo que podía contemplar era un bebé incapaz de llorar, en estado de shock. Un bebé que se tragaba su propio dolor, se bebía sus propias lágrimas y sorbía sus propios mocos. Un bebé que no conseguía alzar su voz para reclamar la atención necesaria para su supervivencia. Un bebé callado 35 años que no podía contenerse ni un segundo más. Cuando expliqué esto a mis padres ambos me dijeron que cuando era un bebé y mi madre intentó darme el pecho sin éxito nunca lloré. Ese momento fue mi infierno particular. La ayahuasca me permitió matar al mesías que vive en mí para tener la libertad de descender al infierno. Allí experimenté el llanto y rechinar de dientes y de allí volví de la mano de un cántico, para anunciarme a mí mismo que las puertas del cielo estaban abiertas, que mis demonios ya no me podían retener por más tiempo, que mi voz puede unirse a todas las demás voces celestiales que cantan en coro con la voz infinita y bella del Universo.






Estoy en la víspera del solsticio de invierno, que llegará mañana a las 11 de la mañana. A partir de mañana el día durará 4 segundos más. 4 segundos más de luz el jueves respecto al miércoles. El invierno ya está aquí, con la dureza del frío pero a la vez la promesa de mayor luz. Siento mi ser alineado con este fenómeno astronómico. Tras tres meses de más y más oscuridad en mí, me siento en un máximo de de miedo y oscuridad, pero a la vez con muchos signos de que pronto los momentos de luz en mí serán más largos. Me encuentro en una temperatura interior gélida que paraliza cualquier intento de expansión. Siento que este frío se prolongará y que incluso se hará más duro. Pero las horas de luz sin duda van a ir en aumento. Mi experiencia con ayahuasca este fin de semana es la principal razón por la cual estoy confiado en que la luz resucitará de mi interior de la misma manera que Jesucristo resucitó de entre los muertos. Tomé Ayahuasca en dos noches sucesivas. La noche del viernes fue un viaje físico al fondo de mi miedo a la muerte, así como el reconocimiento de que mi vida es, de alguna manera, la vida de mis padres, de mis abuelos y bisabuelos. En un momento de este primer viaje interior me sentí rodeado por mis dos abuelos, sujetando mi cuerpo mientras convulsionaba a causa de la medicina. Estaban felices de ver que podía verlos y reconocerlos y les dije que mi lucha ya no sería nunca mi lucha, sino nuestra lucha. Ellos llegaron tan lejos como sus cuerpos les permitieron. Superaron hambre y guerras, ignorancia... Hicieron todo lo posible por dejar atrás sus traumas y abrirse a la vida. Al menos lo suficiente como para engendrar a mis padres. En parte mi viaje en su viaje, de igual manera que mi esperanza, mi opción por vivir, mi lucha, continuará en todo aquel que me recuerde como padre. Mi vida no es una competición contra nadie, ni siquiera contra mí mismo. Mi vida es simplemente una colección de notas en esta partitura universal que la humanidad lleva siglos escribiendo. Mis abuelos escribieron su parte, y a mi me toca escribir la mía. Que el resultado sea bello será mérito de ambas partes, de los que esbozaron el inicio y del que, escuchando esas notas y partiendo de ellas, continuó la melodia hasta hacerla digna de este Universo musical que nos acoge. Somos vibración, somos música. Los miedos se forman en nosotros antes incluso de que podamos articular ninguna palabra, es por ello que la palabra solo nos puede conducir hasta las puertas del infierno, pero es totalmente incapaz de penetrar en él. Antes de que pudiéramos racionalizar comíamos, dormíamos, jugábamos, llorábamos, reíamos y cagábamos. En nuestra mente apenas había una categoría: nuestros padres (Dios) y el resto; y ni tan siquiera teníamos una palabra para designarla. Cualquiera que nos cuidara era nuestro padre y cualquier amenaza era "el resto". Nada era singular por lo que nuestra percepción del tiempo era casi imposible. Vivíamos en un eterno presente que hacía de la felicidad nuestro estado natural. La vida era un continuo estado de meditación en el que apreciábamos el presente sin anticipar el futuro ni recordar el pasado. Nunca comíamos mas pensando que quiza mañana nuestro madre no nos alimentaría. Nunca echábamos de menos el sabor del calostro, o el calor del vientre materno y, si lo hacíamos, toda expresión tenía que ser corporal, porque no existía para nosotros manera alguna de verbalizarlo.
Mi primera toma de ayahuasca fue el viernes y a continuación pasé las siguientes 24h en un estado de letargia, durmiendo o simplemente recostado sobre mi humilde esterilla, tapado por una toalla, sin moverme hasta que mi cuerpo dolorido reclamaba un cambio de posición. Así pasaron las horas, con la única interrupción de un par de frugales comidas y un par de conversaciones. Hablé con el shaman y quedé tranquilo al percibir su humildad. Este tipo de rituales y comunidades son la trampa más mortal que puede tenderse al ego. Es tan fácil quedarse atrapado en el jardín de la propia complacencia en vez de seguir el camino de la consciencia. La última gran ilusión a la que se debe vencer, el último estadio antes de entrar en la soledad absoluta y liberadora de nuestro ser. El buen shaman escuchó mi historia y me recomendó aumentar la dosis de medicina. Mi única alucinación la noche anterior había sido ver mis manos apoyadas en el suelo disolverse en el parquet y contemplar etéreos mandalas cuando cerraba los ojos que se expandían por todo mi universo interior de la misma manera que las estrellas inundan todo el firmamento. Su única recomendación fue que acudiera a la ceremonia sin ninguna intención particular. La noche anterior había pelado la planta que me conduciría a la raíz de mis miedos y esta vez debía simplemente escuchar.
Cuando llegó el momento me puse en la fila y aguardé mi turno. El shaman me ofreció un pequeño cáliz que apuré mientras contenía mis arcadas. Volví a mi rincón y me senté, con las manos en mi estómago, aguardando el inicio de la conversación igual que el reo espera su comparecencia ante el juez. No estaba nervioso, ni excitado, ni triste, ni contento. Ni tan siquiera estaba expectante. Se podría decir que estaba cerca de tener una total indiferencia que solo se veía enturbiada por la certeza de que en algún punto de la noche tendría que vomitar.
A medida que pasaban los minutos los primeros compañeros empezaron a vomitar. La noche anterior diría que había sido el último en hacerlo. Incluso llegué a pensar que no vomitaría. Mi estómago me empezó a doler y mi mente en cierto momento entendió que mi vida ha sido un continuo tragar, asimilar y asumir sin nunca permitirle a mi cuerpo expresar su rechazo, su contricción, su resistencia. Sentí compasión por esa manera de tratarme a mí mismo y en ese preciso instante apareció el vómito, mucho antes que la noche anterior. Vomité violentamente y aproveché el suceso para gritar. Quedé tumbado en el suelo junto al cubo, retorcido de dolor.
El shaman nos convocó para insuflar en nuestras narices el polvo de ayahuasca, como complemento a la dosis oral. Estaba tan débil que solo pude gatear hasta él. Una vez insuflada la medicina en mis narices mi rabia por el dolor se renovó. Sentí fuerza suficiente como para caminar hasta el lavabo y beber un sorbo de zumo. Pero tan pronto como tragué el zumo volví a debilitarme y me desplomé en el suelo, cerca de la cocina. Alguien se interesó por mí pero rechacé la ayuda. Permanecí allí hasta que sentí un fuerte impulso de vomitar de nuevo. Solo entonces encontré la fuerza necesaria para levantarme, volver a mi rincón y abrazar el cubo igual que el borracho se abraza a las farolas. El dolor interior se mezclaba con el dolor físico hasta el punto de no poder distinguir el uno del otro. Vomité compulsivamente y, como no quería molestar a mis compañeros, aprovechaba el vómito para soltar alaridos y gritos, así como para golpear el suelo y golpear mi cabeza. Cuando el agotamiento hacía mella, quedaba tendido unos instantes, los justos para recuperar el aliento y seguir expresando mi horror de la misma manera que el apaleado grita al ser golpeado. Ya no había vómitos que sirvieran de tapadera a mis gritos ni encontraba la fuerza interior para contenerlos. El shaman se acercó y me encareció que me relajara. Callé unos segundos pero el dolor se hacía insoportable. Fue entonces cuando pensé en seguir gritando pero de una manera más armoniosa. Intenté modular los alaridos hasta asemejarlos algún tipo de cántico gutural, oscuro y repetitivo, procedente de la boca de mi estómago. Repetía el cántico como un mantra, una y otra vez. El shaman empezó a tocar música e intenté acompasar mis gemidos al ritmo que él marcaba. No recuerdo haber cantado tanto en mi vida. De hecho no recuerdo cantar desde que cantaba en latín en el Opus Dei. Así permanecí largo rato, tanto si la música me acompañaba como si no, tanto si rompía el silencio como si mi voz se mezclaba con otros vómitos, llantos, melodías o cantos. Solo podía calmar el dolor cantando. Toda aquella vibración interior dolorosa y desesperada encontraba una salida y, por tanto, no podía seguir resonando en mi interior hasta agitar todo mi cuerpo. En algunos momentos cuando se hacía el silencio y solo se escuchaba mi voz, la vergüenza venía a visitarme, mi voz se apagaba, los sonidos se volvían menos harmónicos y el dolor afloraba de nuevo. Esa vergüenza solo se podía vencer abandonándome en la compasión de mis hermanos y recordándome que todo aquello no era más que un llanto modulado, una necesidad del cuerpo. No dejé a mi ego que capitalizase aquel descubrimiento.
Un rato antes de que el episodio del canto sucediera tuve una última distracción que, de haberla seguido, seguramente me hubiera impedido proseguir el viaje. La noche anterior una chica algo más joven que yo y de aspecto mediterráneo llegó poco antes del inicio de la ceremonia, vestida de riguroso negro, con ropas anchas y actuar tímido. Su mirada era esquiva pero sus ojos eran puros. Ella y yo éramos los únicos vestidos de negro. Éramos como dos regulares de Berghain que se habían perdido y habían acabado en el reino de los hippies por un fin de semana. En la segunda ceremonia esa chica empezó a llorar y los llantos se clavaron en mis oídos. Puedo decir que nunca he escuchado a nadie llorar tan desconsoladamente. Al sentir tanta simpatía por aquella persona y el deseo interior de acercarme a su misterio, durante muchos minutos consideré arrastrarme hasta su lado y poner una mano en su espalda. Pero no lo hice. El dolor de los demás no podía ser una vez más mi salvoconducto para no observar mi dolor, para no sentirme a mí mismo. No me fue difícil porque el hecho de apoyarla me provocaba una gran vergüenza, pues suponía invadir su intimidad en un momento de máxima vulnerabilidad. Pensando en ese suceso veo claramente este patrón en mi vida: aprovechar los momentos de vulnerabilidad de los demás para cumplir mis deseos sobre ellos, so capa de compasión. También entendí cómo utilizo la empatía como subterfugio para evitar contemplar y expresar mi dolor. Ambos fenómenos son las dos caras de la misma moneda: mi obsesión mesiánica. Si alguien murió ese sábado fue Jesucristo en mí. ¿Dónde se ha visto un Mesías sin respuesta, abandonado a su suerte, sin más recursos que gritar de dolor? Ese Mesías ya existió: Jesucristo se quedó sin respuesta ante Pilatos y gemió de dolor bajo los látigos... Pero nuestro ego construyó un Jesucristo ficticio que ha mantenido el real sepultado durante 2000 años, durante toda la eternidad de mi vida sobre la tierra.
Cuando observaba mi dolor todo lo que podía contemplar era un bebé incapaz de llorar, en estado de shock. Un bebé que se tragaba su propio dolor, se bebía sus propias lágrimas y sorbía sus propios mocos. Un bebé que no conseguía alzar su voz para reclamar la atención necesaria para su supervivencia. Un bebé callado 35 años que no podía contenerse ni un segundo más. Cuando expliqué esto a mis padres ambos me dijeron que cuando era un bebé y mi madre intentó darme el pecho sin éxito nunca lloré. Ese momento fue mi infierno particular. La ayahuasca me permitió matar al mesías que vive en mí para tener la libertad de descender al infierno. Allí experimenté el llanto y rechinar de dientes y de allí volví de la mano de un cántico, para anunciarme a mí mismo que las puertas del cielo estaban abiertas, que mis demonios ya no me podían retener por más tiempo, que mi voz puede unirse a todas las demás voces celestiales que cantan en coro con la voz infinita y bella del Universo.






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