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Como en todos los juegos, a veces pierdes la partida. ¿Qué pasaría si nunca perdiéramos? Un juego en el que nunca pierdes, un juego que sabes cómo va a acabar, entonces no es un juego, es una condena. Ansíar la predictibilidad es como una águila ansiando la jaula.
Ayer perdí la partida. Como soy perfeccionista pensé que Amsterdam y que toda la magia de los últimos 3 años eran todo basura. En mi imaginación había pensado que las cosas suceden por milagro y las conversiones cayendo de un caballo. Sí, es cierto que es necesaria una singularidad, un hecho que marque un antes y un después, pero: 1) ese hecho es totalmente arbitrario y 2) una vez seleccionado, es necesario construir el cambio, un proceso doloroso de reconstrucción. Como coleccionista de ómens, tengo singularidades para dar y vender. Sería divertido vender ómens... El problema es la absoluta parálisis a la que he llegado por mi síndrome de diógenes omenístico. Voy tan cargado de símbolos, tengo tantas voces en mi cabeza, tantas historias sucediendo al mismo tiempo, que a cada paso que doy me he de agachar a recoger una nueva baratija que añadir a un carro lleno de trastos, tan pesado que apenas puedo tirar de él.
¿Cómo se cura el síndrome de Diógenes? Eso me podría dar una pista. En todo caso, una vez fui consciente de que había perdido la partida, intenté superar mi propio perfeccionismo y volver a apretar el botón "START", justo como hago con el juego que me descargué el otro día y que se llama, como no podría ser de otra manera, "SURVIVE".
En plena parálisis emocional y energética recibí la llamada de mi padre. Le confesé que no me queda energía y me respondió que debía dejar atrás el pasado y centrarme en luchar. Me contó que un año después de la muerte del abuelo fue a su tumba, cuando todavía estaba enterrado en L'Hospitalet y le perdonó de todo corazón para siempre. Me dijo que aquel hecho supuso un punto de inflexión para su vida. Pero hizo el esfuerzo de centrarse en el presente y dejar todo aquello atrás. Estos meses yo he hecho ese proceso. Seguramente me queden cosas por descubrir, pero la mayor parte de la toma de consciencia está hecha. El problema es que hasta ahora yo he sido esa persona en eterna búsqueda. Parar y mirar adelante, dejar de escudriñar el pasado para construir el futuro se me antoja como una auténtica muerte a mí mismo, la madre de todos los mauerfalls. Es normal que tenga miedo porque nunca he vivido así. Llevo 35 años yendo en la dirección opuesta. Estoy aterrorizado.
El sábado di un largo y lúgubre paseo desde Viktoria Park hasta casa. En una librería de viejo encontré un libro motivacional para vendedores con el título "The way of the dog". Le eché un vistazo y era pura prosa americana tratando de explicar el secreto para hacerte éxito inevitable. Tuve una corazonada y se lo compré al viejo por tres monedas y media.
Estando ayer más muerto que vivo empecé a leer cómo podría vivir mi vida como un perro y, pese a que la historia me deprimía por momentos, aún pude sacar un puñado de ideas para volver a apretar el botón "START":
- Un perro es feliz o está esperando a ser feliz
- El perro del pastor 1) Sabe dónde está el rebaño, 2) Sabe a dónde lo tiene que llevar, 3) Supera los obstáculos uno a uno 4) Sabe si se está alejando o acercando a su meta.
- El perro cuando hace su trabajo no piensa en otra cosa y cuando hace otra cosa no piensa en su trabajo.
Se acercaba el momento de ir a dormir y sentí que no podría acostarme sin apretar el maldito botón de start. Como el método del perro era todo lo que tenía a mano en ese momento decidí darle una oportunidad y jugar con él. Total, en unos días o en unas horas volvería a estar GAME OVER y podría intentar algo más substancial. La ventaja de mi absoluta desolación anterior es que es muy fácil saber dónde está el rebaño: embarrado hasta el cuello en esta ciénaga pegajosa y con más ganas de ir al matadero que de encontrar nuevos pastos. Dónde quiero llevar el rebaño es una pregunta más difícil. Los últimos meses, al experimentar el despertar de la consciencia, al traer a la luz tantas cosas que estaban ocultas en mi subconsciente, siento que puedo hacer un millón de cosas y que toda esta magia que está sucediendo debería canalizarse de mil maneras. Pero la realidad es que el universo de posibilidades provoca el agujero negro de la inmovilidad. Hay que seleccionar uno de los mil escenarios posibles y jugar la partida, confiando que lo mejor de los otros escenarios aparecerá en las sucesivas pantallas del juego. Intenté ser lo más pragmático posible y elegí como destino “sentirme bien”. Alguien me podría decir que esta no es una destinación válida porque no se puede medir la distancia entre el origen y el destino. Pero no es cierto. Al final cada día registro mi estado emocional en DAYLIO. Así que el juego ahora consiste en anotar 4 veces al día cómo me siento y probar de HACER cosas (no PENSAR cosas) que me acerquen a un mejor ánimo. Esas COSAS que tengo que hacer las tengo que ejecutar en modo perro. Así que hice una lista de cosas que me podrían sentar bien: ir a correr, comprar comida, cambiar las sábanas, tirar la basura, subir a Facebook el resto de fotos de Ámsterdam... Cogí los pañuelos sucios junto a la cama y el paquete de tabaco, los filtros y el papel y lo tiré todo a la basura. Me dejé un mensaje escrito en una nota que puse sobre la pantalla del móvil:
“You did the journey
You made your peace
You saw the light
Now focus on today...
...and START again, F.”



Como en todos los juegos, a veces pierdes la partida. ¿Qué pasaría si nunca perdiéramos? Un juego en el que nunca pierdes, un juego que sabes cómo va a acabar, entonces no es un juego, es una condena. Ansíar la predictibilidad es como una águila ansiando la jaula.
Ayer perdí la partida. Como soy perfeccionista pensé que Amsterdam y que toda la magia de los últimos 3 años eran todo basura. En mi imaginación había pensado que las cosas suceden por milagro y las conversiones cayendo de un caballo. Sí, es cierto que es necesaria una singularidad, un hecho que marque un antes y un después, pero: 1) ese hecho es totalmente arbitrario y 2) una vez seleccionado, es necesario construir el cambio, un proceso doloroso de reconstrucción. Como coleccionista de ómens, tengo singularidades para dar y vender. Sería divertido vender ómens... El problema es la absoluta parálisis a la que he llegado por mi síndrome de diógenes omenístico. Voy tan cargado de símbolos, tengo tantas voces en mi cabeza, tantas historias sucediendo al mismo tiempo, que a cada paso que doy me he de agachar a recoger una nueva baratija que añadir a un carro lleno de trastos, tan pesado que apenas puedo tirar de él.
¿Cómo se cura el síndrome de Diógenes? Eso me podría dar una pista. En todo caso, una vez fui consciente de que había perdido la partida, intenté superar mi propio perfeccionismo y volver a apretar el botón "START", justo como hago con el juego que me descargué el otro día y que se llama, como no podría ser de otra manera, "SURVIVE".
En plena parálisis emocional y energética recibí la llamada de mi padre. Le confesé que no me queda energía y me respondió que debía dejar atrás el pasado y centrarme en luchar. Me contó que un año después de la muerte del abuelo fue a su tumba, cuando todavía estaba enterrado en L'Hospitalet y le perdonó de todo corazón para siempre. Me dijo que aquel hecho supuso un punto de inflexión para su vida. Pero hizo el esfuerzo de centrarse en el presente y dejar todo aquello atrás. Estos meses yo he hecho ese proceso. Seguramente me queden cosas por descubrir, pero la mayor parte de la toma de consciencia está hecha. El problema es que hasta ahora yo he sido esa persona en eterna búsqueda. Parar y mirar adelante, dejar de escudriñar el pasado para construir el futuro se me antoja como una auténtica muerte a mí mismo, la madre de todos los mauerfalls. Es normal que tenga miedo porque nunca he vivido así. Llevo 35 años yendo en la dirección opuesta. Estoy aterrorizado.
El sábado di un largo y lúgubre paseo desde Viktoria Park hasta casa. En una librería de viejo encontré un libro motivacional para vendedores con el título "The way of the dog". Le eché un vistazo y era pura prosa americana tratando de explicar el secreto para hacerte éxito inevitable. Tuve una corazonada y se lo compré al viejo por tres monedas y media.
Estando ayer más muerto que vivo empecé a leer cómo podría vivir mi vida como un perro y, pese a que la historia me deprimía por momentos, aún pude sacar un puñado de ideas para volver a apretar el botón "START":
- Un perro es feliz o está esperando a ser feliz
- El perro del pastor 1) Sabe dónde está el rebaño, 2) Sabe a dónde lo tiene que llevar, 3) Supera los obstáculos uno a uno 4) Sabe si se está alejando o acercando a su meta.
- El perro cuando hace su trabajo no piensa en otra cosa y cuando hace otra cosa no piensa en su trabajo.
Se acercaba el momento de ir a dormir y sentí que no podría acostarme sin apretar el maldito botón de start. Como el método del perro era todo lo que tenía a mano en ese momento decidí darle una oportunidad y jugar con él. Total, en unos días o en unas horas volvería a estar GAME OVER y podría intentar algo más substancial. La ventaja de mi absoluta desolación anterior es que es muy fácil saber dónde está el rebaño: embarrado hasta el cuello en esta ciénaga pegajosa y con más ganas de ir al matadero que de encontrar nuevos pastos. Dónde quiero llevar el rebaño es una pregunta más difícil. Los últimos meses, al experimentar el despertar de la consciencia, al traer a la luz tantas cosas que estaban ocultas en mi subconsciente, siento que puedo hacer un millón de cosas y que toda esta magia que está sucediendo debería canalizarse de mil maneras. Pero la realidad es que el universo de posibilidades provoca el agujero negro de la inmovilidad. Hay que seleccionar uno de los mil escenarios posibles y jugar la partida, confiando que lo mejor de los otros escenarios aparecerá en las sucesivas pantallas del juego. Intenté ser lo más pragmático posible y elegí como destino “sentirme bien”. Alguien me podría decir que esta no es una destinación válida porque no se puede medir la distancia entre el origen y el destino. Pero no es cierto. Al final cada día registro mi estado emocional en DAYLIO. Así que el juego ahora consiste en anotar 4 veces al día cómo me siento y probar de HACER cosas (no PENSAR cosas) que me acerquen a un mejor ánimo. Esas COSAS que tengo que hacer las tengo que ejecutar en modo perro. Así que hice una lista de cosas que me podrían sentar bien: ir a correr, comprar comida, cambiar las sábanas, tirar la basura, subir a Facebook el resto de fotos de Ámsterdam... Cogí los pañuelos sucios junto a la cama y el paquete de tabaco, los filtros y el papel y lo tiré todo a la basura. Me dejé un mensaje escrito en una nota que puse sobre la pantalla del móvil:
“You did the journey
You made your peace
You saw the light
Now focus on today...
...and START again, F.”



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