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"Gato negro". Entrada 01: dos anécdotas que me llevaron a pensar en esta historia
El año pasado, dos anécdotas encendieron mi imaginación. Estas me llevaron a empezar "Gato Negro": un cuento sobre cómo los videojuegos online participativos entrenan a los niños en capitalismo, antes que en apoyo mutuo. Además: duelo 2.0. ¿Cómo se lidia con la pérdida desde los entornos virtuales?

Otros futuros, otras infraestructuras
Sobre Paragraph, y qué tan política es la decisión de publicar

Este año lo dedicaré a escribir un libro de relatos, cuyo título provisional es No tiene sentido preocuparse por eso ahora. Del nombre hablaremos más adelante. Lo importante (al menos para mí) es que he decidido compartir aquí el proceso de trabajo detrás de cada cuento, a medida que vaya escribiéndolos.
Y lo hago por tres razones.
La primera es que me interesa reivindicar la literatura como trabajo, más que como don. Publicar únicamente la versión final de un texto oculta la verdadera naturaleza del acto de escribir, que en gran parte consiste en algo muy cercano a una violencia creativa: destruir, insistir, transformarse. Es una violencia asumida, incluso buscada, que casi siempre permanece fuera de campo. Al autor aspiracional le conviene sostener la imagen del artista como talento innato, pues es funcional a una industria que prefiere vender personalidades antes que libros. Nadie quiere verse como un obrero del pensamiento. A mí, en cambio, eso es justamente lo que me interesa.
La segunda razón tiene que ver con la ciencia ficción. Creo que este género, incluso más que cualquier otro, tiene el deber de hacer visibles sus fuentes. Como parte de mi trabajo de documentación, hablaré de ensayos, investigaciones, señales y otros materiales que alimentan mi escritura. Me interesa contradecir la idea de la ciencia ficción como una práctica desligada de la realidad política, y presentarla como un ejercicio de especulación responsable. Además, sé que muchos lectores sabrán aprovechar esa información mejor que yo.
La tercera razón responde a una posición frente a la cultura. En una época dominada por el marketing personal, mostrar la imperfección, la fragilidad y la fricción del trayecto se vuelve una forma de confrontación. Actuar también implica erosionar el aura de autor-celebridad que la maquinaria editorial insiste en fabricar: figuras convertidas (no pocas veces por autoengaño) en un ideal aspiracional de ocio y bienestar, ligado a un estilo de vida alienante, que invisibiliza a quien escribe desde contextos menos favorables y lo empuja a admirar modelos ajenos. Hablo por mí: no me interesa convertirme en una marca.
Todo esto para decir que el arte también está en los desechos. Lo que no entra al cuento también está vivo. Acaso roto, incoherente, pero vivo.
A partir de la siguiente entrada, entonces, empezaré a compartir el proceso detrás de cada cuento de No tiene sentido preocuparse por eso ahora: sus fuentes, las preocupaciones y las pequeñas decisiones que terminarán dándoles forma. No sé si lo lograré, pero sí puedo decir que me emociona compartirlo con quienes se asomen por aquí.

Este año lo dedicaré a escribir un libro de relatos, cuyo título provisional es No tiene sentido preocuparse por eso ahora. Del nombre hablaremos más adelante. Lo importante (al menos para mí) es que he decidido compartir aquí el proceso de trabajo detrás de cada cuento, a medida que vaya escribiéndolos.
Y lo hago por tres razones.
La primera es que me interesa reivindicar la literatura como trabajo, más que como don. Publicar únicamente la versión final de un texto oculta la verdadera naturaleza del acto de escribir, que en gran parte consiste en algo muy cercano a una violencia creativa: destruir, insistir, transformarse. Es una violencia asumida, incluso buscada, que casi siempre permanece fuera de campo. Al autor aspiracional le conviene sostener la imagen del artista como talento innato, pues es funcional a una industria que prefiere vender personalidades antes que libros. Nadie quiere verse como un obrero del pensamiento. A mí, en cambio, eso es justamente lo que me interesa.
La segunda razón tiene que ver con la ciencia ficción. Creo que este género, incluso más que cualquier otro, tiene el deber de hacer visibles sus fuentes. Como parte de mi trabajo de documentación, hablaré de ensayos, investigaciones, señales y otros materiales que alimentan mi escritura. Me interesa contradecir la idea de la ciencia ficción como una práctica desligada de la realidad política, y presentarla como un ejercicio de especulación responsable. Además, sé que muchos lectores sabrán aprovechar esa información mejor que yo.
La tercera razón responde a una posición frente a la cultura. En una época dominada por el marketing personal, mostrar la imperfección, la fragilidad y la fricción del trayecto se vuelve una forma de confrontación. Actuar también implica erosionar el aura de autor-celebridad que la maquinaria editorial insiste en fabricar: figuras convertidas (no pocas veces por autoengaño) en un ideal aspiracional de ocio y bienestar, ligado a un estilo de vida alienante, que invisibiliza a quien escribe desde contextos menos favorables y lo empuja a admirar modelos ajenos. Hablo por mí: no me interesa convertirme en una marca.
Todo esto para decir que el arte también está en los desechos. Lo que no entra al cuento también está vivo. Acaso roto, incoherente, pero vivo.
A partir de la siguiente entrada, entonces, empezaré a compartir el proceso detrás de cada cuento de No tiene sentido preocuparse por eso ahora: sus fuentes, las preocupaciones y las pequeñas decisiones que terminarán dándoles forma. No sé si lo lograré, pero sí puedo decir que me emociona compartirlo con quienes se asomen por aquí.

"Gato negro". Entrada 01: dos anécdotas que me llevaron a pensar en esta historia
El año pasado, dos anécdotas encendieron mi imaginación. Estas me llevaron a empezar "Gato Negro": un cuento sobre cómo los videojuegos online participativos entrenan a los niños en capitalismo, antes que en apoyo mutuo. Además: duelo 2.0. ¿Cómo se lidia con la pérdida desde los entornos virtuales?

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