Tomás siempre fue un hombre de pocas palabras, pero de muchos números. A sus 68 años, aún se despertaba antes del amanecer para revisar sus libretas de apuntes, cubiertas de fórmulas, esquemas y trazos eléctricos. Había trabajado como técnico en una planta de telecomunicaciones durante casi cuatro décadas. Sus dedos, ya torpes por la edad, aún se movían con la memoria de alguien que una vez habló el idioma de las máquinas. Una mañana, su nieta Lucía, de 15 años, le pidió ayuda con un proyecto...