Sofía, estudiante de ingeniería, siempre había amado los videojuegos. No solo como entretenimiento, sino como mundos capaces de despertar emociones, contar historias y crear conexiones invisibles entre personas. Sin embargo, había algo que la inquietaba: ¿cómo era posible pasar de una idea en la mente a un videojuego real, jugable y con impacto? Su primer contacto con el desarrollo llegó cuando escuchó hablar de Godot, un motor open source. El concepto le pareció abrumador: programación, dise...